Cambiar sin miedo
Siempre, o casi siempre, me he adaptado bastante bien a los cambios. Pero una cosa es cierta: el período anterior al cambio se me suele hacer eterno y suele estar lleno de dudas y temores.
Estoy viene a cuento de que estoy en un período de transición laboral. Vamos, que... cambio de trabajo. Y aunque sin duda es a mejor, necesito tomarme un tiempo, un par de días para respirar hondo, pensar, valorar... en resumen, acostumbrarme a la nueva situación.
Por eso estos días me estoy dando cuenta de que en realidad a mi no me suele importar cuál es el cambio, ni si es a mejor o a peor, sino el simple hecho de que se produzca; esto basta para que mi cabeza se ponga a trabajar.
Porque cuando cambias, todo es nuevo. Entonces te das cuenta de lo bien que te llevas con tus anteriores compañeros, la de risas que te echabas, los cafés, las salidas, y todo a pesar de trabajar mucho por muy poco...
Creo que es necesario, y muy sano, evitar los "Y si...?" que tantos quebraderos de cabeza me han causado en algunas situaciones.
¿Y si... no estoy a la altura del puesto?
¿Y si... la relación con los compañeros no es buena?
¿Y si... no valgo para esto?!?
Qué estres! Así no me extraña que los cambios causen presión a la mayoría de la gente. Por eso he decidido no agobiarme con situaciones que no sólo no se han producido, sino que no tienen por qué producirse. Y desde luego no seré yo quien lo pase mal por ningún Y SI.
Estoy viene a cuento de que estoy en un período de transición laboral. Vamos, que... cambio de trabajo. Y aunque sin duda es a mejor, necesito tomarme un tiempo, un par de días para respirar hondo, pensar, valorar... en resumen, acostumbrarme a la nueva situación.
Por eso estos días me estoy dando cuenta de que en realidad a mi no me suele importar cuál es el cambio, ni si es a mejor o a peor, sino el simple hecho de que se produzca; esto basta para que mi cabeza se ponga a trabajar.
Porque cuando cambias, todo es nuevo. Entonces te das cuenta de lo bien que te llevas con tus anteriores compañeros, la de risas que te echabas, los cafés, las salidas, y todo a pesar de trabajar mucho por muy poco...
Creo que es necesario, y muy sano, evitar los "Y si...?" que tantos quebraderos de cabeza me han causado en algunas situaciones.
¿Y si... no estoy a la altura del puesto?
¿Y si... la relación con los compañeros no es buena?
¿Y si... no valgo para esto?!?
Qué estres! Así no me extraña que los cambios causen presión a la mayoría de la gente. Por eso he decidido no agobiarme con situaciones que no sólo no se han producido, sino que no tienen por qué producirse. Y desde luego no seré yo quien lo pase mal por ningún Y SI.
Flechazos y rechazos
Viendo cómo son las relaciones personales, a veces me pregunto qué es lo que hace que nos sintamos atraídos por determinada gente mientras que otra nos produce casi rechazo, sin motivo aparente.
Yo a veces me he sentido muy injusta cuando he conocido a alguien y, apenas ha abierto la boca, me he cruzado de brazos con el ceño fruncido pensando "Dios!, qué mal me cae". No es que pillemos a esta gente realizando alguna acción asquerosa... Si es que no hace falta! Simplemente... no encajamos.
Bien es cierto que en ocasiones es sólo una primera impresión que se desvanece con el paso del tiempo, días o incluso horas. Pero así, para empezar, ya le hemos dedicado un pensamiento negativo a alguien a quien ni siquiera damos el beneficio de la duda.
Y lo mismo sucede al contrario. Yo tengo unas pocas personas imprescindibles en mi vida a las que vi y pensé: "Para mí, me lo quedo!".
¿Por qué tendremos estas reacciones, casi primarias?
¿Será que, para bien y para mal, Dios nos cría y nosotros nos juntamos?
Yo a veces me he sentido muy injusta cuando he conocido a alguien y, apenas ha abierto la boca, me he cruzado de brazos con el ceño fruncido pensando "Dios!, qué mal me cae". No es que pillemos a esta gente realizando alguna acción asquerosa... Si es que no hace falta! Simplemente... no encajamos.
