PHOBOS
--Si sales de aquí tu destino es morir, hijo. No salgas nunca
Las palabras martilleaban su cabeza, cada día al despertar y cada noche al dormir. Sabía que allí estaba a salvo, y al principio así lo sentía. Ahora, nueve años de cautiverio voluntario después, el miedo irracional se había adueñado del único lugar que consideraba su casa.
Durante esos nueve años, ningún día entrañó un dolor especialmente agudo, pero en todos sí extrañó algo. Algo indefinido, informe y amorfo, que no dolía pero sí molestaba. El sol parecía resistirse cada día más a entrar por los recovecos del jardín, a reflejarse en el color rojizo de sus cabellos y la vida poco a poco se convirtió en un pesado sueño del que no conseguía despertar.
La tranquilidad de los primeros tiempos, se había convertido en intranquilidad. Cada vez eran más las telas y los vestidos con los que ocultaba las formas de su cuerpo. Su rostro cada vez estaba más pintado, sus andares cada vez eran simuladamente más femeninos, su voz se había dulcificado a base de muchos esfuerzos y sus atributos masculinos estaban forzadamente soterrados bajo unas vendas prietas. En la corte era una más. Una joven callada y serena, hasta el punto de ser considerada vulnerable y especialmente mimada por el resto de mujeres. Sin embargo, no podía dejar de ser él.
--No salgas…nunca…
Elijo quedarme y vivir así, a salvo y seguro – se engañaba un día tras otro
Deidamia era todo lo que él no era. Era una mujer, morena, de piel oscura y mirada triste, que intentaba cuidar a la última en llegar de las cortesanas.
--Tranquila – le decía – La vida aquí, no es mala. Hay infinitud de comodidades. Vivimos para divertir y divertirnos. Aquí estás a salvo – le repetía como lo había hecho su madre – nadie te obligará a hacer nada que tú no quieras – y le tomaba de la mano y le conducía por jardines, estanques y habitaciones. Por la noche se acostaba a su lado y entonces era cuando más miedo tenía
--Deidamia..
--¿Si?
--¿Tú no quieres irte de aquí?
--¡No! Bueno… a veces sí. Pero en realidad no quiero
--¿Por qué?
--Porque ya sé lo que hay ahí fuera y no me gusta. Allí yo era infeliz. No tenía futuro. Todos me despreciaban, no soy de buena familia, ni tengo armas con las que defenderme. Mi única posibilidad fuera sería casarme y encontrar a alguien que no se portara mal conmigo. Sin embargo, aquí soy libre.
--Libre…
--Sí, como tú.
--Qué curioso, Deidamia, tu libertad es mi cautiverio--No te entiendo. Amiga, no pienses más. Dame la mano y duérmete, ya verás que distinto lo ves todo mañana. Yo cuidaré de ti.
Notó la suavidad de su mano en la suya y entre caricias se durmió esa y miles de noches más. Pero cada noche, se acercaba más y lo que empezó siendo una mano, continuó por dos brazos entrelazados en un abrazo y dos cuerpos abrazados entrelazando todas las partes de su cuerpo. Deidamia no se asustó al sentir sus labios en los suyos, ni sus manos en sus pechos, pero instintivamente buscó entre sus piernas, y encontró lo que deseaba pero jamás habría imaginado encontrar.
--Deidamia… supongo que tienes muchas preguntas
--Sólo una. ¿Cómo te llamas de verdad?
--No importa, llámame como tú quieras.
--Pelirrojo, ¿de quien te escondes?
--Eso ya son dos preguntas
--A la primera no me contestaste, contéstame a esta.
--Me escondo de mí mismo, de mi destino.
--Ahora ya sé por qué no eres feliz aquí.
--Deidamia yo… podré ser feliz aquí ahora, contigo, si tú me quieres.
--Te quiero hasta el punto de no dejar que te engañes, pelirrojo. No serás feliz aquí, ni conmigo ni con nadie. Tú miedo está ahí fuera, pero también tu felicidad y tu destino.
