Gatos pardos
El viernes salí, llevaba semanas sin hacerlo porque entre virus y catarros tenía el cuerpo más destrozado que la cama un loco. El caso es que era la primera vez que salía en este año y había que celebrarlo un poco. La noche transcurrió con plena normalidad, en principio, incluso, sólo íbamos a tomar una después de cenar.
Pero claro, ya se sabe que eso nunca pasa, sobre todo si estoy con OvaryOne, que me reta, me reta sin saberlo. En fin, que al final una copa se convirtió en tres (hay que ver lo que se emocionan los católicos con el milagro de los panes y los peces cuando es la realidad más pura, la fiesta llama a la fiesta). Bueno, que me pierdo divagando, el caso es que cerramos el bar y eso es mala señal porque cuando cerramos un bar es premonición de lo que va a pasar el resto de la noche.
Así que de ahí nos fuimos al antro con más glamour del ambiente (antro y glamour no deberían ir en la misma frase). Total que volvimos a confundirnos entre mucha gente peculiar y varidada, sobre todo variada, de esa que no se encuentra en cualquier sitio, Islandia y Penélope se fueron y nos quedamos OvaryOne y yo hablando, bebiendo y dándole al ojo hasta que cerraron garito. Después de ésto decidimos irnos a otro sitio, aunque a estas alturas de la mañana la oferta mengua, pero encontramos nuestro lugar en la barra de un club que, si no fuera porque está en pleno centro de la capital, yo juraría que es de carretera.
Otro par de horas en la misma tónica y la OvaryOne volvió a ganarme, claudiqué porque el sueño apareció de repente, como por arte de magia. Pero esa noche no me fui del todo contenta, sentí quizás que debía haber aguantado un pelín más.
El caso es que salí tan tostada por el sueño que decidí despejarme antes de irme a dormir, el primer bofetón me lo dio el sol radiante que había fuera que me hizo perder la noción del tiempo y así, desconcertada, me encaminé hacia la plaza de chueca que estaba una miaja de lejos, porque en ese momento se me ocurrió que iba a comprar el periódico y tenía que ser por mis narices en el kiosco de la plaza.
Ya terminada mi labor me dirigí hacia mi casa y, ¿a quién me encontré al doblar Gravina? pues al peluquero que vive en valverde37, que lanzó un grito marica que oyó hasta el pescadero de la plaza "AYYYYYYYYY, PERO SI ES LA PORTERAAAAAA!!!!". Madre mía, no recuerdo tanta efusividad en un saludo desde..... en fin, mejor no recordar. Después del grito y sin venir demasiado a cuento me contó todas las hazañas sexuales de su vecina, que tiene un novio que tarda hora y media en correrse y que no lo deja dormir.
Desde luego, que si mis juergas han empezado así, el final del año promete.
Pero claro, ya se sabe que eso nunca pasa, sobre todo si estoy con OvaryOne, que me reta, me reta sin saberlo. En fin, que al final una copa se convirtió en tres (hay que ver lo que se emocionan los católicos con el milagro de los panes y los peces cuando es la realidad más pura, la fiesta llama a la fiesta). Bueno, que me pierdo divagando, el caso es que cerramos el bar y eso es mala señal porque cuando cerramos un bar es premonición de lo que va a pasar el resto de la noche.
Así que de ahí nos fuimos al antro con más glamour del ambiente (antro y glamour no deberían ir en la misma frase). Total que volvimos a confundirnos entre mucha gente peculiar y varidada, sobre todo variada, de esa que no se encuentra en cualquier sitio, Islandia y Penélope se fueron y nos quedamos OvaryOne y yo hablando, bebiendo y dándole al ojo hasta que cerraron garito. Después de ésto decidimos irnos a otro sitio, aunque a estas alturas de la mañana la oferta mengua, pero encontramos nuestro lugar en la barra de un club que, si no fuera porque está en pleno centro de la capital, yo juraría que es de carretera.
Otro par de horas en la misma tónica y la OvaryOne volvió a ganarme, claudiqué porque el sueño apareció de repente, como por arte de magia. Pero esa noche no me fui del todo contenta, sentí quizás que debía haber aguantado un pelín más.
El caso es que salí tan tostada por el sueño que decidí despejarme antes de irme a dormir, el primer bofetón me lo dio el sol radiante que había fuera que me hizo perder la noción del tiempo y así, desconcertada, me encaminé hacia la plaza de chueca que estaba una miaja de lejos, porque en ese momento se me ocurrió que iba a comprar el periódico y tenía que ser por mis narices en el kiosco de la plaza.
