Febrero
(Te marchaste. Desperté hoy y te busqué en la cama con la mano. Aún estaba caliente la zona donde dormías, pero tu cuerpo no estaba allí. Me dejaste. No había abierto aún los ojos cuando las lágrimas empezaron a brotar de ellos. Sigo sin entender por qué ocurrió. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste? ¿Es que querías que sufriera? ¿Acaso no me prometiste amor eterno? ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué?)
21 febrero 2005
Verónica miraba por la ventana mientras bebía a sorbos el primer café del día. Llevaba el pelo recogido en un moño a medio hacer y, por pijama, una camiseta enorme de color blanco con letras azules que decían “Nueva York”.
De repente comenzó a sonar una triste melodía, Verónica dirigió su mirada hacia la mesilla de noche. Era su móvil. Dejó la taza en el alfeizar de la ventana y se levantó mientras colocaba un mechón suelto detrás de la oreja. En lugar de rodear la cama para alcanzar la mesita sobre la que reposaba el teléfono, se tiró sobre ella y, alargando uno de sus brazos, lo acercó para sí. Sonrió al ver quién la llamaba. – “Buenos días. ¿Ha ocurrido algo fuera de lo normal para que me llames?” – dijo en tono irónico. – “¿Comer hoy? Bueno… Tengo el día libre. Tenía pensado pasarme por casa de mi jefe a recoger unos documentos, pero puedo hacerlo más tarde. ¿A qué hora te viene bien?” – se levantó de un brinco a recuperar su taza de café mientras continuaba hablando. – “De acuerdo, a las dos me parece bien. Yo también te quiero. Nos vemos donde siempre. Hasta luego.” –
Apuró su desayuno. Eran las doce y cuarto así que tenía que darse prisa si quería llegar a tiempo. Se vistió a toda velocidad, se peinó como buenamente pudo y se montó en el coche. Por fin llegó al lugar de la cita.
– “Impuntual como siempre.” – un hombre de unos sesenta años y con aspecto más bien desaliñado esperaba apoyado en uno de los muros del restaurante. Tenía los ojos vidriosos y su rostro estaba surcado por profundas arrugas, muchas de ellas fruto de años de frustración. Apenas tenía el pelo canoso, y su rostro era grave, a veces parecía incluso que estuviera enfadado. – “Lo siento, papá, no encontraba aparcamiento. ¿Entramos?” –
Se sentaron en una pequeña mesa cerca de una de las ventanas. Ella miraba al vacío. Él la miraba a ella. – “¿Sabes, hija? Soy muy feliz.” – Verónica se giró con los ojos abiertos de par en par, como si le estuvieran contando que el mundo se acababa al día siguiente o algo semejante. – “Lo he perdido todo, pero ahora tengo más que nunca: mi vida.” – El hombre se sonrió tímidamente mientras ella continuaba expectante. Por fin la comida llegó, y él continuó con su charla monotemática mientras que ella le miraba sin abrir la boca ni un momento.
– “Verónica, ya es la hora de que me marche. Te quiero.” – se levantó y besó a su hija en la frente. – “Por nada del mundo dejes que otros te pisoteen.” – la miraba con dulzura. – “Adiós.” – La miró unos instantes y se fue sin decir nada. Parpadeó confusa sin tiempo para responder a su padre, le dejaron un sabor agridulce aquellas palabras, no las esperaba, pero ya sabía lo peculiar que era. Pidió la cuenta para pagar, pero cuando fue a sacar la cartera vio que encima de la mesa él había dejado un billete de cien euros. – “En fin, ni siquiera me ha dado opción…” –
23 febrero 2005
Una canción triste sonaba en un segundo plano. La melancólica canción significaba que alguien la llamaba. Era su hermano. –“Vero, hace dos días que no sé nada de papá. He ido a su casa y no está, le he llamado, pero su teléfono está apagado, ¿sabes algo?” – enseguida la preocupación se hizo notar en su rostro. – “No… No sé nada, comí con él hace dos días, pero no he vuelto a saber… Puede que se haya ido a algún sitio, suele hacerlo. Pero, si quieres, puedes venirte a mi casa y le llamamos a ver si damos con él. Tampoco te preocupes demasiado, no es la primera vez que se va sin decir nada.” – Verónica caminaba por la habitación mientras golpeaba rítmicamente su pierna con la mano. – “Sí, es posible… Voy para allá y llamamos. Un beso.” –
28 febrero 2005
Verónica lloraba desconsoladamente mientras miraba nerviosa el teléfono móvil. Lo cogía y lo volvía a dejar en la mesita una y otra vez. Por fin se decidió, marcó y llamó. – “Asier… Han encontrado a papá muerto en su casa… Se ha suicidado…” – intentaba guardar la calma, pero no podía evitar hablar entre sollozos. – “Ocurrió hace siete días, se cortó las venas. Ya está todo listo. Mañana trasladan el cuerpo al tanatorio y lo incineran, no habrá velatorio ni nada dadas las circunstancias. Yo… no lo entiendo.” – la voz de Verónica se quebraba con las últimas palabras.
