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La vida al sol
Cada momento vivido es irrepetible: comunícalo.
Acerca de
La vida transcurre como también lo hace el sol que le da soporte. Comunicar aquello que nos gusta o que nos destroza, pero que -al fin y al cabo- nos acontece, puede ser una buena experiencia.
Sindicación
 
Cuatro Rosas
Tengo en mis labios el regusto amargo que dejan las resacas de un buen bourbon. Y cansancio físico y mental. Mucho cansancio. Trabajé el sábado y el domingo, por lo que no me he recuperado de la semana anterior. Y, claro, los esfuerzos se acumulan, y estoy aquí hoy martes como si fuese viernes de Pasión.

Son las cinco y diez de la tarde y me he parado, porque tenía que hacerlo o reventaba. Pensaba descansar, no hacer nada durante un rato, pero mis dedos revolotean inquietos por el teclado del ordenador y me recuerdan que hace un siglo o dos que no posteo en el blog. Así pues, he abierto el Word y empiezo a escribiros, o hablaros que tanto da, como siempre, como si os tuviera delante, con el corazón.

¡Hop!, entro en el reproductor del iTunes y coloco una lista automática de canciones. Suena una melodía conocida de Gabinete Caligari. Con su voz personal, Jaime Urrutia va entonando las estrofas de “Cuatro Rosas” junto a mi oído. La letra es triste y huele a alcohol y a despedida, pero suena extrañamente cálida y próxima:

“Hay cuatro rosas en tu honor
dentro del vaso que te doy.
Dos son por gemir,
dos por sonreir.

Hay cuatro rosas para ti,
toma mi vaso y bébeme.
Las cuatro rosas que te doy
son de color
de tu ropa interior
y huelen a rosas como tú.

Hay cuatro rosas en tu honor
y en la botella cuatro más.
Bebe, mi amor,
ésta es tu flor.

Toma mis cuatro rosas,
bebe mis cuatro rosas.
Yo ví las otras cosas
que te dí …”

No es la canción más hermosa del mundo, pero ha bastado para balsamizar mi alma. No sé qué teclas habrá pulsado en mi interior, pero … o sí. Sí que las sé, las conozco. Cómo no voy a darme cuenta de cuando un impulso me recuerda los tiempos en que todo se solucionaba con una botella de Four Roses. La fuerza artificial que me proporcionaba la “poción mágica” bastaba para poner un parche a los problemas de hoy y hacerme caer un escalón más en la desesperanza del mañana.

Y sonrío. Con tristeza, pero sonrío al recordar . Pero esta tarde lo que me vale es la mera presencia de la melodía, la letra evocadora, el momento de descanso en la vorágine del trabajo. He tenido suficiente con eso para hacer acopio de reservas y poder seguir esforzándome, aunque sea “amarrado al duro banco de una galera turquesca …”

Y soy consciente de golpe de que lo que me interesa es terminar mis tareas lo mejor que sepa y lo antes que pueda, porque de esa forma tendré tiempo libre. Y es teniendo tiempo cuando uno comprende lo que decía Otis Redding en su “Sentado en el muelle de la Bahía”:

“Sittin’ in the morning sun,// Sentado al sol de la mañana,
I’ll be sitting in the evening calm,// Estaré sentado en la calma de la tarde,
Watchin’ the ships roll in,// observando entrar los barcos,
then I’ll wathch’em roll away again.// Luego los observaré salir otra vez.

Yeah, I’m sittin’ on the dock of the bay,// Sí, estoy sentado en el muelle de la bahía,
watchin’ the tide roll away.// Observando rodar la marea.
Ooh, just sittin’ on the dock of the bay// Oh, solo sentado en el muelle de la bahía,
Wastin’ time”. // Gastando (o perdiendo) tiempo.

Y ahora el amargo gusto del Four Roses se ha transformado en el suave aroma de nuestro Absolut, y mi piel empieza a paladear el aroma salado y perfumado del Sunset.

Y mis labios, provistos de un nuevo sabor, definitivamente más dulce y no amargo como hace algunos instantes, ya pueden volver a dar besos.

¿Queréis uno, dreamers? ;-DDDD


P.D.: Ahora suena “Zamba de mi esperanza” de los Chalchaleros. Dice así:

“Zamba, a ti te canto,
porque tu canto derrama amor.
Caricia de tu pañuelo
que va envolviendo mi corazón …”

Hay que ver lo que cambia el ánimo y las canciones en menos de media hora, compañeros. Besazos, pues.





 
Las jacarandas de color violeta
Las exuberantes jacarandas de mi Alameda han florecido ya. Sus vistosas inflorescencias de color violeta iluminan el boulevard y le prestan exóticas pinceladas entre el verde tono de los demás árboles. Y bajo ellas y sus alegres sinfonías lumínicas paseo yo three-times-a-day en dirección a San Antón con mi amo-perro, mis obsesiones, mis flaquezas y mis miserias.

Cuatro veces al día hago el camino en dirección opuesta, hacia la hermosa y redonda Plaza de España, en este caso encaminándome o volviendo del trabajo. La ruta es agradable, arbolada y rectilínea. Me gusta hacerla andando y disfrutándola. Mis pies y mi mente la conocen bien.

Hoy al llegar, en vez de rodear la plaza, que es lo que hago habitualmente para coger bien los semáforos, me he decidido a cruzarla cortándola en recto. En esta plaza he jugado a menudo durante mi infancia, mientras la exploraba palmo a palmo, concienzudamente, como sólo un niño sabe hacerlo.

Ha sido un error imperdonable. Su círculo exterior es, evidentemente, el mismo que yo conocí y caminé a golpe de pies pequeños. Su tamaño subjetivo ha cambiado: ahora resulta mucho más chica de lo que mi imaginación la recordaba. Lógico todo hasta aquí. Pero poco queda de su cuidado recinto interior, exceptuados sus centenarios árboles.

Me ha dejado la moral por los suelos contemplar la desaparición de sus antiguos bancos, la triste agonía de sus setos descuidados, el paulatino desnivel y degradación de su suelo de tierra, la ausencia de agua en las antiguas fuentes en las que yo bebía tras mis acalorados juegos, la aparición profusa de graffitis y desconchados sin cuento ni civismo en los arcos bajo los que nos robábamos besos …

Dejando atrás ese reducto en el que antaño dejé sangre de mis rodillas en mis caídas infantiles y borbotones de energía de mi despertar de juventud, opté por desviarme por unas calles paralelas a las que me conducen de forma directa a mi oficina, saliéndome por unos pocos metros de la “carrera de paseo oficial” y adentrándome un poquito en el casco antiguo de mi ciudad.

