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Acerca de
Me siento partícula, sólo eso
Sindicación
 
Seguimos comiendo



Ay, Ellen, qué dulce bocado en el subconsciente…
No, no me hables de ética cuando lo que yo quiero es borrarte esa boquita roja y pintarte el pubis con carmín. Y no te rías si me entretengo en tus orillas, es que aún pienso que no merezco este festín. Por eso todavía tienes que enseñarme, porque yo lo más que consigo es que tus caracoles chapoteen en mis charcos de saliva. Se les ve felices, pero nada tienen que ver con el deseo que lucen tus ojos cuando pestañeas, o cuando abres la caverna de tu boca para que yo entre a retorcer tu lengua. O como aquella vez que te comiste de una sentada todos mis suspiros eligiéndolos arbitrariamente, y me dejaste muda, exhausta y sin merienda. Sabía que eras caprichosa, pero entonces yo entendía de caprichos lo que tú ahora de moderación.
Así que Ellen, querida, deja el cuento y fóllame hasta el anonimato, porque eres la única que consigue que pierda mi nombre.

 
Otro dulce, por favor
¿Te acuerdas de todo ese tiempo que metíamos en los bolsillos como un pequeño tesoro? Sin embargo, cuando lo sacábamos, perdía su honorable apariencia de tiempo perfecto y aparecía mezclado con los cromos y las gominolas llenas de pelusas. Todo ese tiempo. Una vez estuvimos a punto de comérnoslo, ¿te acuerdas? Yo sí. Estábamos planeando uno de nuestros ataques a la despensa de tu madre, porque había que hacerlo así si queríamos sorprender a la tableta de chocolate fuera de su envoltorio, y sabíamos su hora de salida, sabíamos el lugar, sabíamos que estaría sola… El ataque requería un avituallamiento previo, así que tú rebuscaste en tus bolsillos y salieron varios minutos enganchados a tus dedos -¡sálvese quién pueda!-, todos tus dedos chorreando tiempo… Era la primera vez que nos pasaba y no sabíamos qué hacer con ello. Me miraste y te relamiste. Yo enseguida me contagié de tus intenciones. Me relamí yo también. Y allí mismo nos pusimos a chupar las yemas de tus dedos como si todo el tiempo que tuviéramos en la vida estuviera concentrado ahí, en unas cuantas huellas dactilares. Vi cómo me mirabas mientras me ofrecías tu dedo corazón, y vi lo semejante que eras a la felicidad en ese momento, pero no te lo dije; enseguida te recordé nuestro plan, el ataque, la tableta de chocolate… y los minutos fueron formando estalagmitas a nuestros pies hasta hoy.
 
No cuentes tres
Esta tarde me recuerda lo que soy:

Un minuto.

Y tal vez me esté extralimitando.