<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><rss version="2.0" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"><channel><title><![CDATA[La Cucaracha de Kafka]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/rss20.xml]]></link><description><![CDATA[&#32;]]></description><language><![CDATA[ES]]></language><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><item><title><![CDATA[Despido (2)]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_33.htm]]></link><description><![CDATA[No me quedé muy convencido del relato de Despido. Sí, es una historia que cuenta lo que le puede pasar a cualquiera de nosotros en cualquier momento. La cabeza, la mente, no se deja reducir con facilidad y, a veces, juega malas pasadas. Como ésta. Quién de nosotros no ha montado una película completa de algp que, a lo mejor, no era tan problemático como lo queriamos ver...<br/><br/>El caso es que he reescrito el final del relato dándole una vuelta de tuerca más con la intención de mostrar, sin contar, hasta dónde somos capaces de llegar si nos dejamos llevar por una imaginación que, en mi tierra, llamamos calenturienta.<br/><br/>Espero que me comenteis que os parece el relato con el nuevo final.<br/><br/><br/><b>Despido.</b><br/><br/>Terminé la taza de café con cuidado de no mancharme la camisa. Hacía un día espléndido. Oía cantar a Mari, mi mujer, que abría las ventanas para ventilar la habitación. Me despedí de ella con un beso. Me preguntó qué quería para comer. Como siempre.<br/><br/>Cuando llegué a la oficina no podía sospechar que, cinco minutos después, me iban a despedir. Era un empleado normal, ni bueno ni malo. Nunca me había gustado destacar en nada y mi madre me había advertido cientos de veces sobre los peligros de destacar. Aquello lo convertí en la norma de mi vida y siempre me había funcionado. Hasta aquel día. Cuando salí del despacho del jefe no había asimilado muy bien la noticia. Fue poco después, al salir a la calle y sentarme en un banco cuando me di cuenta del alcance real de lo que había pasado. Me había quedado sin trabajo. Comencé a sentir arcadas al pensar en que tenía que darle  la noticia a Mari.<br/><br/>«Le diré: Mari, no te preocupes pero tengo que contarte una cosa… No, así no. Ella pensará lo peor y tampoco hay necesidad de que crea que le ha ocurrido algo a su padre o a su madre. No. Le diré mejor: Mari, vamos a tener que apretarnos para llegar a fin de mes porque… me han despedido por ajustes de personal. Pero no te preocupes que ya saldremos de ésta. Confía en mí. Eso suena mucho mejor. A continuación la tranquilizaré diciéndole que a don Isaac  le ha costado lo suyo tener que decírmelo pero que son cosas de los de arriba y no hay nada que hacer. Dice también, que ya sé yo el aprecio que me tiene, que nunca he sido problemático y que, no lo dude, ha tratado por todos los medios de luchar por mi puesto, pero que como el año pasado sólo se han ganado tres millones de euros en lugar de los cinco del anterior, pues que me haga cargo de lo mal que está la situación. Y yo me hago cargo, Mari, me hago cargo —le diré. ¿Cómo no voy a hacerme cargo si soy yo el que he llevado las cuentas durante treinta años? ¿Si empecé de niño de los recados y he terminado de auxiliar de administración? Que tú ya sabes, Mari, que eso no lo hace todo el mundo. Que han sido muy buenos conmigo y que ya saldrá otra cosa, mujer. Total, aún soy joven y fuerte. Con treinta y seis años me como el mundo, Mari. Me lo como. <br/><br/>»Ella — piensa— no se lo va a tomar muy bien. Se lo va a tomar fatal. A lo mejor no entiende que en su momento yo firmara aquel papel con mi baja voluntaria. Pero qué iba a hacer yo… ¡Si me estaban haciendo fijo! Yo firmaba lo que me pusieran por delante y además, que con lo que pagan de paro… tampoco es que el subsidio de desempleo vaya a sacarnos de pobres, ¿no? Y además, es que si no lo firmo no hubiera trabajado tanto tiempo ni hubiera conseguido llegar a auxiliar de administración.<br/><br/>»Entonces empezará a llorar y a decirme que todo eso está muy bien, pero que cómo vamos a pagar la hipoteca, el coche, la comida… Que si me lo piensa pagar don Isaac. Me dirá que soy un ingenuo y que a ver cómo le explico yo al niño que vamos a tener el mes que viene que me he quedado sin trabajo. Me dirá, seguro que me lo dice, que nunca me he comido el mundo, que ya le hubiera gustado a ella. Yo le pediré que, por favor, no llore más, que me va a hacer llorar a mí. Ella me mirará con los ojos enrojecidos e hinchados, con una expresión entre fría e ida. El rimel corrido acentuando sus ojeras. Se tumbará en la cama, esperará a que me duerma, hará las maletas en silencio y se irá».