Blogs.ya.com Quitar publicidad
Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Cita en el parque


Lo que caduca es el árbol y no la hoja.

Y la hoja, convencida de estar donde cree que debe estar en cada momento, no dejándose llevar por el soplo del viento, sino uniéndose a él activamente, inicia un viaje cuyo final es tan incierto como su origen, pero así es como la hoja contrarresta tanta locura atada a un árbol.

 
Un sueño sin dueño





Me dice:

- Salgo un momento. ¿Quieres algo del exterior, del mundo real?

Como no contesto, insiste:

- ¿Y del mundo irreal, quieres algo?

- Sí, tráeme un sueño.









 
El Arte

A veces pasas fugaz como un cometa, y hay que mirar más allá para seguir tu rastro.
Yo no estoy capacitada, o es que estoy cansada de acumular huellas.

Allá donde no llegan mis manos hay un color que se degrada, y justo en el límite que lo separa de su índice, hay dos animales copulando. Cualesquiera. Y dos estrellas que los coronan, y cualquier otra fantasía que se te ocurra.

Creerás que no sé de lo que hablo. Yo también lo pensaba. Pero mírate, verás que compartimos el mismo reflejo, por eso yo diría, incluso, que nos correspondemos demasiado. ¿No crees?

 
Ron con guindas

En estos días me estoy acordando de Devorah. Debe ser que el otoño se deja caer con placer, como Devorah cuando ladeaba la cabeza al servir una copa. El ron derretía el hielo y Devorah sencillamente lo derretía todo. Su voz tranquila, pausada, sugería siempre un lugar que no era ése. El bar era un oasis en su boca, y ella lo administraba con auténtica paciencia.

Devorah era (y es) muy alta. A veces se ponía un vestido que dejaba su espalda libre y desértica, sin más tejido que su propia piel, y un asomo de curvatura que anunciaba su culo, firme, rotundo. Entonces Devorah se daba la vuelta y era un espectáculo. La larga melena acatando con total armonía sus ciento ochenta grados de giro. Los ojos debatiéndose entre todas las tonalidades posibles del verde, según incidiera la luz, el momento. La prolongación de sus labios de sonrisa. Y ese lunar en cuyo centro no podías detenerte si no querías acabar presa de una locura repentina, y en cuyos alrededores podías estar horas y horas simplemente embelesada con su absoluta y contundente redondez, su color tostado, su textura de miel. Daban ganas de bebérselo de un trago, para ver si en verdad la dulzura era eso precisamente.

Devorah tenía (y tiene) los pechos pequeños y temblorosos, como si estuvieran hechos de crema o de nata, y no los sujetaba con nada, de manera que cuando caminaba de un lado a otro de la barra, esos petit choux que Devorah lucía, vibraban levemente a cada paso, y era imposible no fijarse en ellos ni en la guinda que los coronaba, dulce y apetitosa. A veces imaginé la guinda entre mis dedos, con tanto realismo que acabé chupando el almíbar de mis yemas, sin que Devorah me viera.

Una noche de invierno, como otras tantas noches de ese mismo invierno, estuve en ese bar tomando unas copas. La música sonaba en directo gracias a un grupo local que había hecho de ese lugar su segunda casa, y cada sábado montaban el mismo numerito teatrero-musical. Yo asistí en varias ocasiones porque andaba de lío con el bajista, pero últimamente solía quedarme en la barra, un poco harta del espectáculo. Así fue como llegué a conocer a Devorah. A mí me gustaba hacerle hablar porque era un deleite apreciar sus gestos, sus parpadeos, sus muecas, esa manera suya de mirar… Esa noche hacía un frío de mil demonios, pero Devorah llevaba puesto ese vestido de vértigo que hacía que te precipitases sin miedo al vacío de su espalda. Yo la miraba mientras ella servía copas. De repente se acercó y me preguntó si me apetecía probar algo muy dulce. A mí se me atropellaron todas las ideas y sólo me venían a la cabeza guindas rojas bañadas en brillante almíbar. Noté el rubor en mis mejillas y también noté que estaba tardando mucho en contestar, así que dije sí casi con prisa, temiendo agotar mi tiempo imaginario de respuesta. Asintió, sonrió y desapareció de la barra, haciéndome el gesto de que esperara. Mientras tanto, el espectáculo había ido terminando, la gente hablaba fuerte y los músicos recogían sus trastos. Mi bajista venía hacia mí con su bajo y su sonrisa a cuestas; y detrás de él, el resto del grupo. En un momento me vi rodeada por todos ellos, y todavía excitados por el fin de fiesta, buscaban a Devorah para que les sirviera unas cervezas. Pero yo lo que quería era que desaparecieran todos de repente, porque Devorah iba a volver de un momento a otro trayendo sus deliciosas guindas expresamente para mí, y temía que eso no llegara a ocurrir si ella veía que yo ya no estaba sola. La vi asomar por la puerta del fondo, pero igual que la vi la dejé de ver, porque me miró un instante y volvió a entrar por donde había salido, para volver a aparecer al cabo de unos segundos. Se encaminó hacia la barra, se dirigió a los chicos y les sirvió lo que quisieron. Cuando acabó, se me acercó y me dio un sobrecillo de azúcar. Al primer instante no supe cómo reaccionar y me quedé mirándola aturdida; ésa no era la dulzura que yo había imaginado que me entregaría. Ella insistió en el sobre haciéndome un gesto y entonces reparé en que había algo escrito en él: “Materia prima”, y debajo figuraba su número de teléfono al lado de su firma: “Petit choux”.