--No salgas… nunca…. – la voz seguía resonando en su cabeza
Algo indefinido, informe y amorfo, seguía creciendo día a día, sin nombre, como él. El aire cada vez era más pesado y sólo Deidamia comprendía por qué.
Un día llegó un mercader, con pendientes, colgantes, anillos y pañuelos para las cortesanas. Todas se avalanzaron sobre ellos, menos él que se quedó mirando una espada soterrada entre trapos y bisutería.
--¿Te gusta? – le preguntó el vendedor
--Psss .—contestó él
--Ven conmigo
--¿Qué?
--Ven conmigo. He venido a por ti, y créeme que me ha costado encontrarte. Tu madre me lo ha puesto difícil.
--No puedo marcharme, no lo entiendes. Moriré fuera.
--Pues si has de morir, muere libre. Sal de aquí. Este no eres tú. Muere tu vida, pero no vivas otra que no es tuya. Libérate de tus miedos, enfréntate a ellos. Lucha, muchacho.
--¡Deidamia! – gritó
--Lo he oído, pelirrojo. Es el momento, déjame hacerlo a mí – y delante de todas mientras aún no acababa de terminar la frase fue desnudándolo, velo a velo, pañuelo a pañuelo, y con el pico de su blusa le borró el maquillaje, dejándole completamente desnudo. – Al fin te veo a la luz del día
--No te voy a dejar sola
--No estoy sola, pelirrojo. Nueve años has tardado en desnudarte, nueve meses tardaré yo en darte a luz
--Más que nunca ven conmigo, vayámonos
--Pelirrojo, recuerda…tu libertad es mi cautiverio….
Las palabras martilleaban su cabeza, cada día al despertar y cada noche al dormir. Sabía que allí estaba a salvo, y al principio así lo sentía. Ahora, nueve años de cautiverio voluntario después, el miedo irracional se había adueñado del único lugar que consideraba su casa.
Durante esos nueve años, ningún día entrañó un dolor especialmente agudo, pero en todos sí extrañó algo. Algo indefinido, informe y amorfo, que no dolía pero sí molestaba. El sol parecía resistirse cada día más a entrar por los recovecos del jardín, a reflejarse en el color rojizo de sus cabellos y la vida poco a poco se convirtió en un pesado sueño del que no conseguía despertar.
La tranquilidad de los primeros tiempos, se había convertido en intranquilidad. Cada vez eran más las telas y los vestidos con los que ocultaba las formas de su cuerpo. Su rostro cada vez estaba más pintado, sus andares cada vez eran simuladamente más femeninos, su voz se había dulcificado a base de muchos esfuerzos y sus atributos masculinos estaban forzadamente soterrados bajo unas vendas prietas. En la corte era una más. Una joven callada y serena, hasta el punto de ser considerada vulnerable y especialmente mimada por el resto de mujeres. Sin embargo, no podía dejar de ser él.
--No salgas…nunca…
Elijo quedarme y vivir así, a salvo y seguro – se engañaba un día tras otro
Deidamia era todo lo que él no era. Era una mujer, morena, de piel oscura y mirada triste, que intentaba cuidar a la última en llegar de las cortesanas.
--Tranquila – le decía – La vida aquí, no es mala. Hay infinitud de comodidades. Vivimos para divertir y divertirnos. Aquí estás a salvo – le repetía como lo había hecho su madre – nadie te obligará a hacer nada que tú no quieras – y le tomaba de la mano y le conducía por jardines, estanques y habitaciones. Por la noche se acostaba a su lado y entonces era cuando más miedo tenía
--Deidamia..
--¿Si?
--¿Tú no quieres irte de aquí?
--¡No! Bueno… a veces sí. Pero en realidad no quiero
--¿Por qué?
--Porque ya sé lo que hay ahí fuera y no me gusta. Allí yo era infeliz. No tenía futuro. Todos me despreciaban, no soy de buena familia, ni tengo armas con las que defenderme. Mi única posibilidad fuera sería casarme y encontrar a alguien que no se portara mal conmigo. Sin embargo, aquí soy libre.
