ESCRITO EN LAS ESTRELLAS
Si eres tú, tienes que saber unas cosas. Soy un hijo no deseado. Intentaron que mi madre nunca me tuviese. Soy una palabra sin significado, elegida al azar juntando letras. Nunca he tenido razón de ser, ni intención, ni una finalidad concreta. Soy un cálculo matemático. Mecánico e indeterminado, contingente y particular, resultado de un espasmo universal. Nací de una pasión que nunca debió existir. Aún así un milagro, hijo de un dios.
Me mandaron a una misión imposible de cumplir. Podrían haberme enviado a arar el fondo del mar. En su lugar, me enviaron a la muerte y yo, sin quererlo, sobreviví. Entonces me llamaron “héroe”, pero yo sigo sin saber qué mérito tiene hacer posible un imposible que no tiene a quien servir.
De regreso, igual de perdido, siguiendo unos pasos en un camino sin principio ni final, te encontré enviada a la muerte, también tú. Te he salvado porque te llevo soñando desde que recuerdo, porque desde que recuerdo estoy sólo en una inmensa orilla. Te vi por primera vez en otra orilla, atada de pies y manos, y juntos hemos convertido nuestra desdicha en coral.
Ahora me dicen que tú no eres mía, que ya tienes quien te acompañe en tu vida. Y yo te imploro: Andrómeda, mi amor, si eres tú, hazme una señal para que siga luchando, y si no eres tú, déjame partir. Como dote y prenda, sólo puedo darte mi futuro y prometerte que si tú quieres ser “tú”, la infinitud nos deparará un sitio en las estrellas, y a mi lado y junto a tu madre seguiremos haciendo coral con nuestras penas.
Me mandaron a una misión imposible de cumplir. Podrían haberme enviado a arar el fondo del mar. En su lugar, me enviaron a la muerte y yo, sin quererlo, sobreviví. Entonces me llamaron “héroe”, pero yo sigo sin saber qué mérito tiene hacer posible un imposible que no tiene a quien servir.
De regreso, igual de perdido, siguiendo unos pasos en un camino sin principio ni final, te encontré enviada a la muerte, también tú. Te he salvado porque te llevo soñando desde que recuerdo, porque desde que recuerdo estoy sólo en una inmensa orilla. Te vi por primera vez en otra orilla, atada de pies y manos, y juntos hemos convertido nuestra desdicha en coral.
Ahora me dicen que tú no eres mía, que ya tienes quien te acompañe en tu vida. Y yo te imploro: Andrómeda, mi amor, si eres tú, hazme una señal para que siga luchando, y si no eres tú, déjame partir. Como dote y prenda, sólo puedo darte mi futuro y prometerte que si tú quieres ser “tú”, la infinitud nos deparará un sitio en las estrellas, y a mi lado y junto a tu madre seguiremos haciendo coral con nuestras penas.
JUDE
Era un tío raro. Serio. Inteligente, quizás demasiado. A veces duro, hasta llegar a ser cortante. Brutalmente sincero. No me acostumbro a hablar en pasado.
Lo último que me dijo fue: “Eres muy inteligente, tienes mucho coco, aunque no me parece mal que lo niegues por humildad. Aprovéchalo. Haz algo que merezca la pena con ello.”
Hace tiempo me dijo: ¿Cuándo vas a publicar algo? La comida y el barullo se paró en silencio. “¿Escribes? – me preguntaron los comensales. Sólo él me había leído. Desde que murió, no he vuelto a escribir. Va a hacer un mes la semana que viene.
Aún lloro, y creo que nadie me entiende. No era mi padre, no era mi novio, no era mi sangre, sólo era mi tío. Aquel que de pequeña se creía con derecho a regañarme, aquel que me llevaba de excursión en aquel citröen blanco y aplastado, con banda sonora de Emilio Aragón de fondo. Aquel que con el tiempo despreció mi criterio, aquel que con el tiempo resultó que me escuchaba y que se había dado cuenta de algo que nadie más veía. Me veía a mí, tal como soy.
Rechacé invitaciones. Le dije que no mil veces. Le consulté otras tantas. Me enzarcé en debates sin puntos finales. Le vi tras su máscara y compartimos secretos. Firmaba como Judé, como Judé tengo aún su número en el teléfono movil. Judé, el protagonista de una novela de Thomas Hardy, que leí para mi doctorado y que él leyó de joven, para ir de intelectual y ligarse a las chicas. ¿Qué clase de chica se deja enamorar por alguien que lee una novela oscura y schopenhaueriana de Thomas Hardy?
Judé, el personaje, estaba enamorado de su prima. Era un ser que había nacido en un mal momento, en un mal lugar. Un pobre desgraciado, huérfano y educado por un cura. Más tarde casado con una infeliz, padre de unos cuantos chiquillos y aún enamorado de su prima, con la que podía pasar noches de amor, pero con la que no se podía permitir soñar. Atrapados en el destino, con una voluntad débil y torturada. Un querer y no poder. Un poder y no atreverse.