He caminado por la anciana plazoleta por la que corría, zascandileaba y jugaba al fútbol con mis amigos colegiales. Mantiene su recogido encanto, en la frontera de un mundo anterior con la civilización actual. Ahora no se puede correr por ella, pero la han llenado con unos cuantos bares y restaurantes, que con sus terracitas exteriores la dotan de un ambiente agradable y lánguido, apropiado para sentarse y ver transcurrir la prisa de los demás, parapetado tras un martini con almendras.

En esta recoleta placita confluye la vetusta callejuela en la que yo nací … antes de ayer, naturalmente ;-))). Me he asomado a ella y después, con la timidez de quien pisa suelo sagrado, la he ido atravesando mirándola a través de los ojos del chaval que fui. Nunca debí hacerlo, forasteros.

Era una calle pequeña, de apenas doscientos metros de largo. Bloques de un máximo de tres alturas generosas más terraza. Casas vecinales en las que todos hacíamos la vida de cara al exterior. Balcones desde los que las madres, siempre las madres, llamaban a sus hijos (a nosotros) con voz musical. Los hijos (nuevamente nosotros) hacíamos lo que nos daba la real gana: “ya voyyyy, mamá …”, mientras seguíamos nuestra alegre vida en la calle.

Todos los bajos ocupados: almacenes (transportes, licores, textiles, …), tiendas (alimentación, zapatería, mercería, droguería …), talleres de diversos oficios (soldadores, talabarteros, carpinteros, envasadora de gaseosas, peluquería, …), profusión de actividades, movimientos y chismorreo. Vida, pues, en movimiento palpitante.

Hoy sólo existía el silencio. Una cuarta parte de los edificios estaban convertidos en solares. Mi casa natal es un almacén cerrado al público de un comercio que da a otra calle paralela. Se nota el desplazamiento de la población a la zona nueva de la ciudad. Los bajos, cerrados. Escasa actividad. Yo era el único viandante a las 8:40 de esta mañana. Ningún balcón abierto. Ninguna madre en posesión de la palabra. Ningún hijo “haciendo” la calle ni yendo al colegio. Un restaurante y una entrada a un nuevo y moderno edificio de aparcamientos. Eso era todo. Eso era … nada.

Confieso que he acelerado el paso y, tomando la calle que la corta en perpendicular en un extremo, he vuelto a la tranquilidad de mi ruta oficial en unos pocos metros. Mi pasado ha sido piadosamente enterrado tras unas pocas lágrimas interiores (de las que no salen a la luz) y algunos juros en arameo acerca de lo que cambian la vida y nuestras costumbres.

Y he huido a la carrera, obligándome a realizar con falsa concentración mi liturgia diaria (comprar la prensa, tomarme un café americano, saludar a los conocidos con los que me cruzo every day, … ) para mentirme convenciéndome de que no pasaba nada, que lo visto era una ilusión óptica, un sueño no vivido, una nube que borró la luz del sol real por escasos momentos.

Pero yo sé con exactitud, mirando desde el fondo de mi alma, que un trozo de mi vida me fue revelado esta mañana, exhibido sin ocultación alguna. También he tomado conciencia de que eso no es malo, … ni bueno. Sólo es la constatación de que el tiempo transcurre y nosotros también.

Y que la brisa que hoy me acaricia el rostro es la nieta de la que me hacía cosquillas cuando todavía la barba no adornaba mi cara, ni escribía en un blog, ni imaginaba que un día futuro os conocería a vosotros.

De hecho, en aquel tiempo, ni siquiera tenía ni puñetera idea de lo que era un blog, ni un Sunset, ni un ordenador, ni Internet. Snif.

¡Animalico!

Nostálgicos besos, dreamers.



 
Verde Esmeralda o Azul Turquesa
Este domingo bajé a caminar por la tarde temprano a la playa. Mi playa. Vuestra playa. Y mientras dirigía mis ojos verdes a la línea del horizonte sentía como éstos se achicaban marcando lo que ahora se denominan “líneas de expresión” y siempre se han llamado arrugas en la piel. Pero en fin, chicos, qué le vamos a hacer si ya ni Dios llama a las cosas por su verdadero nombre.

Divisaba el corte de color del mar. Hasta los ciento y pocos metros, de un color más verde, porque es donde hay poco fondo y praderas de algas ornan las cuatro rocas que existen. A partir de ahí, como con una frontera trazada a tiralíneas, a la africana, el agua aparecía de un azul brillante y luminoso, haciendo que mi mirada se ensimismase en su serena calma.

Y parecía que mis ojos quisiesen absorber ese azul intenso mudando el verde que atesoraban hasta ese momento. ¿Pero, y quién cojones puede escribir un “blues” como suelo teniendo los ojos de color Paul Newman, que lo único a lo que aspiran es a seducir con un aleteo visual en vez de provocar con cálidas palabras a la orilla de un blog?

Decidí devolver al mar lo que era suyo, y quedarme con lo propio, con sus imperfecciones y con su belleza, con su intensidad y con su desvarío, con su fuerza y su flaqueza … pero en paz, sin robar colores a nada ni a nadie. Así pues, giré la cabeza, silbé a mi perro y emprendí un tranquilo retorno a casa.

La tarde era muy agradable, en torno a los 25 grados. Yo iba en pantalones de deporte, torso al aire, sin calores ni agobios, tostándome. El suave sol me acariciaba la piel y la liviana brisa me daba la sensación de mover por mi cuerpo una camisa de satinada seda que yo no llevaba. La impresión era de solitaria libertad, de placidez extraña. Yo era mi propio tiempo y transcurría sin sentirme, sin ataduras de ningún tipo, cabalgando sobre mi propio destino que parecía no llegar nunca.

La sombra surgió de ninguna parte, tan repentina fue su aparición. “Please, do you speak english?, disparó la alemana de turno, acompañada de tres pequeños que la rodeaban dando saltitos por la arena. Me quedé con la boca abierta, con cara de tonto, mientras dudaba en contestarle el correcto “yes, but only a few words”, el incorrecto “ich nicht sprach deutsch” o el certero “váyase a tomar por culo, por favor, que me ha jodido la mística de la tarde”.

