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LA ISLA DEL DOCTOR ACENO
"Un poco de paciencia y todo acabará mal"
Acerca de
Baltasar Aceno Madrileño, comienza escribiendo en "La Garceta de Veterinaria" donde se gana fama de escritor mordaz. Aficionado a la antropología, a la novela negra y a los consultorios, vuelve ahora a colaborar en la web "La garceta sin más".
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EL EFECTO DOPLER
Una tarde de febrero, en la biblioteca de la Facultad me acerqué a Patricia. Confieso que mi actitud fue bastante osada, teniendo en cuenta la timidez que me caracteriza. No obstante, en aquella época, me dejaba arrastrar por impulsos a los que me entregaba, con frecuencia, a muy alto precio.

Había conocido a Patricia una semana antes cuando coincidimos en una práctica de evaluación sensorial. Lo curioso es que entonces me pareció una mujer de un físico normal -que no vulgar- y aceptablemente simpática. Quién sabe que devaneos de mi agitado cerebro me llevaron a aproximarme. El caso es que, por medio de alguna excusa, comencé a hablar con ella. Entonces no sabía que en realidad estaba buscando algo y lo peor es que cuando alguien busca algo es que necesita algo y, si se necesita algo, mal empezamos.

En aquel extravío del quinto año de carrera, orienté mi rumbo hacia Patricia y comencé a frecuentar su compañía. Lo curioso es que, a medida que nuestra relación se iba desarrollando, iba descubriendo nuevas cosas de ella. En realidad no tenía un físico tan habitual. A decir verdad lucía un cuerpo bastante sugerente. Conforme buscaba su encuentro se me antojaba más simpática y justo cuando me pareció la mujer más guapa del mundo comenzamos a salir juntos.

La convivencia nunca es fácil, sobre todo, cuando se siente la vida diaria, los problemas y los aburrimientos, todo ese tipo de cosas que no se perciben hasta que uno está en la situación precisa. Tres meses después dejamos nuestra relación. Para aquel entonces ya no me parecía Patricia mucho más luminosa que las demás, pero conservaba gran parte de su atractivo, lo que al principio me hacía dudar sobre mi decisión. Pero no hay marcha atrás, decidí alejarme de ella, lo que se vio favorecido por el hecho de que, a medida que lo hacía, su carácter me parecía peor y su belleza más cuestionable. Un día la encontré en secretaría, pidiendo el título de licenciado y estaba gordísima. Su voz suave y melodiosa se había convertido en la de una vieja bruja, ¡Cómo podía haber cambiado tanto en tan poco tiempo!.

La experiencia con Patricia me hizo reflexionar, lo que no es lo mismo que comprender. En ausencia de una explicación convincente a estos fenómenos, decidí adoptar una postura más pasiva frente a las mujeres, dejando que ellas tomaran la iniciativa. Fue entonces cuando di con Leticia, o mejor dicho, cuando ella dio conmigo. Leticia era inquieta, activa, deportista. En realidad era una vieja conocida, pues habíamos sido compañeros de carrera, pero ahora coincidimos en una clínica donde hacíamos prácticas. Al principio, la verdad, me cargaba un poco, con tanta seguridad en sí misma y esa inusitada actividad.

Sin embargo, ella fue ganando terreno, con una deliberada pretensión de impresionarme, cumplida a veces cuando sondaba las venas más pequeñas o suturaba las heridas sólo con las manos. Poco a poco se fue adentrando en mí y conforme me iba pareciendo más inteligente y sutil, el ³ni hablar² dejó paso al ³podría ser² y éste al ³de acuerdo². Pero nuestra relación sentimental fue más un punto que una línea, nuestra convivencia infinitesimal y nuestro amor, límite.

Leticia, arquetipo de Diana, una vez cobrada su pieza perdió el interés. El interés por mi, claro está, porque su vida, en general, volvió a ser frenética. Se fue tan deprisa de mi vida que casi dejó una estela de humo tras sus pies. En su veloz retirada apenas me dio tiempo a ir sintiéndola como incomprensible primero, insoportable después y, al fin, prescindible.

Después de todo volvió a resultarme cargante, lo que me dio un profunda sensación de pérdida de tiempo. Siempre he pensado que lo que más debe molestar al toro en la plaza no es la estocada, sino esa sucesión de pases en la que se ve inmerso debiendo reaccionar sin saber para qué, o sea: que le toreen.

Después de tantas vueltas y revueltas, de tantas deformaciones de los sentidos, empecé a comprender un poco los mecanismos pero no lo suficiente como para jugar con posibilidades en la partida de la vida. Decidí, pues, meterme en un convento: congelar el tiempo para poder controlar la realidad.

Ahora, en la soledad de mi sistema inercial, tengo tan poca prisa como recursos y anhelo una mujer con la que compartir un trayecto indefinido, que no me molestaría convertir en infinito. Pero un viaje tal precisa de información mutua no distorsionada por lo que ando preocupado en lograr un equilibrio entre nuestras velocidades relativas y la intensidad de nuestras ondas sensoriales. De momento me he comprado un cronómetro y una calculadora.