1 marzo 2005
Eran las ocho de la tarde. Se fue directamente a casa tras el funeral que supuso un duro golpe para ella. Ni siquiera encendió la luz. Se tumbó en la cama a pensar, agobiada. No era capaz de llorar, de lamentarse. Quería, pero no podía. La angustia desgarraba su interior, pero nada podía solucionarlo. Daba vueltas al motivo que condujera a su padre al suicidio. No lo entendía. Entonces se incorporó de un salto, se puso la chaqueta y salió de su casa como alma que lleva el diablo.
5 marzo 2005
– “Vero, no sé si es buena idea…” – la muchacha había decidido mudarse a la casa donde vivió su padre. Quería sentirle cerca, necesitaba sentir su presencia. Creía fervientemente que cuando las personas morían, su rastro quedaba impregnado en sus posesiones. La casa de su padre estaría impregnada de él. – “Lo necesito, necesito estar con él de algún modo.” – hizo una pausa mientras terminaba de colocar sus cosas en su nuevo hogar. – “Asier… ¿Por qué crees que se suicidó?” – el chico, de ojos tristes y cabello largo, se rascó el mentón. – “Seguramente estaba deprimido… No hacía ni un año que se separó de mamá, estaba en bancarrota, lo había perdido todo… Ya sabes cómo era papá, se pasó toda su vida dedicado a triunfar y nada más.” – ella le miró con ojos dudosos. – “No sé… La última vez que hablé con él me dijo que era feliz… Quizá tan sólo era una fachada, una mentira, puede que de veras estuviera sumido en la tristeza.” –
12 abril 2005
– “Bueno, Verónica, sé que es difícil, pero tenemos que tocar este tema si quieres recuperarte y no necesitar mil sesiones…” – la psicóloga la miraba con intensidad, como escudriñando en sus pensamientos más ocultos. Tenía el pelo corto y rubio, llevaba gafas y, al hablar, siseaba en exceso, pero eso relajaba a la chica. – “Cuéntame… ¿Cómo era tu padre?” – Verónica se frotó los ojos, suspiró e hizo una pausa de unos minutos. Entonces agachó la mirada. – “Mi padre… Bueno, digamos que no era el mejor padre del mundo, pero era el único que tenía. Dedicó su vida única y exclusivamente a su trabajo, no pensaba en nada más. Cuando llegaba a casa, sólo discutía con mi madre y nos regañaba a mi hermano y a mí. La mayor parte de mis recuerdos son los de un hombre frustrado y cansado, angustiado porque no lograba lo que quería, aunque fueran tonterías… Luego se separó de mi madre y lo perdió todo, se quedó en la ruina. Asumo que por eso se suicidó.” –
19 febrero 2006
Verónica esperaba en la consulta de su psicóloga. Era la última sesión ya desde que comenzara hace casi un año, no estaba segura de haber superado la muerte de su padre, pero desde luego estaba bastante mejor. – “Siento el retraso, Verónica, tenía unas cosas que hacer.” – sonrió y negó con la cabeza. – “No pasa nada.” – siempre que se ponía nerviosa se golpeaba una de las piernas con la mano, y así hacía en ese momento. – “Bueno, ésta es ya nuestra última sesión así que hay algo que tienes que hacer para cerrar ese capítulo de tu vida. Sé que aún conservas las cosas de tu padre… Deberías deshacerte de ellas. Cuanto antes mejor. Es más, dado que pasado mañana es el aniversario de su muerte, hazlo mañana.” –
20 febrero 2006