Recuerdo que el tiempo que transcurrió hasta que los músicos y yo abandonamos el bar supuso un único instante para mí. Era el tiempo de adelantarme a Devorah e imaginarla entre mis manos, como si fuera crema o nata, como si toda ella estuviera bañada en azúcar o almíbar, adornada con guindas rojas, y yo estuviera a punto de devorarla.

Cuando salíamos del bar, un último vistazo al interior me descubrió, en el espejo de la barra, el reflejo de una chica que se chupaba la yema de los dedos secretamente…


 
Ese rumor


Amor,
silencio de hojas.
No hay tacto desconocido
ni labios que no te sientan.
Lo demás es artificio,
juego de malabares,
pájaros,
secuestro de mariposas.

No existe lo contrario.
Rumores.
Hay alfileres y conciencias,
travesuras que se juntan,
y al final la captura de tu curva,
en las conchas de las caracolas.

Amor,
siempre,
primero amor,
y después que llueva

 
Dejar huella


No quiero ni imaginar lo que hubieras hecho con mi colección de pasos. Yo, que los tengo todos tan guardaditos. Etiquetas de nómada en unos y en otros. Voluntad de repetirse sólo en algunos. Retales de mundos diminutos cosidos a suelas de piel, de cuero, de esparto, de goma, de plástico barato… Están todos los pasos de trapecista en la cuerda floja, los del monstruo devorador de relojes, las grandes zancadas para cruzar avenidas, el silencio acostumbrado a caminar de puntillas, el paso de cebra que me costó la vida, los trotecillos apresurados en mitad de la calzada, la espiral del gato convertida en glorieta…

Ahora que lo dices, me faltan aquellas huellas de agua que dejé en tu terraza, la noche que llovió a corazón abierto. Todo el universo repartido en espejos, todos los espejos sobre tus baldosas, todas las baldosas desnudas bajo mis pies descalzos. Y yo estampando huellas como quien reparte besos. Recuerdo que me dolían las piernas de pisar tanto suelo, y los labios de besarte tanto…


 
Gotas de romanticismo

Existe un agujero.

Un enorme agujero que algún día debió de ser pequeño.

Un agujero con forma de precipicio, por donde saltan al vacío los insectos cojos, los que caminan con pasos impares.

Cada tarde, el aire se llena de revoloteos torpes. No es la fiesta de los borrachos. No es ninguna fiesta. Es la dramática carrera del insecto cojo, ahora en tierra, ahora en el aire, hasta que alcanza el borde del precipicio, hace un alto, mira a su alrededor con un torpe y lento giro, y se convence de que la única manera de salvarse es saltando al vacío. Como él, muchos otros siguen la misma estrategia inútil. Cada tarde.

Y eso no impide que todas las mañanas, cuando amanece, la hierba que bordea el precipicio vuelva a rociarse con gotas de romanticismo. La vida se concentra en esas pequeñas gotas. Y ésas, por increíble que parezca, no caben en el enorme agujero.

 
Fotos

Ayer miraba fotos que tenía por ahí desperdigadas (iba a decir guardadas, como si no nos conociéramos) y observé un montón de cosas curiosas. Lógico. Si uno mira fotos, es inevitable que vea cosas curiosas. Pero a lo que me refiero es a esas curiosidades que enlazan unas fotos con otras; fotos que no son de las mismas personas ni de los mismos lugares, sin embargo, algo tienen en común que las hace muy parecidas. Descubrí que me gustaba fotografiar a la gente de espaldas, por ejemplo. Y que como resultado de esta afición, tengo una curiosa colección de omóplatos observados desde todas las distancias, algunos difícilmente reconocibles. Entre ellos, vi uno con un doble lunar cercano al hombro, justo al lado de un fino tirante blanco. No recuerdo este omóplato, ni mucho menos el doble lunar, y no me lo explico, porque lo cierto es que es un lunar doblemente llamativo. Cuanto más lo miraba, más doble era (y no estaba bizqueando, que conste).