Sonreí por fin, opté por una respuesta cortés, “naturlich”, la indiqué la localización de la urbanización que buscaba, apuré unos “thanks, sir” apresurados … y me quedé compuesto, sin colores, sin libertad recién adquirida y perdida, sin camisa de seda y con la boca a punto para el exabrupto mental, mierda, coño, me cagüen … o similar.

Pensé que, en el fondo, eso era perder el tiempo. Que un instante pasado no se vuelve a repetir nunca. Que al menos había desenmohecido mis conocimientos de lengua extranjera. Que la alemana y sus enanos no tenían la culpa de nada …

Y que para que no se perdieran los agradables momentos que había pasado, a falta de fotos, no había mejor medio que colgarlos del blog con un post. Aunque sea cursi, corazones playeros.

Y es que mi plácido Sunset, también el vuestro, está en la playa. Mi playa. Vuestra playa. La playa de la alemana también ;-DDD

Feliz lunes, dreamers.


 
Uno es un mandao
Cumpliendo con sendas invitaciones de mis queridos Jartos y Pickles, entro en la rueda de la encuesta musical que rueda inter blogs los últimos días. Allá va, y que os lo paséis en grande rajando:

. Tamaño de archivos de música en el ordenata:
9.72 GB en la Oficina y 7.16 GB en Casa, intercambiables a menudo, claro.

. Último disco (o CD?) comprado:
3000 noches con Marga de Antonio Vega.

. Canción que escucho ahora mismo:
The whitch queen of New Orleans, de Red Bone.

. 5 canciones que escuches a menudo o que signifiquen mucho para tí o para tu vida:
De 5 nada, pongamos 10, y sin orden.
Also sprach Zarathustra, de Eumir Deodato.
Without you, de Nilsson.
Noches de blanco satén, de Moody Blues.
Il mio canto libero, de Lucio Battisti.
Le Métèque, de Georges Moustaki.
Los sonidos del silencio, de Simon and Garfunkel.
The year of the cat. de Al Stewart.
Sitting on the dock of the bay, de Otis Redding.
Hey, Jude, de los Beatles.
Suzanne, de Leonard Cohen-Neil Diamond.
... Y un montón enorme más.

. 5 víctimas para que sigan la rueda (si quieren):
Duda
Paloma
Desordenada
Lola
Agua de Brisa
Os pongo sin enlazar. Ya figuráis linkadas en el lateral de mi blog.

Y es que la música es la hostia, compañeros.
 
El Rey de Corazones
No todo va a ser recibir bofetones de parte de la vida y de los colegas que están a nuestro lado en uno u otro momento, compañeros. De vez en cuando, este tablero de ajedrez en el que apretamos los dientes todos los días se permite el lujazo de encumbrar algún peón en las altas torres de los mass media.

Lo hace de rondón, para que no se note mucho y no nos lo creamos demasiado. Sólo de ciento en viento, pero lo hace. Doy fe.

Ya que está de moda tener la boca más larga que un ferry de la P & O, y siguiendo las proclamas de mi bruja favorita, tengo que poner de manifiesto ante vosotros que una vez ocurrió. Hace un montón de años, el mítico Doc que os escribe y se lamenta en estas páginas fue un “héroe” y salió no sólo en los papeles, sino en la mismísima Televisión.

Corría el principio de la década de los 70. El mayo del 68 y sus secuelas ya empezaban a perderse entre las brumas del olvido, y Televisión Española (la mejor televisión de España) emitía todavía en un monocromático espectro y no estaba sujeta al juego de la competencia de otros canales privados.

Existía un programa de gran audiencia, que salía al aire los sábados por la tarde en prime time. Gozaba el mentado espectáculo de gran predicamento entre la población, entre otras cosas porque no había otro canal que enchufar en la caja tonta. Atendía al nombre de “Cesta y Puntos” y consistía en emparejar a diferentes Colegios de Enseñanza de nuestra geografía, sometiéndolos a diversas y difíciles preguntas y, asignándoles puntuaciones por sus aciertos, averiguar cuál de ellos “ganaba” el partido ante el delirio de sus seguidores (era en riguroso directo) y la frustración de los contrarios.

Seguía el enfrentamiento un remedo de las reglas de un match de baloncesto. Se dividía cada equipo en dos delanteros que intentaban acertar la pregunta de turno en primera instancia, dos defensas que lo ensayaban si fallaba la primera línea, y un solitario pívot que constituía el último reducto ante los fallos propios y un agresor en ciernes presto a rebotear las ignorancias del equipo contrario. No era una división muy exacta de los puestos actuales en el basket (base, escolta, alero, ala-pívot y pívot) pero en aquellos tiempos mandaba el fútbol y su lenguaje.

Si fallabas en tus respuestas, te pitaban personal, y tenías que contestar preguntas adicionales, penalizándose con puntos para el equipo contrario los posibles fallos. Los colegios se lo tomaban muy en serio y hacían prepararse a conciencia a los chavales que acudían a representarlos, para que quedase bien alto el pabellón del centro.

Como el programa era un buen escaparate, había overbooking de escuelas para participar, obligando a una tanda de selecciones previas que había que superar para entrar en el circuito oficial de 32 colegios que se jugaban el campeonato y los regalos consiguientes.

Yo cumplía y cumplo los años en el mes de Diciembre, lo que implicaba que era “el peque” de la clase, y eso te deja dos vías para mantener un status quo en tu grupo: o eres más listo que Dios, o te enrollas con los deportes, … o haces las dos cosas. Me dediqué, pues, a estudiar en condiciones para igualarme con gente mayor que yo, y a zurrarme en la cancha de balonmano para hacerme un hueco. Y tengo que reconocer que me fue bien.

Tanto que, cuando llegué a 5º de Bachiller y posteriormente a 6º (a continuación iban el COU y la Universidad), me enrolaron en el fastuoso Dream Team para ir a Televisión y “hacerlo bien” por supuesto. La imagen, la apariencia era ya (y creo que ahora también) fundamental para el marketing del Colegio.

