DICIEMBRE
Diciembre era el décimo mes del calendario romano y por eso tiene ese nombre. De pequeña en uno de mis libros de textos, los meses estaban representados en una circunferencia, con un dibujo y un refrán y cada vez que pienso en un mes en mi mente se dibuja esa circunferencia, que me sirve para ubicarme en cualquier día del mes y del año.
Ojalá todo fuera tan fácil de ubicar como los meses, ojalá cada mes pudiera resumirse en una sola frase que atrapase el significado del devenir de nuestros días, y ojalá todo formara un círculo perfecto sin fisuras.
“En diciembre la tierra duerme”, decía mi libro. Pero este mes de diciembre, en el que yo decidí nacer, adelantándome casi como conscientemente, arañando sus últimos días, ha entrado en mi vida bien despierto.
Comenzó con un viaje escrito en las estrellas, del que ya me habían advertido que sucedería. Pasó lo que tenía que pasar, demostrando que la libertad es a veces más ilusión que realidad. Un cabo, el punto más sudoccidental de Europa, un acantilado, un atardecer, unos versos rasgados por el viento, unas gotas de lluvia que no nos hicieron movernos y un faro que nos iluminaba a ráfagas, perfecta metáfora de nuestras vidas. Y en ese momento, no por nadie, sino por mi, sentí que estaba donde debía estar, haciendo lo que debía hacer en mi vida amparada por el secreto de las tierras portuguesas. Sentí, simple y llanamente, que estaba viviendo y que a lo demás se le llama vida, pero es otra cosa.
Muchas personas, muchos momentos, pasaron por mi corazón y mi cabeza, todos de este año en el que he muerto y he resucitado, y que me ha dado la gran responsabilidad de aprovechar esta segunda oportunidad, y elegir por qué sueño volveré a morir luchándolo. Esa fue mi “nochevieja”, el fin y el principio, momento de locura en el que mi corazón bombeó con fuerza el veneno que llevo dentro.
Estoy condenada a pasar por el frío de diciembre, porque no nos dejan de una vez por todas tejer tu piel a la mía, pintar tu cuerpo del color de mis besos y beber y alimentarme de tu sueño. Quizás porque aún no sé quien eres ni donde me esperas, quizás porque estoy perdida bajo la tierra que subyace bajo la nieve, durmiendo como diciembre, esperando a que llegues y me despiertes…o quizás porque ya sé quien eres.
Ojalá todo fuera tan fácil de ubicar como los meses, ojalá cada mes pudiera resumirse en una sola frase que atrapase el significado del devenir de nuestros días, y ojalá todo formara un círculo perfecto sin fisuras.
“En diciembre la tierra duerme”, decía mi libro. Pero este mes de diciembre, en el que yo decidí nacer, adelantándome casi como conscientemente, arañando sus últimos días, ha entrado en mi vida bien despierto.
Comenzó con un viaje escrito en las estrellas, del que ya me habían advertido que sucedería. Pasó lo que tenía que pasar, demostrando que la libertad es a veces más ilusión que realidad. Un cabo, el punto más sudoccidental de Europa, un acantilado, un atardecer, unos versos rasgados por el viento, unas gotas de lluvia que no nos hicieron movernos y un faro que nos iluminaba a ráfagas, perfecta metáfora de nuestras vidas. Y en ese momento, no por nadie, sino por mi, sentí que estaba donde debía estar, haciendo lo que debía hacer en mi vida amparada por el secreto de las tierras portuguesas. Sentí, simple y llanamente, que estaba viviendo y que a lo demás se le llama vida, pero es otra cosa.
Muchas personas, muchos momentos, pasaron por mi corazón y mi cabeza, todos de este año en el que he muerto y he resucitado, y que me ha dado la gran responsabilidad de aprovechar esta segunda oportunidad, y elegir por qué sueño volveré a morir luchándolo. Esa fue mi “nochevieja”, el fin y el principio, momento de locura en el que mi corazón bombeó con fuerza el veneno que llevo dentro.