Ya terminada mi labor me dirigí hacia mi casa y, ¿a quién me encontré al doblar Gravina? pues al peluquero que vive en valverde37, que lanzó un grito marica que oyó hasta el pescadero de la plaza "AYYYYYYYYY, PERO SI ES LA PORTERAAAAAA!!!!". Madre mía, no recuerdo tanta efusividad en un saludo desde..... en fin, mejor no recordar. Después del grito y sin venir demasiado a cuento me contó todas las hazañas sexuales de su vecina, que tiene un novio que tarda hora y media en correrse y que no lo deja dormir.
Desde luego, que si mis juergas han empezado así, el final del año promete.
Con Marina Castaño hemos topao
Hoy el destino ha tenido a bien propiciar un encuentro entre Marina Castaño y una servidora en la que ésta última ha salido airosa y podría decirse vencedora. ¿Cómo?, se preguntará usted, a continuación cuento lo acaecido.
Andaba yo esta tarde por los lares de la televisión pública de España acechando para ver si a algún productor despistado se le caía un contrato de su abultada cartera cuando, al entrar a la recepción me he encontrado con Marina Castaño, esa señora con pinta de estirada (que no digo yo que lo sea, sólo que tiene pinta) que estuvo casada con Don Camilo, el de la Campsa (es que me gusta más la guía que La Colmena, qué le voy a hacer).
El caso es que me he dado cuenta que la señora Castaño tenía algún tipo de problema para acceder al recinto, porque yo no sé qué seguridad hay en los aeropuertos y los estadios de futbol (parece que poca a juzgar por el estudio de campo que hizo el programa de Teresa Viejo) pero en la tele no te dejan entrar así como así. El caso es que entre comprobación y comprobación, servidora, que ya es archiconocida por los de la recepción porque no es la primera vez que aparece por allí al estilo "ave de rapiña hambrienta de trabajo", se ha colado a la viuda del Nobel estirando su DNI al recepcionista y se ha adelantado a entrar, junto con Becky, su compañera de fatigas en estas visitas.
Y de esta manera Becky y yo hemos hecho un amago de ningunear un poco a las élites del país, que no viene mal de vez en cuando, aunque aquí no ha terminado la cosa. Ya que, si no es porque yo no soy mal pensada y no podría concebir que alguien se picara por tan estúpida anécdota, podría llegar a pensar que "la viuda de..." se ha picado y por eso ha salido corriendo para meterse al mismo tiempo que yo, TOCANDOME (o más bien, empujándome) para que me apartara por la puerta del escáner mientras me disponía a recoger las llaves (que pitan, no como las del aeropuerto).
Pero no te indignes, que la viuda no ha salido indemne de su travesura porque Urdangarín (un segurata muy simpático que se parece al infanto) la ha llamado al orden con su enérgica voz de agente de la seguridad privada y le ha dicho: "señora, señora! haga usted el favor de volver y pasar su bolso y usted sola por el escáner".
Y así finaliza la histora con la que Becky y Laportera entraron esta tarde con una sonrisa maléfica en los dominos de nuestra tele.
Andaba yo esta tarde por los lares de la televisión pública de España acechando para ver si a algún productor despistado se le caía un contrato de su abultada cartera cuando, al entrar a la recepción me he encontrado con Marina Castaño, esa señora con pinta de estirada (que no digo yo que lo sea, sólo que tiene pinta) que estuvo casada con Don Camilo, el de la Campsa (es que me gusta más la guía que La Colmena, qué le voy a hacer).
El caso es que me he dado cuenta que la señora Castaño tenía algún tipo de problema para acceder al recinto, porque yo no sé qué seguridad hay en los aeropuertos y los estadios de futbol (parece que poca a juzgar por el estudio de campo que hizo el programa de Teresa Viejo) pero en la tele no te dejan entrar así como así. El caso es que entre comprobación y comprobación, servidora, que ya es archiconocida por los de la recepción porque no es la primera vez que aparece por allí al estilo "ave de rapiña hambrienta de trabajo", se ha colado a la viuda del Nobel estirando su DNI al recepcionista y se ha adelantado a entrar, junto con Becky, su compañera de fatigas en estas visitas.
Y de esta manera Becky y yo hemos hecho un amago de ningunear un poco a las élites del país, que no viene mal de vez en cuando, aunque aquí no ha terminado la cosa. Ya que, si no es porque yo no soy mal pensada y no podría concebir que alguien se picara por tan estúpida anécdota, podría llegar a pensar que "la viuda de..." se ha picado y por eso ha salido corriendo para meterse al mismo tiempo que yo, TOCANDOME (o más bien, empujándome) para que me apartara por la puerta del escáner mientras me disponía a recoger las llaves (que pitan, no como las del aeropuerto).
