5552055588662
Soy preciosa, lo he sido toda mi vida y no puedo hacer nada por evitarlo. Es mucha la gente que admira y adora mi belleza, que puede pasar una eternidad contemplándome, como si únicamente tuviera ojos para mí. Yo, a cambio, consigo sustraerlas de su realidad y hacerles olvidar todos sus problemas mientras me examinan con minuciosidad y con poca discreción, con los ojos clavados en mi triste semblante, como si esperaran un milagro.
Alguien podría pensar que soy afortunada y que me debería sentir dichosa. Pero no es así. Nunca lograré sentirme feliz con lo que tengo, porque sólo hay algo que deseo en este mundo, algo imposible que jamás podré conseguir. Muchos dirían que pido la Luna, expresión que odio con todas mis fuerzas, pero yo diría que es más bien todo lo contrario.
Estoy sumida en una oscuridad permanente, condenada a vivir en la más negra penumbra, atrapada en un túnel casi interminable de melancolía y tristeza desde el que se divisa, a lo lejos, un punto de luz y esperanza: el fin de mis días, mi única salvación y el adiós definitivo a mi perpetuo sufrimiento. Yo no vivo, existo, y sólo la muerte se podrá convertir en mi única forma de vida.
Yo lo amo a él.
Sucedió hace mucho tiempo, años ha, cuando todavía ni siquiera existía el día y la noche: quedé cautivada por su cuerpo de pura energía candente. Tardé poco en darme cuenta de que no era la única que había caído en su embrujo, él tenía un gran número de pretendientes que querían poseerlo con el mismo fervor que yo. De repente, no sé cómo, pero sí sé porqué, quedé presa de los celos de una de esas enamoradas damas, destinada a girar a su alrededor para toda la eternidad, con el objetivo de entretenerla y servirla. Así es como quedé subordinada a una de las nueve damas que contornean, como tiburones hambrientos dando vueltas alrededor de su presa, al susodicho don Juan. Yo las he visto y las he contando, son nueve, ni una más, ni una menos.
En efecto, nueve concubinas bailando alrededor de su rey, su astro y su primordial objetivo, en un intento de seducirlo y de captar su ardiente mirada. Por lo visto, algunas de estas amantes han logrado llegar muy lejos. He visto que algunas de ellas lucen con orgullo las alianzas con que él les ha obsequiado. Algunas, incluso, tienen muchísimas y se las ponen todas a la vez, de forma que se asemejan a un gran anillo de compromiso de muchos colores y, debo añadir, de una exquisita elegancia. A pesar de estos lujosos regalos, él nunca ha decidido casarse con ninguna de sus doncellas. Le gusta variar y estar con una diferente cada cierto tiempo. Suele pasar largas temporadas con cada una de ellas, sobretodo si la amante es de su agrado. No es difícil intuir que las más ataviadas y las que están adornadas con colores más vivos son sus favoritas, paradójicamente éstas se encuentran ahora más lejos de él, porque ya han podido gozar de su calor y compañía durante un largo tiempo y él, ahora, prefiere galantear con otras.
Mi castigo, a parte de condenarme a la servidumbre de una de sus amantes, me priva de volverlo a ver, por miedo, supongo, a que pueda fijarse en mí y elegirme como su favorita. Hasta ahora, me he pasado la vida entera sujeta a mi propietaria, circundándola, y ésta, simultáneamente, también trata de rodear a su amado con una eterna y sinuosa traslación. Yo trato de disuadirla, pero todos los esfuerzos son en vano, pues ella, profundamente hipnotizada por su efigie, se pasa el día escudriñando el horizonte. El motivo de mi danza continua se traduce en mi desesperación por verlo y que él me devuelva la mirada. Mi dama se interpone entre ambos, evitando que él me vea y que yo pueda contemplarle por un instante. Es largo el tiempo que llevo tratando de conseguir mi sueño, pero nunca me daré por vencida.
En un arrebato de furia, a causa de mi hermosura, mi señora, temiendo que en algún momento pudiera fracasar en su intento de hacerme la vida imposible, decidió ofuscar mi rostro, al más puro estilo de Caravaggio, para que él no pudiera verme, así ella podría estar más tranquila. Aun así, yo no abandono, no he perdido las esperanzas. Alguien podría preguntarse por qué no deserto si él ya no puede verme. La respuesta es fácil: periódicamente, de tanto en tanto, mi dueña se ve obligada a descubrir mi rostro, poco a poco y de forma gradual, para controlar que le sigo dondequiera que vaya y comprobar que no he huido en busca de su amado. Es por eso que todavía albergo la esperanza de que nuestros ojos puedan encontrarse
¿Qué puedo hacer sino esperar? Seguiré aguardando hasta que se me presente cualquier oportunidad. Si algún día me halláis ausente, es porque estoy imaginando nuestro encuentro y soñando que alguien cuenta este cuento, no os preocupéis, estoy en la Luna.
IMQC

Alguien podría pensar que soy afortunada y que me debería sentir dichosa. Pero no es así. Nunca lograré sentirme feliz con lo que tengo, porque sólo hay algo que deseo en este mundo, algo imposible que jamás podré conseguir. Muchos dirían que pido la Luna, expresión que odio con todas mis fuerzas, pero yo diría que es más bien todo lo contrario.