El primer año que fuimos, conseguimos clasificarnos en la fase previa. Después ganamos el primer partido al campeón del año anterior por los pelos y con un gran trabajo de equipo. Vencimos con mucha comodidad en el segundo, y fuimos “pasados por la piedra” en el tercer partido. Como novato, formé parte del grupo de “reservas” que también tenía que superar una serie de pruebas “extras” (y las hicimos todas, chavales, un lujo: 6 de 6) y sustituir a los titulares que estuviesen cargados de personales. No estuvo nada mal, caímos en cuartos de final y quedamos como los ángeles.

Al curso siguiente, más de lo mismo, pero ya como titular, que uno había crecido y sabía un huevo de todas las materias habidas y por haber. Pasamos nuevamente la fase clasificatoria, y … a jugar en el Top 32 de España. Se me eligió como pívot por ser un tío “equilibrado, capaz de aguantar la presión en solitario, y con la suficiente sangre fría para decidir si ir o no a por rebotes del equipo contrario”, según decían mis informes psicotécnicos colegiales ;-DDD. No, si ya entonces había psicólogos que se equivocaban a mantas, joder. O leían el futuro en los posos del café. Y me dejaron a mí, solito, en la tercera línea de nuestra banda de juego.

Y entonces sucedió … la catástrofe. Creo que este país era bastante machista por aquellos tiempos, y que probablemente lo siga siendo ahora en mayor medida de lo que nos gustaría. Nos tocó enfrentarnos en primera ronda con otro colegio … también de Cartagena … y “de chicas”, mecagüen. Mierda, si nosotros salíamos con las chavalas de ese cole que estaba a menos de trescientos metros del nuestro. Cómo podía ser … tanta mala suerte. Os recuerdo que “in illo tempore” no había centros mixtos todavía ;-))).

Porque, en el fondo del pozo de ese machismo, lo que latía era un tremendo miedo a ser inferior a las tías, porque no se nos educaba para eso, claro. Sería un demérito espantoso caer con estrépito ante las nenas. Nos tirarían al mar, seguro. Seríamos la comidilla de la ciudad. Nadie nos volvería a mirar a la cara. Joder, ¡qué papelón nos esperaba! Imaginaos lo que llegamos a pasar hasta que llegamos a la semana anterior a Navidad, en la que se celebraba “el torneo”.

A esas alturas, yo era ya un veterano que llevaba 5 “muescas” en las cachas de mi revólver, que provenían de otras tantas idas y venidas a Madrid y a Prado del Rey para pelear a cara de perro con otros jovenzuelos como my self. Partimos, pues, un viernes para alojarnos en el Hostal de siempre antes de los partidos. Omitiré su nombre, aunque es muy-muy céntrico, pero es que TVE no se estiraba demasiado en gastos con los muchachos colegiales.

Sábado, día de partido, con aficiones compuestas de personas que se conocían de toda la vida porque venían de una mediana ciudad de provincias y que, a pesar de ese contacto o quizás precisamente por ello, se miraban ahora en silencio y a distancia: tú “eres” de Maristas, yo “soy” de San Miguel. Casi ná. Ni familia, ni amigos, ni narices: blanco o negro.

Y comenzó el juego. Todo muy igualado, con alternativas muy ligeras en el marcador. Los chicos y las chicas habíamos estudiado, y los marcadores eran altos. Y llegó la penúltima pregunta de la primera parte para las nenas. Una pregunta de Religión, cagüentó, se la saben fijo las monjas estas. Y de repente el ominoso silencio, van cayendo las líneas y … no puede ser que no se sepan la orden monástica que fundó San Bruno, joé. A estas, a la vuelta, las capa la monja de turno, … si puede.

Y el que suscribe, con voz seráfica, pero puñeteramente clara … y sonriendo dice un “Cartujos” que hace levantarse de golpe al personal en el macroestudio. Chillido histérico general, los pelos como escarpias, y nos ponemos ligeramente por delante, que un rebote son 0 points para ellas y 5 pa nosotros, más el daño sicológico, el factor cancha y la madre que nos parió. Se me fueron todos los nervios de golpe. Os lo juro, corazones.

Prosiguió la segunda parte, y en la cuarta pregunta volvió a ocurrir. Lo anticipé en el ambiente. Pregunta de Ciencias Naturales … y no se la sabían: era bastante jodidilla. Y tenían un problema: yo sí conocía la respuesta, me acordaba hasta del dibujo del libro y … y se me notaba en la cara. Sí, ese tipo de hojas y en esa disposición se denomina … “Opuestas Decusadas”. Es increíble la serenidad que se puede llegar a tener en determinadas circunstancias.

Y se me encendieron todos los colores del Universo, todas las bombillas de Navidad y todo el orgullo que los demás sentían de conocerme y decirse “colegas” míos en aquel momento de maravillosa gloria. Después, llegarían los abrazos, los parabienes oficiales, los “ya sabíamos que ganaríais”, las declaraciones de caballerosa bonhomía hacia el vencido. Juás, juás …

Nos fue de poco, compañeros. Pasamos de apestados a perfumados en pocos instantes. Y a mí me sacaron en hombros, como a los toreros del siglo pasado. Y durante tres meses lideré la clasificación de jodidos pívots con un par de espléndidos rebotes. Y hasta seguí ligando con las niñas de ese bendito colegio “vencido”, que ya me conocía todo Dios en la zona.

Y el santo varón que tenía por padre me hizo, artesanalmente, la emotiva foto que os incluyo en este post, en blanco y negro, hecha desde la mesa del antiguo comedor de mi casa familiar a la puta Tele en blanco y negro que disfrutábamos en aquel entonces.

No existían, vídeos, ni deuvedés, ni pantallas de plasma ni hostias. Sólo un padre con paciencia y humanidad, tremendamente orgulloso de la jeta de su hijo que parecía saludarlo sonriente, esta vez sin barba, claro, desde la mehó televisión d’Ehhhpaña.

Y yo, el Doc, ese día … ese día era el Rey de Corazones. Snif.

¿Sabéis?




 
El sentido de la vida
Olvidad ahora los terroríficos lunes. Dejad tranquilos los generosos y deseados viernes. Este martes trabajé como hacía tiempo que no recordaba haberlo hecho, y cuando terminó el día no podía ni con las botas. Arrastraba los pies como un zombie al volver a casa, tenía los ojos fijos en la media distancia y, probablemente, dejé de saludar a más de un conocido en el kilómetro y cuarto que separa mi despacho de mi hogar.

