gastronomía y sadismo
siempre me sorprende la gente que le da asco que los coreanos coman perro o los japoneses pescado crudo. Por no hablar de los que se escandalizan pensando en el abanico de insectos que se consume en Asia y en muchos países africanos.
Si usted, amado lector, es de los que puso cara de asco cuando a Indiana Jones le servían de postre sesos de mono en Indiana Jones y el templo maldito, no siga leyendo (ni mirando) y pase rápidamente a otro post. Se lo digo por su bien.
Hecha la criba, decía que me sorprende, porque España es el país de los alimentos repugnantes por excelencia. Tenemos todo tipo de vísceras para elegir, a cada cual más asquerosa. Por un lado, las tripas del cerdito o de la vaca, que rellenamos convenientemente (a veces, incluso con sangre) para hacer ricos chorizos o morcillas. Por no hablar de la carne cruda de estos animales, que dejamos secando durante meses y luego nos comemos (y saboreamos) con devoción.
Precisamente el cerdo es uno de los animales que más repulsión debería generar en este aspecto: nos comemos sus patitas, sus orejas (cocidas, con pimentón y aceite, qué ricas) e incluso su morro o careta (para más inri, suele venir de serie con pelos en las fosas nasales).
De hecho, en el mercado en el que compro todas las semanas hay varias tiendas con el apelativo de casquería, en las que se pueden adquirir estos y otros productos de presentación poco recomendable, como las criadillas (cojoncillos del toro), sin duda mis preferidas entre toda esta amalgama de productos, y que podrían hacer vomitar a cualquier finolis de allende nuestras fronteras.
Toda esta perorata viene a cuento de una entrañable pero a la vez cruenta costumbre en mi familia: el gusto por las cabezas de cordero. Tanto mi abuela como mis señores progenitores gustan de cocinarlas al horno unos minutos, para después devorarlas (y chupar bien los huesos) con avidez.
El aspecto angelical de este simpático animal en vida contrasta sobremanera con la apariencia de su cráneo, una vez despellejado. Este es el antes y el después (del horno), para el que le interese:

No sé qué resulta más repugnante, si el ojo acusador de la imagen de la izquierda o el cerebelo cocido en la de la derecha. Aunque hay una fotografía todavía más asquerosa, que no he colgado en el post, pero que dejo aquí para los viciosillos que quieran recrearse en la náusea.
Creedme, después de ver a alguien comerse esto, podríais tragaros cinco saltamontes fritos sin rechistar.
Todavía no sé si mis padres son unos fervientes seguidores del Marqués de Sade, o es que les gusta la cocina de alta calidad. A quién habré salido yo, que sólo me gustan las cabecillas de cochinillo.
Si usted, amado lector, es de los que puso cara de asco cuando a Indiana Jones le servían de postre sesos de mono en Indiana Jones y el templo maldito, no siga leyendo (ni mirando) y pase rápidamente a otro post. Se lo digo por su bien.
Hecha la criba, decía que me sorprende, porque España es el país de los alimentos repugnantes por excelencia. Tenemos todo tipo de vísceras para elegir, a cada cual más asquerosa. Por un lado, las tripas del cerdito o de la vaca, que rellenamos convenientemente (a veces, incluso con sangre) para hacer ricos chorizos o morcillas. Por no hablar de la carne cruda de estos animales, que dejamos secando durante meses y luego nos comemos (y saboreamos) con devoción.
Precisamente el cerdo es uno de los animales que más repulsión debería generar en este aspecto: nos comemos sus patitas, sus orejas (cocidas, con pimentón y aceite, qué ricas) e incluso su morro o careta (para más inri, suele venir de serie con pelos en las fosas nasales).
De hecho, en el mercado en el que compro todas las semanas hay varias tiendas con el apelativo de casquería, en las que se pueden adquirir estos y otros productos de presentación poco recomendable, como las criadillas (cojoncillos del toro), sin duda mis preferidas entre toda esta amalgama de productos, y que podrían hacer vomitar a cualquier finolis de allende nuestras fronteras.
Toda esta perorata viene a cuento de una entrañable pero a la vez cruenta costumbre en mi familia: el gusto por las cabezas de cordero. Tanto mi abuela como mis señores progenitores gustan de cocinarlas al horno unos minutos, para después devorarlas (y chupar bien los huesos) con avidez.
El aspecto angelical de este simpático animal en vida contrasta sobremanera con la apariencia de su cráneo, una vez despellejado. Este es el antes y el después (del horno), para el que le interese:

No sé qué resulta más repugnante, si el ojo acusador de la imagen de la izquierda o el cerebelo cocido en la de la derecha. Aunque hay una fotografía todavía más asquerosa, que no he colgado en el post, pero que dejo aquí para los viciosillos que quieran recrearse en la náusea.
Creedme, después de ver a alguien comerse esto, podríais tragaros cinco saltamontes fritos sin rechistar.
Todavía no sé si mis padres son unos fervientes seguidores del Marqués de Sade, o es que les gusta la cocina de alta calidad. A quién habré salido yo, que sólo me gustan las cabecillas de cochinillo.
Comentario:
Jur, cómo la liaste con lo del Tió!! Las cosas que te han dicho cuando yo sé qué conoces Catalunya y te gusta!! Eso sí, la performance de Cayetana... en fin.
Todo bien?
Todo bien?
Comentario:
Yo lo de las orejas y la careta mira que lo he intentado, pero no dejan de parecerme cachos de grasa de pureza 100%...
Eso sí, en lo de los prejuicios estoy de acuerdo: más relativismo cultural y menos ñoñería. ¿Qué habrá sido del perro Camachito? ¿Os acordáis?
Eso sí, en lo de los prejuicios estoy de acuerdo: más relativismo cultural y menos ñoñería. ¿Qué habrá sido del perro Camachito? ¿Os acordáis?