Bien es cierto que en ocasiones es sólo una primera impresión que se desvanece con el paso del tiempo, días o incluso horas. Pero así, para empezar, ya le hemos dedicado un pensamiento negativo a alguien a quien ni siquiera damos el beneficio de la duda.
Y lo mismo sucede al contrario. Yo tengo unas pocas personas imprescindibles en mi vida a las que vi y pensé: "Para mí, me lo quedo!".
¿Por qué tendremos estas reacciones, casi primarias?
¿Será que, para bien y para mal, Dios nos cría y nosotros nos juntamos?
Estoy de vuelta...
Después de mucho tiempo sin escribir, espero no volver a dejar tanto tiempo...
Echar de menos
Ni gripe aviar, ni ántrax, ni vacas locas. El mal del que voy a hablar está tan extendido que a veces parece la plaga del siglo. Este echar de menos. Este colgar el teléfono y la sensación invasora (porque llega sin permiso para abrirse paso a machetazos entre la maraña de pensamientos que tenemos en la cabeza) de que han pasado años luz desde la última conversación.
Echar de menos es…
…como cuando eras pequeño y querías un caramelo, y tu madre te decía que no, y te tirabas al suelo y pataleabas y gritabas con todos tus pulmones, como si te fuera la vida en ello, como si fuese la última vez que gritabas. Salvo que ahora no puedes hacerlo (eso no queda nunca bien en personas que miden más de metro y medio) así que tienes que tragártelo. Enterito. Y qué trago más amargo.
…como ese (esos) sueño(s) que tienes ahí, lejos, que sabes que no vas a alcanzar (no hoy, al menos) y te puede la impaciencia y buscas saltar muy alto, a ver si así te acercas. Pero no llegas. Lo deseas con todas tus fuerzas. Pero tarda en llegar. A morderse las uñas.
…como cuando esperas todo el día a llegar a casa, abrir la nevera y comerte ese trozo de tarta que sobró del otro día, y llegas y uuuuuuyyy, ya no está, se lo comió tu tío a mediodía.
…como el día después del DÍA (que no la víspera), cuando ya ha pasado lo que tenía que pasar, cuántas veces lo habías soñado, uf, qué importante era para ti, cuánto tiempo lo habías repetido en tu mente, una y otra vez, reproduciéndolo a tu manera y mira. Ayer lo viviste. ¿Y ahora, qué?
…como cuando llega el final de un libro que no has podido parar de leer, y te has quedado hasta las 5 de la mañana para acabarlo, y llegas a la última página y lo cierras, y te preguntas por qué habrás tenido tanta prisa en terminar lo que tanto estabas disfrutando.
A mí no me gusta echar de menos porque quiero tener cerca a quien me importa.
A mí me gusta echar de menos porque significa que tengo a quién querer, aunque esté queriéndome, y a la inversa, a cientos de kilómetros de distancia.
Pero no me importa.
Porque sólo echo de menos a quien está lejos.
Y tengo la suerte de no echar de menos a quien tengo a mi lado.
Echar de menos es…
…como cuando eras pequeño y querías un caramelo, y tu madre te decía que no, y te tirabas al suelo y pataleabas y gritabas con todos tus pulmones, como si te fuera la vida en ello, como si fuese la última vez que gritabas. Salvo que ahora no puedes hacerlo (eso no queda nunca bien en personas que miden más de metro y medio) así que tienes que tragártelo. Enterito. Y qué trago más amargo.
…como ese (esos) sueño(s) que tienes ahí, lejos, que sabes que no vas a alcanzar (no hoy, al menos) y te puede la impaciencia y buscas saltar muy alto, a ver si así te acercas. Pero no llegas. Lo deseas con todas tus fuerzas. Pero tarda en llegar. A morderse las uñas.
…como cuando esperas todo el día a llegar a casa, abrir la nevera y comerte ese trozo de tarta que sobró del otro día, y llegas y uuuuuuyyy, ya no está, se lo comió tu tío a mediodía.
…como el día después del DÍA (que no la víspera), cuando ya ha pasado lo que tenía que pasar, cuántas veces lo habías soñado, uf, qué importante era para ti, cuánto tiempo lo habías repetido en tu mente, una y otra vez, reproduciéndolo a tu manera y mira. Ayer lo viviste. ¿Y ahora, qué?
