Cosechadora de poemas
Su piel de porcelana era su mejor arma, y sus ojos esmeralda, su mejor red. La gata que ya no era gata sino una mujer magullada y avejentada, nadaba entre montones de hojas de papel. Aún sonreía, yaciendo entre las poesías, cuando recordaba el principio de todo.
Todo empezó con un baile, un tango con la luna de la gata taciturna. Entre callejones y callejuelas, se deslizaba por las sombras, ocultándose cuando podría ser preciso, mostrándose en la luz cuando definitivamente no lo era.
"Se vende barata...", decían por ahí.
Y así, la gata a cuatro patas arrodillada ante un Cristo y una Virgen, distando mucho de ser Cristo quien la empujaba por detrás y dejando bien claro que ella no era en absoluto virgen, sonreía pensando: "Hoy leeré a Bécquer, o a Neruda, o a Machado, o a Darío...". A continuación quedaba tendida en la cama, y sobre su cuerpo marchito de gata que ya no era gata, caía la poesía como moneda de pago. El cliente salía y se decía: "Es la puta más barata de cuantas he conocido...".
Y otra noche más, volvía a convertirse en felina, y de nuevo otra noche, bailaba con la luna y se deslizaba cual serpiente, siempre con aire gatuno. Pero esa noche era diferente, ya no quería poesía de grandes autores, ya no quería ni a Baudelaire ni a las demás fábricas de belleza escrita, esa noche quería poesía de cosecha propia. Y así elegiría a sus clientes.
Olisqueaba cada pedazo de papel con aires de gata remilgada, y entre los aspirantes a saborear su carne a cambio de un poema que deshiciera a la felina en espasmos de felicidad, buscaba y rebuscaba aquel que era del todo conmovedor, o evocador, o excitante, o quizá triste, según le venía en gana.
Otra vez arrodillada, y otra vez su cuerpo marchito y, sobre él, la poesía reclamada. De nuevo el hombre marchaba, con mueca triunfante y casi de timador, y pensaba: "Es la puta más barata de cuantas he conocido...". Pero la gata taciturna, ya quitado su disfraz, ya cumplida su misión de cosechadora de poemas, se decía para sí: "¡Qué caro me vendo!".
Y ahora la gata que ya no era gata sino mujer maltratada, se retorcía gozosa entre las miles de poesías cultivadas a lo largo de los años. Y aún, que de vez en cuando vestía su disfraz de felina taciturna, recordaba aquellas palabras gloriosas: "¡Vendo mi cuerpo por poesía, el precio más alto de cuantos se puedan pagar!".

Todo empezó con un baile, un tango con la luna de la gata taciturna. Entre callejones y callejuelas, se deslizaba por las sombras, ocultándose cuando podría ser preciso, mostrándose en la luz cuando definitivamente no lo era.
"Se vende barata...", decían por ahí.
Y así, la gata a cuatro patas arrodillada ante un Cristo y una Virgen, distando mucho de ser Cristo quien la empujaba por detrás y dejando bien claro que ella no era en absoluto virgen, sonreía pensando: "Hoy leeré a Bécquer, o a Neruda, o a Machado, o a Darío...". A continuación quedaba tendida en la cama, y sobre su cuerpo marchito de gata que ya no era gata, caía la poesía como moneda de pago. El cliente salía y se decía: "Es la puta más barata de cuantas he conocido...".
Y otra noche más, volvía a convertirse en felina, y de nuevo otra noche, bailaba con la luna y se deslizaba cual serpiente, siempre con aire gatuno. Pero esa noche era diferente, ya no quería poesía de grandes autores, ya no quería ni a Baudelaire ni a las demás fábricas de belleza escrita, esa noche quería poesía de cosecha propia. Y así elegiría a sus clientes.
Olisqueaba cada pedazo de papel con aires de gata remilgada, y entre los aspirantes a saborear su carne a cambio de un poema que deshiciera a la felina en espasmos de felicidad, buscaba y rebuscaba aquel que era del todo conmovedor, o evocador, o excitante, o quizá triste, según le venía en gana.
Otra vez arrodillada, y otra vez su cuerpo marchito y, sobre él, la poesía reclamada. De nuevo el hombre marchaba, con mueca triunfante y casi de timador, y pensaba: "Es la puta más barata de cuantas he conocido...". Pero la gata taciturna, ya quitado su disfraz, ya cumplida su misión de cosechadora de poemas, se decía para sí: "¡Qué caro me vendo!".
Y ahora la gata que ya no era gata sino mujer maltratada, se retorcía gozosa entre las miles de poesías cultivadas a lo largo de los años. Y aún, que de vez en cuando vestía su disfraz de felina taciturna, recordaba aquellas palabras gloriosas: "¡Vendo mi cuerpo por poesía, el precio más alto de cuantos se puedan pagar!".
