NUNCA ME QUISISTE
Era una noche de luna entera. Una noche en la orilla de una playa, con el sonido de las olas, rompiendo uniformemente sobre la arena. Su sonido era como un arrullo, perfectamente sincronizado a los latidos de su sueño.
Las olas rompían y volvían atrás para empezar de nuevo, su respiración relajada subía y volvía a bajar su pecho, que dejaba el resplandor de su piel como espejo de la luna clara y hermosa. Ariadna dormía, tranquila y confiada, después de largos días de lucha y nerviosismo.
--ARIADnaaaaa, despiera, Ariadna… le susurró una voz desde la infinitud de la noche.
--¿Qué? – Respondió ella, despertándose sobresaltada.
--Nada… -- y nada vio Ariadna al volverse sobre su espalda, mientras su manto de color blanco resbalaba por su vientre.
--¡Oh Dioses! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Y sobre todo…¿dónde están?
Ariadna ignoró la voz que le hablaba, ignoró de dónde venía o quien le había despertado. Se levantó loca y recorrió descalza y semidesnuda la playa. Miró a este y oeste, a norte y a sur, al horizonte oscuro, bajo sus pies y sobre su cabeza, pero no encontró nada. Nada.
Días antes Ariadna había traicionado a su patria, instantes antes, Ariadna acababa de ser traicionada. Por amor renegó de todo aquello en lo que creía, por amor decidió arriesgar su vida ayudando a aquel muchacho que se había presentado en su vida, un mal día, llamado a ser un héroe, con el luto en sus manos y una guadaña tatuada.
Decidió salvarle, porque sólo salvándole a él conseguiría salvar su existencia, vacía hasta el momento, llena sólo en el reflejo de su mirada.
--Toma este ovillo, en él llevas mi vida. Si me descubren moriré, si mueres moriré. Toma esta espada. Lucha y gana, que yo te esperaré lo que haga falta.
--Lucharé amor mío, por ti y por mi, con este ovillo y esta espada, y volveré con una alianza, para unir tu destino al mío y encontrar por fin algo de esperanza.
Teseo venció y se llevó a Ariadna, pero por el camino hizo una parada. Aprovechando su sueño, Teseo le dedicó una última mirada, y partió lejos, pues ya no le servía de nada. Nada.
--Ariadna – volvió a repetir la voz que antes la despertara – Ariadna, sabes lo que ha pasado, ¿verdad, muchacha?
--Sí, desconocido. Nunca me quiso. ¿Por qué habría de hacerlo? Yo no era lo que el quería, sólo era lo que él necesitaba. Supongo que dejó de necesitarme, supongo que me dejó abandonada. ¿Quién puede culparle? No era yo lo que buscaba. Mi mirada no era lo suficientemente bonita, mi piel no era lo suficientemente suave, mi voz no era dulce, y mis manos pequeñas y torpes. Quizás ni siquiera quería una muchacha. ¿Quién puede culparme? ¿Acaso puedo ser algo distinto a lo que soy? Un ser imperfecto, pequeño e ingenuo, al que hoy han enseñado su desgracia.
--Ariadna, no. Olvídalo. Él se ha ido, pero yo he venido a rescatarte. Ven conmigo, sé mi esposa y te prometo que sólo habrá sonrisas aunque plantes lágrimas.
Ariadna dudó un segundo, el instante que tardó en mirar a la playa y encontrar el ovillo de Teseo enterrado entre la arena.
--Seré tu esposa – dijo mientras recogía el ovillo
--Entonces serás la esposa del Dios Baco
Tomó néctar y ambrosía para borrar el recuerdo de aquel amor traicionero. Se sumió en fiestas de días y meses enteros. Enterró todos sus demonios hasta que un día volvió a sacar el ovillo que había guardado entre su pelo. Lo deshizo poco a poco, lentamente, en una noche de luna llena, como aquella. Lo enredó entre las ramas de un árbol, jugando a tirarlo y recogerlo. Sonrío por última vez y lo anudó a su cuello. En su último suspiro, colgada de aquel triste ovillo, sólo se le oyó decir:
--Nunca me quisiste, lo comprendo.
