Yo no bebo... vino (y III)
Aquí estoy, sentada en la Biblioteca Cívica de Verona, dispuesta a narrar lo que han sido 6 días de viaje por el corazón de Transilvania. Antes de empezar diré que los pilotos de EasyJet son como los de Myair, menudo aterrizaje en plena tormenta eléctrica... No os podéis imaginar como se movía el avión... César me dirá que soy una exagerada, pero estábamos todos acojonados.
Bien, comienza la crónica.
Salimos de Verona el día 28 más o menos a la hora que cantan los
gallos (que en Italia es un poco antes que en España por aquello de que está más al este y no hay cambio de hora) una finlandesa, un alemán (el otro, no el de Eslovenia) y nosotros dos, dispuestos a encontrarnos en el aeropuerto de Bucarest con el de Ciudad Real y el susodicho autóctono del país en cuestión. A partir de ahora les llamaré por sus nombres, pero siempre queda muy multicultural comenzar así.
Llegamos a Bucarest a eso de las 5 de la tarde y desde allí nos fuimos en tren a Brasov, principal ciudad de Transilvania, en plenos Cárpatos. Esa noche en el albergue planificamos la ruta del día siguiente, intentamos buscar una casa de cambio de moneda a las 10 de la noche para cambiar nuestra moneda común por Lei y así poder pagar el albergue (por supuesto estaban cerradas) y cenamos un platazo super rico de carne, patatas y ensalada por apenas 3€.
El dia 29 comenzó la ruta. Destinos: Sinaia y Bran. En un pequeño
viaje organizado desde el albergue (vamos, un hombrecito con una furgoneta de 7 plazas amigo de la dueña del albergue que hace el agosto con los turistas europeos y con el que los turistas europeos hacen el agosto), atravesamos varios pueblos transilvanos con grandes contrastes de riqueza y pobreza hasta llegar a Sinaia, lugar de residencia de los antiguos reyes de Rumanía. No os podeis imaginar el lujo y la ostentación de su palacio (uno de los más importantes del país): mármoles, maderas, sedas... Incluso una sala de cine forrada de alfombras y tapices persas. Después de codearnos con la monarquia del XVIII, viaje al siglo XIII: al castillo de Drácula!!! (para los rumanos el castillo de Bran, que lo de Drácula no les hace mucha gracia). Bueno, verdad es que el mito romántico de Stoker lo adorna todo mucho, porque es bastante más sobrio que el resto de castillos del mundo mundial, aunque puede que eso sea por la penosa reconstrucción interior que le han hecho. Es más, lo de Drácula es puro merchandising porque ni siquiera el
famoso Vlad (en Rumanía héroe nacional) pasó por allí. Ese dia comenzamos con la comida típica comiendo unas salchichas raras a la parrilla de nombre impronunciable, mititei. Bueno, no todos, porque a César le sentó mal la cena del McDonald´s del día anterior y le pegó una cagalera de cagarse... así que estuvo el pobre 3 días a base de agua con limón y manzanitas. Por la tarde volvimos a Brasov, que antes se me ha olvidado decir que es el Hollywood rumano, y dimos un bonito paseo por sus calles de estilo alemán.
Al día siguiente, sin salir de esta ciudad nos subimos a la montaña y nos tiramos en trineo!!!! Hay videos que certifican lo dicho. Por la tarde, y debido a las eternas presiones de los comisarios de la UNESCO, nos fuimos hasta Prejmer, lugar en el que se encuentra una de las iglesias amuralladas patrimonio de la dicha organización, pero que no se sabe muy bien porqué tiene un horario para nórdicos, porque cierra
a las 3 de la tarde. Así que viaje en balde. El único que hizo amigos fue César que se ligó a un gato solitario que se quería comer los restos de sus limones y sus manzanas. Ni que decir tiene que esta bonita excursión la hicimos bajando directamente de la montaña (en autobús, no en trineo) y que estábamos caladitos hasta los huesos. Ahí pudimos vivir la experiencia de montar en los trenes regionales rumanos, que son lo más barato que hay, pero por desgracia no lo más límpio.
Día 2: ruta de ciudades clave. Esa mañana cogimos todo nuestro equipaje y abandonamos Brasov para alojarnos en Sibiu, ciudad que actualmente es bastante conocida ya que el año pasado fue ciudad
euopea de la cultura. Pero antes de llegar a Sibiu (que fue a eso de las 5,30 de la tarde) hicimos escala en Sighisoara, de nuevo ciudad UNESCO. Allí, además de dar un paseo por sus bonitas calles y subir a la Torre del Reloj, donde conocimos a un canario que da clases de español y vimos los kilómetros que nos separaban de Madrid, nos encontramos con dos personajes vestidos de medieval, que con bombo en mano decían:"¿inglés, español?", a lo que yo respondí: "español", y ellos con un acento no se sabe muy bien de donde contestaron: "Las puertas de Sighisoara están abiertas, ciudad medieval, que pasen un buen día, he dicho y adiós". Sí, sí, surrealista...