Todavía estaba con lo del lunar cuando me topé con otra foto que nada tenía que ver con los omóplatos, pero sí con las pecas. Enlacé el doble lunar con varias pecas que estaban encaramadas a unas mejillas jóvenes. Y buscando ese rasgo en otras fotos, encontré un rastro de lentejuelas plateadas cosidas a una camiseta. Esta sí la recuerdo. Me volví a reír como entonces. Tanto que se me acabaron humedeciendo los ojos, aunque para entonces ya no me estaba riendo. Esto me llevó a clavar las pupilas en un rostro que se repetía en varias fotos, una carita de ángel recién caído, con sus pequeñas heriditas todavía recientes. Eutanasia. Eso es lo que hice con las fotos de este ángel. Les di la vuelta. Y vi que no tenían omóplatos.

Seguí buscando entre la cadena de fotos, me di cuenta de que en algunas de ellas se hacía necesaria una tercera dimensión, y encontré una que aparentaba tener claramente esta condición; pero la puerta era tan pequeña que ni siquiera pude entrar, aunque recuerdo que antes cabía entera y que, una vez dentro, aún quedaba espacio para otras muchas cosas. Entonces jugué a encajar cosas ajenas en fotos predispuestas para ello. Así fue como conseguí colocar una de mis vísceras en una foto sin corazón.

Estando en esto llamaron al timbre. Antes de abrir, no pude evitar fantasear sobre el tamaño de mi puerta y de mi dimensión doméstica.


 
La especialidad de la casa
Pedí la especialidad de la casa y esperé. Mi mesa era una isla perdida en un ángulo con vista panorámica sobre el resto del salón. Allí, en el resto, sucedían cosas sin descanso. Sin ir más lejos, a cinco escasos pasos de mí, estaba teniendo lugar la más terrible de las batallas: la del corazón contra la razón. Era ella una mujer con aire impulsivo, pero delicada. Estaba tomando café o se disponía a hacerlo, y agitaba mecánicamente su sobrecillo de azúcar, como si de esta manera se estuviera preparando para una agitación mayor; luego disolvió en el café su extraña mezcla de valentía y temor a partes iguales, por eso empezaba a mostrarse nerviosa. Yo la entendí. Esperaba algo a sabiendas de que jamás llegaría.

En otra mesa, una pareja-puzzle encajaba a la perfección. Todo era maravilloso: el día, la hora, el postre, la camisa de él, los zapatos de ella… Era como mirar un mar en calma habitado por especies que sólo conocieran ellos. Reían y se embelesaban, repasando todos los minutos que habían transcurrido al cabo de la mañana en ausencia del otro.

La camarera vino en tres ocasiones a retirarme el plato, y las tres veces se lo impedí. “Soy muy lenta comiendo, disculpe”. Por la manera en que miró la botella, supongo que pensó que no tenía el mismo problema con el vino. Seguí comiendo y bebiendo a partes desiguales. Estando en aquella mesa no pensaba en ti, porque todavía no te conocía, pero ya intuía la tristeza de tus ojos preñados de mar. Surgiste entonces como una rebelión de pasos, como un estruendo de cristales rompiéndose, a pesar de que venías disfrazado de silencio, y ya traías tus papeles manchados de tinta y de lágrimas, tal y como después me acostumbraste a verte. Ocupaste la mesa más próxima, -entonces no lo sabías, pero aquella mesa te estaba esperando- y yo no podía dejar de mirarte. Cuando me hablaste, supe que todas las palabras que te respondiera iban a acabar encallando en tu conciencia de arena, pero aún así te respondí, y después te ofrecí un cigarro, y aquella fue la primera sonrisa libre que ví salir de tu boca, sólo para mí. Hablamos toda la tarde. Hablamos de Julio y de Pablo, de uvas, de vino. Me enseñaste los animales que te rondaban como presa herida, mientras yo te hablaba de cometas y sueños profundos. Hablaste del aire del desierto, que tú conocías hasta el punto de exhalarlo. Las mesas se fueron vaciando esa tarde, incluso la nuestra tuvo su tarde de abandono, mientras se nos llenaba la boca de abejas aturdidas sin reina…

Y ahora que te has ido no sé por qué te cuento todo esto, estoy segura de que lo recuerdas. El tiempo inyecta su anestesia en los recuerdos, pero es imposible que éstos duerman para siempre.

El sueño sólo es un letargo de la conciencia. Lo sabes.


 
Agenda
Hoy es un buen día para verlo todo.

Pero no sé si me dará tiempo...