VERONIKA DECIDE MORIR - Paulo Coelho
He leido muchas obras de Paulo Coelho, y he encontrado en cada una de ellas algunos párrafos que me gustan leer y releer... comparto con ustedes los siguientes y se los dedico especialmente a mis compañeros de Derecho....
Era una pena que Alá, Jehová, Dios —no importa el nombre que se le diera— no hubiera vivido en el mundo actual. Porque si así fuese, todos nosotros estaríamos aún en el Paraíso mientras que él estaría respondiendo a recursos, apelaciones, rogatorias, exhortos, interdictos, preliminares, procedimientos, y tendría que explicar en innumerables audiencias su decisión de expulsar a Adán y Eva del Paraíso, apenas por transgredir una ley arbitraria sin ningún fundamento jurídico: no comer el fruto del árbol del Bien y del Mal.
Si Él no quería que eso sucediera, ¿por qué dispuso que el árbol se alzara en medio del Jardín y no fuera de los muros del Paraíso? Si la designaran defensora de la pareja, Mari seguramente acusaría a Dios de «omisión administrativa», porque además de emplazar el árbol en un lugar incorrecto, no lo rodeó de advertencias ni barreras, dejando de adoptar los mínimos requisitos de seguridad, y exponiendo a todos los que pasaban por allí al peligro.
Mari también podría acusarlo de «inducción al delito», puesto que atrajo la atención de Adán y Eva hacia el lugar exacto donde se encontraba. Si no hubiese dicho nada, generaciones y generaciones pasarían por esta Tierra sin que nadie se interesara por el fruto prohibido, ya que debería estar en un bosque lleno de árboles semejantes y, por lo tanto, sin ostentar ningún valor específico.
Pero Dios no había actuado así. Por el contrario, escribió la ley y encontró la manera de convencer a alguien para que la transgrediera, tan sólo para poder inventar el Castigo. Sabía que Adán y Eva acabarían aburridos de tanta perfección y, tarde o temprano, pondrían a prueba Su paciencia. Y se quedó allí, esperando, porque tal vez también Él —Dios Todopoderoso— se hallaba aburrido de que todo en la creación discurriera a la perfección; si Eva no hubiese comido la manzana, ¿qué es lo que hubiera sucedido de interesante en estos miles de millones de años?
Nada. Cuando la ley fue violada, Dios —el Juez Todopoderoso— aún simuló una persecución, como si no conociese todos los escondrijos posibles que hubiese en el Jardín. Con los ángeles mirando y divirtiéndose con la broma (la vida para ellos también debía de ser muy tediosa desde que Lucifer dejara el Cielo), Él empezó a caminar. Mari imaginaba cómo de aquel episodio de la Biblia se podía obtener una hermosa escena para un filme de suspense: los pasos de Dios, las miradas asustadas que la pareja intercambiaba entre sí, los pies que súbitamente se detenían junto al escondrijo.
—¿Dónde estás? —había preguntado Dios.
—Oí vuestro paso en el jardín, tuve miedo y me escondí porque estoy desnudo —había respondido Adán sin saber que, a partir de esta afirmación, se convertía en reo confeso de un crimen. Listo. Mediante un simple truco, aparentando no saber dónde estaba Adán ni el motivo de su fuga, Dios había conseguido lo que deseaba. Aún así, para no dejar ninguna duda al público angelical que asistía atentamente al episodio, Él había decidido ir más lejos.
—¿Cómo sabes que estás desnudo? —había interrogado Dios, sabiendo que esta pregunta sólo tenía una respuesta posible: «Porque comí del árbol que me permite entenderlo».
Con aquella pregunta, Dios demostró a sus ángeles que era justo y que estaba condenando a la pareja en base a todas las pruebas existentes. A partir de allí ya no importaba saber si la culpa era de la mujer, y las súplicas de perdón serían inútiles. Dios necesitaba un ejemplo para que ningún otro ser, terrestre o celeste, tuviese nunca más el atrevimiento de ir en contra de Sus decisiones.