Estoy condenada a pasar por el frío de diciembre, porque no nos dejan de una vez por todas tejer tu piel a la mía, pintar tu cuerpo del color de mis besos y beber y alimentarme de tu sueño. Quizás porque aún no sé quien eres ni donde me esperas, quizás porque estoy perdida bajo la tierra que subyace bajo la nieve, durmiendo como diciembre, esperando a que llegues y me despiertes…o quizás porque ya sé quien eres.
VOY A SOÑAR
Inspirado por el post de caperucita
Me he dado cuenta de que hace tiempo que no sueño despierta. Y el problema es que no hay pastillas para eso. No hay pastillas para no tener miedo. Y el miedo, según dijeron ayer en una lectura de poemas del nuevo premio Cervantes, es siempre miedo a algo que va a suceder. No sueño por miedo a algo que va a suceder. Por miedo a que mis miedos se estampen contra el suelo como una copa de cristal del bohemia. Rota en mil pedazos, reflejando en cada uno de ellos mi rostro deformado, lagrimoso y pequeño.
Y aún así, hoy, aquí y ahora voy a soñar.
Sueño que por fin siento que te merezco. Que tengo las manos llenas para ofrecerte esa vida que has soñado y sueñas inconscientemente. Sueño que construyo una madriguera para ti y para mi, y no me importa donde sea. Por muy lejos que volemos, siempre en cada atardecer iremos a ese refugio del frío invernal y del calor infernal.
Sueño que en esa madriguera coloco un sofá. Y tras girar la llave de la puerta veo tu chaqueta sobre él, y sé que estás en casa y te oigo canturrear mientras cocinas, o mientras te das una ducha. Sobre la mesa hay un libro abierto, el último que estás leyendo. Toda la casa huele a tu perfume, mezclado con el mío. Y las estanterías están llenas de fotos, tuyas, mías, nuestras.
Sueño que me ves, pero no me miras. Que me das un leve beso en la mejilla, y sonríes sólo por verme y sigues haciendo tus cosas, mientras me hablas con la banda sonora de nuestras vidas de fondo. Y me cuentas que tal te ha ido el día y me preguntas que tal el mío. Empiezo a contártelo, pero me quedo absorta y embobada en tu mirada y pierdo el hilo de lo que estaba diciendo.
Sueño que salimos de noche, bajo las estrellas, a pasear por el barrio, y acabamos tomando algo en un café, donde no hay nadie más porque nadie más nos importa. Y reímos y reímos, tanto que me duele el estómago y tengo los ojos llorosos. Me coges de la mano y me dices: Vamos, amor, que mañana no hay quien te despierte. Y viene mi parte favorita de día.
Me veo reflejada en el espejo junto a ti, lavándonos los dientes ya en pijama. Y no paramos de hablar ni un solo momento. Y tanto te quiero que la casa se ve llena, y a la vez vacía, y deseo llenarla aún más con sueños pequeñitos que se escondan por todas las partes de la casa. Me acuesto y leemos, hasta que se me cierran los ojos, mientras tu mano está posada en la mía. Cierro el libro, apago las luces y tu cuerpo me encuentra bajo las sábanas.
Sueño que al fin paso esa Navidad contigo. Y despierto por mi cumpleaños y tú eres mi regalo. Sueño que se difuminan los surcos que en mi rostro dejaron tiempo atrás las lágrimas.
Sueño, sueño y sueño, que todos los días, malos o buenos, son como éste.
Y mientras sueño esto, en este momento, tú me estás odiando...
Me he dado cuenta de que hace tiempo que no sueño despierta. Y el problema es que no hay pastillas para eso. No hay pastillas para no tener miedo. Y el miedo, según dijeron ayer en una lectura de poemas del nuevo premio Cervantes, es siempre miedo a algo que va a suceder. No sueño por miedo a algo que va a suceder. Por miedo a que mis miedos se estampen contra el suelo como una copa de cristal del bohemia. Rota en mil pedazos, reflejando en cada uno de ellos mi rostro deformado, lagrimoso y pequeño.
Y aún así, hoy, aquí y ahora voy a soñar.
Sueño que por fin siento que te merezco. Que tengo las manos llenas para ofrecerte esa vida que has soñado y sueñas inconscientemente. Sueño que construyo una madriguera para ti y para mi, y no me importa donde sea. Por muy lejos que volemos, siempre en cada atardecer iremos a ese refugio del frío invernal y del calor infernal.