<br/><br/>Vomité toda mi desesperación al pie del banco donde me había sentado. Desanudé la corbata y abrí un par de botones de la camisa. Respiré profundo. Muy profundo. <br/><br/>«No soy capaz de afrontar esto, joder—me dije—.La única solución que le veo es quitarme de en medio y que Mari cobre el dinero del seguro. Así, por lo menos, tendrá su futuro y el del niño más o menos asegurado. Claro que no sé si será peor el remedio que la enfermedad. Va a pensar que he sido un cobarde, que le he fallado y que la he dejado sola con el problemón. Además, tendrá que ir a identificar mi cuerpo al depósito y seguro que le da un infarto si me ve con la cara destrozada. <br/><br/>»Mejor no, mejor le planto cara a la vida y a la situación y le digo lo que ha pasado así, sin más. Que para eso soy un hombre y me visto por los pies, ¿no? Si, total, la culpa no ha sido mía. La culpa, ya lo ha dicho don Isaac, es de la recesión, de la competencia, del petróleo, del gobierno y de los sindicatos que son todos unos liantes. Mari me va a entender y además me quiere un montón. Cómo me va a dejar ella a mí ahora que estamos esperando un chaval. Vamos, que no se le ocurre».<br/><br/>Me sentí mejor así que volví a abrocharme los botones y me rehice el nudo de la corbata. Me levanté, cogí mi maletín, apreté los dientes y los puños y, sonriendo, me dirigí a casa.<br/><br/>—¿Mari? —pregunté al entrar.<br/>&#9;<br/>El informe de la policía adjunta como prueba número uno la nota de la mujer del finado en la que especifican los cinco motivos por los que le abandona. La nota hace alusión, también, a que le ha dejado un plato de macarrones en el microondas aunque esto,  parece no tener mucha importancia de cara a esclarecer los hechos. Como prueba número dos y tres, respectivamente, se adjuntan copias de los mensajes almacenados en el contestador telefónico del domicilio conyugal y que no habían sido oídos en el momento en que se encontró el cuerpo. El primer mensaje, dejado a las 13:30 horas por el señor Isaac  Barrosa, comunica al difunto la posibilidad de volver a ocupar su puesto de trabajo de inmediato si se aviene, claro está,  a seguir en las mismas condiciones contractuales que venía teniendo hasta ahora aunque con una bajada en el sueldo. El segundo mensaje, dejado a las 13:35 horas por la esposa del cadáver, informa de que se arrepiente de haber escrito lo que ha escrito y de que de irse al pueblo con su madre, nada de nada. En el mensaje se dice también que no ponga los macarrones más de un minuto a calentar, que se quedan secos y no hay quien se los coma.<br/><br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[Despido]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_32.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Terminé la taza de café con cuidado de no mancharme la camisa. Hacía un día espléndido. Oía cantar a Mari, mi mujer, que abría las ventanas para ventilar la habitación. Me despedí de ella con un beso. Me preguntó qué quería para comer. Como siempre.<br/><br/>Cuando llegué a la oficina no podía sospechar que, cinco minutos después, me iban a despedir. Era un empleado normal, ni bueno ni malo. Nunca me había gustado destacar en nada y mi madre me había advertido cientos de veces sobre los peligros de destacar. Aquello lo convertí en la norma de mi vida y siempre me había funcionado. Hasta aquel día. Cuando salí del despacho del jefe no había asimilado muy bien la noticia. Fue poco después, al salir a la calle y sentarme en un banco cuando me di cuenta del alcance real de lo que había pasado. Me había quedado sin trabajo. Comencé a sentir arcadas al pensar en que tenía que darle  la noticia a Mari.<br/><br/>«Le diré: Mari, no te preocupes pero tengo que contarte una cosa… No, así no. Ella pensará lo peor y tampoco hay necesidad de que crea que le ha ocurrido algo a su padre o a su madre. No. Le diré mejor: Mari, vamos a tener que apretarnos para llegar a fin de mes porque… me han despedido por ajustes de personal. Pero no te preocupes que ya saldremos de ésta. Confía en mí. Eso suena mucho mejor. A continuación la tranquilizaré diciéndole que a don Isaac  le ha costado lo suyo tener que decírmelo pero que son cosas de los de arriba y no hay nada que hacer. Dice también, que ya sé yo el aprecio que me tiene, que nunca he sido problemático y que, no lo dude, ha tratado por todos los medios de luchar por mi puesto, pero que como el año pasado sólo se han ganado tres millones de euros en lugar de los cinco del anterior, pues que me haga cargo