--Libre…
--Sí, como tú.
--Qué curioso, Deidamia, tu libertad es mi cautiverio--No te entiendo. Amiga, no pienses más. Dame la mano y duérmete, ya verás que distinto lo ves todo mañana. Yo cuidaré de ti.
Notó la suavidad de su mano en la suya y entre caricias se durmió esa y miles de noches más. Pero cada noche, se acercaba más y lo que empezó siendo una mano, continuó por dos brazos entrelazados en un abrazo y dos cuerpos abrazados entrelazando todas las partes de su cuerpo. Deidamia no se asustó al sentir sus labios en los suyos, ni sus manos en sus pechos, pero instintivamente buscó entre sus piernas, y encontró lo que deseaba pero jamás habría imaginado encontrar.
--Deidamia… supongo que tienes muchas preguntas
--Sólo una. ¿Cómo te llamas de verdad?
--No importa, llámame como tú quieras.
--Pelirrojo, ¿de quien te escondes?
--Eso ya son dos preguntas
--A la primera no me contestaste, contéstame a esta.
--Me escondo de mí mismo, de mi destino.
--Ahora ya sé por qué no eres feliz aquí.
--Deidamia yo… podré ser feliz aquí ahora, contigo, si tú me quieres.
--Te quiero hasta el punto de no dejar que te engañes, pelirrojo. No serás feliz aquí, ni conmigo ni con nadie. Tú miedo está ahí fuera, pero también tu felicidad y tu destino.
--No salgas… nunca…. – la voz seguía resonando en su cabeza
Algo indefinido, informe y amorfo, seguía creciendo día a día, sin nombre, como él. El aire cada vez era más pesado y sólo Deidamia comprendía por qué.
Un día llegó un mercader, con pendientes, colgantes, anillos y pañuelos para las cortesanas. Todas se avalanzaron sobre ellos, menos él que se quedó mirando una espada soterrada entre trapos y bisutería.
--¿Te gusta? – le preguntó el vendedor
--Psss .—contestó él
--Ven conmigo
--¿Qué?
--Ven conmigo. He venido a por ti, y créeme que me ha costado encontrarte. Tu madre me lo ha puesto difícil.
--No puedo marcharme, no lo entiendes. Moriré fuera.
--Pues si has de morir, muere libre. Sal de aquí. Este no eres tú. Muere tu vida, pero no vivas otra que no es tuya. Libérate de tus miedos, enfréntate a ellos. Lucha, muchacho.
--¡Deidamia! – gritó
--Lo he oído, pelirrojo. Es el momento, déjame hacerlo a mí – y delante de todas mientras aún no acababa de terminar la frase fue desnudándolo, velo a velo, pañuelo a pañuelo, y con el pico de su blusa le borró el maquillaje, dejándole completamente desnudo. – Al fin te veo a la luz del día
--No te voy a dejar sola
--No estoy sola, pelirrojo. Nueve años has tardado en desnudarte, nueve meses tardaré yo en darte a luz
--Más que nunca ven conmigo, vayámonos
--Pelirrojo, recuerda…tu libertad es mi cautiverio….
ELOGIO A IRENE
Aquel día me destrozaste la vida. Rompiste mi corazón y desde aquel momento, mido el tiempo en función de aquel día. Ya hace un mes, tres meses, medio año, el primer año…de ese y no otro día. Del día que decidiste dejarme sola en un erial espurio.
Lo primero que hice fue llorar, desconsoladamente. Mi cuerpo reaccionaba a algo que mi mente no llegaba a asimilar del todo. Me dieron pastillas. Así conseguí dormir. Sin embargo, ello no mejoraba las cosas. Porque yo soñaba, soñaba que todo había sido una pesadilla, y despertaba creyendo por unos momentos que así era. Pero, la realidad me golpeaba con los primeros rayos de sol, y me daba cuenta de que el sueño era sueño y la vida pesadilla.
