Historias de gelocatiles y augmentines
Cruzo por la doble puerta de cristales manoseados, reflejo de patología infecciosa. El viejo edificio, impregnado en olor a alcohol, y herida vieja, guarda secretos de contagios inconfesables.
El frio marmol, con una gota de sangre recien caida, y el cartillero en la puerta, reclamando su cita. La bata vieja, amarilla de revolcarse en lejía, esteril y precaria sustancia amiga de suelos, de cuartos de baño.
Sobre el sucio pollete de madera desvencijada, sonríe un retrato de franco trasnochado y paradójico, y un crucifijo de madera junto a una octavilla del psoe. El Sas, pais fantástico, maquina del tiempo.
Entre las peticiones, los volantes y las recetas de pensionista, alli estoy yo, ajena a la historia que me presta la consulta.
Y entra la señora, edad ambigua, entrada en carnes. Olor a ajo asado y a cocido, braga en la linea axilar, submamaria prenda. Desgastada y amplia, color salmón. Sujetador acorazado , comprado en galerias preciados, (cuando aun existia), hombreras de Eva Nasarre y anecdotas de madre en su bolso de polipiel de saldos paco.
Las clausulas amarillas, el paipai que le puso el doctor, el anticongelante ( anticoagulante) y sencilleces sanitarias, propias de antologia del disparate.
Esto no lo estudie yo en la carrera. Tres minutos rellenando la receta, sonrio a la señora y ya me aporrean en la puerta. El señor don pies negros, y el jardinero "resudao",quieren la baja.