de lo mal que está la situación. Y yo me hago cargo, Mari, me hago cargo —le diré. ¿Cómo no voy a hacerme cargo si soy yo el que he llevado las cuentas durante treinta años? ¿Si empecé de niño de los recados y he terminado de auxiliar de administración? Que tu ya sabes, Mari, que eso no lo hace todo el mundo. Que han sido muy buenos conmigo y que ya saldrá otra cosa, mujer. Total, aun soy joven y fuerte. Con treinta y seis años me como el mundo, Mari. Me lo como. <br/><br/>»Ella — piensa— no se lo va a tomar muy bien. Se lo va a tomar fatal. A lo mejor no entiende que en su momento yo firmara aquel papel con mi baja voluntaria. Pero qué iba a hacer yo… ¡Si me estaban haciendo fijo! Yo firmaba lo que me pusieran por delante y además, que con lo que pagan de paro… tampoco es que el subsidio de desempleo vaya a sacarnos de pobres, ¿no? Y además, es que si no lo firmo no hubiera trabajado tanto tiempo ni hubiera conseguido llegar a auxiliar de administración.<br/><br/>»Entonces empezará a llorar y a decirme que todo eso está muy bien, pero que cómo vamos a pagar la hipoteca, el coche, la comida… Que si me lo piensa pagar don Isaac. Me dirá que soy un ingenuo y que a ver cómo le explico yo al niño que vamos a tener el mes que viene que me he quedado sin trabajo. Me dirá, seguro que me lo dice, que nunca me he comido el mundo, que ya le hubiera gustado a ella. Yo le pediré que, por favor, no llore más, que me va a hacer llorar a mí. Ella me mirará con los ojos enrojecidos e hinchados, con una expresión entre fría e ida. El rimel corrido acentuando sus ojeras. Se tumbará en la cama, esperará a que me duerma, hará las maletas en silencio y se irá».<br/><br/>Vomité toda mi desesperación al pié del banco donde me había sentado. Desanudé la corbata y abrí un par de botones de la camisa. Respiré profundo. Muy profundo. Me sentí mejor así que volví a abrocharme los botones y me rehice el nudo de la corbata. Me levanté, cogí mi maletín, apreté los dientes y los puños. Miré los coches que cruzaban delante de mí a toda velocidad, cerré los ojos y di un paso al frente mientras trataba de imaginar el perfume de los besos de ese hijo que ya nunca conocería.<br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[Cartas de Eric Puleva (II)]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_31.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Hoy que tengo fiebre he recordado, con la claridad velada que nos regalan las décimas, aquellas palabras que una vez me dijiste. Me dijiste, espero que lo recuerdes, que cuando lo hacíamos solías despertarte sobresaltada por la sospecha de que mi semen tuviera bordadas las iniciales de otra mujer. Recuerdo que lo dejaste porque te daba miedo quedarte preñada del muñeco de un ventrílocuo.<br/><br/>Somos lo que vivimos, Pilar, tanto como lo que el espejo nos devuelve. Cuando vives al límite, si vives al límite acabas por darte cuenta, tarde o temprano, de que tu rostro son quince, tal vez dieciséis, pasos mal dados y los restos de un puñado de mujeres. <br/><br/>También de que no hay nada que hacer, que convertiste en rencor la melancolía de las mujeres y que, en realidad, sólo serías otro si te sentaran bien los pantalones blancos y las camisas azules.<br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[Retorno]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_30.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>Me acuerdo de que me operaron de un ojo en Granada y volví en tren a casa acompañado por mi abuelo que fumaba sin parar ducados.<br/><br/>Como si fuera un cíclope miraba a mi abuelo con el único ojo que me quedaba disponible. El otro me lo habían tapado con un parche. Mi abuelo siempre fue viejo. De hecho, en las fotos que he podido ver de mi bautizo ya era viejo. Era alto y delgado. El pelo que le quedaba y que nunca terminó de perder era de color blanco y siempre lo peinaba con meticulosidad hacia atrás. Usaba gafas, como todo maestro de la institución libre de enseñanza que se preciara.<br/><br/>El día, creo recordar, era soleado y a pesar de encontrarnos en mayo, el calor que hacía dentro del tren invitaba a abrir la ventanilla sobre la que se estrellaban los rayos del sol. Mi abuelo estaba sentado junto a la ventanilla del compartimento del vagón que ocupábamos. Yo junto a él.