Como tantas otras veces, física y mentalmente cansado, entré en casa. Me puse cómodo, dí besos a los míos (me gusta besar al personal ;-DDD), audité las tareas colegiales de mi enano, serví una ronda de Coca-Cola familiar … y me senté en el sofá: mi reloj marcaba poco más de las nueve y media de la noche.

Poco a poco fui tomando conciencia de que me había quedado en blanco, parado. Tenía la sensación de contemplarme a mí mismo desde fuera de mi cuerpo. Sólo pensaba, manaba, fluía, como me sucede últimamente de forma recurrente. Mi mente se preguntaba el “por qué” de mi ocupación, de mi trabajo, de mi desgaste. Y lo más importante: indagaba el “para qué” de ese esfuerzo.

Se me agolparon ante mi vista las mil y una explicaciones plausibles a esta cuestión. Trabajo “para” tener una casa en la ciudad y otra en la playa, para poseer un coche (que odio, pero esa es otra historia), para poder comer-vestir-mantenerme, para dar una educación a mis enanos, para tener televisión-internet-teléfono, para hacer algún que otro viaje, para …

… Para, quizás, desempeñar algún determinado papel en este rompecabezas cósmico.

Y todo esto era cierto, pero pagaba un fuerte tributo traducible en tensión, en preocupaciones … y en tiempo. De repente me fijé en que me había quedado sin tiempo para mí, y eso me dolía. Era consciente de que había perdido el control de “ese” precioso tiempo. Y sin disponer de él nada podía hacerse, salvo continuar la marcha diaria por un camino que no parecía llevar a ninguna parte, excepto a un bucle infinitamente repetido: como un autómata.

Sentí de golpe la premonición de que uno no es realmente el dueño absoluto de su vida, sino simplemente uno de los factores que toman parte en ella. Y que sería importante poder decidir e intervenir lo más que podamos en ese juego, porque si no correríamos el riesgo de perder el sentido y la perspectiva de la misma, acabando por vivir la vida que definen otros en vez de la que estuviera en armonía con nuestros pensamientos.

Y un ramalazo de moderado inconformismo se fue instalando en mi mente. No era un rotundo grito de juventud que quiere romper esquemas y arrasarlo todo, sino un profundo convencimiento que me indicaba que debo seguir cambiando, que no debo conformarme con mi vida actual, … que tengo que ser capaz de vivir para así seguir viviendo.

Estoy bastante confuso. El latigazo mental recibido ha sido para mí como un velo que se descorriese infinitesimalmente dejándome entrever que hay muchas cosas por hacer, que es cuestión de ordenar los pensamientos propios y empezar a tomar decisiones de cambio, decisiones de futuro, decisiones de vida.

Y noto que casi rozo con la punta de mis dedos esas ideas acerca de lo que quiero ser, pero que se me escapan continuamente, que se me escurren como la arena dorada de mi querida playa. No tengo clavos a mano para sujetarlas en mi check-list ni en mi agenda electrónica, así que las dejo dar vueltas a mi alrededor en espera de momentos de inspiración que me permitan incorporarlas a mi experiencia y ponerlas en práctica sin dilación.

Podría rotular lapidariamente que esta es la “eterna historia del desamor y la desesperanza” con uno mismo, en la que tratamos de echar la culpa de lo que nos malsucede a los demás, mientras que nosotros, los siempre inmaculados “nosotros”, escurrimos el bulto con brillantez de prestidigitador.

Pero no es así. En mi caso es una fase más de la asunción por mi parte de mi tamaño y mi importancia dentro del universo, así como un intento de salir con bien de este complejo juego de la vida, aunque sea a base de tirar de momentos de estática lucidez y de ganas de generar futuro.

Y es que ayer, entre la boria, vi surgir el “navío de la oscuridad” lanzándome andanadas de inmovilismo, cañonazos de complaciente conformidad, abordajes de negrura infinita y culebrinas de la nada más candente. Casi me desarbola toda la eslora de mi fragata vital, y hoy ando –es lo normal- fondeado, haciendo reparaciones.

Sé que no pudo acabar conmigo porque le dije a la cara que lucharé por darle un sentido a mi vida en vez de conformarme con el amargo remedo que él me propone. Y mi atrevimiento le desconcertó por unos instantes, justo los que yo necesité para ponerme al abrigo del puerto de la esperanza.

Intentaré por todos los medios que conozco aunar los restos de valor que pueda aparejar y aprender a ser más honesto conmigo mismo desde este momento, a ver si consigo transformar los caducos “pude ser” que pueblan mi pasado en decididos “seré” que den sentido a mi futuro. Creo, además, intuir que aquellos “pude ser” siguen esperando, ocultos en alguna recóndita ensenada.

En tanto en cuanto este bizarro intento tenga un relativo éxito podrá este Doc que conocéis seguir oyendo buena música en vuestra compañía … mientras el blues que hoy siente su alma resbala lentamente hasta desprenderse y hacerse jirones en la niebla del Sunset.

Y a nadie echaré la culpa de nada que me suceda. No hay culpables. Sólo hechos y sucesos. Y vida que acontece al ritmo que le marcan los vientos y las mareas. No ocurre nada, compañeros: soy definitivamente más sabio. Pasaré un par de momentos malos, oiré unas cuantas canciones tristes, mudaré el gesto … y os lo contaré todo con una sonrisa.

O eso espero. Estoy seguro: lo espero.



 
Con la música en mi corazón
Hubo una vez un tiempo en el que la música se almacenaba en arcanos círculos negros que bajo el esotérico nombre de vinilos, discos, singles o long plays ocultaban momentos felices de buenas vibraciones, tardes enteras de repetidas audiciones con los compañeros y caricias primeras compartidas en guateques, ocultos bajo la más ardiente oscuridad.

Y el que tenía pasta gansa para comprarse un tocadiscos y para su correspondiente alimento musical (o complacientes padres que se lo regalasen, que lo mismo daba) era objeto de adoración, imponía sus condiciones y se convertía a los ojos de sus desiguales en el perfecto Rey del Mambo. La pertenencia a la élite musical cotizaba al alza y los siervos comían/comíamos las migajas que sobraban de tan magra pitanza.