Poco a poco dejé de llorar. El sol del verano secó mis lágrimas, las hojas del otoño abrigaron el frío que dejaste, pero nada, nada llenó el hueco, el vacío afilado y lleno de aristas que dejaste en mi interior. Un recuerdo, un movimiento, lento o brusco, y ¡zas!, un pinchazo de dolor.
Pensé que no lo superaría, que nunca se supera. Después pensé que sí, que el tiempo cura las heridas. Pero hoy, ya sé, que hay heridas que nunca se cierran, y aunque he vuelto a sonreír, mi sonrisa jamás será plena, desde aquel día, desde aquel día…
Ahora puedo vengarme. Tengo en mi poder el arma para hacerte sufrir. Sería sencillo. A menudo lo he soñado. Te miro exultante de ira y de orgullo, y en un solo instante, como lo hiciste tú, te parto el corazón para siempre. Eres culpable, no debería dudar, porque sé que no eres estúpido, sabías lo que tu decisión me haría y, aún así, seguiste adelante. No sé si pensaste cómo me sentiría, sólo sé, que si lo pensaste, no evitó que lo hicieras. Mientras venías hacia allí, ya sabías lo que harías, y yo mientras tanto ¡sonreía feliz, ignorante de tus planes!
Sí, hoy podría vengarme. No obstante, he descubierto que eso no me haría más feliz. No borraría el pasado, ni mis lágrimas de ayer y de mañana. No me devolvería a un día antes de ese día y haría discurrir mi vida por otro camino. No hay nada que pueda cambiar lo que hiciste. ¿De qué me sirve que pagues? ¿De qué me sirve que pidas perdón? Nada cambiará. La justicia y la venganza a veces son difíciles de distinguir, y ya no quiero pensar ni en una ni en otra, porque ninguna de las dos pueden resarcirme. El pasado no se puede cambiar. Y si yo pudiera pedir algo, sería que nunca hubiese ocurrido.
¡Sufre! – he pesando en más de una ocasión en la que me he dejado llevar por la ira. ¡Llora, aunque sea la mitad de lo que yo he llorado! ¡Siéntete sólo y despreciado! ¡Despreciaste el dolor que ibas a causarme pensando sólo en tu bien! Pero no… He aprendido que el odio y la tristeza no es algo exterior que me hayas provocado tú. El odio, la tristeza, igual que el amor y la alegría son parte de nosotros. Lo asumo. Eso soy también yo.
Si te hiciera daño, haría daño a la persona que está contigo, haría que tu madre se preocupase, como se preocupó la mía, cuando me convertí en un cuerpo creador de lágrimas. Y ellas no tienen la culpa.
Si pudiera pedir algo … sería que nunca hubiese pasado, pero como eso no es posible, sólo pido paz. Paz para asumir lo que ocurrió, paz para mí, para los míos, para los tuyos. Aquel día me mataste, pero también te mataste tú.
Pido paz a las voces que gritan, pido paz para las críticas que sin sentido común son sólo ira vacía. Pido que nadie manipule el dolor, ni yo misma. Pido que no seamos una única España, pero si una España unida. Pido que la gente se manifieste sin violencia, pacíficamente, demostrando que somos una democracia. Que la gente hable en las urnas, pero que no chillen. Que cada uno piense libremente y respete todas las opiniones. ¿De qué tenéis miedo? Si tenéis razón, seáis quien seáis, el tiempo os la dará. No os desacreditéis, no les desacreditéis, no nos desacreditemos.
Yo soy Irene, la paz, y mi hijo es Pluto, la riqueza. Pido que le dejéis nacer.
Lo primero que hice fue llorar, desconsoladamente. Mi cuerpo reaccionaba a algo que mi mente no llegaba a asimilar del todo. Me dieron pastillas. Así conseguí dormir. Sin embargo, ello no mejoraba las cosas. Porque yo soñaba, soñaba que todo había sido una pesadilla, y despertaba creyendo por unos momentos que así era. Pero, la realidad me golpeaba con los primeros rayos de sol, y me daba cuenta de que el sueño era sueño y la vida pesadilla.