<br/><br/>Enfrente de mí se sentaba una mujer mayor vestida de negro de los pies a la cabeza. Estaba muy arrugada y si se  sentaba con la espalda pegada al respaldo del asiento, los pies le colgaban sin llegar a tocar el suelo. Su nariz era enorme. Tan grande y aguileña que casi se le juntaba la punta con la barbilla. A su lado un hombre. Si ella era pequeña y redonda, él era altísimo y enjuto aunque igual de arrugado. Formaban una pareja curiosa. El hombre vestía pantalones negros y una camisa blanca con los cuellos redoblados y abotonada hasta el último botón, lo que provocaba que el pellejo que le sobraba en el cuello se le desbordara por los bordes de la camisa.  Remataba la indumentaria una boina calada hasta las cejas. <br/><br/>El silencio del compartimento se veía roto sólo por el constante ir y venir de los viajeros que pasaban por el pasillo buscando su sitio. Faltaban pocos minutos para partir y allí nadie abría la boca. Mi abuelo seguía mirando a través de la ventanilla.<br/><br/>La extraña pareja se santiguó al unísono tres veces cuando el tren comenzó a andar. Musitaron algo que no llegué a entender por lo que miré, divertido, a mi abuelo que me hizo un gesto como de que no les hiciera caso. Sacó el paquete de ducados y se encendió un cigarro. El tren comenzaba a ganar velocidad y el movimiento rítmico y el sonido machacón del chacachá hicieron que no tardara mucho en dormirme con la cabeza apoyada en el hombro de mi abuelo.<br/><br/>Me despertó el sonido de la puerta del compartimento al abrirse y el buenas tardes, billetes por favor, que solicitó el revisor del tren. Me recompuse y no pude dejar de mirar a la señora que se sacó, como si tal cosa, los billetes del sujetador. Mi abuelo le dio los nuestros y cuando se marchó, la mujer sacó de una de las bolsas de tela con las que viajaban una tripa de chorizo y una hogaza de pan. El acompañante metió la mano en el bolsillo y sacó una navaja que le dio a la mujer. <br/><br/>— Que aproveche —dijo mi abuelo.<br/>— Gracias —respondieron al unísono los dos—. Si gustan…<br/>— No gracias —Negó mi abuelo—. Ya hemos almorzado antes de subir al tren.<br/><br/>Recuerdo que no podía dejar de mirarlos. Me llamaban la atención el ruido de la faca y del masticar sin dientes de la pareja.<br/><br/>— ¿Qué le ha pasado al niño? —preguntó la señora.<br/>— Nada, le han operado un ojo que bizqueaba —repuso mi abuelo quitándole importancia.<br/>— Ah —asintió ella.<br/>— Águeda —le reprendió el hombre mayor—, siempre metiéndote donde no te llaman. Es que no tienes solución.<br/>— Quite, quite. No tiene importancia —terció mi abuelo.<br/><br/>A esta conversación siguió otro silencio que mi abuelo aprovechó de nuevo para mirar el paisaje que nos ofrecía la ventanilla del tren. Las tierras que veíamos pasar eran tan distintas a los campos sembrados de olivos de nuestro pueblo…<br/><br/>— ¿De dónde son ustedes? —una vez más, la indiscreta Águeda volvía a la carga.<br/>— De Villavieja del Obispo, ¿Y ustedes?<br/>— De Olula del Campo —respondió inmediatamente Águeda— ¿Lo conoce usted?<br/>— Sí, estuve de maestro un tiempo allí —y se quedó pensativo—, pero eso fue hace muchos años ya. Antes de la guerra. Debe haber cambiado mucho.<br/>— Pues si le digo la verdad —respondió el hombre quitándole la palabra de la boca a la mujer—, suponemos que sí. El caso es que con la guerra salimos de allí y no hemos vuelto. Yo por mí no volvería en la vida, no tenemos familia ni amigos en el pueblo, pero esta vieja tonta se ha empeñado en volver para que nos entierren allí con la familia. Ya ve usted: cosas de viejas chochas.<br/>— Viejo chocho lo serás tú, Lisardo —le replicó con fastidio Águeda—. No sé qué tiene de malo querer enterrarse en el pueblo de uno.<br/><br/>Mi abuelo vio el cielo abierto pues esa disputa le permitía volver a sus cosas. Dio por concluida la conversación y sacó de la maleta su libro de Marcial la Fuente Estefanía y el mío que era Flash Gordon en “La Fortaleza del Espacio”. Comenzamos a leer hasta que, de nuevo, quedé dormido soñando con cohetes siderales, extraterrestres y héroes interespaciales <br/><br/>Me despertó el silbido inconfundible del tren anunciando nuestra llegada. Vi que Lisardo y Águeda se habían quedado dormidos. La cabeza de ella apoyada en el hombro de él. Recogimos nuestras cosas y cuando íbamos a salir del compartimento le pregunté a mi abuelo si no los iba a despertar.<br/><br/>— Déjalos —me dijo—. Están muertos.<br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[Cartas de Eric Puleva]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_29.