A Sibiu llegamos por la tarde tras casi 3 horas de autobús por carreteras a las que aun no han llegado los fondos de cohesión, y ahí se nos quedó una espinita clavada, ya que empezó a diluviar y sólo pudimos ver un par de calles principales... Eso sí, probamos el
segundo plato típico de Rumanía, el sarmale, una autetica delicia. Así que a la camita ya que al día siguiente nos teníamos que levantar nada más y nada menos que a las 5,15 de la mañana (Noora a las 4.30h), ya que nos esperaban 6 horas de tren a Bucarest.
Bucarest es quizás la ciudad más difícil de definir de todas las que vimos en Rumanía. Un caos urbano de casi 2 millones de personas, en el que grandes palacios y edificios (todos ellos bastante poco bien conservados) se mezclan con otros construidos de forma serial en la época comunista. Ciudad en la que el capitalismo ha encontrado un autentico paraíso, quizas por querer cambiar mucho en poco tiempo, pero en la que la pobreza se siente en cada calle, en cada esquina... Quizás así se explica el terrible gigante que habita allí. 64.800 metros cuadrados de ostentación inecesaria e insultante que forman la irónicamente llamada Casa del Pueblo, actualmente conocida como el Palacio del Parlamento, y lugar en el que se ubica el Senado, además de salas de recepción oficiales, espacios vacíos... Toneladas de marmol blanco, maderas de primera calidad, tapices, túneles que
llevan a búnkeres antinucleares, lujos que resultan complentamente ofensivos dado que apenas tienen 25 años de vida, ya que el proyecto faraónico se comenzó a construir en 1983 (aun no está terminado) aunque cuando lo ves parece de otra época, de una muy lejana en la que las grandes monarquias construían palacios cuando la gente se moría de hambre.
Sin duda alguna es un país que merece la pena ser visto. Y eso que nosotros a penas pisamos una pequeña región (nos hemos dejado maravillas como los monasterios de Bucovina al norte o el delta del Danubio). La gente es increiblemente acogedora, y lo mejor de todo, se rompen absoluamente todos los tópicos.
Próximo destino: Marruecos!!
Hasta más leer!!
Bien, comienza la crónica.
Salimos de Verona el día 28 más o menos a la hora que cantan los
gallos (que en Italia es un poco antes que en España por aquello de que está más al este y no hay cambio de hora) una finlandesa, un alemán (el otro, no el de Eslovenia) y nosotros dos, dispuestos a encontrarnos en el aeropuerto de Bucarest con el de Ciudad Real y el susodicho autóctono del país en cuestión. A partir de ahora les llamaré por sus nombres, pero siempre queda muy multicultural comenzar así.Llegamos a Bucarest a eso de las 5 de la tarde y desde allí nos fuimos en tren a Brasov, principal ciudad de Transilvania, en plenos Cárpatos. Esa noche en el albergue planificamos la ruta del día siguiente, intentamos buscar una casa de cambio de moneda a las 10 de la noche para cambiar nuestra moneda común por Lei y así poder pagar el albergue (por supuesto estaban cerradas) y cenamos un platazo super rico de carne, patatas y ensalada por apenas 3€.