La tecnología evolucionó y, a mitad de la década de los setenta, entre el radio-cassette y las primeras emisoras de radio temático-musicales en FM-estéreo, se introdujo un punto de democracia en la faceta del uso y consumo de la música. Por esa puerta nos introdujimos más de uno y más de dos en el ambiente de las canciones, y aprendimos a vivir con ellas y a perfilar los momentos vividos en función de la música que sonase en aquellos instantes.

La SGAE no contaba con el predicamento que ostenta en estos momentos. De hecho, incluso su actual presidente producía obras con comercial pericia (Friede self, Get on your knees y otras exquisiteces con el grupo de Los Canarios, ¿verdad Teddy B.?) .

Con paciencia y dedicación podíamos piratear discos en los cassettes, manejando cables de conexión por un tubo, o dedicarnos a grabar directamente de la radio cualquier música que nos apeteciera … a condición de tener habilidad y reflejos para intuir cuando el disc-jockey cabrón de turno iba a interrumpir la canción con sus comentarios afortunados e impredecibles.

Reparar una cinta se constituía en todo un arte del bricolage quirúrgico, con cutter a modo de bisturí y papel-celo como instrumento de sutura y salvador de los sentimientos contenidos en una modesta-pero-muy-cara cinta de cassette.

De hecho, yo recuerdo haber tenido y conservar aún como reliquia viviente una pequeña colección de 120-130 cintas con los contenidos más variopintos y las calidades de sonido más diversas que imaginaros podáis. Realmente, no teníamos programas de retoque de audio … ni ordenadores para hacerlo, por supuesto. Así que sonaban … y punto.

Con el tiempo, y con algo más de pasta de por medio, he ido rehaciendo parte de esa discoteca “robada” a otros colegas complacientes y a las emisoras de radio a costa de echar horas por la madrugada, instantes en los que los locutores se mostraban más permisivos y menos cercenadores de canciones. Ahora la disfruto en formato CD Audio, o MP3 vía disco duro del ordenata.

Últimamente, he descubierto los placeres de la descarga musical a través de Internet y las tiendas de música en línea. Adoro iTunes, MSN Music, WebListen y otros proveedores que me permiten conseguir alimento musical a golpe de ratón, teclado, ADSL … y tarjeta VISA claro ;-DDD. Gracias a ellos puedo saciar mis caprichos con moderación y disfrutar como un enano en breves instantes de las canciones que me apetecen.

O sea, que a pesar de tener una oreja enfrente de la otra a la hora de interpretar música, tengo que manifestar públicamente que me gusta una burrada escucharla, que no sabría interpretar el transcurrir de mi vida sin citar unas cuantas canciones, y que en ellas hallo numerosas veces ánimos para seguir en esta pelea diaria, o refugio de agobios repentinos temporales, o cálidas manos que alejen de mí la tristeza que, periódica y recurrente, me sobrevuela con excesiva atención para mi gusto.

Y viene todo esto a cuento porque anoche, cuando entré a la habitación/búnker de mi hija para dejarle dos toneladas de ropa planchada sobre su cama me encontré con un par de aquellas cintas de cassette que citaba al principio. Debió cogerlas de su “escondite oficial” en la casa de la playa, y se las había traído a Cartagena. No es la primera vez que lo hace, y me parece bien: están para ser escuchadas y disfrutadas.

Una de ellas me llamó la atención por su mezcolanza de estilos y procedencias. Tenía todo tipo de canciones y estilos, todas ellas grabadas desde las emisoras de radio. Es una C-60 de la marca Seiko, y algunos temas están un poco cortados, según los caprichos del locutor que hubiese, pero se dejan oir. Os refiero su contenido:

“I’m a rocket man” de Elton John.
“Michelle” y “Long and winding road” de Beatles.
“Suzanne” de Neil Diamond.
“Eclipse” de Pink Floyd.
“Beyond the Reef” de Golden Hawaian.
“In the Summertime” de Mungo Jerry.
“Margherita” de Richard Cocciante.
“Los sonidos del silencio” y “Puente sobre aguas turbulentas” de Simon y Garfunkel.
“Theme from Shaft” de Isaac Hayes.
“Spanish Harlem” de Aretha Franklin.
“Samba pa tí” de Carlos Santana.
“Killing me softly with his song” de Roberta Flack.
“Light my fire” de The Doors.

No quiero entrar en la excelencia o no de las composiciones. Es un accidente del destino el hecho de que yo me haya encontrado esa cinta en estos momentos. Lo relevante del caso es que yo he disfrutado con esa música y que, una generación más tarde, alguien más se dispone a hacerlo.

Y ahí radica el poder evocador y vital de la música. Quizás es que consigue hacer parar la maquinaria brutal de la vida para dejar salir lo mejor de nosotros. ¿Quién no ha llorado, reído, amado, sufrido, brincado, … sentido al son de las cadencias de alguna canción? ¿Por qué recordamos con nitidez lo que estábamos haciendo, o con quién estábamos al escuchar un estribillo conocido? ¿De dónde la ansiedad por completar las palabras semi-olvidadas, que sabemos guardadas en el fondo de nuestra memoria, y que conforman la letra de una composición musical?

Es posible que nuestra vida se almacene en octavas en el macro-disco duro cósmico del universo, cuyas pulsaciones laten en el interior de todos nosotros, y que mientras suene esa música eterna nosotros sigamos siendo humanos y teniendo sentimientos. Y también puede que el tema de “Romeo and Juliet” de los Dire Strait que estoy escuchando en estos momentos me suministre la inspiración que vierto en estas líneas “at this time, anyway” ;-))).

Esta tarde, en el Sunset, prometo no cantar, que no lo sé hacer bien como la ocasión se lo merece. Pero no me pidáis que no escuche música mientras me chuto una Coca Cola y, plácidamente embelesado, os observo mientras el Sol cae por Poniente y nos tiñe de tonos rojizos los cuerpos y los recuerdos.

No podría dejar de hacerlo, dreamers. Feliz finde.



 
El agua y la vida
Me encanta el agua, lo tengo que reconocer. Soy mediterráneo y adoro nadar. No lo puedo evitar: es ver un charco de agua y meterme dentro, surcarlo de una punta a la otra, “hacerme” unos largos, disfrutarlo en firme deslizándome como un pez.

Lo llevo haciendo desde pequeño. Desde que tengo uso de razón me recuerdo a remojo como un pajel, moviéndome y desplazándome por el agua, jugando con ella, entrando y saliendo como si fuera mi segunda casa, y quizás lo sea.

