Sensualidad de madrugada
Y en una madrugada de sábado, ella se disponía dormir, piel dorada por el sol. El calor sofocante aprisionaba su alma. Más ella sabía que era otra su prisión. Desconocía en el fondo, cual era el sentido de su interior. Penetración de sentidos que la estremecían Hallaba preguntas que carecían de una respuesta tácita. Miraba a su alrededor. Rápidos Ojos verdes. Rápidas miradas aleteando el aroma intenso de una vela adormecida, casi expirando. Ofreciendo al cielo, los últimos alientos de su vida.
Ella seguía buscando respuestas. Miraba atrás. Volaba sobre sus recuerdos. Volaba hacia los deseos enfermizos que le provocaba recordar, aquellos momentos vividos junto a sombra gótica. Aquella habitación de hotel que, gemía sólo al intuir su presencia. Sin más alimento, que el propiciado por los aromas del instinto, del deseo y del sexo. Segundos, minutos que se convertían en horas, y horas en días sin más fluir que el fluir de los flujos de la vida. Néctar de mermelada, junto a un poderoso zumo lácteo, que ella bebía y bebía hasta rallar la extenuación.
Ella recordaba, y se dejaba embriagar por lo que él significo para ella, aunque ahora sea tan sólo un lejano recuerdo.
Recuerdos que ella nombraba uno a uno y que iban desde viejo amigo a ex nube, el más poderoso de los últimos vividos.
De repente, paró de recordar y volvió a su presente. Intento detenerlo un minuto. Y no supo hacerlo. Un presente, en el que sentía el fino cuchillo del desconcierto.
Su sensualidad a flor de piel. Su camisón de fino raso, rasgando su piel. Alborotando su corazón. Penetrando su alma. Caricias de finos dedos, que se posaban sobre su pecho desnudo y se alargaban hacia su suave pelo.
Ella miraba y miraba… y súbitamente sintió frío. Un frío estremecedor. Un frío helado que la recorrió desde sus ojos hasta su corazón. Hasta llegar al vigor de su sexo escondido, irradiando poros de hielo a cada paso.
Uno, dos pasos la separaban de la cama. Se tumbó. Miró. Observó. Acaricio la suavidad vacía de su piel. Se lleno del aire. Se emborrachó de él.
Segundos. Minutos. Instantes de reloj parado. Y ella volvió a levantarse. Sus ojos. Sus ojos vestían la dulzura de sus abrazos y sus dedos tejían livianos, ligeros palabras que se componían de notas de música de su sentido. Notas que tenían una cadencia ligera en su mente. Mente subyugada por el poder del aliento de una mariposa en su estomago. Esa que creyó encontrar entre sus recuerdos. Que creyó observar en el mar azul de unos ojos que día a día la siguen mirando. Ojos que tenían el poder de un embrujo a medianoche.
Y de nuevo un hielo recorriendo su espalda.
De nuevo el comienzo.
De nuevo una lágrima descendiendo , suave y tibia por su mejilla. Lágrima dulce. Lágrima de azúcar, con ligero sabor a melocotón. Con fino toque a madrugada. A noche a luna.
Con un fino toque a ti. A tu cuerpo. A tu piel. A tu pelo. A tus ojos. A tus manos. A tu voz…..A ti.
Donde estés…………
Ella seguía buscando respuestas. Miraba atrás. Volaba sobre sus recuerdos. Volaba hacia los deseos enfermizos que le provocaba recordar, aquellos momentos vividos junto a sombra gótica. Aquella habitación de hotel que, gemía sólo al intuir su presencia. Sin más alimento, que el propiciado por los aromas del instinto, del deseo y del sexo. Segundos, minutos que se convertían en horas, y horas en días sin más fluir que el fluir de los flujos de la vida. Néctar de mermelada, junto a un poderoso zumo lácteo, que ella bebía y bebía hasta rallar la extenuación.
Ella recordaba, y se dejaba embriagar por lo que él significo para ella, aunque ahora sea tan sólo un lejano recuerdo.
Recuerdos que ella nombraba uno a uno y que iban desde viejo amigo a ex nube, el más poderoso de los últimos vividos.
De repente, paró de recordar y volvió a su presente. Intento detenerlo un minuto. Y no supo hacerlo. Un presente, en el que sentía el fino cuchillo del desconcierto.
Su sensualidad a flor de piel. Su camisón de fino raso, rasgando su piel. Alborotando su corazón. Penetrando su alma. Caricias de finos dedos, que se posaban sobre su pecho desnudo y se alargaban hacia su suave pelo.
Ella miraba y miraba… y súbitamente sintió frío. Un frío estremecedor. Un frío helado que la recorrió desde sus ojos hasta su corazón. Hasta llegar al vigor de su sexo escondido, irradiando poros de hielo a cada paso.
Uno, dos pasos la separaban de la cama. Se tumbó. Miró. Observó. Acaricio la suavidad vacía de su piel. Se lleno del aire. Se emborrachó de él.
Segundos. Minutos. Instantes de reloj parado. Y ella volvió a levantarse. Sus ojos. Sus ojos vestían la dulzura de sus abrazos y sus dedos tejían livianos, ligeros palabras que se componían de notas de música de su sentido. Notas que tenían una cadencia ligera en su mente. Mente subyugada por el poder del aliento de una mariposa en su estomago. Esa que creyó encontrar entre sus recuerdos. Que creyó observar en el mar azul de unos ojos que día a día la siguen mirando. Ojos que tenían el poder de un embrujo a medianoche.
Y de nuevo un hielo recorriendo su espalda.
De nuevo el comienzo.
De nuevo una lágrima descendiendo , suave y tibia por su mejilla. Lágrima dulce. Lágrima de azúcar, con ligero sabor a melocotón. Con fino toque a madrugada. A noche a luna.
Con un fino toque a ti. A tu cuerpo. A tu piel. A tu pelo. A tus ojos. A tus manos. A tu voz…..A ti.
Donde estés…………
Comentario:
Quizás lo único que ella tenía que hacer.. era salir y empezar a mirar con los ojos abiertos y el corazón expectante.. lo has escrito precioso.
Muchos besitos
Muchos besitos





