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Bajo una palmera
La vida, contemplada a la sombra de mi palmera
Acerca de
Soy un "suresteño" desplazado (voluntariamente) a Barcelona donde llevo mi vida, sin saber bien si estoy en un fin de trayecto o en una parada más en el camino. Mientras lo decido, me siento bajo la palmera que yo mismo he plantado y construido para escribir las cosas que voy viendo, que me van pasando... ¡sin que me dé mucho el sol en la cabeza!
Sindicación
 
Escenas de un retorno temporal
Vuelta a la ciudad, vuelta a casa, a la familia y a los amigos, a las calles conocidas aunque cambiantes, a los ambientes en que antes me movía y ahora me veo como un actor que se equivocara y apareciese, en el tercer acto, en el escenario del primero. Unos días de descanso que saben a poco y que incluso me llevan a pensar que a veces sería mejor no descansar. Encontrar el equilibrio requiere un esfuerzo constante que incluye, entre otras mil cosas, vencer esa clase de pensamientos. Pero a veces es difícil…

Vuelta a la ciudad y vuelta de tuerca a viejos dilemas existenciales. Empiezo a estar cansado de Barcelona, del trabajo, pero he encontrado gasolina que me ayude a seguir adelante en los planes de futuro. Estados Unidos a medio plazo. Pasar allí mínimo seis meses, seguramente un año, tal vez más. Y, una vez allí, hacer rodar los dados de nuevo. Tal vez establecerme allí, tal vez volver pero a otra ciudad. Lo que tengo claro es que, al menos en el terreno de las ideas, no soy capaz de mirar hacia delante y ver sólo una sucesión ilimitada de días prácticamente iguales entre ellos mismos. El cuerpo y la mente me piden cambio, de lugar, de ambiente, de gente. Y sólo la promesa de cambios en un plazo relativamente corto de tiempo hace que el cuerpo y la mente se relajen, aunque sigan vigilantes de que cumpla mis promesas.

Sin duda, estos planes significan seguir escalando en mi carrera profesional. Pero, en lo personal, me ronda, como una mosca incómoda, la idea de que estos pasos, igual que otros que di en el pasado, sean una huida hacia delante. O tal vez ni siquiera sean una huida, sino simplemente el resultado de haberle despojado al plano personal toda su importancia a la hora de tomar decisiones. En realidad, no tendría por qué hacerlo. No hay nadie a quien esté ligado actualmente, no existe ninguna mujer a la que tenga que consultar o a la que mis planes pudieran afectar. Y eso es algo que, hasta cierto punto, he buscado yo. No he querido limitarme ni que me limiten. Y, a día de hoy, esto es así.

Pero ahora vuelvo a la ciudad y, de forma casual en un caso, deliberada en otro, me encuentro haciendo frente a mi pasado y dándome cuenta de que tal vez pese más de lo que yo mismo quiero admitir. Casual fue el encuentro con una persona con la que estuve saliendo. Inevitable fue hablar con ella y descubrir que la atracción sigue existiendo, pese al paso del tiempo. Atracción recíproca, quiero decir. Ya ha pasado mucho desde que me dijo que yo era su gran asignatura pendiente… Y cuando estoy allí, frente a frente, pienso que es alguien con quien podría compartir el tiempo, con quien podría plantearme iniciar un camino en común. Y recuerdo que ella es una de las cosas a las que renuncié cuando decidí “exiliarme” y buscar mi camino solo y lejos. Y pienso que más vale que ese camino merezca la pena de las renuncias y los sacrificios que estoy haciendo.

Luego, una vez que no la tengo delante, y no me hechiza su mirada de esmeralda, ni sus dulces gestos, ni sus suaves palabras, ni lo estupenda que es (no es poco para un hechizo) me doy cuenta de que las cosas, así, están bien. Porque, sí, ella es estupenda, y podríamos hacer una buena pareja, y hasta me atrevo a decir que ella querría que lo intentásemos, y recuerdo que fui yo el que no quiso hacerlo, por eso de la distancia y el futuro incierto. Pero también me doy cuenta de que no la quiero tanto, no me gusta tanto, de que el 100% de compatibilidad que tenemos no se traduce en que prenda una chispa duradera ni sincera. Tendría que ser, todo estaría a favor de que lo sea, pero no lo es. Entonces me acuerdo de que ya he pasado por esto, de que ya me he dado cuenta de esto antes, y me digo que las cosas están bien así, aunque ella me diga que soy su gran asignatura pendiente y a mí me encante perderme en su mirada.

Pero el destino es cruelmente justo y al día siguiente me encuentro sentado en el lado opuesto de la mesa. Enfrente, esa chica de la que me enamoré hace ya tanto tiempo, aquella chica que se enamoró de mí, aquella chica a la que dejé, aquella chica a la que quise recuperar, aquella chica de la que, tanto tiempo después sigo enamorado. Ahora, reconvertidos en grandes amigos, nos encontramos periódicamente y hablamos frecuentemente. Ella me cuenta cosas de su ciudad, de sus amigos, de su trabajo, de su novio. Yo le cuento cosas de mi ciudad, de mi trabajo, de mis amigos. Ella me confiesa que quiere volver a nuestra ciudad común. Yo le cuento que sigo hacia delante con mi vida profesional, desatado de la personal, y me planteo si es en realidad una huida hacia delante. Me pregunto en voz alta si todas las metas que alcance en lo profesional me darán la felicidad en lo personal, y en silencio me respondo que tengo muchas dudas al respecto. Ella me pregunta que qué quiero. Yo pierdo la mirada y respondo que llegar muy lejos. Secretamente pienso que cambiaría mi éxito profesional, mis perspectivas de futuro, el sueño americano, por volver a su lado, por volver a aquel amor que yo mismo cercené sin que yo mismo sepa por qué. ¿Lo entenderé algún día?