Cuando yo era un niño no se estilaban aún los cursos de natación. Más bien te “echaban” al agua para que te buscaras la vida y conseguían que te enamoraras de ella … o que la odiaras de por vida. En mi caso, desde luego fue un amor a primera vista o a primer contacto. No me molestaron demasiado los primeros buches de líquido, ni las vacilaciones iniciales de si me hundo o floto.

Me resultó fácil completar los dos o tres primeros largos de piscina (75 a 100 metros, según clase). Ahí me estanqué durante un tiempo mientras crecía y me hacía más fuerte al inicio de la adolescencia. Y entonces, un día, lo hice.

Mi padre, charlando con unos amigos, apareció por la piscina donde yo me refrescaba tras los interminables partidos de basket o de lo que fuera con los colegas. Yo estaba terminando mi tercera piscina de rigor y me dí cuenta de su presencia. Quise gallear y comencé la cuarta travesía, y la terminé. Y la quinta, y la sexta, y la séptima, …

En el fondo de mi cabeza, yo me daba cuenta de que papá ya no hablaba. Sólo fumaba y me miraba con atención. Y yo seguía, con los músculos un tanto doloridos y la respiración embravecida, pero seguía. Con la mirada fija en las paredes de la piscina, atento a los virajes para no descentrarme, sintiéndome empujado por alientos ajenos, encadenaba vuelta tras vuelta: … dieciocho, diecinueve y veinte … joder.

Y al salir, con mis piernas de doce años casi temblando, un par de manos me echaron encima mi toalla y me dieron un abrazo orgulloso, recio y sin palabras. En aquel momento pensé que bien podía haberme dicho: “bien, hijo, muy bien”. Después me apercibí que él me miraba de un modo raro, tenía un nudo en la garganta, los ojos húmedos y orgullosos y que era incapaz de articular palabra alguna. Mientras me abrazaba os juro que me sentí en el Olimpo, amigos.

Después entrené, cogí estilo, hice kilómetros, hasta competí un poco. No pasé de ser un nadador “del montón”, pero eso era lo de menos. Todas son fases por las que pasamos en esta vida, simplemente. En un momento, llenan tu tiempo con suma trascendencia, y en otro se quedan como actividades secundarias, menos importantes.

Con el tiempo mi padre ya no está para darme la toalla y un abrazo, pero eso no quita para que siga nadando un poco más cada año, jugando a que el mar es mi amigo y yo vivo hendiendo sus olas con suavidad, mientras me tomo un dry martini mental displicente y los magres y las lubinas me guiñan un ojo pícaro cuando colean para esperarme tras los montes de algas.

Y así, en cada baño, al darme el primer capuzón sigo un ritual invariable. Tomo aire, un par de bocanadas tranquilas y amplias, y empiezo a nadar a crawl lentamente, sin alborotar el agua, contando las precisas brazadas. Una, dos, tres, … Cuando llegas a treinta aproximadamente, ya estás sin aire, y ahí justamente comienza mi reto: sigo nadando, sin pensar, con el piloto automático puesto y la mente en blanco, dejando desfilar los pensamientos mientras el fondo marino pasa bajo mi quilla.

Se llega a aguantar hasta las 60-70 brazadas, cuando ya, rendido el cuerpo, emerges como un remedo de delfín (o de ballena, según lleves el día), resoplando y absorbiendo el aire a puñados, y con el puño en alto le dices al cielo: “Lo hice otra vez, ¿ves, papá? Lo hice”.

Después, relajadamente te vuelves a la orilla nadando a braza, recuperando la respiración perdida, al tiempo que las olas te cuelgan bufandas de ganchillo en la espalda y el mundo gira como siempre lo hizo sin importarle un rábano las chorradas que pasan por la cabeza de un simple mortal, aunque sea un blogger loco que le habla al cielo y a la luna si se le tercia.

Y como nadie me dice “pirado”, ni me ingresan en el Psiquiátrico por ello, pues lo sigo haciendo año tras año … y hoy os lo cuento a vosotros con la ayuda de un par de Absolut estimulantes en el remanso del Sunset.

Para que lo sepáis, dreamers ;-).

Húmedos besos y abrazos de espuma marina, que ya vamos para el verano, bloggers.






 
Reflections of my life
Poco ha cambiado mi espíritu desde que ayer os dejé con un par de fotos mías de juventud y la presencia de “una cierta congoja” planeando sobre mí. Poco, exceptuado el montón de trabajo que llevo sacado hoy y los comentarios amables que he recibido de vosotros. Gracias por todo.

Pues cualquiera diría que tenemos ya “edad de merecer” y de ponernos a rellenar nuestras biografías, cuando desde mi punto de vista lo tenemos todo o casi todo por hacer. Sin embargo, creo que es algo normal el echar una mirada hacia atrás de vez en cuando para, viéndonos con un muro de años transcurridos de por medio, calibrar nuestra evolución y preguntarnos sobre cómo hemos vivido hasta ahora y cómo esperamos vivir en el futuro.

Inevitablemente, podemos caer en la tentación de pedirnos explicaciones de nuestra conducta, flagelándonos y cayendo en la desesperación, o también podemos refugiarnos en la visión probablemente idealizada que tenemos de nuestro pasado, negándonos a crecer como hacía Peter Pan. Quizás olvidamos que cada punto de paso de nuestra vida deja tras de sí un reguero de tiempo transcurrido, que habremos llenado con hechos buenos y malos, con palabras, con gestos, con sentimientos … y que no se hace vida sino viviendo, aunque sea de una manera más o menos acertada.

Así pues, yo me senté ayer a la vera del camino y me dediqué a contemplarme en mi juventud desde mi “inmadura madurez” actual. Y caí en la cuenta que tenía entre 19 y 20 años cuando mi imagen quedó atrapada en aquellas fotografías. Sopesé también que nací el 11 de Diciembre de 1955. Buena cosecha la de aquel año, a fe mía ;-)))

No es necesario que toméis la calculadora. Doc tiene actualmente 49 años (cuatro-nueve) y la razón le dice que debe comportarse como un patriarca, saber todo lo que hay que saber en este mundo, trabajar como un auténtico cabrón y dedicarse a la vida contemplativa y monacal. Nada de perder el tiempo en otros menesteres más mundanos e improductivos.