Y así expulsó a la pareja, sus hijos terminaron pagando también por el delito (como sucede en la actualidad con los hijos de los criminales) y el sistema judicial había sido inventado: ley, trasgresión de la ley (lógica o absurda, no tenía importancia), juicio (donde el más experimentado vencía al ingenuo) y castigo. Como toda la humanidad había sido condenada sin derecho a recurrir la sentencia, los seres humanos decidieron crear mecanismos de defensa para la eventualidad de que Dios decidiera mostrar de nuevo Su poder arbitrario. Pero en el transcurso de los milenios de estudios, los hombres inventaron tantos recursos que terminaron exagerando el número, y ahora la justicia era una maraña de cláusulas, jurisprudencias y textos contradictorios que nadie conseguía entender cabalmente.
Tanto es así que cuando Dios decidió cambiar de idea y mandar a Su Hijo para salvar al mundo, ¿qué sucedió? Cayó en las redes de la justicia que Él había creado. La maraña de leyes terminó generando tanta confusión que el Hijo acabó crucificado. No fue un proceso sencillo: Jesús pasó de Anás a Caifás, de los sacerdotes a Pilatos, quien adujo que no existían leyes suficientes según el Código romano. De Pilatos a Herodes que, a su vez, alegó que el código judío no contemplaba la condena a muerte. De Herodes otra vez a Pilatos, que aún intentó una apelación ofreciendo un acuerdo jurídico al pueblo: azotó al acusado y mostró sus heridas, pero no sirvió de nada.
Como hacen los modernos promotores, Pilatos resolvió promoverse a costa del condenado: ofreció entonces cambiar a Jesús por Barrabás, sabiendo que la justicia a estas alturas ya se había convertido en un gran espectáculo donde era preciso un final apoteósico, con la muerte del reo.
Finalmente, Pilatos usó el artículo que facultaba al juez —y no a quien estaba siendo juzgado— el beneficio de la duda: se lavó las manos, lo que quiere decir «ni sí, ni no». Era un artificio más para preservar el sistema jurídico romano sin dañar las buenas relaciones con los magistrados locales; permitía, además, que el peso de la decisión fuese transferido al pueblo en el caso de que aquella sentencia acabara creando problemas tales como la venida de algún inspector de la capital del Imperio para verificar personalmente lo que sucedía.
Justicia. Derecho. Aunque fuese indispensable para ayudar a los inocentes, no siempre funcionaba de manera que agradase a todos.
Era una pena que Alá, Jehová, Dios —no importa el nombre que se le diera— no hubiera vivido en el mundo actual. Porque si así fuese, todos nosotros estaríamos aún en el Paraíso mientras que él estaría respondiendo a recursos, apelaciones, rogatorias, exhortos, interdictos, preliminares, procedimientos, y tendría que explicar en innumerables audiencias su decisión de expulsar a Adán y Eva del Paraíso, apenas por transgredir una ley arbitraria sin ningún fundamento jurídico: no comer el fruto del árbol del Bien y del Mal.
Si Él no quería que eso sucediera, ¿por qué dispuso que el árbol se alzara en medio del Jardín y no fuera de los muros del Paraíso? Si la designaran defensora de la pareja, Mari seguramente acusaría a Dios de «omisión administrativa», porque además de emplazar el árbol en un lugar incorrecto, no lo rodeó de advertencias ni barreras, dejando de adoptar los mínimos requisitos de seguridad, y exponiendo a todos los que pasaban por allí al peligro.
Mari también podría acusarlo de «inducción al delito», puesto que atrajo la atención de Adán y Eva hacia el lugar exacto donde se encontraba. Si no hubiese dicho nada, generaciones y generaciones pasarían por esta Tierra sin que nadie se interesara por el fruto prohibido, ya que debería estar en un bosque lleno de árboles semejantes y, por lo tanto, sin ostentar ningún valor específico.
Pero Dios no había actuado así. Por el contrario, escribió la ley y encontró la manera de convencer a alguien para que la transgrediera, tan sólo para poder inventar el Castigo. Sabía que Adán y Eva acabarían aburridos de tanta perfección y, tarde o temprano, pondrían a prueba Su paciencia. Y se quedó allí, esperando, porque tal vez también Él —Dios Todopoderoso— se hallaba aburrido de que todo en la creación discurriera a la perfección; si Eva no hubiese comido la manzana, ¿qué es lo que hubiera sucedido de interesante en estos miles de millones de años?
Nada. Cuando la ley fue violada, Dios —el Juez Todopoderoso— aún simuló una persecución, como si no conociese todos los escondrijos posibles que hubiese en el Jardín. Con los ángeles mirando y divirtiéndose con la broma (la vida para ellos también debía de ser muy tediosa desde que Lucifer dejara el Cielo), Él empezó a caminar. Mari imaginaba cómo de aquel episodio de la Biblia se podía obtener una hermosa escena para un filme de suspense: los pasos de Dios, las miradas asustadas que la pareja intercambiaba entre sí, los pies que súbitamente se detenían junto al escondrijo.