…como cuando llega el final de un libro que no has podido parar de leer, y te has quedado hasta las 5 de la mañana para acabarlo, y llegas a la última página y lo cierras, y te preguntas por qué habrás tenido tanta prisa en terminar lo que tanto estabas disfrutando.
A mí no me gusta echar de menos porque quiero tener cerca a quien me importa.
A mí me gusta echar de menos porque significa que tengo a quién querer, aunque esté queriéndome, y a la inversa, a cientos de kilómetros de distancia.
Pero no me importa.
Porque sólo echo de menos a quien está lejos.
Y tengo la suerte de no echar de menos a quien tengo a mi lado.
¿Por qué lo llaman "sueldo" cuando quieren decir "propina"?
Recuerdo la época en que me encontraba sin trabajo y fui a una entrevista. Una más, quiero decir. Una va con toda su ilusión y con todos sus pocos años a buscarse la vida tras la reconfortante burbuja de la universidad. Esa época en que todavía tienes la nariz dolorida de la leche que te has dado contra la realidad.
La entrevista fue bien. Él te pregunta, tú le cuentas, te sonríe, le sonríes, te muestras amable, te vienen a la cabeza todos los consejos de familia/novio/amigos: “No cruces los brazos, que es signo de autoprotección”, “Mira a los ojos, sino creerá que escondes algo”, “No dejes el bolso en el regazo, cuélgalo en algún sitio o déjalo en el suelo”, “Habla despacio, pero con contundencia”, “No le interrumpas o te tachará de impositiva”...
¿Y qué más? Haz malabares con un loro en el hombro y un hula-hop en la cintura. Joder.
En fin. Tú tienes bastante con articular todas las palabras seguidas y formar frases coherentes como para andar pendiente de si pasa una mosca y se te posa en la oreja. Lo haces lo mejor que puedes, y llega el momento de la verdad.
- Bien, Momo. Tu currículum es ciertamente interesante. Has estado en el extranjero, sabes idiomas, tienes experiencia, buen expediente. Pero mira, bonita, yo ahora no te puedo hacer un contrato, ¿sabes? Ya sabes cómo están las cosas.
Me quedo con cara de “¿cómo están?”.
- Pues muy mal, muy mal. – continúa – Así que no te puedo hacer un contrato. Pero lo que sí puedo hacer es dejar que trabajes aquí. Es decir, tú harás lo mismo que los demás. Las mismas horas, la misma responsabilidad. Pero sin contrato. Lo entiendes, ¿verdad?
No, no lo entiendo, repítelo.
- Entonces haremos esto. Te doy unas 50.000 pesetas, eso en euros es… 300, ¿no? Que oye, para tus gastos y eso te llega, ¿no?
Creo que fue en ese preciso instante cuando comencé a sufrir el Síndrome de Estocolmo. Ahí, y no antes. Mi mente funcionó a toda velocidad. “No tienes nada mejor, cógelo, por algo tienes que empezar.” Y cual inmigrante recién llegada en patera, acepté el empleo con menos legalidad de este mundo. O uno de tantos.
(*Este no ha sido el peor de los que he tenido, ni mucho menos, un día os cuento el más ridículo para que os riáis un rato).
Cuando salí de allí, pisé la calle y sucedió. El Síndrome de Estocolmo se había desvanecido. Y como siempre, las mejores respuestas llegan cuando ya no puedes decirlas.
Porque yo me pregunto ahora, ¿por qué lo llaman sueldo cuando quieren decir propina?
Así que, aquí y ahora, me vais a dejar que haga un ejercicio mental. Por si me vuelvo a encontrar en la misma situación alguna vez.
- ¿Que no me puedes hacer un contrato? Me encantará ver cómo se lo explicas al inspector de trabajo que venga cuando te denuncie por explotación. Capullo.
- ¿Me “dejas” que trabaje aquí? ¿Me dejas? ¿Y tú me “dejas” que te aplaste un poquito tus dedos con el pisapapeles? Digo, ya que eres tan amable.
- ¿Las mismas responsabilidades? Ah, que los derechos no van con los deberes. Y oye, si me estampo yendo en coche mientras curro, ¿te llamaré a ti para que des tu número de la seguridad social, ya que a mi no me la cubres?
