CUENTOS AL AMOR DE LA HERRUMBRE III ( Cuentos para una ola de frío polar)
El espíritu de la Navidad
Pedro López tenía trabajo estas Navidades, lo había conseguido gracias a una empresa de trabajo temporal (E.T.T.). El hombre estaba contento pese a que no le habían contratado para algo que tuviera que ver con su profesión (Pedro era actor, aunque su currículo como tal cabía en medio pos-it, una aparición en una obra del instituto y como figurante, en una producción teatral, en el papel de eunuco del harén del faraón Fimosis III), trabajaría para una gran superficie y debería enfundarse un pesado traje de Papá Noel y sentarse en una especie de trono. Pedro trabajaba seis horas diarias, de las cuales sólo le pagaban cuatro, las otras dos las hacía para "formación del trabajador", es decir por amor al arte.
Todas las tardes el bueno de Pedro se enfunda su ridículo traje y emite onomatopeyas del tipo "hooouu, houuu, hoouu", mientras da cachetitos a los niños en las mejillas. Algunos rompen a llorar, otros tras la leve carantoña le sacuden patadas en las espinillas y le profieren graves insultos mentando el innoble oficio de su progenitora, la exuberancia astada de su padre, etc. Él entonces se calla y disimula una irrefrenable saña mordiéndose el labio inferior.
Cuando Pedro sienta a algún infante sobre sus rodillas para que el fotógrafo del hipermercado les haga una foto, suele poner cara de pederasta y algunas veces hasta deja escapar un hilillo de baba de la comisura de los labios, lo que le ha valido más de un reproche por parte de los ofendidos padres de la criatura.
Una vez un niño se asió tan fuertemente a su barba postiza que se la arrancó de cuajo, haciendo que el pegamento, fuertemente adherido a su cara le produjese numerosas heridas sangrantes que tardaron en cicatrizar. Algunos niños que asistían como espectadores a la patética escena empezaron a increpar al bueno de Pedro -¡ farsante, tú no eres Papá Noel! - ¡Caraculo, queremos ver al auténtico!!. El pobre Pedro, rojo de vergüenza, no sabiendo dónde meterse, profería sus ridículos grititos "hooou, hooou, houuu!!". Mientras buscaba agarrarse a algo, tropezó con un reno de cartón que empezó a cabecear peligrosamente, hasta que fue a caerse, con gran estruendo, sobre una cabecera de champán barato que anegó el suelo de varios metros a la redonda. Pedro López fue despedido aquella misma tarde, tuvo que devolver su absurdo traje y su barba postiza llena de babas.
Cuando llegó a casa tuvo que soportar la humillación a la que le sometieron sus padres, su hermano mayor no paraba de reírse y estuvo a punto de vomitar sobre la cena. Mientras cenaba, en el televisor un Papá Noel de rostro afable acariciaba la cara rubicunda de una niña, una musiquilla de organillo servía de lecho musical para la coletilla del anuncio: "Déjese contagiar por el espíritu de la Navidad".
Pedro López tenía trabajo estas Navidades, lo había conseguido gracias a una empresa de trabajo temporal (E.T.T.). El hombre estaba contento pese a que no le habían contratado para algo que tuviera que ver con su profesión (Pedro era actor, aunque su currículo como tal cabía en medio pos-it, una aparición en una obra del instituto y como figurante, en una producción teatral, en el papel de eunuco del harén del faraón Fimosis III), trabajaría para una gran superficie y debería enfundarse un pesado traje de Papá Noel y sentarse en una especie de trono. Pedro trabajaba seis horas diarias, de las cuales sólo le pagaban cuatro, las otras dos las hacía para "formación del trabajador", es decir por amor al arte.Todas las tardes el bueno de Pedro se enfunda su ridículo traje y emite onomatopeyas del tipo "hooouu, houuu, hoouu", mientras da cachetitos a los niños en las mejillas. Algunos rompen a llorar, otros tras la leve carantoña le sacuden patadas en las espinillas y le profieren graves insultos mentando el innoble oficio de su progenitora, la exuberancia astada de su padre, etc. Él entonces se calla y disimula una irrefrenable saña mordiéndose el labio inferior.
Cuando Pedro sienta a algún infante sobre sus rodillas para que el fotógrafo del hipermercado les haga una foto, suele poner cara de pederasta y algunas veces hasta deja escapar un hilillo de baba de la comisura de los labios, lo que le ha valido más de un reproche por parte de los ofendidos padres de la criatura.
Una vez un niño se asió tan fuertemente a su barba postiza que se la arrancó de cuajo, haciendo que el pegamento, fuertemente adherido a su cara le produjese numerosas heridas sangrantes que tardaron en cicatrizar. Algunos niños que asistían como espectadores a la patética escena empezaron a increpar al bueno de Pedro -¡ farsante, tú no eres Papá Noel! - ¡Caraculo, queremos ver al auténtico!!. El pobre Pedro, rojo de vergüenza, no sabiendo dónde meterse, profería sus ridículos grititos "hooou, hooou, houuu!!". Mientras buscaba agarrarse a algo, tropezó con un reno de cartón que empezó a cabecear peligrosamente, hasta que fue a caerse, con gran estruendo, sobre una cabecera de champán barato que anegó el suelo de varios metros a la redonda. Pedro López fue despedido aquella misma tarde, tuvo que devolver su absurdo traje y su barba postiza llena de babas.
Cuando llegó a casa tuvo que soportar la humillación a la que le sometieron sus padres, su hermano mayor no paraba de reírse y estuvo a punto de vomitar sobre la cena. Mientras cenaba, en el televisor un Papá Noel de rostro afable acariciaba la cara rubicunda de una niña, una musiquilla de organillo servía de lecho musical para la coletilla del anuncio: "Déjese contagiar por el espíritu de la Navidad".
Comentario:
Cuñao, francamente creo que en este sitio (por no decir en toda la sociedad actual) estás desperdiciando tu talento. Esto está lleno de niñatos analfabetos que no saben ni escribir y niñatas guarras. No ostiante, te puedes pasar por nuestro blog (vaya nombre gilipollas para una página personal) y reirte un rato. Y sobre todo, ver que no eres un marciano y que si hubieras nacido en California u otra región de pais anglosajón, probablemente serías un guionista famoso. Lo dicho.





