vera-no!
Pues sí, la Jelen tiene razón, este mes he aprendido a poner fotos, pero en cambio se me han olvidado un poco las razones por las que decidí que podía empezar un blog. La principal era escribir más a menudo... y está visto que esto no lo estoy consiguiendo. Por añadidura, estoy paseándome de tarde en tarde por los blogs de otros, y reconozco que no me reconozco, y que además en esta época todos y todas lo hacen mejor que yo. Y sí, así soy. El otro día fui a la playa y entré brevemente en aquel estado zen gracias al cual puedes desparramarte en bañador sin pensar en tu depilación y/o tu celulitis, y en esas estaba cuando, por obra y gracia de los equivocados caminos que pueblan mi cerebrito, me dio por mirar alrededor a ver si había algún famoso (¿?), no fuera a ser que aquella tarde me viera en el tomate. Quiero decir, parece que exagero pero es verdad. Mi momento de lucidez fue no entrar en crisis por lo que no podía controlar, ya que todos sabemos los potentes zooms de los paparachi. Decidí que si no lo veía, no existía, y que la posibilidad de que aquél anciano fuera Umberto Janeiro era casi inexistente. Pero no nos durmamos, cualquier caña en la barra del bar o paseo por la calle preciados puede desembocar en "imágenes de archivo" sobre el alcoholismo en la mujer o hasta la menopausia, que cosas más cabronas ya se han visto. Pienso en esto y pienso en los accidentes de avión o en que Coimbra se quema. Se quemaba, se estará quemando? Supongo que el verano es esto, sustituir el contenido del porcentaje siempre estable de agobios. Verano relleno de inconsistencia pues.
Irse, quedarse...
Desde siempre, desde que el mundo es mundo o yo soy yo. Qué irreversibles parecen las decisiones y cuántas veces transitamos esos viejos caminos que han resultado ser de ida y vuelta. A veces hay que irse para poder seguir avanzando hacia cualquier parte. A veces quedarse es la única manera de seguir moviéndose con autonomía. Anna Ajmátova, en uno de esos momentos en los que la vida es por fin y definitivamente literaria, fue al estudio de Mondigliani, con el que -sobra decir-, vivia una arrebatadora historia de amor. Mondigliani no estaba en su estudio y Anna llevaba unas flores como regalo- o quizás no, quizás sólo paseaba con sus rosas por Paris, al fin y al cabo era una poeta rusa exiliada viviendo una historia de amor, llevaba un moño, era linda y las rosas sólo eran un complemento-.
La ventana estaba abierta. Anna dudó entre irse o esperarle, y al final las únicas que se quedaron fueron las rosas. Ajmátova las tiró por la ventana abierta desde la calle y cuando Mondigliani llegó no quería creer que hubieran caido tan perfectamente dispuestas por pura casualidad. Debió ser el amor. Pero mientras, Anna fundó una vez más un personal territorio intermedio, el irse quedando, el quedarse yéndose. Yo aún no me he ido del todo. Estoy siempre ahí, estoy casi y todavía, a punto, desde antes. No sé si me marcho más de lo que me quedo, pero reconozco en esa elección un verdadero ejercicio de soberanía. Me quedé tantas veces en la maldita discoteca de este pueblo, que aún no he recuperado el gusto a salir por la noche. Se me han enquistado "el último de la fila" y el cuarenta y tres con piña. Y me marché tantas veces sin hacer ruido, que aún hoy me molesta ese ruido que no hice. Y aún así, irse siempre parece más lúcido, más adulto, más del reino de lo que debe hacerse. Quizás por lo que tiene de dinámico, de libre, de autónomo. Y en cambio yo no puedo dejar de envidiar a los que se quedan cuando soy yo la que me marcho. Porque quedarse también es avanzar.
Claro que quizás quedarse sea más maduro, más inteligente, más del reino de lo que es ser feliz. Pero yo no puedo dejar de envidiar a los que se van cuando soy yo la que me quedo. Porque marcharse es, como mínimo, moverse.
Me fui de Moscú pensando que algún dia volvería para quedarme, porque aunque esté en pleno tránsito, tiendo a apuntar teléfonos de alquiler de casas, o volver agotada de un trabajo que nunca tuve. A cambio, me he quedado en Coimbra pensando que algún día me marcharé.
/Por eso se me pone esa cara de tonta cuando al doblar una esquina una bofetada de portuguesa nostalgia me sorprende dejándome los dos mofletes colorados.
Pero la mayoría de las veces quedarse o marcharse es sólo el reverso de la moneda de lo que hacen los otros. No es una elección. Son los sandwiches de nocilla que nadie se comía en los cumples. Si te vas, me quedo como un juguete roto o un libro olvidado o una enamorada ejerciendo una especie de resistencia pasiva. SI te quedas, me marcho como un ciego, sin brújula, como el verano estandar de la infancia, como una enamorada ejerciendo una suerte de resistencia activa. Irse o quedarse no son más que metáforas, formas de distraer el tiempo, pequeñas lecciones de soberanía.
