Un día de caza
Todas las mañanas de sueños y de espera pasaron por su cabeza.
Papá le había prometido llevarle con él en cuanto cumpliese doce años.
No sabía nada de caza pero había aprendido todo de perros, de escopetas, de munición y de amaneceres con café y aguardiente. También conocía el brillo de los ojos que precedía a las salidas en grupo de su casa, la inquietud de los hombres que marchaban en fila hasta adentrarse en el monte. Volvía a la cama y hacía planes para el momento en el que él pudiese formar parte de aquella aventura.
Pero todo sucedió de otra manera y al llegar a su casa se encerró en su cuarto huyendo de miles de sombras enemigas, mientras su padre le gritaba: “ Dúchate ahora mismo o llenarás todo de sangre ”. Él, tumbado en su cama, le contaba a su diario lo vivido.
“ Hoy ha sido un mal día. No creo que los hombres sean buenos. Pasamos quince horas ocultos tras las ramas, casi sin respirar. Hacía calor. Hicimos varios disparos y felizmente no alcancé ningún conejo. Pero varios murieron, se quedaban muy quietos al oírnos, sus pupilas muy abiertas como pidiendo socorro y luego volaban en un salto llenado el aire de sangre y de olor a pólvora.
Le he prometido a Golfo, antes de cerrar sus ojitos aterrados, que nunca volvería de caza. Le he prometido más cosas. Sé que él iba obligado y hoy no quería perseguir ningún conejo. Era un perro valiente y cariñoso. Creo que se cansó de las órdenes y hoy mi padre no tenía un buen día, no estaba orgulloso de mí, lo sé. No debió atreverse a pasar por delante en dirección contraria a la debida. Y un disparo se cruzó en su camino. Corrí a su lado gritando y ellos me dijeron que había sido un accidente. No me lo creo. Oí como se reían y luego, al acercarse a mí, se pusieron serios. Pero en su mirada no había ninguna pena. Querían dejarle allí y yo le cogí en brazos. Me dejaron meterle en una caja para poder enterrarlo. Golfo era mi amigo desde hace siete años y habíamos desayunado juntos galletas antes de salir. Ahora sé a quien debo disparar. Yo siempre cumplo mis promesas…”
Papá le había prometido llevarle con él en cuanto cumpliese doce años.
No sabía nada de caza pero había aprendido todo de perros, de escopetas, de munición y de amaneceres con café y aguardiente. También conocía el brillo de los ojos que precedía a las salidas en grupo de su casa, la inquietud de los hombres que marchaban en fila hasta adentrarse en el monte. Volvía a la cama y hacía planes para el momento en el que él pudiese formar parte de aquella aventura.
Pero todo sucedió de otra manera y al llegar a su casa se encerró en su cuarto huyendo de miles de sombras enemigas, mientras su padre le gritaba: “ Dúchate ahora mismo o llenarás todo de sangre ”. Él, tumbado en su cama, le contaba a su diario lo vivido.
“ Hoy ha sido un mal día. No creo que los hombres sean buenos. Pasamos quince horas ocultos tras las ramas, casi sin respirar. Hacía calor. Hicimos varios disparos y felizmente no alcancé ningún conejo. Pero varios murieron, se quedaban muy quietos al oírnos, sus pupilas muy abiertas como pidiendo socorro y luego volaban en un salto llenado el aire de sangre y de olor a pólvora.
Le he prometido a Golfo, antes de cerrar sus ojitos aterrados, que nunca volvería de caza. Le he prometido más cosas. Sé que él iba obligado y hoy no quería perseguir ningún conejo. Era un perro valiente y cariñoso. Creo que se cansó de las órdenes y hoy mi padre no tenía un buen día, no estaba orgulloso de mí, lo sé. No debió atreverse a pasar por delante en dirección contraria a la debida. Y un disparo se cruzó en su camino. Corrí a su lado gritando y ellos me dijeron que había sido un accidente. No me lo creo. Oí como se reían y luego, al acercarse a mí, se pusieron serios. Pero en su mirada no había ninguna pena. Querían dejarle allí y yo le cogí en brazos. Me dejaron meterle en una caja para poder enterrarlo. Golfo era mi amigo desde hace siete años y habíamos desayunado juntos galletas antes de salir. Ahora sé a quien debo disparar. Yo siempre cumplo mis promesas…”