Las olas rompían y volvían atrás para empezar de nuevo, su respiración relajada subía y volvía a bajar su pecho, que dejaba el resplandor de su piel como espejo de la luna clara y hermosa. Ariadna dormía, tranquila y confiada, después de largos días de lucha y nerviosismo.
--ARIADnaaaaa, despiera, Ariadna… le susurró una voz desde la infinitud de la noche.
--¿Qué? – Respondió ella, despertándose sobresaltada.
--Nada… -- y nada vio Ariadna al volverse sobre su espalda, mientras su manto de color blanco resbalaba por su vientre.
--¡Oh Dioses! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? Y sobre todo…¿dónde están?
Ariadna ignoró la voz que le hablaba, ignoró de dónde venía o quien le había despertado. Se levantó loca y recorrió descalza y semidesnuda la playa. Miró a este y oeste, a norte y a sur, al horizonte oscuro, bajo sus pies y sobre su cabeza, pero no encontró nada. Nada.
Días antes Ariadna había traicionado a su patria, instantes antes, Ariadna acababa de ser traicionada. Por amor renegó de todo aquello en lo que creía, por amor decidió arriesgar su vida ayudando a aquel muchacho que se había presentado en su vida, un mal día, llamado a ser un héroe, con el luto en sus manos y una guadaña tatuada.
Decidió salvarle, porque sólo salvándole a él conseguiría salvar su existencia, vacía hasta el momento, llena sólo en el reflejo de su mirada.
--Toma este ovillo, en él llevas mi vida. Si me descubren moriré, si mueres moriré. Toma esta espada. Lucha y gana, que yo te esperaré lo que haga falta.
--Lucharé amor mío, por ti y por mi, con este ovillo y esta espada, y volveré con una alianza, para unir tu destino al mío y encontrar por fin algo de esperanza.
Teseo venció y se llevó a Ariadna, pero por el camino hizo una parada. Aprovechando su sueño, Teseo le dedicó una última mirada, y partió lejos, pues ya no le servía de nada. Nada.
--Ariadna – volvió a repetir la voz que antes la despertara – Ariadna, sabes lo que ha pasado, ¿verdad, muchacha?
--Sí, desconocido. Nunca me quiso. ¿Por qué habría de hacerlo? Yo no era lo que el quería, sólo era lo que él necesitaba. Supongo que dejó de necesitarme, supongo que me dejó abandonada. ¿Quién puede culparle? No era yo lo que buscaba. Mi mirada no era lo suficientemente bonita, mi piel no era lo suficientemente suave, mi voz no era dulce, y mis manos pequeñas y torpes. Quizás ni siquiera quería una muchacha. ¿Quién puede culparme? ¿Acaso puedo ser algo distinto a lo que soy? Un ser imperfecto, pequeño e ingenuo, al que hoy han enseñado su desgracia.
--Ariadna, no. Olvídalo. Él se ha ido, pero yo he venido a rescatarte. Ven conmigo, sé mi esposa y te prometo que sólo habrá sonrisas aunque plantes lágrimas.
Ariadna dudó un segundo, el instante que tardó en mirar a la playa y encontrar el ovillo de Teseo enterrado entre la arena.
--Seré tu esposa – dijo mientras recogía el ovillo
--Entonces serás la esposa del Dios Baco
Tomó néctar y ambrosía para borrar el recuerdo de aquel amor traicionero. Se sumió en fiestas de días y meses enteros. Enterró todos sus demonios hasta que un día volvió a sacar el ovillo que había guardado entre su pelo. Lo deshizo poco a poco, lentamente, en una noche de luna llena, como aquella. Lo enredó entre las ramas de un árbol, jugando a tirarlo y recogerlo. Sonrío por última vez y lo anudó a su cuello. En su último suspiro, colgada de aquel triste ovillo, sólo se le oyó decir:
--Nunca me quisiste, lo comprendo.