La ventana estaba abierta. Anna dudó entre irse o esperarle, y al final las únicas que se quedaron fueron las rosas. Ajmátova las tiró por la ventana abierta desde la calle y cuando Mondigliani llegó no quería creer que hubieran caido tan perfectamente dispuestas por pura casualidad. Debió ser el amor. Pero mientras, Anna fundó una vez más un personal territorio intermedio, el irse quedando, el quedarse yéndose. Yo aún no me he ido del todo. Estoy siempre ahí, estoy casi y todavía, a punto, desde antes. No sé si me marcho más de lo que me quedo, pero reconozco en esa elección un verdadero ejercicio de soberanía. Me quedé tantas veces en la maldita discoteca de este pueblo, que aún no he recuperado el gusto a salir por la noche. Se me han enquistado "el último de la fila" y el cuarenta y tres con piña. Y me marché tantas veces sin hacer ruido, que aún hoy me molesta ese ruido que no hice. Y aún así, irse siempre parece más lúcido, más adulto, más del reino de lo que debe hacerse. Quizás por lo que tiene de dinámico, de libre, de autónomo. Y en cambio yo no puedo dejar de envidiar a los que se quedan cuando soy yo la que me marcho. Porque quedarse también es avanzar. Claro que quizás quedarse sea más maduro, más inteligente, más del reino de lo que es ser feliz. Pero yo no puedo dejar de envidiar a los que se van cuando soy yo la que me quedo. Porque marcharse es, como mínimo, moverse.
Me fui de Moscú pensando que algún dia volvería para quedarme, porque aunque esté en pleno tránsito, tiendo a apuntar teléfonos de alquiler de casas, o volver agotada de un trabajo que nunca tuve. A cambio, me he quedado en Coimbra pensando que algún día me marcharé.
/Por eso se me pone esa cara de tonta cuando al doblar una esquina una bofetada de portuguesa nostalgia me sorprende dejándome los dos mofletes colorados. Pero la mayoría de las veces quedarse o marcharse es sólo el reverso de la moneda de lo que hacen los otros. No es una elección. Son los sandwiches de nocilla que nadie se comía en los cumples. Si te vas, me quedo como un juguete roto o un libro olvidado o una enamorada ejerciendo una especie de resistencia pasiva. SI te quedas, me marcho como un ciego, sin brújula, como el verano estandar de la infancia, como una enamorada ejerciendo una suerte de resistencia activa. Irse o quedarse no son más que metáforas, formas de distraer el tiempo, pequeñas lecciones de soberanía.
lo que pasa
A mis primas, que son mellizas y tienen una profesora espantosa pero imaginativa, les han mandado como tarea para verano hacer un diario. Así que cada tarde se sientan y piensan qué hicieron ayer. Tras tres días repitiendo así, sin comas, "me he levantado me he vestido he desayunado he ido al río", sugerí que podían contar otras cosas, sólo lo que el día había tenido de especial o lo que habían pensado, por ejemplo "me gusta más el mar que el río" o "hoy me he acordado de mi amiga candela".
Sobra decir que sus diarios siguen más en la línea de "me he duchado he cenado carne y sopa he jugado me he acostado me he dormido". Será que ellas, benditas sean, están aún en el reino de lo que pasa. Y que es sólo al crecer cuando resulta que lo que nos pasa es lo de menos. Ya sabemos que encontraremos trabajo, pero qué trabajo. Nos levantamos de la cama todos los días... sonriendo? cansadas? con pereza. Hay días que casi no transcurren, amanece y anochece y hemos comido hemos trabajado hemos cenado fuera y sin embargo lo único importante es que ese día ha aparecido aquél que creíamos olvidado, o hemos vuelto a tener miedo, o en un insulso trayecto de metro, desafiando a todas las leyes del glamour, hemos descubierto que no es suficiente, que esta no es la vida que queremos vivir. Que en otro lugar nos levantaremos comeremos nos vestiremos y aunque eso no cambie sí cambiará lo esencial. Mientras, mis primas van al río y siguen mirándome con cara de interrogación cuando les ofrezco alternativas a la aburrida enumeración de cosas que suceden todos los días.
Hace tiempo, por cierto, que a todo lo que hago le falta la sal. Que busco trabajo lo pierdo me aburro y no sé qué quiero ni a quién. He vuelto a la infancia y a la vez nunca volveré a la infancia. Hay algo entre medias, enredándose en las cosas que pasan, pero es difícil entender qué es por debajo de tanto ruido.
Sobra decir que sus diarios siguen más en la línea de "me he duchado he cenado carne y sopa he jugado me he acostado me he dormido". Será que ellas, benditas sean, están aún en el reino de lo que pasa. Y que es sólo al crecer cuando resulta que lo que nos pasa es lo de menos. Ya sabemos que encontraremos trabajo, pero qué trabajo. Nos levantamos de la cama todos los días... sonriendo? cansadas? con pereza. Hay días que casi no transcurren, amanece y anochece y hemos comido hemos trabajado hemos cenado fuera y sin embargo lo único importante es que ese día ha aparecido aquél que creíamos olvidado, o hemos vuelto a tener miedo, o en un insulso trayecto de metro, desafiando a todas las leyes del glamour, hemos descubierto que no es suficiente, que esta no es la vida que queremos vivir. Que en otro lugar nos levantaremos comeremos nos vestiremos y aunque eso no cambie sí cambiará lo esencial. Mientras, mis primas van al río y siguen mirándome con cara de interrogación cuando les ofrezco alternativas a la aburrida enumeración de cosas que suceden todos los días.
Hace tiempo, por cierto, que a todo lo que hago le falta la sal. Que busco trabajo lo pierdo me aburro y no sé qué quiero ni a quién. He vuelto a la infancia y a la vez nunca volveré a la infancia. Hay algo entre medias, enredándose en las cosas que pasan, pero es difícil entender qué es por debajo de tanto ruido.