Judé se ha ido. Y lamento no haberle dado más besos, y lamento no haberle dedicado más palabras, ni más caricias ni tan sólo un te quiero. Judé no volverá. Y lo que quedó por hacerse, nunca se acabará. Más que nunca, busco caminos. “Caminante no hay camino…se hace camino al andar”
Me pregunto ¿qué haría en este mismo momento si pudiese hacer todo cuánto quisiese? Y me contesto a mi misma que volaría, como Peter Pan, por la ventana. Saldría de paseo por la noche a burlar estrellas y a marear a la luna. Respiraría el aire que mi vuelo rasgara y gritaría secretos en voz alta. Después, de madrugada, iría a tu cama, y te vería dormir y me acostaría sobre tus sábanas. Te pasaría el brazo por la cintura y apoyaría mi cara entre tu cuello y tu espalda. Y muy, muy bajito, lloraría en silencio para que no despertaras. No habría pasado, porque me iría con el alba. Lo importante es que sentiría que me quieres y me lo llevaría tatuado en mis pestañas, para que todo lo que mirase estuviera pintado también por tu mirada.
Volar y dormir, volar y dormir. Porque tanto en el cielo como en mi sueño no caben gritos, ni discusiones, ni desengaños, ni lágrimas. Porque mi cielo es mi sueño, y el sueño mi cielo. Mientras tanto, permanezco encadenada a la tierra que se mete hasta en mis zapatos, con los que hago surcos en la arena que el mar se encarga de borrar.
Judé, nunca fuiste Judé. Judé, te prometo que aprenderé a no serlo más. Ven a verme algún día.
Lo último que me dijo fue: “Eres muy inteligente, tienes mucho coco, aunque no me parece mal que lo niegues por humildad. Aprovéchalo. Haz algo que merezca la pena con ello.”
Hace tiempo me dijo: ¿Cuándo vas a publicar algo? La comida y el barullo se paró en silencio. “¿Escribes? – me preguntaron los comensales. Sólo él me había leído. Desde que murió, no he vuelto a escribir. Va a hacer un mes la semana que viene.
Aún lloro, y creo que nadie me entiende. No era mi padre, no era mi novio, no era mi sangre, sólo era mi tío. Aquel que de pequeña se creía con derecho a regañarme, aquel que me llevaba de excursión en aquel citröen blanco y aplastado, con banda sonora de Emilio Aragón de fondo. Aquel que con el tiempo despreció mi criterio, aquel que con el tiempo resultó que me escuchaba y que se había dado cuenta de algo que nadie más veía. Me veía a mí, tal como soy.
Rechacé invitaciones. Le dije que no mil veces. Le consulté otras tantas. Me enzarcé en debates sin puntos finales. Le vi tras su máscara y compartimos secretos. Firmaba como Judé, como Judé tengo aún su número en el teléfono movil. Judé, el protagonista de una novela de Thomas Hardy, que leí para mi doctorado y que él leyó de joven, para ir de intelectual y ligarse a las chicas. ¿Qué clase de chica se deja enamorar por alguien que lee una novela oscura y schopenhaueriana de Thomas Hardy?
Judé, el personaje, estaba enamorado de su prima. Era un ser que había nacido en un mal momento, en un mal lugar. Un pobre desgraciado, huérfano y educado por un cura. Más tarde casado con una infeliz, padre de unos cuantos chiquillos y aún enamorado de su prima, con la que podía pasar noches de amor, pero con la que no se podía permitir soñar. Atrapados en el destino, con una voluntad débil y torturada. Un querer y no poder. Un poder y no atreverse.
Judé se ha ido. Y lamento no haberle dado más besos, y lamento no haberle dedicado más palabras, ni más caricias ni tan sólo un te quiero. Judé no volverá. Y lo que quedó por hacerse, nunca se acabará. Más que nunca, busco caminos. “Caminante no hay camino…se hace camino al andar”
Me pregunto ¿qué haría en este mismo momento si pudiese hacer todo cuánto quisiese? Y me contesto a mi misma que volaría, como Peter Pan, por la ventana. Saldría de paseo por la noche a burlar estrellas y a marear a la luna. Respiraría el aire que mi vuelo rasgara y gritaría secretos en voz alta. Después, de madrugada, iría a tu cama, y te vería dormir y me acostaría sobre tus sábanas. Te pasaría el brazo por la cintura y apoyaría mi cara entre tu cuello y tu espalda. Y muy, muy bajito, lloraría en silencio para que no despertaras. No habría pasado, porque me iría con el alba. Lo importante es que sentiría que me quieres y me lo llevaría tatuado en mis pestañas, para que todo lo que mirase estuviera pintado también por tu mirada.
Volar y dormir, volar y dormir. Porque tanto en el cielo como en mi sueño no caben gritos, ni discusiones, ni desengaños, ni lágrimas. Porque mi cielo es mi sueño, y el sueño mi cielo. Mientras tanto, permanezco encadenada a la tierra que se mete hasta en mis zapatos, con los que hago surcos en la arena que el mar se encarga de borrar.
Judé, nunca fuiste Judé. Judé, te prometo que aprenderé a no serlo más. Ven a verme algún día.