Poco a poco dejé de llorar. El sol del verano secó mis lágrimas, las hojas del otoño abrigaron el frío que dejaste, pero nada, nada llenó el hueco, el vacío afilado y lleno de aristas que dejaste en mi interior. Un recuerdo, un movimiento, lento o brusco, y ¡zas!, un pinchazo de dolor.
Pensé que no lo superaría, que nunca se supera. Después pensé que sí, que el tiempo cura las heridas. Pero hoy, ya sé, que hay heridas que nunca se cierran, y aunque he vuelto a sonreír, mi sonrisa jamás será plena, desde aquel día, desde aquel día…
Ahora puedo vengarme. Tengo en mi poder el arma para hacerte sufrir. Sería sencillo. A menudo lo he soñado. Te miro exultante de ira y de orgullo, y en un solo instante, como lo hiciste tú, te parto el corazón para siempre. Eres culpable, no debería dudar, porque sé que no eres estúpido, sabías lo que tu decisión me haría y, aún así, seguiste adelante. No sé si pensaste cómo me sentiría, sólo sé, que si lo pensaste, no evitó que lo hicieras. Mientras venías hacia allí, ya sabías lo que harías, y yo mientras tanto ¡sonreía feliz, ignorante de tus planes!
Sí, hoy podría vengarme. No obstante, he descubierto que eso no me haría más feliz. No borraría el pasado, ni mis lágrimas de ayer y de mañana. No me devolvería a un día antes de ese día y haría discurrir mi vida por otro camino. No hay nada que pueda cambiar lo que hiciste. ¿De qué me sirve que pagues? ¿De qué me sirve que pidas perdón? Nada cambiará. La justicia y la venganza a veces son difíciles de distinguir, y ya no quiero pensar ni en una ni en otra, porque ninguna de las dos pueden resarcirme. El pasado no se puede cambiar. Y si yo pudiera pedir algo, sería que nunca hubiese ocurrido.
¡Sufre! – he pesando en más de una ocasión en la que me he dejado llevar por la ira. ¡Llora, aunque sea la mitad de lo que yo he llorado! ¡Siéntete sólo y despreciado! ¡Despreciaste el dolor que ibas a causarme pensando sólo en tu bien! Pero no… He aprendido que el odio y la tristeza no es algo exterior que me hayas provocado tú. El odio, la tristeza, igual que el amor y la alegría son parte de nosotros. Lo asumo. Eso soy también yo.
Si te hiciera daño, haría daño a la persona que está contigo, haría que tu madre se preocupase, como se preocupó la mía, cuando me convertí en un cuerpo creador de lágrimas. Y ellas no tienen la culpa.
Si pudiera pedir algo … sería que nunca hubiese pasado, pero como eso no es posible, sólo pido paz. Paz para asumir lo que ocurrió, paz para mí, para los míos, para los tuyos. Aquel día me mataste, pero también te mataste tú.
Pido paz a las voces que gritan, pido paz para las críticas que sin sentido común son sólo ira vacía. Pido que nadie manipule el dolor, ni yo misma. Pido que no seamos una única España, pero si una España unida. Pido que la gente se manifieste sin violencia, pacíficamente, demostrando que somos una democracia. Que la gente hable en las urnas, pero que no chillen. Que cada uno piense libremente y respete todas las opiniones. ¿De qué tenéis miedo? Si tenéis razón, seáis quien seáis, el tiempo os la dará. No os desacreditéis, no les desacreditéis, no nos desacreditemos.
Yo soy Irene, la paz, y mi hijo es Pluto, la riqueza. Pido que le dejéis nacer.
ELEGIR TU CIELO (Última parte de "Elegir tu infierno")
Y a pesar de todo, hubo una época en la que fuimos felices…
Víctor viaja en el tiempo
Víctor ahora tiene 9 años
--Abuelo, tengo miedo a la muerte
--Uy, mal asunto, de eso nadie se escapa – el abuelo ya está muerto, aunque sea un anacronismo decirlo.
--¿Dónde vamos cuando morimos, abuelo?
--Al cielo
--¿Los buenos y los malos?