Pero el corazón, porque Doc aún lo tiene, le dice que la sangre le corre fuertemente por sus venas, que siente vértigo ante muchas situaciones de la vida, que ama y se cabrea todos los días, que el único convento que está dispuesto a pisar es el de su compañero de Blog Fray Barriga, que piensa que su vida está totalmente incompleta, … y que no sabe absolutamente nada de lo que debería saber de este mundo loco que le tocó vivir. Lo de trabajar como un cabrón lo da por supuesto en el trato, y no se queja excesivamente de ello.

Piensa Doc, porque también piensa casi todos los días, que no está dispuesto a dejar de darse un garbeo por la playa, por el Sunset y por el blog, aunque no sean actividades directamente productivas ni apropiadas para su honorable condición. Anexa su repulsa y algunas ideas acerca de por donde pueden meterse la honorabilidad quienes así opinen.

Añade que intentará seguir jugándose partidillos de basket y de tenis mientras las rodillas le aguanten y su corazón lo disfrute, aunque cada día prodigue menos su sky-hook y su muñeca sea menos de seda y más de poliéster. Que os quiere un montón y os desea un feliz finde, o week-end o como carajo se diga.

Os comunica Doc que tiene dos hijos (chica-chico) preciosos, que van a cumplir 22 y 14 añitos respectivamente el próximo Lunes 9 de Mayo ambos dos. Sí, nacieron el mismo día. No, no lo calculamos con calculadora, cartabón , escuadra ni mirando para la Meca. Como que estábamos pensando precisamente en fechas en aquellos momentos. No te jode. Cagüen …

Manifiesta Doc que no le da la gana de informaros de la fecha de nacimiento de su chica, por cuestiones de protocolo y por si le ponen un ojo morado esta noche ;-)))

Hoy también quiero hacer recuerdo de una canción, desconocida para todos pero no para mí. Estoy escuchando “Reflections of my life” de Marmalade, muy apropiada para lo expuesto en este post.

Y os paso un último par de fotos personales. La de blanco y negro es en Valencia, hace 29 años. La de color es en Cartagena, hace un par de meses. En la antigua se aprecia un bonito jersey deportivo de Ohio University de color azul marino. En la actual, lo cambié por uno de Adidas de color verde. Mi cuerpo se sintió cómodo con ambos. El Adidas existe, obviamente, todavía. El Ohio (un mes sin fumar para comprármelo) ha sido reciclado en trapo para la limpieza, y también existe.

Barra libre en el Sunset para todos, corazones. Mi alma está vacía de información. Ahora me caben toneladas de besos y sentimientos, … y algún Absolut para ir tirando.





 
Sentado a la vera del camino
Aún suenan en mis oídos retazos del “Pongamos que hablo de Madrid”, escuchado con fijeza tras mi atenta lectura del post de Wolffo. No es exactamente que traiga a mi memoria recuerdos del magnífico Madrid de la “Movida” de los 80, que los trae, sino que también despierta en mí evocaciones de hace unos cuantos años, de mi temporada de estudiante, de mi forma de entender la vida en aquel pasado tan deliciosamente guardado en la penumbra de mi buhardilla vital.

Y es que ha llovido un poco desde entonces: “cienes y cienes” de veces, para ser exactos. Han surgido nuevas vidas y otras han desaparecido de mi vista. Han ocurrido tantas cosas que me duele el cuerpo sólo de pensar en recordarlas. Amores, desamores, trabajo, hijos, golpes, caricias, muertes, amigos, desencuentros, viajes, problemas, fiestas, … sensaciones y hechos que han ido forjando mi alma a golpes de sucesos.

No quiero vivir de lo ya vivido, pero tampoco despreciarlo como si nunca hubiera acontecido. Es más, me recuesto sobre el sofá y lánguidamente me veo desde la distancia, me recreo con la ternura de ser padre de quién fui, sin resquemores, sin reproches, agradeciéndome el camino hecho hasta llegar a mi actual realidad: “muchacho, te agradezco que hayas sobrevivido hasta dejarme ser quien soy ahora; trabajo cumplido”.

Y reconozco que a ratos me puede la nostalgia de ver al chaval que me observa desde las antiguas fotos, con una cara franca y limpia, sin “maquillar” aún por el transcurso de la vida, con emociones primarias todavía y con tantas rutas por descubrir. Y allí estoy yo, con la mirada cargada de ilusiones y un poco de chulería en el gesto, pensando sólo en lo que va a pasar hoy o, como mucho, mañana. Lejos de mi mente el hacer planes a largo plazo o el plantearme responsabilidades futuras. Y no obstante, me quiero.

Ahora, me contemplo con perspectiva. Ya sé de donde vienen muchas situaciones, o muchos acontecimientos que después sucedieron: tuvieron origen en cómo era yo y en lo que en aquellos tiempos hacía. Vale. Me conformo. Lo asumo. Es el juego de la vida, y así ha sido desde siempre.

En la juke-box de mi cabeza han cambiado de canción y ya no oigo la de Sabina, sino “Sentado a la vera del camino”, y de esa manera me encuentro yo en estos momentos: “A la vera estoy sentado de un camino que no tiene fin … Yo quiero olvidar, pero insisto … Preciso saber que yo existo … yo existo … yo existo …” .

Y sigue la rueda de la vida dando vueltas, como también lo hacía el vinilo donde escuché el tema anterior, en portugués-brasileño, hace bastantes años … mientras me amarraba a uno de mis primeros “loves” con la desesperación y la contundencia que sólo dan la primera juventud y/o las situaciones extraordinarias. Y nuestros dulces besos lavaban nuestras almas jóvenes, mientras mi corazón buscaba petróleo en sus ojos suaves.


Tengo 19 años, y trabajo duro para tener un futuro. ¿Lo conseguiré, corazones?

“… Mi mirada vaga en la distancia de un camino triste donde la tristeza y la nostalgia de tu amor aún existe…”

Tan triste como cierta congoja que me atenaza ahora y que me acompañará por un tiempo. Y no pienso desterrarla, porque emana de mí y debo hacerla trabajar a mi favor.

Intentaré terminar mañana este post, compañeros.

Me tomo un chupito de Absolut en nuestro Sunset mientras me miro en un espejo prestado y me sonrío mientras me caen dos perlas líquidas por la cara.

Hoy mis besos para vosostros son salados y nostálgicos, bloggers. ¿Por qué será?