- ¿Para mis gastos, dices? Sí, jopetas, ¡gracias! Me llega de sobra para comprarme las chuches y las gominolas. Qué guay. 300 euros por 9 horas al día. Jo, no tenías por qué.
Y no tenías por qué porque para la propina ya tengo a mis abuelos que me la dan con todo su corazón y esfuerzo desde que tenía 10 años.
¿Y sabes lo que te digo?
Que te puedes quedar con el cambio.
La entrevista fue bien. Él te pregunta, tú le cuentas, te sonríe, le sonríes, te muestras amable, te vienen a la cabeza todos los consejos de familia/novio/amigos: “No cruces los brazos, que es signo de autoprotección”, “Mira a los ojos, sino creerá que escondes algo”, “No dejes el bolso en el regazo, cuélgalo en algún sitio o déjalo en el suelo”, “Habla despacio, pero con contundencia”, “No le interrumpas o te tachará de impositiva”...
¿Y qué más? Haz malabares con un loro en el hombro y un hula-hop en la cintura. Joder.
En fin. Tú tienes bastante con articular todas las palabras seguidas y formar frases coherentes como para andar pendiente de si pasa una mosca y se te posa en la oreja. Lo haces lo mejor que puedes, y llega el momento de la verdad.
- Bien, Momo. Tu currículum es ciertamente interesante. Has estado en el extranjero, sabes idiomas, tienes experiencia, buen expediente. Pero mira, bonita, yo ahora no te puedo hacer un contrato, ¿sabes? Ya sabes cómo están las cosas.
Me quedo con cara de “¿cómo están?”.
- Pues muy mal, muy mal. – continúa – Así que no te puedo hacer un contrato. Pero lo que sí puedo hacer es dejar que trabajes aquí. Es decir, tú harás lo mismo que los demás. Las mismas horas, la misma responsabilidad. Pero sin contrato. Lo entiendes, ¿verdad?
No, no lo entiendo, repítelo.
- Entonces haremos esto. Te doy unas 50.000 pesetas, eso en euros es… 300, ¿no? Que oye, para tus gastos y eso te llega, ¿no?
Creo que fue en ese preciso instante cuando comencé a sufrir el Síndrome de Estocolmo. Ahí, y no antes. Mi mente funcionó a toda velocidad. “No tienes nada mejor, cógelo, por algo tienes que empezar.” Y cual inmigrante recién llegada en patera, acepté el empleo con menos legalidad de este mundo. O uno de tantos.
(*Este no ha sido el peor de los que he tenido, ni mucho menos, un día os cuento el más ridículo para que os riáis un rato).
Cuando salí de allí, pisé la calle y sucedió. El Síndrome de Estocolmo se había desvanecido. Y como siempre, las mejores respuestas llegan cuando ya no puedes decirlas.
Porque yo me pregunto ahora, ¿por qué lo llaman sueldo cuando quieren decir propina?
Así que, aquí y ahora, me vais a dejar que haga un ejercicio mental. Por si me vuelvo a encontrar en la misma situación alguna vez.
- ¿Que no me puedes hacer un contrato? Me encantará ver cómo se lo explicas al inspector de trabajo que venga cuando te denuncie por explotación. Capullo.
- ¿Me “dejas” que trabaje aquí? ¿Me dejas? ¿Y tú me “dejas” que te aplaste un poquito tus dedos con el pisapapeles? Digo, ya que eres tan amable.
- ¿Las mismas responsabilidades? Ah, que los derechos no van con los deberes. Y oye, si me estampo yendo en coche mientras curro, ¿te llamaré a ti para que des tu número de la seguridad social, ya que a mi no me la cubres?
- ¿Para mis gastos, dices? Sí, jopetas, ¡gracias! Me llega de sobra para comprarme las chuches y las gominolas. Qué guay. 300 euros por 9 horas al día. Jo, no tenías por qué.
Y no tenías por qué porque para la propina ya tengo a mis abuelos que me la dan con todo su corazón y esfuerzo desde que tenía 10 años.
¿Y sabes lo que te digo?
Que te puedes quedar con el cambio.





