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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
ES
Como el soplo de viento que se presenta sin nombre, sin ser anónimo.
Como el beso nuca dado, que atraviesa los límites de la conciencia todos los días.
Como un mal paso sobre la cuerda que divide el corazón en dos mitades distintas.
Como el llanto contenido, que anega la habitación interior del sentimiento.
Como el rayo de sol en un día nublado, que se cree un derroche de optimismo.
Como el poso que dejan las palabras de otros sabiendo que podrían ser de uno mismo.
Como el amargo trago que supone la indiferencia como premio de consolación.
Como el intento frustrado de querer poner alas al desconsuelo.
Como el haz de luz que decide ocultarse tras una rendija si nadie lo alimenta.
Como el invierno de soledad que se cierne sobre mis hombros cuando la voz se aleja.
Como el pulso inconstante de los latidos que mueven la felicidad y otras quimeras.
Como el flujo de deseos que se detiene ante una realidad vacía de afectos.
Como la cobardía que envuelve los escasos momentos de acercamiento...


 
Años luz
Despidiéndose Febrero, se detuvo la luna a la orilla de mi cama:

-Así llena, te pareces, luna, a un pedazo de antiguo cielo, del firmamento de siempre, le dije mientras la acariciaba.

-No tengo nada de antiguo, pues nada en mí es costumbre, me contestó cínicamente la luna de siglos.

Y ya no habló más en toda la noche.

Hasta ayer.

Ayer la noche madrugó para cumplir su promesa diaria, y me enseñó su abultado vientre con la luna en su interior creciendo. Pude tocarlo y sentir la impotencia de mis manos al intentar reconocerlo. Se me escapó un suspiro -se me olvidó contenerlo- y, palpando aquella esfera incompleta, que todavía no poseía ninguna particularidad ni cometido, salvo el de seguir creciendo, entendí la respuesta que me dio la luna aquella noche de Febrero, en la que yo aún ignoraba que, además de un concepto, la luna es un círculo abierto, y a la vez un deseo.
 
Mientras llueve...
 
Esta vez sí, mensaje en una botella
Podría dormir, pero prefiero desbordarme escribiendo.

Otra vez este largo camino; parece una canción, cuando crees que se acaba suena de nuevo el estribillo.

El vino desborda la copa y el hacha tala pensamientos, tales como "La soledad es una excelente anfitriona, siempre que comprendas su idioma de incógnitas, claro". "Bah, la Soledad sólo es un nombre propio, y no es el mío", me digo al mismo tiempo, pero en el fondo este último trago no me convence. Bajo la escalera un peldaño más.

La distancia es más corta y mi copa parece una bola de cristal... "Ummm... A ver qué tiempo tenemos para mañana...". De repente soy una bruja sin inventiva y de mi memoria sólo emana una palabra: Jueves. Lo demás aparece diluyéndose, pero si de un parte meteorológico se tratara, podría interpretarse como "nieblas matutinas que irán remitiendo a lo largo de la jornada", osea, sin cambios. Al mismo tiempo veo una nube que se desplaza anticipándose a la predicción y se coloca ya en primera fila, dispuesta a posarse sobre mi tejado con las primeras luces. “El gris me mata”, pienso, y en ese instante creo que me quedo dormida.

Retomo el sueño de cabecera que dejé sobre la mesita la noche anterior. Capítulo sin retorno; lo acabo enredada en alguna pesadilla. “El gris me mata”, murmuro entre sueños, y en ese momento veo una nube de esperanza subiendo tonos en la escala cromática.

Me esfuerzo por permanecer a su lado y el último trago lo acompaño con tostadas.
 
El camino a casa
Vuelvo haciendo ruido de papel, con el aire enredándose entre los juncos de mi cabeza y con la hierba todavía bajo estos pies vagabundos. Vengo de la montaña donde el atardecer tiene sentido, recordando el fuego que ardía cada noche en la cima mientras un animal blanco lo devoraba, y agradecida por la compañía del animal incluso cuando ya no había fuego y sólo las luciérnagas se hubieran atrevido a quebrantar la oscuridad.

Estos días he crecido un poco más entre las zarzas que ocultan un tramo del río, y ahora enseño mi bandera de hojas por encima de la maleza. También he hundido un poco más mis raíces sobre la tierra, apreciando cada gota de humedad que me nutría. Así que vuelvo cristalina como el agua, llena de viento y con olor a tomillo. He visto ciervos cruzando el valle cada tarde, dejando una senda de huellas temerosas de ser descubiertas. Por las noches he cantado con las ranas en el estanque bajo un cielo preñado de estrellas, tantas que mis pupilas retrocedían a cada intento de abrazarlas con la mirada. Y aún siento el frescor del día amaneciendo en mi costado, como si el calor me pasara de largo para siempre. Me he bebido los días a sorbos, como una taza de té entre las manos, y he disfrutado cada trago como golosinas en la boca de un niño, y al caer la tarde, siempre en el mismo tronco, me he sentado a creerme que lo que he estado viendo, viviendo, oliendo, tocando y saboreando, ha sido de verdad una realidad para conservar viva y no una más de mis ensoñaciones.

El camino de vuelta ya lo conozco, por eso quiero entretenerme un rato más jugando al escondite entre los árboles que acompañan mi regreso.