Dejadme llorar
Ella le miraba. Atónita. Dejándose acariciar por el azul de sus ojos. Conversaban animadamente, con esa pizca de timidez que se da en los primeros encuentros. Sus ojos se clavaban en ella, perspicaces y rápidos. El sonreía con esa ternura que tanto le agradaba a ella. Se decía a si misma, que no debía enamorase, que no debía dejar que las alas del amor se adentraran en su corazón. Se negaba a inventar de nuevo paraísos mentales que no existían, aunque en el fondo desearan que fueran ciertos. Se debatía entre el corazón y la razón. Y durante pequeños instantes de tiempo ella volvió a volar con las nubes, a soñar con su espíritu, a danzar con las estrellas que iluminaban un cielo iluminado de deseos.
Y volvió a llorar -Dejadme decía ella-. Dejad que las lágrimas surquen solas el firmamento.
Y volaron centelleantes, hasta el día siguiente. Donde volvió a sorprenderse, encontrándole de nuevo. Tarta de cumpleaños con sorpresa incluida: Ella conoció a sus padres, celebraban esa maravillosa cifra de 50 años juntos. Les miro atónita y los ojos dulces, de una mujer curtida por los años se clavaron en ella. Ojos de un azul mar que reflejaban toda una vida de lágrimas, sonrisas, y alegrías…
Escasos quince minutos de encuentro diluidos en el tiempo. Otoños de tiempo.
Ella se fue sonriente, casi cantando, aún iluminada por unos ojos que la miraban. Unos ojos que dibujan caricias de sueño en su piel. Aún soñando, temblaba de emoción.
Y esa noche, auspiciada por el manto de olvidos de sueños, volvió a decir: Dejadme llorar.
Dejadme.
Y lágrimas de sueño volvieron a derramarse por sus mejillas, cálidas, finas, suaves, mojando el espíritu de su alma. El alma de una habitación vacía, con pasiones colgadas en las paredes.
Un nuevo día amaneció en su alma. Se despertó. Tarde. Sabía que estaba de vacaciones, aunque lo que más necesitaba ella, eran vacaciones del alma. Miro a su habitación, repleta de sueños. Escribiendo caricias con sus dedos. Y sintió un leve aleteo de deseo.
Esa noche, ella volvería a ver a viejo amigo. Sabía lo que podía ocurrir. Necesitaba sentir caricias sobre su pecho, besos en su boca y dedos en su sexo.
Pero ella sabía muy bien, que necesitaba algo más… necesitaba mucho más que eso..
Y volvió a gritar: Dejadme llorar….
Lágrimas de tiempo, de sueños….
Y volvió a llorar -Dejadme decía ella-. Dejad que las lágrimas surquen solas el firmamento.
Y volaron centelleantes, hasta el día siguiente. Donde volvió a sorprenderse, encontrándole de nuevo. Tarta de cumpleaños con sorpresa incluida: Ella conoció a sus padres, celebraban esa maravillosa cifra de 50 años juntos. Les miro atónita y los ojos dulces, de una mujer curtida por los años se clavaron en ella. Ojos de un azul mar que reflejaban toda una vida de lágrimas, sonrisas, y alegrías…
Escasos quince minutos de encuentro diluidos en el tiempo. Otoños de tiempo.
Ella se fue sonriente, casi cantando, aún iluminada por unos ojos que la miraban. Unos ojos que dibujan caricias de sueño en su piel. Aún soñando, temblaba de emoción.
Y esa noche, auspiciada por el manto de olvidos de sueños, volvió a decir: Dejadme llorar.
Dejadme.
Y lágrimas de sueño volvieron a derramarse por sus mejillas, cálidas, finas, suaves, mojando el espíritu de su alma. El alma de una habitación vacía, con pasiones colgadas en las paredes.
Un nuevo día amaneció en su alma. Se despertó. Tarde. Sabía que estaba de vacaciones, aunque lo que más necesitaba ella, eran vacaciones del alma. Miro a su habitación, repleta de sueños. Escribiendo caricias con sus dedos. Y sintió un leve aleteo de deseo.
Esa noche, ella volvería a ver a viejo amigo. Sabía lo que podía ocurrir. Necesitaba sentir caricias sobre su pecho, besos en su boca y dedos en su sexo.
Pero ella sabía muy bien, que necesitaba algo más… necesitaba mucho más que eso..
Y volvió a gritar: Dejadme llorar….
Lágrimas de tiempo, de sueños….
Comentario:
Es la primera vez que paso por aquí y quería preguntarte si lo que cuentas son cosas inventadas o que te pasan a tí. Escribes muy bien, aunque eso ya lo sabrás.
Un abrazo.
Un abrazo.