—¿Dónde estás? —había preguntado Dios.
—Oí vuestro paso en el jardín, tuve miedo y me escondí porque estoy desnudo —había respondido Adán sin saber que, a partir de esta afirmación, se convertía en reo confeso de un crimen. Listo. Mediante un simple truco, aparentando no saber dónde estaba Adán ni el motivo de su fuga, Dios había conseguido lo que deseaba. Aún así, para no dejar ninguna duda al público angelical que asistía atentamente al episodio, Él había decidido ir más lejos.
—¿Cómo sabes que estás desnudo? —había interrogado Dios, sabiendo que esta pregunta sólo tenía una respuesta posible: «Porque comí del árbol que me permite entenderlo».
Con aquella pregunta, Dios demostró a sus ángeles que era justo y que estaba condenando a la pareja en base a todas las pruebas existentes. A partir de allí ya no importaba saber si la culpa era de la mujer, y las súplicas de perdón serían inútiles. Dios necesitaba un ejemplo para que ningún otro ser, terrestre o celeste, tuviese nunca más el atrevimiento de ir en contra de Sus decisiones.
Y así expulsó a la pareja, sus hijos terminaron pagando también por el delito (como sucede en la actualidad con los hijos de los criminales) y el sistema judicial había sido inventado: ley, trasgresión de la ley (lógica o absurda, no tenía importancia), juicio (donde el más experimentado vencía al ingenuo) y castigo. Como toda la humanidad había sido condenada sin derecho a recurrir la sentencia, los seres humanos decidieron crear mecanismos de defensa para la eventualidad de que Dios decidiera mostrar de nuevo Su poder arbitrario. Pero en el transcurso de los milenios de estudios, los hombres inventaron tantos recursos que terminaron exagerando el número, y ahora la justicia era una maraña de cláusulas, jurisprudencias y textos contradictorios que nadie conseguía entender cabalmente.
Tanto es así que cuando Dios decidió cambiar de idea y mandar a Su Hijo para salvar al mundo, ¿qué sucedió? Cayó en las redes de la justicia que Él había creado. La maraña de leyes terminó generando tanta confusión que el Hijo acabó crucificado. No fue un proceso sencillo: Jesús pasó de Anás a Caifás, de los sacerdotes a Pilatos, quien adujo que no existían leyes suficientes según el Código romano. De Pilatos a Herodes que, a su vez, alegó que el código judío no contemplaba la condena a muerte. De Herodes otra vez a Pilatos, que aún intentó una apelación ofreciendo un acuerdo jurídico al pueblo: azotó al acusado y mostró sus heridas, pero no sirvió de nada.
Como hacen los modernos promotores, Pilatos resolvió promoverse a costa del condenado: ofreció entonces cambiar a Jesús por Barrabás, sabiendo que la justicia a estas alturas ya se había convertido en un gran espectáculo donde era preciso un final apoteósico, con la muerte del reo.
Finalmente, Pilatos usó el artículo que facultaba al juez —y no a quien estaba siendo juzgado— el beneficio de la duda: se lavó las manos, lo que quiere decir «ni sí, ni no». Era un artificio más para preservar el sistema jurídico romano sin dañar las buenas relaciones con los magistrados locales; permitía, además, que el peso de la decisión fuese transferido al pueblo en el caso de que aquella sentencia acabara creando problemas tales como la venida de algún inspector de la capital del Imperio para verificar personalmente lo que sucedía.
Justicia. Derecho. Aunque fuese indispensable para ayudar a los inocentes, no siempre funcionaba de manera que agradase a todos.
Así te dejo ir
Parece un adios, un abrazo mudo,
sólo miradas y una lágrima solitaria
que recorre un camino al olvido.
Y así te vas, y así te dejo ir.
No más deseos, no más quererte cerca
cierro el espacio que ocupabas en mi,
y tiro la llave al río amnésico.
Y así te vas y así te dejo ir.
Te hablare mañana,
como quien habla con un extraño más.
Te miraré a los ojos
como quien ve a un caminante más.
Te escucharé
como quien escucha un bullicio más.