No sé qué me deparará el futuro. Tengo un secreto sueño de que algún día una pirueta del destino vuelva a colocar todo en su sitio, y que las piezas que hoy están desordenadas y no encajan lo hagan después de seguir removiéndolas. Espero que algún día vea la lógica diáfana en lo que hoy me parecen elementos sin sentido. Y que los acontecimientos creen las circunstancias para que las cosas sean como sueño que lo sean. Pero de momento no lo son. A veces creo ver indicios de que tal vez así lo sea algún día. Pero esos son sólo algunos arbolitos en un bosque mucho más grande que me dice que, hasta donde la vista alcanza, nuestros destinos siguen caminos separados y no hay ninguna intención de que se junten.

De momento sigo con mi vida como si todo lo anterior no existiera. Sigo alejándome de ella en lugar de ir a su encuentro, sigo callando lo que en mi interior resuena con fuerza cada vez que la veo. Me dejo llevar a veces por el absurdo de que haciendo todo lo contrario de lo que la lógica indica que tendría que hacer para volver con ella, algún día podré volver con ella (dicho de otra forma, me abandono al destino y confío en que él quiera lo que yo quiero y haga lo que yo no hago); otras veces me dejo llevar por aquella estupenda frase, “la vida no es justa, sólo es más justa que la muerte”, y me doy cuenta de que tuve mi oportunidad, la reventé, y que no merezco una segunda.

En cualquier caso, de momento sigo mi vida hacia delante. ¿Huyendo? No lo sé. Sólo sé, hoy por hoy, que he decido encerrar todos esos sentimientos con siete llaves. De momento, sólo puedo esperar. Esperar y disfrutar de su amistad. Lo cual, dicho sea de paso, es una de las mejores cosas que tengo y, de paso, una de esas siete cerraduras, la más fuerte y resistente de todas. Porque perder esa amistad (otra vez) no lo justificaría ni siquiera el amor que pueda sentir por ella.
 
El murmullo de la ciudad
Esta vez sí que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí. Brisa, gracias por preocuparte ¡yo también te he echado de menos! Mi ordenador sigue roto, arrumbado en un rincón de mi casa, esperando a que tenga tiempo de llevarlo a arreglar. Hace un par de semanas mi móvil siguió el mismo destino que el pobre portátil, y de de hecho ahí sigue. En fin, como veis, he pasado una temporada bastante desconectado del mundo.

Han pasado cosas en este tiempo y, como siempre, llevaría más tiempo todavía contarlas aquí. Lo cierto es que últimamente he conseguido ordenar (en la medida de lo posible) mi vida en torno a ciertas rutinas que me hacen sentir bien. Son cosas bastante modestas, no grandes hazañas: levantarme temprano, salir a correr, desayunar bien y con tiempo, intentar irme a dormir temprano. En medio, el caos ya lo pone mi profesión: urgencias, emergencias, imprevistos, stress y, sobre todo, horas ilimitadas de trabajo. Pero esas rutinas, que parecen más propias de un viejo que de un “chaval” de 25 años (lo sé), me ayudan a dar una estructura y un contenido a mis días más allá de paletadas y paletadas de trabajo. En cualquier caso, da gusto conseguir romper la pereza y hacer cosas con regularidad, venciendo la inercia natural a no hacerlas. Da gusto y orgullo. Fuerza de voluntad… Esa siempre ha sido una de mis asignaturas pendientes.

Otra cosa es que esas rutinas son bastante individualistas y reconcentradas en mí mismo. No estaría mal, con el tiempo, ir proyectándolas hacia fuera, hacer cosas con más gente y, por qué no, para otra gente. Ahora mismo es complicado: con mis colegas de trabajo, y con otros, salgo de copas por BCN hasta las mil, pero no es algo que me llene (al contrario).

En el trabajo todo va bien… Levantando el vuelo, cada vez más, con perspectiva de planes interesantes para el futuro. Tal vez dentro de poco dé una nueva vuelta de tuerca a mi carrera. Pero de momento no hay grandes novedades.

Y, por supuesto, quedan cosas que no van tan bien, que crean ruido en mis pensamientos, que me cuesta afrontar… Pero, afortunadamente, me doy cuenta de que son cosas poco importantes y que iré solucionando poco a poco.

Ah, Bita, no he olvidado que te debía encontrar un lugar en Barcelona… ¡y lo tengo! Es un pequeño muelle, junto a una playa, cerca de uno de los puertos. Desde allí, cuando salgo a correr por las mañanas, veo el despertar de Barcelona, los primeros brillos del sol sobre el mar, oigo el rumor de la ciudad somnolienta, que va creciendo poco a poco...

Es uno de los mejores momentos del día, y hace que madrugar sea más fácil…