Sueño que en esa madriguera coloco un sofá. Y tras girar la llave de la puerta veo tu chaqueta sobre él, y sé que estás en casa y te oigo canturrear mientras cocinas, o mientras te das una ducha. Sobre la mesa hay un libro abierto, el último que estás leyendo. Toda la casa huele a tu perfume, mezclado con el mío. Y las estanterías están llenas de fotos, tuyas, mías, nuestras.
Sueño que me ves, pero no me miras. Que me das un leve beso en la mejilla, y sonríes sólo por verme y sigues haciendo tus cosas, mientras me hablas con la banda sonora de nuestras vidas de fondo. Y me cuentas que tal te ha ido el día y me preguntas que tal el mío. Empiezo a contártelo, pero me quedo absorta y embobada en tu mirada y pierdo el hilo de lo que estaba diciendo.
Sueño que salimos de noche, bajo las estrellas, a pasear por el barrio, y acabamos tomando algo en un café, donde no hay nadie más porque nadie más nos importa. Y reímos y reímos, tanto que me duele el estómago y tengo los ojos llorosos. Me coges de la mano y me dices: Vamos, amor, que mañana no hay quien te despierte. Y viene mi parte favorita de día.
Me veo reflejada en el espejo junto a ti, lavándonos los dientes ya en pijama. Y no paramos de hablar ni un solo momento. Y tanto te quiero que la casa se ve llena, y a la vez vacía, y deseo llenarla aún más con sueños pequeñitos que se escondan por todas las partes de la casa. Me acuesto y leemos, hasta que se me cierran los ojos, mientras tu mano está posada en la mía. Cierro el libro, apago las luces y tu cuerpo me encuentra bajo las sábanas.
Sueño que al fin paso esa Navidad contigo. Y despierto por mi cumpleaños y tú eres mi regalo. Sueño que se difuminan los surcos que en mi rostro dejaron tiempo atrás las lágrimas.
Sueño, sueño y sueño, que todos los días, malos o buenos, son como éste.
Y mientras sueño esto, en este momento, tú me estás odiando...
PAPÁ
--Papá... ¿hoy has ido a ver a mamá?
--Sí.
--Papá...
--¿Qué?
--¿Por qué se marchó mamá?
--Porque no me quería y tenía que buscar su felicidad lejos de aquí.
--¿Y por qué nos dejó aquí? -- pregunta M1 por boca de M2 y P
--Porque me habría muerto si también os llevase
--¿Y por qué no viene a vernos?
--Viene cuando estáis dormidos.
--Papá...
--¿Quéeeee?
--¿Has besado a mamá?
--Sí, la he besado
--¿Y ella?
--También me ha besado a mi
--¿Va a volver?
--No
--Papá...¿alguna vez se ha ido?
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--Papá, ¿tú la quieres?
--No lo sé, M1
--¿Quieres saberlo?
--.....
--Papá, yo pensé que tú nunca tenías miedo. Cuando yo tenía miedo a los monstruos de debajo de mi cama, siempre me decías que tuviera valor y mirase a ver si de verdad estaban..
--..... -- y Papá guarda silencio y le da el bierón a P, que ya tiene un año
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--Papá, sueño que mamá vuelve. ¿Tú sueñas con ella?
--No, M1, ya no sueño
--¿Por qué?
--Porque no me sirve de nada
--¿Y si mamá sueña contigo y no te encuentra por qué tú no estás dormido?
--.....
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--M1, deja a papá en paz -- espeta M2 -- ¿No ves que ya no cree en los atardeceres? Se ha vuelto como mamá y pronto nos dejará también.
--Nunca os dejaré, sois mis hijos
--No, papá, ya no, ya no existimos....
Y M1, M2 y P se evaporan, confundiéndose con el aire, con el silencio y el ruido...Y Papá se queda con los brazos vacíos, mientras se da cuenta de que ya no es Papá, se ha rendido.
--¡Esperad! ¡Esperad! -- grita desesperado -- Yo... miraré debajo de la cama, pero si no la quiero, si ella nunca me ha querido... -- y M1 vuelve y abraza a papá
--Papá...