No tocaré tu mano,
y mis labios no sentirán los tuyos más.
Y así te vas y así te dejo ir.
No más penas ni decepciones,
mis alas volarán sin esperar que me alcances
porque seguiré mi rumbo con un nuevo horizonte
Y así me iré y te dejaré ir.
Verushka Y. Hidalgo
sólo miradas y una lágrima solitaria
que recorre un camino al olvido.
Y así te vas, y así te dejo ir.
No más deseos, no más quererte cerca
cierro el espacio que ocupabas en mi,
y tiro la llave al río amnésico.
Y así te vas y así te dejo ir.
Te hablare mañana,
como quien habla con un extraño más.
Te miraré a los ojos
como quien ve a un caminante más.
Te escucharé
como quien escucha un bullicio más.
No tocaré tu mano,
y mis labios no sentirán los tuyos más.
Y así te vas y así te dejo ir.
No más penas ni decepciones,
mis alas volarán sin esperar que me alcances
porque seguiré mi rumbo con un nuevo horizonte
Y así me iré y te dejaré ir.
Verushka Y. Hidalgo
UN DIA MAS
Un día más...
esperando entender lo absurdo,
esperando ver donde la luz dejó de existir,
esperando beber del río que ya se secó.
Un día más...
esperando encontrar un bastón
para esta pierna que no cojea,
esperando tener unos minutos más
para escribir en un tiempo que dejó de tener hora,
esperando buscar entre multitud a una sola persona.
Un día más...
esperando la llegada de quien se acaba de ir,
esperando el saludo de quien dejó de hablar,
esperando ver a quién se esconde.
Un día más esperando el otro día sin recordar el anterior.
Un día más pensando en consecuencias sin explicar las causas
Un día más mirando el espejo sin reconocer a quien veo
Un día más esperando un día más
Etiquetas: dia
RASTROS DE CULPA
La culpa es un sentimiento tan hostil,
que convierte tus minutos en miserables horas de tensión y angustia.
Yo cometí un error, y lo acepto,
pero me inundo cada minuto en el lodo de la espera del mañana.
Es agobiante pensar en el día siguiente,
sabiendo que no te esperará la luz,
sino sólo sombras y oscuridad con salida incierta.
Se me contrae el pecho, se acelera mi corazón.
Mi mente se satura de puras posibilidades,
de pensamientos del mañana,
de encontrar salidas, de encontrar respuestas a medias,
de encontrar porqués.
De preguntas tras preguntas incompletas,
de imágenes borrosas, de dolores sin gritos;
todo sin claridad total... todo en el intermedio.
Caminar es sólo un mecanismo del cuerpo,
nada más parece importar ahora...
¿Qué será mañana?... ¿qué me espera mañana?...
Deseo incansablemente que no llegue 'mañana',
deseo quedarme en este día,
en este momento escribiendo eternamente,
todo con el fin de no enfrentar lo que viene...
Lo sé… soy cobarde...
Al fin una respuesta... soy cobarde...
Pero... ¿sólo es por eso?...
Quiero gritar, sí, gritar... subir al punto más alto y gritar,
gritar hasta que no quede más voz en mi garganta,
ni queden fuerzas para bajar la pendiente.
Y quedarme sentada ahí... mirando... observando...
sin sentir nada... dormirme y despertar sin recordar nada...
LA MUERTE: MI IMPULSO DE VIDA
Con el domingo como día libre, día de censo, entre aburrimiento y estudio, empecé a tratar de darle valor a mi vida. Todo esto porque la noche anterior, en esas conversaciones con vino y pizza con mis buenas amigas, empecé a querer “agarrar el toro por las astas”. Además al día siguiente luego de las siete de la noche, cuando por fin pude salir de casa, fui a unas cabinas y me di con la grata sorpresa de que un amigo me había mandado unos videos de Steve Jobs en Standford, que me confirmaron lo que siempre tenia en la cabeza pero nunca lo manifestaba… el pensamiento de la muerte es el impulso más fuerte para obtener lo que siempre se desea o sueña.
Siempre la idea de la muerte ha rondado mi cabeza, no como un escape o como refugio de una depresión; sino más bien como el común denominador de todos nosotros, porque seamos ricos o pobres; blancos, cholos o negros; mujeres, hombres o homosexuales, todos absolutamente todos, morimos.