El dia 29 comenzó la ruta. Destinos: Sinaia y Bran. En un pequeño
viaje organizado desde el albergue (vamos, un hombrecito con una furgoneta de 7 plazas amigo de la dueña del albergue que hace el agosto con los turistas europeos y con el que los turistas europeos hacen el agosto), atravesamos varios pueblos transilvanos con grandes contrastes de riqueza y pobreza hasta llegar a Sinaia, lugar de residencia de los antiguos reyes de Rumanía. No os podeis imaginar el lujo y la ostentación de su palacio (uno de los más importantes del país): mármoles, maderas, sedas... Incluso una sala de cine forrada de alfombras y tapices persas. Después de codearnos con la monarquia del XVIII, viaje al siglo XIII: al castillo de Drácula!!! (para los rumanos el castillo de Bran, que lo de Drácula no les hace mucha gracia). Bueno, verdad es que el mito romántico de Stoker lo adorna todo mucho, porque es bastante más sobrio que el resto de castillos del mundo mundial, aunque puede que eso sea por la penosa reconstrucción interior que le han hecho. Es más, lo de Drácula es puro merchandising porque ni siquiera el
famoso Vlad (en Rumanía héroe nacional) pasó por allí. Ese dia comenzamos con la comida típica comiendo unas salchichas raras a la parrilla de nombre impronunciable, mititei. Bueno, no todos, porque a César le sentó mal la cena del McDonald´s del día anterior y le pegó una cagalera de cagarse... así que estuvo el pobre 3 días a base de agua con limón y manzanitas. Por la tarde volvimos a Brasov, que antes se me ha olvidado decir que es el Hollywood rumano, y dimos un bonito paseo por sus calles de estilo alemán.Al día siguiente, sin salir de esta ciudad nos subimos a la montaña y nos tiramos en trineo!!!! Hay videos que certifican lo dicho. Por la tarde, y debido a las eternas presiones de los comisarios de la UNESCO, nos fuimos hasta Prejmer, lugar en el que se encuentra una de las iglesias amuralladas patrimonio de la dicha organización, pero que no se sabe muy bien porqué tiene un horario para nórdicos, porque cierra
a las 3 de la tarde. Así que viaje en balde. El único que hizo amigos fue César que se ligó a un gato solitario que se quería comer los restos de sus limones y sus manzanas. Ni que decir tiene que esta bonita excursión la hicimos bajando directamente de la montaña (en autobús, no en trineo) y que estábamos caladitos hasta los huesos. Ahí pudimos vivir la experiencia de montar en los trenes regionales rumanos, que son lo más barato que hay, pero por desgracia no lo más límpio.Día 2: ruta de ciudades clave. Esa mañana cogimos todo nuestro equipaje y abandonamos Brasov para alojarnos en Sibiu, ciudad que actualmente es bastante conocida ya que el año pasado fue ciudad
euopea de la cultura. Pero antes de llegar a Sibiu (que fue a eso de las 5,30 de la tarde) hicimos escala en Sighisoara, de nuevo ciudad UNESCO. Allí, además de dar un paseo por sus bonitas calles y subir a la Torre del Reloj, donde conocimos a un canario que da clases de español y vimos los kilómetros que nos separaban de Madrid, nos encontramos con dos personajes vestidos de medieval, que con bombo en mano decían:"¿inglés, español?", a lo que yo respondí: "español", y ellos con un acento no se sabe muy bien de donde contestaron: "Las puertas de Sighisoara están abiertas, ciudad medieval, que pasen un buen día, he dicho y adiós". Sí, sí, surrealista...A Sibiu llegamos por la tarde tras casi 3 horas de autobús por carreteras a las que aun no han llegado los fondos de cohesión, y ahí se nos quedó una espinita clavada, ya que empezó a diluviar y sólo pudimos ver un par de calles principales... Eso sí, probamos el
segundo plato típico de Rumanía, el sarmale, una autetica delicia. Así que a la camita ya que al día siguiente nos teníamos que levantar nada más y nada menos que a las 5,15 de la mañana (Noora a las 4.30h), ya que nos esperaban 6 horas de tren a Bucarest.Bucarest es quizás la ciudad más difícil de definir de todas las que vimos en Rumanía. Un caos urbano de casi 2 millones de personas, en el que grandes palacios y edificios (todos ellos bastante poco bien conservados) se mezclan con otros construidos de forma serial en la época comunista. Ciudad en la que el capitalismo ha encontrado un autentico paraíso, quizas por querer cambiar mucho en poco tiempo, pero en la que la pobreza se siente en cada calle, en cada esquina... Quizás así se explica el terrible gigante que habita allí. 64.800 metros cuadrados de ostentación inecesaria e insultante que forman la irónicamente llamada Casa del Pueblo, actualmente conocida como el Palacio del Parlamento, y lugar en el que se ubica el Senado, además de salas de recepción oficiales, espacios vacíos... Toneladas de marmol blanco, maderas de primera calidad, tapices, túneles que
llevan a búnkeres antinucleares, lujos que resultan complentamente ofensivos dado que apenas tienen 25 años de vida, ya que el proyecto faraónico se comenzó a construir en 1983 (aun no está terminado) aunque cuando lo ves parece de otra época, de una muy lejana en la que las grandes monarquias construían palacios cuando la gente se moría de hambre.Sin duda alguna es un país que merece la pena ser visto. Y eso que nosotros a penas pisamos una pequeña región (nos hemos dejado maravillas como los monasterios de Bucovina al norte o el delta del Danubio). La gente es increiblemente acogedora, y lo mejor de todo, se rompen absoluamente todos los tópicos.
Próximo destino: Marruecos!!
Hasta más leer!!