Pero no te indignes, que la viuda no ha salido indemne de su travesura porque Urdangarín (un segurata muy simpático que se parece al infanto) la ha llamado al orden con su enérgica voz de agente de la seguridad privada y le ha dicho: "señora, señora! haga usted el favor de volver y pasar su bolso y usted sola por el escáner".
Y así finaliza la histora con la que Becky y Laportera entraron esta tarde con una sonrisa maléfica en los dominos de nuestra tele.
Oriental Exterminator Rat
Se acabó la navidad y con ella mis vacaciones, unas vacaciones que se resumen básicamente en seis días de sol, paseos por la playa y relajación. El resto de tiempo, es decir, dos semanas, mi cuerpo ha sido invadido por una legión de virus que me han dejado el ánimo y el estómago para el arrastre.
Pero bueno, lamentaciones aparte, si tengo que escoger una anécdota de entre todas las acontecidas me inclinaré por la bautizada como "oriental exterminator rat". Lo que a continuación voy a contar no es más que una irónica metáfora de lo que es la vida misma.
Me hallaba yo felizmente en una terraza en algún lugar de la costa malagueña con mis friends cuando una oriental muy simpática (en adelante "la china") se acercó a nuestra mesa para ofrecernos los artículos que vendía. El arsenal de objetos estaba compuesto por: Un extenso catálogo de cienes y cienes de llaveros con luces, rosas, unos cuantos peluches, algunos dvd's y cd's del top manta y una pedazo de espada luminosa en la versión petarda de Star Wars a lo Monty Python.
Ninguno de los presentes en aquella mesa sucumbió a los encantos de aquella exquisita selección de objetos, así que la china se fue. A los diez minutos decidimos cambiar de lugar, cuando, caminando por la calle vimos de nuevo a la chinita que corría por un extremo de la calle con la espada en alza como si se tratara de la mismísima Juana de Arco y, cual fue nuestra sorpresa cuando, estupefactos, descubrimos que la china iba corriendo detrás de un pedazo de rata más grande que un conejo, gritando como una loca y golpeando al animal.
Fue entonces cuando apareció, como por generación espontánea, otra china, que debía ser socia del negocio, con otra espada idéntica y gritando tan salvajemente como su compañera, por el otro extremo de la calle. Acorralaron a la rata y nosotros asistimos como espectadores de un reality show, al asesinato a golpe de espada luminosa de plástico de aquel gran roedor que, muerto ya, fue arrojado a un contenedor del rabo por una de sus ejecutoras.
Moraleja: Nunca le compres a tus hijos juguetes de dudosa procedencia.
Pero bueno, lamentaciones aparte, si tengo que escoger una anécdota de entre todas las acontecidas me inclinaré por la bautizada como "oriental exterminator rat". Lo que a continuación voy a contar no es más que una irónica metáfora de lo que es la vida misma.
Me hallaba yo felizmente en una terraza en algún lugar de la costa malagueña con mis friends cuando una oriental muy simpática (en adelante "la china") se acercó a nuestra mesa para ofrecernos los artículos que vendía. El arsenal de objetos estaba compuesto por: Un extenso catálogo de cienes y cienes de llaveros con luces, rosas, unos cuantos peluches, algunos dvd's y cd's del top manta y una pedazo de espada luminosa en la versión petarda de Star Wars a lo Monty Python.
Ninguno de los presentes en aquella mesa sucumbió a los encantos de aquella exquisita selección de objetos, así que la china se fue. A los diez minutos decidimos cambiar de lugar, cuando, caminando por la calle vimos de nuevo a la chinita que corría por un extremo de la calle con la espada en alza como si se tratara de la mismísima Juana de Arco y, cual fue nuestra sorpresa cuando, estupefactos, descubrimos que la china iba corriendo detrás de un pedazo de rata más grande que un conejo, gritando como una loca y golpeando al animal.
Fue entonces cuando apareció, como por generación espontánea, otra china, que debía ser socia del negocio, con otra espada idéntica y gritando tan salvajemente como su compañera, por el otro extremo de la calle. Acorralaron a la rata y nosotros asistimos como espectadores de un reality show, al asesinato a golpe de espada luminosa de plástico de aquel gran roedor que, muerto ya, fue arrojado a un contenedor del rabo por una de sus ejecutoras.
Moraleja: Nunca le compres a tus hijos juguetes de dudosa procedencia.