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>Te parecerá curioso, Pilar, pero las palabras se me caen de las manos. Cada vez con más frecuencia. Se me escurren entre los dedos y no hay nada que pueda, ni quiera, hacer para retenerlas. Se van cayendo una tras otra para terminar estrellándose contra el suelo en una especie de suicidio colectivo que es a la vez ofrenda ritual. Una vez muertas, una vez que se han deshecho en 3.000 y un pedazos, las palabras pierden todo sentido y se covierten en una extraña sucesión de caracteres sin significado coherente. Simples significantes sin un contexto que nos permita intuir, tan siquiera, un mínimo significado que asociar a esa extraña sopa de letras que nada en su viscosa y anodina desestructuralización.<br/><br/>Tampoco siento nada que no sea vacío e indiferencia. ¿Por qué habría de sentirlo? Tan sólo se trata de palabras muertas en busca de un individuo que evoque un concepto capaz de realizarse con la fuerza de sus fonemas. Tan simple y a la vez tan complicado. La espera puede ser eterna si resulta que surge otra combinación de fonemas que cumpla esa deseada, que no necesaria, evocación antes que ella, lo cual nos indica la inutilidad de su existencia presente a pesar de su gran e inestimable utilidad pretérita y puede que, hasta, futura.<br/><br/>Nunca se sabe con esto de las palabras muertas o en vías de extinción.<br/><br/>Lo que importa, lo que de verdad importa de todo este asunto es que sigo teniendo los dedos y las palmas de las manos llenas de babeantes palabras mirándome con cara de no nos hagas esto, por favor, danos otra oportunidad. Las sacudo para librarme de ellas, pero se aferran a la vida con la fuerza de sus siglos y entiendo que así no, que de esta manera no me libraré de ellas. Así pues, abro el grifo del lavabo y, frotándome las manos hasta que la sangre mana para teñir de rojo bermellón todos esos cadáveres con ojos suplicantes, dejo que se vayan en espirales interminables por el desagüe en busca del limbo en el que habitarán hasta que alguien, tal vez yo, quién sabe, los rescate de su muerte y los devuelva a la vida. Aunque sólo sea por un pequeño instante para ganar más puntos formando con ellos la palabra anteojos en lugar de gafas en una partida de scrabble.<br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[El coloquio de los perros]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_28.htm]]></link><description><![CDATA[<br/><br/>Rompiendo las normas no escritas que me impuse no hará mucho en cuanto al contenido de este blog, quiero anunciar a bombo y platillo (BOM BOM CHISSSSSSS) la publicación de un nuevo número de "<a target="_blank" href="http://www.elcoloquiodelosperros.net/">El coloquio de los perros</a>", revista digital que ha cumplido ya 10 números. Comenzó su andadura en octubre del año 2.000 y sorteando todo tipo de dificultades ha sabido llegar hasta nosotros avalada exclusivamente por la calidad de sus contenidos y la constancia y dedicación personal de sus creadores: Juan de Dios García, director y Angel M. Gómez Espada, ayudante de dirección. Ya en el primer número su director hacía toda una declaración de intenciones acerca del contenido "<i><b>...tampoco querríamos que se nos tildara de revista pantagruélica en la que cualquiera puede escribir poemas sin las medidas cualitativas pertinentes.</b></i>" y "<i><b>... sí que tenemos la intención de resultar una revista seria y comprometida con los valores de la poesía contemporánea en lengua española</b></i>". Sin miedo al error, puedo decir que la fórmula empleada ha resultado ser un éxito y consecuencia de ello es el constante crecimiento de colaboradores y de secciones en las que, procurando siempre que mantengan un vínculo de unión con la literatura,  se abordan temas como la música, el cine, artes plásticas y el cómic. Por todo ello, y esta vez con corneta de pregonero municipal, os recomiendo que paseeis por sus páginas. No os defraudará.<br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[El mal de la piedra (IIIª parte)]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_27.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>&#9;—AHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH.<br/><br/>Me quedé petrificada, sin aliento mientras que toda una serie de imágenes cruzaron a toda prisa por mi cabeza que se negaba a reaccionar como Dios manda. En un primer momento y acostumbrada como estaba a analizar rápidamente situaciones críticas y a salir airosa de ellas (confieso que a pesar de mi falsa y aparente modestia, esas situaciones y sobre todo su desenlace me provocaban un placer cercano al pecado), pensé, o mejor dicho, deduje y llegué a la conclusión de que debía tratarse de una de las  alucinaciones auditivas que venía padeciendo desde hacía tiempo. No podía tratarse de otra cosa pues, entre otras razones, se suponía que estaba en un convento en el que dada la tranquilidad y sosiego inherentes a la clausura, las situaciones a las que me había venido exponiendo con arrojo, insistencia e... inconsciencia, a tenor de mis superioras,  estaban descartadas de antemano. Claro que si algo había aprendido era a no descartar nada de antemano y heme aquí que a la primera de cambio y sin mediar presión me encuentro tropezando en la misma piedra por enésima vez. «Calma, madre Esdrújula —me dije—.No dejes que tu imaginación te domine». Me senté en el suelo adoptando la postura del loto y comencé a hacer aquellos ejercicios de respiración abdominal en ocho tiempos que aprendí en un viaje al Tibet y que tan buen resultado me habían dado en ocasiones anteriores; Uuuuno, doooos, treeees, cuaaatro —inspiraba al tiempo que contaba mentalmente—, ciiiiinco, seiiiis, sieeeeete, oooochooo —expiraba y trataba de dejar la mente en blanco. Parecía que la cosa funcionaba así que seguí respirando hasta que sumida en un trance, mitad producto de la relajación y mitad del mareo que me provocó la sobre-oxigenación, me encontré en un estado de paz y tranquilidad tal, que pude substituir lo que creí alucinaciones auditivas esquizoides por la dulce música del silencio de mi nirvana personal. Pero la tranquilidad duró poco, pues otro grito rompió de manera definitiva el placentero estado alcanzado.<br/><br/>&#9;—ARRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGG.<br/><br/>Oir el nuevo grito, tener la consciencia de que no era una alucinación y sentir el dolor agudo que—sé que debería haber ofrecido ese dolor y sufrimiento al Señor para la salvación de las almas, pero sinceramente confesaré que se me olvidó— , empezando por el pecho se extendió como una metástasis hacia el brazo pasando despues al cuello para terminar en el mentón, fue todo uno. Instintivamente y antes de que se presentaran mayores complicaciones en las que ya tenía cierta... llamémosle experiencia, abrí la botonadura de mi camisa y saqué la medalla-escapulario-portapastillas donde llevaba mis salvadoras angiolinguales. Con más torpeza que habilidad —todo hay que decirlo— conseguí sacar una e introducírmela debajo de la lengua. El alivio fue instantáneo y pude notar o quizá imaginar como el caudal de sangre que llegaba a mi corazón aumentaba segundo a segundo. Aun así, no esperé más de dos minutos antes de sacar y depositar —ésta vez con más calma y la boca seca— una segunda dosis, Todo el episodio transcurrió en unos pocos minutos que a mi me parecieron horas ya que durante el ataque no paraba de darle vueltas a la cabeza tratando de acelerar, de alguna manera, la remisión del dolor para dirigirme al pasillo y ver lo que ocurría. Cuando me vi con fuerzas para levantarme, desenlacé, más a trancas que a barrancas, las piernas que se me habían quedado dormidas por la antinatural postura y medio cojeando, sintiendo como si tuviera las plantas de los pies cubiertas de alfileres, me avalancé hacia la puerta para descubrir, extrañada, que la puerta no se abría. «No puede ser —me dije—, no recuerdo haber oido a la hermana Sintaxis cerrar la puerta, ¿Qué está pasando aquí?». Volví a probar para cerciorarme de que, efectivamente, estaba cerrada. Si algo tenía era persistencia aunque las hermanas se empeñaran en llamarlo obstinación y orgullo. Recordé, de pronto, que entre mis llaves llevaba un pequeño y discreto espadín que me fabricó un pobre diablo tremendamente agradecido por algo que hice por su familia en un momento determinado. Ese algo (cuyo relato no viene a colación ahora) que para mí era de lo más habitual pero que para él significaba un mundo, consiguió que —entre otras cosas que ya contaré a su debido tiempo— me enseñara el dificil arte de abrir puertas propias y... ajenas. Busqué en la bolsa de aseo el manojo de llaves donde se suponía que debía estar el espadín, pero los nervios y el incómodo tembleque que tenía en las manos hacían más dificil la tarea. Para colmo de males la luz de la habitación se apagó y todo quedó "a oscuras". Un escalofrío me recorrió la columna de arriba abajo al notar que detrás de mí había alguien. Sí, no había duda posible de que estaba en lo cierto así que me armé de valor y cuando me giré para encararme a esa presencia, un fuerte golpe en la cabeza me dejó inconsciente. «Señor, qué día...», pensé antes de caer desplomada al suelo.<br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[El mal de la piedra (IIª parte)]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_26.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>&#9;—Ave Madía Pudícima.<br/><br/>&#9;—Sin pecado concebida, hermana. Soy la Madre Esdrújula.