--Yo creo que sí. Al morir todos nos hacemos igual de buenos y de malos, porque nos hacemos igual de inteligentes y de guapos – el abuelo ríe aunque Víctor no lo entiende porque está pensando en otras cosas
--¿Los indios van al cieo?
--Sí
--¿Los vikingos han ido al cielo?
--Sí
--¿Los hombres prehistóricos fueron al cielo?
--También.
--¿Y mis hamsters?
--Pues esos no lo sé, ya te lo diré cuando suba.
--Abuelo…¡no cabemos todos!
--Sí cabemos, el cielo es infinito.
--No sé lo que es infinito.
--Piensa que corres por un camino muy grande
--¿Igual que esta cuesta? – es de noche y el abuelo y Víctor pasean por la “cuesta del pueblo”, no hay mucho mejor qué hacer.
--Igual. Y cuando llegas a lo que es el final, hay otro camino igual de largo, y cuando llegas a lo último que veías, vuelves a ver otro camino que empieza y así siempre.
--Ahh y… ¿siempre va a haber seres humanos?
--Supongo que no, todo lo que nace muere
--¿Entonces por qué el cielo es infinito? Bastaría con que hubiese una casa por persona y como no somos infinitos, no habrá casas infinitas, sólo un número muy muy grande.
-- Joder listillo…
------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Víctor ahora tiene un año menos que en su último encuentro con Nuria. Es el momento de su entrevista para la beca de investigación.
--Cuénteme su día ideal – le espeta al Dra. Allbright, que cierra así una entrevista donde ya se ha revisado someramente el currículum del, todavía, aspirante.
-- Pues… -- Víctor no esperaba un tipo de pregunta así y para contestar, vuelve al pasado del pasado – He dormido ocho horas seguidas, al menos, y me levanto descansado, da igual si hace sol o está nublado, las dos cosas me gustan. Voy a una exposición al planetario con alguien que me hace reír y qué disfruta de lo que yo disfruto. Aprendo algo nuevo, que se asienta sobre algo que ya sabía y me siento aún más apasionado. Miro a una cúpula de estrellas y pienso que han estado ahí miles de años, que otros seres humanos las han mirado y que ahora mismo las están mirando. Me siento parte de ellas y me mareo pensando en la infinitud del universo del que me siento parte. Me asomo a un mirador y leo algo que me gusta para unos oídos atentos, que me contestan con otra lectura. Tomo algo caliente, me fumo un cigarro, hablo de todo lo que he pensado, pequeño y grande. Descanso en un sofá, bajo el calor de una manta y veo una película, o un documental, o una ópera o un partido, da igual, hasta que me quedo dormido. Esos son… esos serían mis días perfectos – Y se calla que piensa en Nuria, entre sus brazos, bajo la misma manta, con sus dedos con sus dedos entrelazados, la suavidad de su piel y sus caricias, sus besos nunca saciantes, ni saciados, y cómo la televisión se convierte en una voz lejana, banda sonora de una noche de pasión y abrazos. Sabe que Nuria le está esperando, cocinando, con un montón de libros sobre la mesa y un dvd preparado. Hubo un tiempo en que fueron felices.
-- La entrevista ha terminado. Gracias.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Víctor vuelve de su viaje en el tiempo.
Hubo una época en que fuimos felices en esta vida – piensa -- ¿Dónde fueron esos momentos? Quizás los repetimos vida tras vida. Pero ¿qué pasaría si en esta hubiéramos fallado? – se atormenta -- ¿Se puede ir contra el destino? Y… si se puede ¿qué consecuencias sufrimos? – acaba por cuestionarse, temiendo que sabe la respuesta.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------------
--Abuelo ¿no será que subimos al cielo y después bajamos? ¿No será que hay dos escaleras? ¿No será que somos siempre los mismos, qué nos reciclamos?
--Más vale que no, Víctor, estaríamos condenados.
Víctor viaja en el tiempo
Víctor ahora tiene 9 años
--Abuelo, tengo miedo a la muerte
--Uy, mal asunto, de eso nadie se escapa – el abuelo ya está muerto, aunque sea un anacronismo decirlo.