Y esto no debe ser un agente depresivo masivo, ni de sufrimiento; sino más bien de entender que cada acción que realizamos formará parte de la lápida sobre nuestras tumbas. Que debemos vivir como si fuera el último de nuestros días, que cada impulso que tengamos será el último, cada deseo que queramos satisfacer puede ser el último que se dibuje en nuestro rostros, que cada llanto será el último, cada carcajada será el último sonido que escuchemos, que cada amanecer será el último que veamos y que cada noche será el último manto celestial que observemos.
De tal manera que todo lo hagamos de la mejor manera, que todo lo realicemos pensando en la herencia no económica sino moral y de meta que dejemos a nuestros herederos. Ya sean hijos, hermanos, padres, amigos o simplemente compañeros.
Esto lo voy a implantar, empezando por mí. Empezaré donde es más difícil, en mí. Porque como dijo una de mis amigas: vive ahora, no vivas tu vida en la de otros ni por los otros, vívela por ti.
Eso haré porque la vida de otros no es la mía, porque lo que vivo por ellos no será parte de la lápida de mi tumba. Quiero que el lugar donde descanse mi cuerpo inanimado, este conformado por las rocas de los cimientos de mi vida, por los ideales que deje, por las acciones que ennoblezca, por las sonrisas de mis propias satisfacciones y por las perturbaciones que no haya podido controlar.
Quiero mi vida de vuelta, y el riesgo que conlleva vivirla.
Quiero empezar a salir de mi capullo de romanticismos limitados, quiero explorar, quiero encontrar el amor lejos de las fronteras que conozco. Darme la oportunidad de conocer a nuevas personas y no buscar a mi media naranja donde ya busqué y no obtuve respuesta.
Ha llegado mi momento, mi momento de riesgo, mi momento de mirar sólo mi camino, de dejar de ver que los demás no se desvíen. Además también quiero desviarme por momentos, de repente mi camino sea otro y no el que siempre creí tener.
Entonces me arriesgaré a caminar entre el campo llano sin límites, sin un camino, sino más bien lleno de sólo huellas de mis pies andantes.
Siempre la idea de la muerte ha rondado mi cabeza, no como un escape o como refugio de una depresión; sino más bien como el común denominador de todos nosotros, porque seamos ricos o pobres; blancos, cholos o negros; mujeres, hombres o homosexuales, todos absolutamente todos, morimos.
Y esto no debe ser un agente depresivo masivo, ni de sufrimiento; sino más bien de entender que cada acción que realizamos formará parte de la lápida sobre nuestras tumbas. Que debemos vivir como si fuera el último de nuestros días, que cada impulso que tengamos será el último, cada deseo que queramos satisfacer puede ser el último que se dibuje en nuestro rostros, que cada llanto será el último, cada carcajada será el último sonido que escuchemos, que cada amanecer será el último que veamos y que cada noche será el último manto celestial que observemos.
De tal manera que todo lo hagamos de la mejor manera, que todo lo realicemos pensando en la herencia no económica sino moral y de meta que dejemos a nuestros herederos. Ya sean hijos, hermanos, padres, amigos o simplemente compañeros.
Esto lo voy a implantar, empezando por mí. Empezaré donde es más difícil, en mí. Porque como dijo una de mis amigas: vive ahora, no vivas tu vida en la de otros ni por los otros, vívela por ti.
Eso haré porque la vida de otros no es la mía, porque lo que vivo por ellos no será parte de la lápida de mi tumba. Quiero que el lugar donde descanse mi cuerpo inanimado, este conformado por las rocas de los cimientos de mi vida, por los ideales que deje, por las acciones que ennoblezca, por las sonrisas de mis propias satisfacciones y por las perturbaciones que no haya podido controlar.
Quiero mi vida de vuelta, y el riesgo que conlleva vivirla.
Quiero empezar a salir de mi capullo de romanticismos limitados, quiero explorar, quiero encontrar el amor lejos de las fronteras que conozco. Darme la oportunidad de conocer a nuevas personas y no buscar a mi media naranja donde ya busqué y no obtuve respuesta.
Ha llegado mi momento, mi momento de riesgo, mi momento de mirar sólo mi camino, de dejar de ver que los demás no se desvíen. Además también quiero desviarme por momentos, de repente mi camino sea otro y no el que siempre creí tener.
Entonces me arriesgaré a caminar entre el campo llano sin límites, sin un camino, sino más bien lleno de sólo huellas de mis pies andantes.