Se encontraba sentada sobre la cama en la que solía dormir su padre. Dudaba sobre si debía hacer lo que la psicóloga le recomendó. Tenía las cajas preparadas, pero no era capaz de hacerlo. Las miraba de reojo, casi con miedo. Estuvo cerca de media hora así, hasta que por fin decidió levantarse. Abrió uno de los armarios y comenzó a sacar la ropa de su padre. La doblaba con cuidado y almacenaba por colores, era una de las manías que había desarrollado a raíz de su muerte. Cuando ya casi había terminado con el armario encontró una caja de madera cerrada con llave. Fue a por un cuchillo y forzó la cerradura. Dentro había numerosas cartas, casi todas del banco o del paro, pero le llamó la atención una de ellas. No era ni del banco ni una carta comercial, y la letra le era particularmente familiar. Era de su madre con fecha el dieciocho de febrero del año pasado. – “¿Por qué le escribiría? No tiene sentido…” – Le quitó importancia, dejó la caja apartada y continuó guardando las pertenencias de su difunto padre. Tras varias horas, por fin terminó la tarea encomendada por su “loquera” como ella la llamaba. Se tiró a descansar sobre la cama y golpeó con el pie la caja que había encontrado unas horas antes. Se sentó, la alcanzó y cogió la carta de su madre. – “No creo que pase tampoco nada por leerla…” – se dijo para sí. Segundos después, su cara se contraía de angustia. Se quedó petrificada con la mirada perdida en el infinito.
21 febrero 2006
– “¡Te odio!” – Verónica lloraba desesperada. – “¡¡Te odio!!” – daba golpes contra la pared de la casa donde se crió, se arañaba la cara mientras gritaba.
– “Cariño, por favor… Entiéndeme…” – entonces su hermano apareció y se encontró con tan dantesca escena. – “¡¿Qué sucede aquí?!” – gritó intentando imponer orden. – “¡Mamá lo sabía! ¡Sabía que se suicidaría el veintiuno de febrero! ¡Sabía todo! ¡Lo sabía y no lo impidió! Ni siquiera nos dijo nada…” – La chica lloraba desconsolada, desesperada. Entonces Asier miró a su madre reprochándola con la mirada, estaba enojado. – “¿Es eso verdad, mamá?” – dio un golpe contra la pared, la madre se sobresaltó. – “Yo… Sí, lo sabía… ¡Pero no podía decir nada a nadie! ¡Era su vida, su decisión! ¡Él lo quiso así, quería morir feliz! ¡Vuestro padre era por fin feliz, no quería morir de nuevo amargado, por eso lo hizo! ¡Era el único modo! ¡Yo no podía hacer nada por evitarlo, no os lo podía contar! Si lo hubiera hecho… A mí jamás me lo habría perdonado ni a vosotros que impidierais que se quitase la vida…” – la mujer agachó la cabeza. Se sentía avergonzada, pero no podía hacer nada más. Su hija se llevó las manos a la cara, sacó la carta del bolso y se la tiró a su madre. La miró iracunda y se marchó de allí sin decir nada. Fue a su casa, cogió varias cosas, entre ellas regalos de su padre, y marchó en dirección al cementerio donde reposaban sus cenizas. Una vez llegó tiró sus pertenencias contra el columbario. Se arrodilló y comenzó a llorar durante un buen rato. Cuando por fin se hubo calmado, alcanzó de nuevo el bolso y buscó dentro de él. Se paró en seco y entonces sacó un cuchillo. – “¿Con esto te quitaste la vida, papá? ¿Con esto fuiste tan egoísta de pensar sólo en ti y suicidarte para morir feliz? ¡No pensaste en tus hijos, maldito egocéntrico! Sólo pensaste en ti, como siempre… En el fondo, sólo has sido una víctima de tu propio miedo a volver a sufrir, no eras feliz porque tenías miedo.” –
Echó la cabeza para atrás, cerró los ojos, respiró hondo y volvió a fijar la mirada en el columbario. Empuñó el cuchillo con más fuerza, como si quisiera apuñalar a la lápida de piedra, pero el destino del mismo fue su propia muñeca. Lo hincó y comenzó a gritar desesperada. Las lágrimas brotaban a borbotones por su rostro. – “¿Lo ves? Tu hija también puede hacerlo, tu hija también puede olvidarse de su madre y de su hermano… Yo también quiero morir, papá, aquí y ahora…” – tiró el cuchillo contra el suelo y se recostó sobre la fría piedra mientras se desangraba. Respiraba calmada, ya no lloraba.