<br/><br/>&#9;—Enceguida abuo la puedta. No taduo.<br/><br/>El pesado portón se abrió lo suficiente como para dejarme entrar y observar, fascinada, el artesonado que vestía los techos y aportaba una nota de constraste a la austera decoración de las paredes. Donde antes hubo cuadros, había ahora espacios vacíos en los que el blanco se hacía más patente. Mi mirada debía delatarme pues la hermana que me había atendido desde el torno me tiró de la manga del hábito en una clara indicación de que desviara la vista hacia ella.<br/><br/>&#9;—Madue Ezdújula, qué aleguía tenedla aquí entue nozotuas, Ez una bendición del cielo... zobue todo en estoz momentoz tan... Pod ciedto, zoy la hedmana Cintaciz...<br/><br/>&#9;—Encantada, hermana.<br/><br/>&#9;—... y me encadgo del todno y —poniéndose un dedo en los labios se me acercó mirando en varias direcciones y me susurró al oido— de la vigilancia.<br/><br/>&#9;—¿De la vigilancia? —pregunté extrañada.<br/><br/>&#9;—Zi Madue —movió afirmativamente la cabeza—. Dedde que defodmadon la caza de los cudaz jubiladoz, eza que hay juzto pegada a nueztuo convento y que padece una dizcoteca moduena, no tuve otuo demedio que ponedme a montad guaddia pod ci a alguno le tentaba el coladce en nueztuo huedto como en aquella ocación en la que... Pedo venga, Madue, no ce quede ahí hecha un padmadote y cígame, que la conduciué a zu celda.<br/><br/>La hermana Sintaxis no mediría mucho más de 1,50 ó 1,55. Parecía una pequeña albóndiga que en cualquier momento iba a salir rodando o dodando (pensé divertida). No bajaría de los 40 años aunque su tez lisa, rosada y limpia, la ausencia de arrugas y unos ojos azules grandes, sinceros y luminosos que parecían estar sonriendo continuamente, indicaban lo contrario. Caminaba con paso firme y decidido sorteando con facilidad (impensable, a tenor de los quilos que sus pequeños piés calzados con sandalias tenían que soportar) los obstáculos que, de tanto en tanto, se nos presentaban en el cada vez más intrincado camino hacia mi celda. Finalmente y tras ascender a través de unas escaleras cuyos escalones tenían altura variable, la hermana se paró frente a una puerta de madera obscura y girando el pomo de la misma, me indicó:<br/><br/>&#9;—Hemoz llegado. Aquí tiene la que cedá zu celda mientuas ezté en el convento. Decuedde, madue, que los maitinez zon a las doce y cuadto de la noche, dezpuéz, laudez y a dodmi. Que dezcance uzted.<br/><br/>Cerró  la puerta con un sordo golpe que debió oírse en todo el barrio que abrazaba a la catedral-fortaleza y se marchó, rodando, igual que llegó. Dejé mi maleta y mi mochila encima del catre que hacía las veces de cama. La celda era minúscula aunque suficiente; un crucifijo barroco, un escritorio, una pequeña mesita de noche y un armario de dos puertas empotrado en un hueco de la pared componían la decoración. «Estaría bien una estantería donde dejar mis libros», pensé,  y observando las paredes me fijé en un pequeño relieve con forma cuadrada en una de ellas que hacía entrever la existencia pretérita de un ventanuco por donde entrara la luz a la celda. Me fijé un poco más y me di cuenta de que había un par de alcayatas blanqueadas clavadas justo al lado de la... presunta o mejor dicho, extinta ventana. Y nada más. Tan sólo el blanco reluciente de las sucesivas capas de cal que habían ido recibiendo las paredes durante cientos de años y que, en más de una ocasión, habían logrado que las epidemias de enfermedades contagiosas que asolaron la ciudad casi por completo, respetaran la vida de las contemplativas monjas.<br/><br/>Comencé a deshacer la maleta y a colocar meticulosamente la poca ropa que había traído encima del escritorio y sobre la cama recordando las palabras de mi abuela cuando yo era muy pequeña: <br/><br/>&#9;—El secreto consiste en llevar sólo las cosas que de verdad hacen falta, escoger una maleta ni muy grande ni muy pequeña, doblar bien la ropa procurando que sea por las costuras —me decía con esa sonrisa que sólo las abuelas tienen— y comenzar a llenar la maleta empezando por la ropa menos delicada para terminar por la más delicada. Los huecos los rellenas con la ropa interior, los calcetines, libros y los zapatos que, previamente, metes en bolsas para no manchar.<br/><br/>Perdida en estas cosas estaba cuando un grito horrible me heló la sangre.