Estoy sumida en una oscuridad permanente, condenada a vivir en la más negra penumbra, atrapada en un túnel casi interminable de melancolía y tristeza desde el que se divisa, a lo lejos, un punto de luz y esperanza: el fin de mis días, mi única salvación y el adiós definitivo a mi perpetuo sufrimiento. Yo no vivo, existo, y sólo la muerte se podrá convertir en mi única forma de vida.
Yo lo amo a él.
Sucedió hace mucho tiempo, años ha, cuando todavía ni siquiera existía el día y la noche: quedé cautivada por su cuerpo de pura energía candente. Tardé poco en darme cuenta de que no era la única que había caído en su embrujo, él tenía un gran número de pretendientes que querían poseerlo con el mismo fervor que yo. De repente, no sé cómo, pero sí sé porqué, quedé presa de los celos de una de esas enamoradas damas, destinada a girar a su alrededor para toda la eternidad, con el objetivo de entretenerla y servirla. Así es como quedé subordinada a una de las nueve damas que contornean, como tiburones hambrientos dando vueltas alrededor de su presa, al susodicho don Juan. Yo las he visto y las he contando, son nueve, ni una más, ni una menos.
En efecto, nueve concubinas bailando alrededor de su rey, su astro y su primordial objetivo, en un intento de seducirlo y de captar su ardiente mirada. Por lo visto, algunas de estas amantes han logrado llegar muy lejos. He visto que algunas de ellas lucen con orgullo las alianzas con que él les ha obsequiado. Algunas, incluso, tienen muchísimas y se las ponen todas a la vez, de forma que se asemejan a un gran anillo de compromiso de muchos colores y, debo añadir, de una exquisita elegancia. A pesar de estos lujosos regalos, él nunca ha decidido casarse con ninguna de sus doncellas. Le gusta variar y estar con una diferente cada cierto tiempo. Suele pasar largas temporadas con cada una de ellas, sobretodo si la amante es de su agrado. No es difícil intuir que las más ataviadas y las que están adornadas con colores más vivos son sus favoritas, paradójicamente éstas se encuentran ahora más lejos de él, porque ya han podido gozar de su calor y compañía durante un largo tiempo y él, ahora, prefiere galantear con otras.
Mi castigo, a parte de condenarme a la servidumbre de una de sus amantes, me priva de volverlo a ver, por miedo, supongo, a que pueda fijarse en mí y elegirme como su favorita. Hasta ahora, me he pasado la vida entera sujeta a mi propietaria, circundándola, y ésta, simultáneamente, también trata de rodear a su amado con una eterna y sinuosa traslación. Yo trato de disuadirla, pero todos los esfuerzos son en vano, pues ella, profundamente hipnotizada por su efigie, se pasa el día escudriñando el horizonte. El motivo de mi danza continua se traduce en mi desesperación por verlo y que él me devuelva la mirada. Mi dama se interpone entre ambos, evitando que él me vea y que yo pueda contemplarle por un instante. Es largo el tiempo que llevo tratando de conseguir mi sueño, pero nunca me daré por vencida.
En un arrebato de furia, a causa de mi hermosura, mi señora, temiendo que en algún momento pudiera fracasar en su intento de hacerme la vida imposible, decidió ofuscar mi rostro, al más puro estilo de Caravaggio, para que él no pudiera verme, así ella podría estar más tranquila. Aun así, yo no abandono, no he perdido las esperanzas. Alguien podría preguntarse por qué no deserto si él ya no puede verme. La respuesta es fácil: periódicamente, de tanto en tanto, mi dueña se ve obligada a descubrir mi rostro, poco a poco y de forma gradual, para controlar que le sigo dondequiera que vaya y comprobar que no he huido en busca de su amado. Es por eso que todavía albergo la esperanza de que nuestros ojos puedan encontrarse
¿Qué puedo hacer sino esperar? Seguiré aguardando hasta que se me presente cualquier oportunidad. Si algún día me halláis ausente, es porque estoy imaginando nuestro encuentro y soñando que alguien cuenta este cuento, no os preocupéis, estoy en la Luna.
IMQC

Comentario:
IMCQ, quiero decir-te que me ha gustado muchíssimo tu escrito; me parece original, poético y muy entretenido. Además da que pensar.Una gran inspiración, te feliçito.
"La vida es móvil, movil es Vodafone"
3355507777666555
"La vida es móvil, movil es Vodafone"
3355507777666555
Comentario:
Príncipe Lou, ¿qué dice?
Ha perdido completamente el norte y ya no distingue usted entre la realidad y la ficción. Me estoy empezando a preocupar...
IMQC
Ha perdido completamente el norte y ya no distingue usted entre la realidad y la ficción. Me estoy empezando a preocupar...
IMQC
Comentario:
Hay k mirar a la luna como un efecto mariposa :P
Comentario:
Qué va, qué va... Aquí no cardan ni la mitad. En realidad, es una autobiografía.
IMQC
IMQC
Comentario:
¿Las Mil y Una Noches, versión Tibidabo?