– “Te marchaste… Desperté hoy y te busqué en la cama con la mano. Aún estaba caliente la zona donde dormías, pero tu cuerpo no estaba allí… Me dejaste. No había abierto aún los ojos cuando las lágrimas empezaron a brotar de ellos. Sigo sin entender por qué ocurrió. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste? ¿Es que querías que sufriera? ¿Acaso no me prometiste amor eterno? ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué?” – y su vida se desvaneció entre sus palabras.
...Un relato corto pendiente de ser alargado...

21 febrero 2005
Verónica miraba por la ventana mientras bebía a sorbos el primer café del día. Llevaba el pelo recogido en un moño a medio hacer y, por pijama, una camiseta enorme de color blanco con letras azules que decían “Nueva York”.
De repente comenzó a sonar una triste melodía, Verónica dirigió su mirada hacia la mesilla de noche. Era su móvil. Dejó la taza en el alfeizar de la ventana y se levantó mientras colocaba un mechón suelto detrás de la oreja. En lugar de rodear la cama para alcanzar la mesita sobre la que reposaba el teléfono, se tiró sobre ella y, alargando uno de sus brazos, lo acercó para sí. Sonrió al ver quién la llamaba. – “Buenos días. ¿Ha ocurrido algo fuera de lo normal para que me llames?” – dijo en tono irónico. – “¿Comer hoy? Bueno… Tengo el día libre. Tenía pensado pasarme por casa de mi jefe a recoger unos documentos, pero puedo hacerlo más tarde. ¿A qué hora te viene bien?” – se levantó de un brinco a recuperar su taza de café mientras continuaba hablando. – “De acuerdo, a las dos me parece bien. Yo también te quiero. Nos vemos donde siempre. Hasta luego.” –
Apuró su desayuno. Eran las doce y cuarto así que tenía que darse prisa si quería llegar a tiempo. Se vistió a toda velocidad, se peinó como buenamente pudo y se montó en el coche. Por fin llegó al lugar de la cita.
– “Impuntual como siempre.” – un hombre de unos sesenta años y con aspecto más bien desaliñado esperaba apoyado en uno de los muros del restaurante. Tenía los ojos vidriosos y su rostro estaba surcado por profundas arrugas, muchas de ellas fruto de años de frustración. Apenas tenía el pelo canoso, y su rostro era grave, a veces parecía incluso que estuviera enfadado. – “Lo siento, papá, no encontraba aparcamiento. ¿Entramos?” –
Se sentaron en una pequeña mesa cerca de una de las ventanas. Ella miraba al vacío. Él la miraba a ella. – “¿Sabes, hija? Soy muy feliz.” – Verónica se giró con los ojos abiertos de par en par, como si le estuvieran contando que el mundo se acababa al día siguiente o algo semejante. – “Lo he perdido todo, pero ahora tengo más que nunca: mi vida.” – El hombre se sonrió tímidamente mientras ella continuaba expectante. Por fin la comida llegó, y él continuó con su charla monotemática mientras que ella le miraba sin abrir la boca ni un momento.
