El ¿perro? que está triste y azul
Hace unos años lo dije con voz fuerte y rotunda: no quiero ningún perro en casa. Y efectivamente, con un par, ha pasado el tiempo y no tengo ningún bicho de esa calaña en mi house. Hasta ahí podíamos llegar. ¿Acaso no soy yo un tío de palabra?
Claro que sí. Después de trabajar todo el puto día como un cabrón, voy a llegar al hogar para tener un animal baboso que me ensuciará los pantalones, que me podrá histérico con sus ladridos, que me obligará a perder mi precioso tiempo de descanso paseándolo por Hill Street, que tendré que alimentar a mi costa como a un pobre vergonzante y de cuyos cuidados médicos y esquizofrenias varias seré un neto sufridor. ¡Ja! ¡Y un huevo!
Yo no soy de esos tipos que cambian de idea así como así, demostrando debilidad y cobardía. Por el contrario, mantengo mi lucidez de raciocinio contra viento y marea. Tengo toda la razón, y basta de discutir chorradas.

Ello/él es un pequeño bólido de color negro azabache (o zaíno, como los toros), peludo y suave, y no se llama Platero, que es un nombre poco internacional. Realmente es un mega-ser humanoide de no sé qué planeta, aunque ello/él se considera humano a todos los efectos dentro de la delicada geo-política doméstica. No estoy seguro de su adscripción política ni de si ha votado o no en el último referéndum.
Tiene sus trabajos y los desempeña a la perfección. Faltaría más: es un profesional desde las orejas/alerones hasta la cola/timón. Nada sucede en la casa que ello/él no controle. Tiene un cronómetro Rolex y una agenda electrónica con los cuales gestiona los quehaceres, entradas y salidas del resto del personal.
Ha determinado que, siguiendo sus prudentes consejos, le prepare la comida todos los días, porque sabe que con ese modesto rol manual descargaré las tensiones matutinas de mi aberrante trabajo. Insiste (siempre por mi bien) en sacarme a pasear al menos tres veces al día, ya que de todos es bien sabido que un moderado ejercicio físico procura bienestar anímico, a la par que incrementa mi concentración y eficacia posteriores.
Ello/él cree que nadie conoce su secreto. Yo lo descubrí accidentalmente el viernes pasado, cuando llegué (as always) hecho un guiñapo desde el despacho. Por unos instantes, y pensando (sí, he escrito pensando) que nadie le observaba, bajó la guardia y se acercó hasta el sofá salonero en el que yo me había lanzado y en el que mi espíritu se estaba haciendo unos largos a crawl.
Tío, me tele-transmitió, acaríciame, pásame la mano por el lomo, suave, lentamente. Siente como mi fluido magnético sube por tus músculos. Relájate y piensa que el mundo está muy bien y que la vida es un colega que juega en tu mismo equipo. No controles, que ya me ocupo yo de todo. Vive, que todo lo que ocurre es fascinante. A ver, sé bueno. A la de tres: uno, dos…
… Y dos y medio, carajo, stop. De golpe me di cuenta que el cabrón de ello/él (siempre me resistiré a llamarlo perro), aparte de telépata, cosa que ya intuía, también tenía poderes mesmerizantes (hey, gata, hey).
Y lo más jodido del asunto, es que la película me gustó. No dije nada, ni siquiera mudé el gesto. El (definitivamente, él) me comprendió, sabía que yo sabía. ¿Creéis acaso que intentó disimular? Qué va. Simplemente, me miró. Y qué mirada. Su mirada de sabiduría era tan antigua como el Universo. Después, sugirió que le dejase unas gotas de mi próximo cubata (por aquello de la complicidad, ¿comprendes?), me guiñó (os lo juro) un ojo, se dio la vuelta y se quedó hecho un ovillo a mis pies.
Claro que sí. Después de trabajar todo el puto día como un cabrón, voy a llegar al hogar para tener un animal baboso que me ensuciará los pantalones, que me podrá histérico con sus ladridos, que me obligará a perder mi precioso tiempo de descanso paseándolo por Hill Street, que tendré que alimentar a mi costa como a un pobre vergonzante y de cuyos cuidados médicos y esquizofrenias varias seré un neto sufridor. ¡Ja! ¡Y un huevo!
Yo no soy de esos tipos que cambian de idea así como así, demostrando debilidad y cobardía. Por el contrario, mantengo mi lucidez de raciocinio contra viento y marea. Tengo toda la razón, y basta de discutir chorradas.