--¿Dónde vamos cuando morimos, abuelo?
--Al cielo
--¿Los buenos y los malos?
--Yo creo que sí. Al morir todos nos hacemos igual de buenos y de malos, porque nos hacemos igual de inteligentes y de guapos – el abuelo ríe aunque Víctor no lo entiende porque está pensando en otras cosas
--¿Los indios van al cieo?
--Sí
--¿Los vikingos han ido al cielo?
--Sí
--¿Los hombres prehistóricos fueron al cielo?
--También.
--¿Y mis hamsters?
--Pues esos no lo sé, ya te lo diré cuando suba.
--Abuelo…¡no cabemos todos!
--Sí cabemos, el cielo es infinito.
--No sé lo que es infinito.
--Piensa que corres por un camino muy grande
--¿Igual que esta cuesta? – es de noche y el abuelo y Víctor pasean por la “cuesta del pueblo”, no hay mucho mejor qué hacer.
--Igual. Y cuando llegas a lo que es el final, hay otro camino igual de largo, y cuando llegas a lo último que veías, vuelves a ver otro camino que empieza y así siempre.
--Ahh y… ¿siempre va a haber seres humanos?
--Supongo que no, todo lo que nace muere
--¿Entonces por qué el cielo es infinito? Bastaría con que hubiese una casa por persona y como no somos infinitos, no habrá casas infinitas, sólo un número muy muy grande.
-- Joder listillo…
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Víctor ahora tiene un año menos que en su último encuentro con Nuria. Es el momento de su entrevista para la beca de investigación.
--Cuénteme su día ideal – le espeta al Dra. Allbright, que cierra así una entrevista donde ya se ha revisado someramente el currículum del, todavía, aspirante.
-- Pues… -- Víctor no esperaba un tipo de pregunta así y para contestar, vuelve al pasado del pasado – He dormido ocho horas seguidas, al menos, y me levanto descansado, da igual si hace sol o está nublado, las dos cosas me gustan. Voy a una exposición al planetario con alguien que me hace reír y qué disfruta de lo que yo disfruto. Aprendo algo nuevo, que se asienta sobre algo que ya sabía y me siento aún más apasionado. Miro a una cúpula de estrellas y pienso que han estado ahí miles de años, que otros seres humanos las han mirado y que ahora mismo las están mirando. Me siento parte de ellas y me mareo pensando en la infinitud del universo del que me siento parte. Me asomo a un mirador y leo algo que me gusta para unos oídos atentos, que me contestan con otra lectura. Tomo algo caliente, me fumo un cigarro, hablo de todo lo que he pensado, pequeño y grande. Descanso en un sofá, bajo el calor de una manta y veo una película, o un documental, o una ópera o un partido, da igual, hasta que me quedo dormido. Esos son… esos serían mis días perfectos – Y se calla que piensa en Nuria, entre sus brazos, bajo la misma manta, con sus dedos con sus dedos entrelazados, la suavidad de su piel y sus caricias, sus besos nunca saciantes, ni saciados, y cómo la televisión se convierte en una voz lejana, banda sonora de una noche de pasión y abrazos. Sabe que Nuria le está esperando, cocinando, con un montón de libros sobre la mesa y un dvd preparado. Hubo un tiempo en que fueron felices.
-- La entrevista ha terminado. Gracias.
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Víctor vuelve de su viaje en el tiempo.
Hubo una época en que fuimos felices en esta vida – piensa -- ¿Dónde fueron esos momentos? Quizás los repetimos vida tras vida. Pero ¿qué pasaría si en esta hubiéramos fallado? – se atormenta -- ¿Se puede ir contra el destino? Y… si se puede ¿qué consecuencias sufrimos? – acaba por cuestionarse, temiendo que sabe la respuesta.
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--Abuelo ¿no será que subimos al cielo y después bajamos? ¿No será que hay dos escaleras? ¿No será que somos siempre los mismos, qué nos reciclamos?
--Más vale que no, Víctor, estaríamos condenados.