– “Verónica, ya es la hora de que me marche. Te quiero.” – se levantó y besó a su hija en la frente. – “Por nada del mundo dejes que otros te pisoteen.” – la miraba con dulzura. – “Adiós.” – La miró unos instantes y se fue sin decir nada. Parpadeó confusa sin tiempo para responder a su padre, le dejaron un sabor agridulce aquellas palabras, no las esperaba, pero ya sabía lo peculiar que era. Pidió la cuenta para pagar, pero cuando fue a sacar la cartera vio que encima de la mesa él había dejado un billete de cien euros. – “En fin, ni siquiera me ha dado opción…” –
23 febrero 2005
Una canción triste sonaba en un segundo plano. La melancólica canción significaba que alguien la llamaba. Era su hermano. –“Vero, hace dos días que no sé nada de papá. He ido a su casa y no está, le he llamado, pero su teléfono está apagado, ¿sabes algo?” – enseguida la preocupación se hizo notar en su rostro. – “No… No sé nada, comí con él hace dos días, pero no he vuelto a saber… Puede que se haya ido a algún sitio, suele hacerlo. Pero, si quieres, puedes venirte a mi casa y le llamamos a ver si damos con él. Tampoco te preocupes demasiado, no es la primera vez que se va sin decir nada.” – Verónica caminaba por la habitación mientras golpeaba rítmicamente su pierna con la mano. – “Sí, es posible… Voy para allá y llamamos. Un beso.” –
28 febrero 2005
Verónica lloraba desconsoladamente mientras miraba nerviosa el teléfono móvil. Lo cogía y lo volvía a dejar en la mesita una y otra vez. Por fin se decidió, marcó y llamó. – “Asier… Han encontrado a papá muerto en su casa… Se ha suicidado…” – intentaba guardar la calma, pero no podía evitar hablar entre sollozos. – “Ocurrió hace siete días, se cortó las venas. Ya está todo listo. Mañana trasladan el cuerpo al tanatorio y lo incineran, no habrá velatorio ni nada dadas las circunstancias. Yo… no lo entiendo.” – la voz de Verónica se quebraba con las últimas palabras.
1 marzo 2005
Eran las ocho de la tarde. Se fue directamente a casa tras el funeral que supuso un duro golpe para ella. Ni siquiera encendió la luz. Se tumbó en la cama a pensar, agobiada. No era capaz de llorar, de lamentarse. Quería, pero no podía. La angustia desgarraba su interior, pero nada podía solucionarlo. Daba vueltas al motivo que condujera a su padre al suicidio. No lo entendía. Entonces se incorporó de un salto, se puso la chaqueta y salió de su casa como alma que lleva el diablo.
5 marzo 2005
– “Vero, no sé si es buena idea…” – la muchacha había decidido mudarse a la casa donde vivió su padre. Quería sentirle cerca, necesitaba sentir su presencia. Creía fervientemente que cuando las personas morían, su rastro quedaba impregnado en sus posesiones. La casa de su padre estaría impregnada de él. – “Lo necesito, necesito estar con él de algún modo.” – hizo una pausa mientras terminaba de colocar sus cosas en su nuevo hogar. – “Asier… ¿Por qué crees que se suicidó?” – el chico, de ojos tristes y cabello largo, se rascó el mentón. – “Seguramente estaba deprimido… No hacía ni un año que se separó de mamá, estaba en bancarrota, lo había perdido todo… Ya sabes cómo era papá, se pasó toda su vida dedicado a triunfar y nada más.” – ella le miró con ojos dudosos. – “No sé… La última vez que hablé con él me dijo que era feliz… Quizá tan sólo era una fachada, una mentira, puede que de veras estuviera sumido en la tristeza.” –
12 abril 2005
– “Bueno, Verónica, sé que es difícil, pero tenemos que tocar este tema si quieres recuperarte y no necesitar mil sesiones…” – la psicóloga la miraba con intensidad, como escudriñando en sus pensamientos más ocultos. Tenía el pelo corto y rubio, llevaba gafas y, al hablar, siseaba en exceso, pero eso relajaba a la chica. – “Cuéntame… ¿Cómo era tu padre?” – Verónica se frotó los ojos, suspiró e hizo una pausa de unos minutos. Entonces agachó la mirada. – “Mi padre… Bueno, digamos que no era el mejor padre del mundo, pero era el único que tenía. Dedicó su vida única y exclusivamente a su trabajo, no pensaba en nada más. Cuando llegaba a casa, sólo discutía con mi madre y nos regañaba a mi hermano y a mí. La mayor parte de mis recuerdos son los de un hombre frustrado y cansado, angustiado porque no lograba lo que quería, aunque fueran tonterías… Luego se separó de mi madre y lo perdió todo, se quedó en la ruina. Asumo que por eso se suicidó.” –
19 febrero 2006
