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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Me recuerdas tanto a ti...

Yo fui la que te vio nacer por enésima vez. Todavía recuerdo tu hambre adulta de recién nacido, esa manera de reclamar lo que por instinto te pertenecía. Abriste los ojos y se oyó tu grito. Yo me contagié de histeria, pero también me alcanzó de pleno el letargo de tu inocencia, y hubo veces en las que sólo quería que mis ojos se colmaran de ese silencio ficticio para que dejaran de verte sufrir.

Después hubo muchos días de viento en los que tu frente era el parabrisas de tus pensamientos. Y al otro lado del parabrisas siempre estaba yo con las manos llenas de agua. Me encantaba derramarla sobre tu cabeza y ver tu mirada limpia, libre de sombras, ver cómo el agua desterraba tristezas y otros sedimentos de tus ojos. Y así era también como tú ahuyentabas cadáveres y otros cuerpos inertes de mis sueños.

Todo este recuerdo se concentra ahora en un punto indeterminado entre el corazón y la boca. Como si al mirarte de lejos, el corazón y la boca se manifestaran juntos y fueran capaces de encontrar un lugar en la anatomía en el que ninguno de los dos hubiéramos estado antes, un refugio donde estar a salvo de nuestras embestidas, un único sitio para que el corazón devore a la boca y la boca al corazón sin ser acusados de canibalismo. Y pienso que es una suerte inmensa que exista todavía un cobijo para unión tan hermosa, aun sabiendo que el camino para llegar a él es un secreto para nosotros.


 
Sin reflejo en el espejo
Tengo los ojos grandes, como siempre, y tristes, como nunca.

Tengo las manos que tiemblan una agarrada a la otra, los nudillos duros, agrestes…

Ya no tengo el cabello que tuve otros días. Ayer lo corté yo misma en un auto-ataque a la conciencia, el peor de los parásitos. Creí que la estaba mutilando… Pero no. Caían los mechones, se estrellaban las cometas…

Tengo la boca seca de palabras, son mudez líquida en las cuencas de mis ojos. A veces creo que van a salir rodando, como diminutas piedrecitas, pero en realidad de lo que hablo es de un río sin lecho.

Tengo el cuerpo lleno de silencios y la cabeza llena de burbujas…

Y todo ello porque tengo la osadía de intentar ser feliz como quien compra el pan todos los días, espontáneamente y con cotidianidad.

Creo que mi cabeza, mi cuerpo, mis manos, mis ojos y mi boca, volverán a llenarse y vaciarse infinidad de veces con idénticos resultados.

(es que el pan me gusta mucho, y hoy estoy otra vez en la cola de la panadería…)