Ello/él es un pequeño bólido de color negro azabache (o zaíno, como los toros), peludo y suave, y no se llama Platero, que es un nombre poco internacional. Realmente es un mega-ser humanoide de no sé qué planeta, aunque ello/él se considera humano a todos los efectos dentro de la delicada geo-política doméstica. No estoy seguro de su adscripción política ni de si ha votado o no en el último referéndum.
Tiene sus trabajos y los desempeña a la perfección. Faltaría más: es un profesional desde las orejas/alerones hasta la cola/timón. Nada sucede en la casa que ello/él no controle. Tiene un cronómetro Rolex y una agenda electrónica con los cuales gestiona los quehaceres, entradas y salidas del resto del personal.
Ha determinado que, siguiendo sus prudentes consejos, le prepare la comida todos los días, porque sabe que con ese modesto rol manual descargaré las tensiones matutinas de mi aberrante trabajo. Insiste (siempre por mi bien) en sacarme a pasear al menos tres veces al día, ya que de todos es bien sabido que un moderado ejercicio físico procura bienestar anímico, a la par que incrementa mi concentración y eficacia posteriores.
Ello/él cree que nadie conoce su secreto. Yo lo descubrí accidentalmente el viernes pasado, cuando llegué (as always) hecho un guiñapo desde el despacho. Por unos instantes, y pensando (sí, he escrito pensando) que nadie le observaba, bajó la guardia y se acercó hasta el sofá salonero en el que yo me había lanzado y en el que mi espíritu se estaba haciendo unos largos a crawl.
Tío, me tele-transmitió, acaríciame, pásame la mano por el lomo, suave, lentamente. Siente como mi fluido magnético sube por tus músculos. Relájate y piensa que el mundo está muy bien y que la vida es un colega que juega en tu mismo equipo. No controles, que ya me ocupo yo de todo. Vive, que todo lo que ocurre es fascinante. A ver, sé bueno. A la de tres: uno, dos…
… Y dos y medio, carajo, stop. De golpe me di cuenta que el cabrón de ello/él (siempre me resistiré a llamarlo perro), aparte de telépata, cosa que ya intuía, también tenía poderes mesmerizantes (hey, gata, hey).
Y lo más jodido del asunto, es que la película me gustó. No dije nada, ni siquiera mudé el gesto. El (definitivamente, él) me comprendió, sabía que yo sabía. ¿Creéis acaso que intentó disimular? Qué va. Simplemente, me miró. Y qué mirada. Su mirada de sabiduría era tan antigua como el Universo. Después, sugirió que le dejase unas gotas de mi próximo cubata (por aquello de la complicidad, ¿comprendes?), me guiñó (os lo juro) un ojo, se dio la vuelta y se quedó hecho un ovillo a mis pies.
Comentario:
=D
Comentario:
reacción logica al beber cubatas: tienes la falsa apariencia de que un perro es capaz de guiñarte un ojo..jejeje.
Divertidisimo el leerte.
Gran abrazo
Divertidisimo el leerte.
Gran abrazo
Comentario:
Yo tengo dos de esas criaturas y hay dias que me sorprendo moviendo la cola y ladrando a los vecinos. Pero me gusta pasear con ellos por la playa nos timramos palos y perseguimos gaviotas.
Me ha gustado mucho tu catedral y tu comentario. Cuando quieras estas invitado a helado.
saludos
Me ha gustado mucho tu catedral y tu comentario. Cuando quieras estas invitado a helado.
saludos
Comentario:
Caro Dockof: Mira, ¡pasa del perro!, ¡pasa de la tristeza!, directamente cojo mi maleta de cartón atada con cuerda de pita, con pegatina de la British Arways incluida y me aposento en tu santa casa, con esas vistas al mar. Que ¿por qué esta vena parásita y okupa?, porque siempre recibes con un cubata en la mano. Yo en vaso ancho, un Absolut con naranja a poder ser,luego nos vamos al pueblo de Wolffo y nos comemos unas sardinas. Un abrazo libertario
Comentario:
Docokf, sabía que sucumbirías a los encantos de esos "seres" que invaden nuestros hogares. Y es que, a veces, pienso si no son más racionales que nosotros, pobres personas humanas (como diría mi chiquitajo).
Uaug (Traducción beso desordenado)
Uaug (Traducción beso desordenado)