Verónica esperaba en la consulta de su psicóloga. Era la última sesión ya desde que comenzara hace casi un año, no estaba segura de haber superado la muerte de su padre, pero desde luego estaba bastante mejor. – “Siento el retraso, Verónica, tenía unas cosas que hacer.” – sonrió y negó con la cabeza. – “No pasa nada.” – siempre que se ponía nerviosa se golpeaba una de las piernas con la mano, y así hacía en ese momento. – “Bueno, ésta es ya nuestra última sesión así que hay algo que tienes que hacer para cerrar ese capítulo de tu vida. Sé que aún conservas las cosas de tu padre… Deberías deshacerte de ellas. Cuanto antes mejor. Es más, dado que pasado mañana es el aniversario de su muerte, hazlo mañana.” –
20 febrero 2006
Se encontraba sentada sobre la cama en la que solía dormir su padre. Dudaba sobre si debía hacer lo que la psicóloga le recomendó. Tenía las cajas preparadas, pero no era capaz de hacerlo. Las miraba de reojo, casi con miedo. Estuvo cerca de media hora así, hasta que por fin decidió levantarse. Abrió uno de los armarios y comenzó a sacar la ropa de su padre. La doblaba con cuidado y almacenaba por colores, era una de las manías que había desarrollado a raíz de su muerte. Cuando ya casi había terminado con el armario encontró una caja de madera cerrada con llave. Fue a por un cuchillo y forzó la cerradura. Dentro había numerosas cartas, casi todas del banco o del paro, pero le llamó la atención una de ellas. No era ni del banco ni una carta comercial, y la letra le era particularmente familiar. Era de su madre con fecha el dieciocho de febrero del año pasado. – “¿Por qué le escribiría? No tiene sentido…” – Le quitó importancia, dejó la caja apartada y continuó guardando las pertenencias de su difunto padre. Tras varias horas, por fin terminó la tarea encomendada por su “loquera” como ella la llamaba. Se tiró a descansar sobre la cama y golpeó con el pie la caja que había encontrado unas horas antes. Se sentó, la alcanzó y cogió la carta de su madre. – “No creo que pase tampoco nada por leerla…” – se dijo para sí. Segundos después, su cara se contraía de angustia. Se quedó petrificada con la mirada perdida en el infinito.
21 febrero 2006
– “¡Te odio!” – Verónica lloraba desesperada. – “¡¡Te odio!!” – daba golpes contra la pared de la casa donde se crió, se arañaba la cara mientras gritaba.
– “Cariño, por favor… Entiéndeme…” – entonces su hermano apareció y se encontró con tan dantesca escena. – “¡¿Qué sucede aquí?!” – gritó intentando imponer orden. – “¡Mamá lo sabía! ¡Sabía que se suicidaría el veintiuno de febrero! ¡Sabía todo! ¡Lo sabía y no lo impidió! Ni siquiera nos dijo nada…” – La chica lloraba desconsolada, desesperada. Entonces Asier miró a su madre reprochándola con la mirada, estaba enojado. – “¿Es eso verdad, mamá?” – dio un golpe contra la pared, la madre se sobresaltó. – “Yo… Sí, lo sabía… ¡Pero no podía decir nada a nadie! ¡Era su vida, su decisión! ¡Él lo quiso así, quería morir feliz! ¡Vuestro padre era por fin feliz, no quería morir de nuevo amargado, por eso lo hizo! ¡Era el único modo! ¡Yo no podía hacer nada por evitarlo, no os lo podía contar! Si lo hubiera hecho… A mí jamás me lo habría perdonado ni a vosotros que impidierais que se quitase la vida…” – la mujer agachó la cabeza. Se sentía avergonzada, pero no podía hacer nada más. Su hija se llevó las manos a la cara, sacó la carta del bolso y se la tiró a su madre. La miró iracunda y se marchó de allí sin decir nada. Fue a su casa, cogió varias cosas, entre ellas regalos de su padre, y marchó en dirección al cementerio donde reposaban sus cenizas. Una vez llegó tiró sus pertenencias contra el columbario. Se arrodilló y comenzó a llorar durante un buen rato. Cuando por fin se hubo calmado, alcanzó de nuevo el bolso y buscó dentro de él. Se paró en seco y entonces sacó un cuchillo. – “¿Con esto te quitaste la vida, papá? ¿Con esto fuiste tan egoísta de pensar sólo en ti y suicidarte para morir feliz? ¡No pensaste en tus hijos, maldito egocéntrico! Sólo pensaste en ti, como siempre… En el fondo, sólo has sido una víctima de tu propio miedo a volver a sufrir, no eras feliz porque tenías miedo.” –
Echó la cabeza para atrás, cerró los ojos, respiró hondo y volvió a fijar la mirada en el columbario. Empuñó el cuchillo con más fuerza, como si quisiera apuñalar a la lápida de piedra, pero el destino del mismo fue su propia muñeca. Lo hincó y comenzó a gritar desesperada. Las lágrimas brotaban a borbotones por su rostro. – “¿Lo ves? Tu hija también puede hacerlo, tu hija también puede olvidarse de su madre y de su hermano… Yo también quiero morir, papá, aquí y ahora…” – tiró el cuchillo contra el suelo y se recostó sobre la fría piedra mientras se desangraba. Respiraba calmada, ya no lloraba.
