El mecanismo del reloj
Fin de semana de vuelta en casa. Parece mentira que puedan pasar tantas cosas en tan poco tiempo. Demasiadas como para contarlas, así que me quedo con las más interesantes. Una de ellas es darse cuenta de que a veces encontramos enemigos en los lugares más insospechados, por ejemplo, la propia familia. He recibido una acusación sobre la que habré de meditar: la soberbia. Las formas, seguro, no han sido las adecuadas; el fondo, tal vez tenga una parte de verdad. A veces me cuesta admitir mis fallos y corregirlos. Por otra parte, la gente, al actuar, revela mucho más de lo que ellos piensan o quieren. Y si yo puedo haberme equivocado y haber reaccionado soberbiamente, otras personas lo hacen desde un resentimiento que, en realidad, no tiene nada que ver conmigo, pero que cristaliza en mí. ¿Por qué? Supongo que por envidia, envidia de ver que hay a quien le va bien sin tener que recurrir a la agresividad y las malas maneras. Es algo a lo que he de acostumbrarme, y supongo que por eso siempre he optado por un perfil bajo, mucho más del que me corresponde.
Pero ahora las cosas están en su sitio. Y en su momento, las pondré aún más en su sitio. Napoleón invadió Rusia y su ejército destrozó al rival cien y una veces. Pero pudo invadir sin conquistar, y acabó teniendo que huir. Admito que actúo a la rusa muchas veces con los que me agreden. Les dejo entrar hasta la capital, me retiro a su paso, permito que tomen la capital. Y entonces, el frío, el invierno, hasta que se dan cuenta de que ya no hay ejército contra el que luchar, pero sí el frío, la nieve, el hambre, el desprecio más absoluto. Entonces llega mi momento para la victoria silenciosa, oscura, la que se basa en la imposibilidad de ser conquistado. Hoy él cree que me venció, que me hizo huir y plegarme a sus exigencias. Bien. Otro día se dará cuenta de que eso no sirve para nada. Pero entonces será demasiado tarde.
En cualquier caso, no es la primera vez que la gente toma como una misión divina la de hostigarme y hacerme bajar de mi supuesto pedestal. Es algo normal: el infeliz combate la felicidad de los demás. Craso error.
Si algo he aprendido con los años (y aún me queda mucho) es a esperar el momento oportuno. El paso del tiempo hace que las cosas se muevan, cambien, abriendo oportunidades que antes no existían o que no eran visibles. El tiempo, el espacio, obliga a la gente a actuar y a demostrar qué son y qué quieren. Entonces podemos saber qué hacer. Esto es aplicable a todo, a lo bueno y a lo malo.
En cualquier caso, ya hace tiempo que soy un rompehielos para estas cosas. Sigo mi camino, proa al Norte, sin detener la marcha ni pararme a mirar atrás. Lo que los demás creen que son ellos mismos, lo soy yo mucho más. Aunque a veces lo disimule, aunque a veces me obligue a replegarme. Desde allí soy más poderoso. Cada uno usa las armas que tiene de la forma que más le conviene. El tiempo es una de ellas.
P.D.: Sé que he sonado soberbio, y que probablemente lo sea, o pueda serlo a veces. La cuestión es por qué, y quién me ha obligado a serlo. Porque a veces, si no fuse soberbio, tendría que ser un humillado. Y no veo el motivo.
Pero ahora las cosas están en su sitio. Y en su momento, las pondré aún más en su sitio. Napoleón invadió Rusia y su ejército destrozó al rival cien y una veces. Pero pudo invadir sin conquistar, y acabó teniendo que huir. Admito que actúo a la rusa muchas veces con los que me agreden. Les dejo entrar hasta la capital, me retiro a su paso, permito que tomen la capital. Y entonces, el frío, el invierno, hasta que se dan cuenta de que ya no hay ejército contra el que luchar, pero sí el frío, la nieve, el hambre, el desprecio más absoluto. Entonces llega mi momento para la victoria silenciosa, oscura, la que se basa en la imposibilidad de ser conquistado. Hoy él cree que me venció, que me hizo huir y plegarme a sus exigencias. Bien. Otro día se dará cuenta de que eso no sirve para nada. Pero entonces será demasiado tarde.
En cualquier caso, no es la primera vez que la gente toma como una misión divina la de hostigarme y hacerme bajar de mi supuesto pedestal. Es algo normal: el infeliz combate la felicidad de los demás. Craso error.
Si algo he aprendido con los años (y aún me queda mucho) es a esperar el momento oportuno. El paso del tiempo hace que las cosas se muevan, cambien, abriendo oportunidades que antes no existían o que no eran visibles. El tiempo, el espacio, obliga a la gente a actuar y a demostrar qué son y qué quieren. Entonces podemos saber qué hacer. Esto es aplicable a todo, a lo bueno y a lo malo.
En cualquier caso, ya hace tiempo que soy un rompehielos para estas cosas. Sigo mi camino, proa al Norte, sin detener la marcha ni pararme a mirar atrás. Lo que los demás creen que son ellos mismos, lo soy yo mucho más. Aunque a veces lo disimule, aunque a veces me obligue a replegarme. Desde allí soy más poderoso. Cada uno usa las armas que tiene de la forma que más le conviene. El tiempo es una de ellas.
P.D.: Sé que he sonado soberbio, y que probablemente lo sea, o pueda serlo a veces. La cuestión es por qué, y quién me ha obligado a serlo. Porque a veces, si no fuse soberbio, tendría que ser un humillado. Y no veo el motivo.
Comentario:
Clara,
El problema es que "implosionar" siempre acaba destruyéndonos por dentro...
Lo ideal es encontrar el equilibrio entre no reconocer nuestros errores y hacer nuestros todos los errores.
¡Un beso!
El problema es que "implosionar" siempre acaba destruyéndonos por dentro...
Lo ideal es encontrar el equilibrio entre no reconocer nuestros errores y hacer nuestros todos los errores.
¡Un beso!
Comentario:
Cada persona es como es y es muy dificil cambiar... pero creo q tambien hay q tener en cuenta si tu forma de actuar daña o no a las personas q te rodean... la soberbia a veces es necesaria para q no te humillen como dices... aunque debo admitir q yo soy de las q se dejan "humillar" y despues lo pagan con la indiferencia...
Un beso!!
Un beso!!