<br/><br/>&#9;]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[El mal de la piedra]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_25.htm]]></link><description><![CDATA[Conocí a la hermana Sintaxis el primero de noviembre del año 2.006. Acababa de instalarme en el convento de clausura de la <a target="_blank" href="http://www.planalfa.es/confer/concepcionistas/concepcionistas.htm">Orden de las Concepcionistas Franciscanas</a> por prescripción médica. «Si no descansa —me había asegurado el médico— no cuente con vivir más de unos meses; sus arterias están muy obstruidas y su corazón no creo que aguante mucho tiempo a este ritmo. Usted verá, madre...»<br/>&#9;<br/>                     —Esdrújula —interrumpí— madre Esdrújula.<br/>&#9;<br/>                      —... ¿Esdrújula?<br/><br/>Le dejé con cara de idiota y la palabra en la boca y de ahí a mi llegada y encuentro con la hermana Sintaxis (que de eso trataba el asunto antes de perdernos en el tiempo) en el convento de las puras en Almería, no pasaron más de dos semanas. Dos semanas, eso sí,  llenas de intentonas de dejar zanjados los asuntos que tenía a medias durante el día y de pesadillas recurrentes en las que, invariablemente,  soñaba con montones de grasa obstruyendo y desbordando tuberías, durante la noche.<br/>No había avisado de la hora en la que llegaría así que cogí un taxi en la estación Intermodal y saqué de una mochilita, donde llevababa las cosas de tener a mano, mi Palm y tecleando en ella le indiqué al taxista:<br/><br/>&#9;—Al <a target="_blank" href="http://www.naturworld.net/almeria/puras.php">convento de las Puras</a>, por favor. Junto a la catedral, calle José Angel Valente.<br/><br/>&#9;—Faltaba más, hermana.<br/><br/>&#9;—Madre, hijo mío, madre.<br/><br/>Esdrújula. Iba a añadir... aunque consideré que el dato tampoco era de vital importancia para aquel joven taxista que parecía conocer la ciudad como la palma de su mano y que probablemente no sabría apreciar el nombre que tomé el día en que deje de ser novicia y me casé con el Señor. Habían pasado... ¡tantos años, ya! y sin embargo y a pesar de los muchos peros que había tenido que sortear todos estos años mi ilusión seguía estando a prueba de bombas, más si cabe, desde que abandoné las tediosas labores a las que se dedicaban en mi convento y me dediqué a aquello en lo que yo podía disfrutar y ser realmente buena. «Hay que controlar la soberbia», se dijo.<br/><br/>&#9;—Hemos llegado, madre. Deme tres euros y estamos en paz.<br/><br/>Cuando vi la que iba a ser mi casa durante un tiempo, supe que mi superiora, la madre Diacrítica, había elegido bien. «No podía fallar —pensé—. Nunca lo hace y no iba a ser esta la primera vez.». El convento había sido fundado para <a target="_blank" href="http://www.fratefrancesco.org/clara/65.clar.htm">las clarisas</a>, pero debido a ciertos problemas testamentarios fue ocupado en 1.515 por las concepcionistas. Como casi todos los edificios que han sobrevivido al paso del tiempo, de la historia y de la especulación, el convento tenía <a target="_blank" href="http://vereda.saber.ula.ve/cgi-win/be_alex.exe?Ejemplar=T500200001613/0&Nombrebd=vereda-arte&ForReg=/&Encab=0">elementos arquitectónicos sucesivos </a>que iban desde el gótico tardío hasta el barroco, pasando por el mudejar y el neogótico. Desprendía clase y belleza por todos los poros de sus piedras...<br/>LLamé a la puerta y tras una larga, larguísima espera o al menos eso me pareció, pude comprobar como la rendija que quedaba por debajo de la puerta se iluminaba. <a target="_blank" href="http://www.barriosantacruz.com/monumentos/torno.jpg">El torno </a>que servía de acceso al mundo exterior chirrió y oí con nitidez la frase que esperaba:<br/><br/>&#9;—Ave Madía Pudícima.<br/><br/>&#9;—Sin pecado concebida, hermana. soy la Madre Esdrújula.<br/> <br/>                                         (Continuará)<br/><br/>&#9;<br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item><item><title><![CDATA[Miércoles]]></title><link><![CDATA[http://blogs.ya.com/lacucarachadekafka/c_24.htm]]></link><description><![CDATA[<br/>Odio desayunar con Mallarmé "<i>Vagaba, pues, con la mirada fija en el viejo enlosado, cuando con el sol en los cabellos, en la calle y en la tarde, tú te me apareciste sonriente, y yo creí ver el hada del brillante sombrero...</i>" y que el sol me ciege los ojos sin un Alejandro- parapeto barato - que me libre de su tiranía. La alucinación me devuelve a mi abuelo atado al mástil para intentar resistir- inútilmente - el canto de las sirenas. Se fue... Con estrellas en los ojos retorno a la realidad y me encuentro con que soy otro Ulises, Odiseo cansado  ya de aventuras, de regreso a casa para descubrir que la venganza me convierte en héroe de mediocres.<br/><br/><br/>]]></description><author><![CDATA[Heliotropo]]></author></item></channel></rss>