– “Te marchaste… Desperté hoy y te busqué en la cama con la mano. Aún estaba caliente la zona donde dormías, pero tu cuerpo no estaba allí… Me dejaste. No había abierto aún los ojos cuando las lágrimas empezaron a brotar de ellos. Sigo sin entender por qué ocurrió. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué me abandonaste? ¿Es que querías que sufriera? ¿Acaso no me prometiste amor eterno? ¿Por qué me mentiste? ¿Por qué?” – y su vida se desvaneció entre sus palabras.
...Un relato corto pendiente de ser alargado...

El galán impotente
Érase que se era un día
Que un galán enamorado y muy decente,
Muy bien compuesto pero impotente,
Cogió su laúd de abedul y su osadía,
Fue brincando hacia la casa de su prometida,
Y llegado a su balcón, se plantó en frente.
Comenzó a tocar su laúd con gran maestría,
Armando con su música una gran algarabía,
Y ante aquella sucesión de armonía y melodía
Su amada se asomó a mirar impaciente.
Pero hete aquí la ironía,
Que mientras sonaba aquella hermosa sinfonía
Varias malhumoradas notas estridentes
Gritaron enfadadas y chirriaron los dientes,
Y así decían:
“Has de saber, hermosa prometida,
Que éste quien nos molesta, don Jesús de Benavente,
A pesar de su apariencia y de su cortesía,
No te complacerá pues es impotente.”
Una gran sorpresa apareció en el rostro de Benavente,
Quien miró extrañado su laúd y, con cara de arenque,
Vio a don Fa Sostenido y doña La Menor cómo reían.
Pero hete aquí la ironía
Cuando la señora Sorpresa exclamó impaciente:
“¡Empinemos el codo, señores de la sinfonía,
Que los amantes ella ya los conoce y esto ya se sabía!”
...En honor a los poetastros...

Que un galán enamorado y muy decente,
Muy bien compuesto pero impotente,
Cogió su laúd de abedul y su osadía,
Fue brincando hacia la casa de su prometida,
Y llegado a su balcón, se plantó en frente.
Comenzó a tocar su laúd con gran maestría,
Armando con su música una gran algarabía,
Y ante aquella sucesión de armonía y melodía
Su amada se asomó a mirar impaciente.
Pero hete aquí la ironía,
Que mientras sonaba aquella hermosa sinfonía
Varias malhumoradas notas estridentes
Gritaron enfadadas y chirriaron los dientes,
Y así decían:
“Has de saber, hermosa prometida,
Que éste quien nos molesta, don Jesús de Benavente,
A pesar de su apariencia y de su cortesía,
No te complacerá pues es impotente.”
Una gran sorpresa apareció en el rostro de Benavente,
Quien miró extrañado su laúd y, con cara de arenque,
Vio a don Fa Sostenido y doña La Menor cómo reían.
Pero hete aquí la ironía
Cuando la señora Sorpresa exclamó impaciente:
“¡Empinemos el codo, señores de la sinfonía,
Que los amantes ella ya los conoce y esto ya se sabía!”
...En honor a los poetastros...






