el lenguaje
-...Filología eslava...-
-Vocacional, ¿no?-
Sonrisa.
Esa serie respuesta-pregunta siempre es la misma, casi siempre. Hay más posibilidades, por ejemplo "¿filosofía eslava? "o "¿dónde se habla el eslavo?", pero lo más normal es lo de la vocación. Si es raro hasta el absurdo, entonces tiene que ser vocacional. Resulta que no. Soy un caso mucho menos original, no tengo una bonita historia que contar y que explica todo, una infancia rodeada de matrioshkas, no fui bailarina ni viajé allí de pequeña y no puedo olvidar el tamaño de su cielo. Supongo que a los dieciocho años y tras la quema de la selectividad no se puede pedir más a alguien. Una idea difusa de la historia (una delirante mezcla de los desaparecidos de argentina, el "ojalá" de Silvio Rodriguez y la Señora Revolución), mezclada con un nuevo alfabeto (y eso aún... aún) y ese toque de originalidad y riesgo de las filologías minoritarias. Vocación ninguna. Sí, quizás, una tendencia recurrente al lenguaje. A la magia de entendernos, la sintaxis, lo de antes- el suelo, una vez más, desde el que nacen las palabras-. Las rimas. Los nombres. Lo que se elige y sobre todo lo que se descarta.
En ese planeta en el que habita el abecedario también hay modas. La filóloga esta que ahora pone cafés puede contaros que se lleva el futuro, además de los cinturones grandes y el consabido vaso de agua a destiempo. Hoy he recogido cuatro perlas en cuatro mesas.
1. ¿Me cobrarás?
2. ¿Me darás sacarina?
3. ¿Me pondrás un vino?
4. Me traerás un vaso de agua.
Esta última me ha sobrecogido por lo dramático y lo perentorio. Parecía que después iba a añadir "y tendrás una hija que morirá al cumplir dieciocho años... no, no morirá, pero se pinchará con el huso de una rueca...". Con los otros tres me ha dado por responder mentalmente "sí, hijo mío, te cobraré, te daré sacarina y te pondré un vino. Podéis ir en paz".
Supongo que una persona con vocación, una de esas aves raras que conocí en la facultad, aún estarían rascándose el sarpullido, pero yo en cambio os animo a extender el futuro a todas las regiones devastadas por los pretéritos. La conquista de lo que será, la formulación de ruegos, órdenes y recuerdos en futuro perfecto, claro que sí. Estudiaré filología eslava ya hace tres años, pero me va a parecer que fue ayer...

-Vocacional, ¿no?-
Sonrisa.
Esa serie respuesta-pregunta siempre es la misma, casi siempre. Hay más posibilidades, por ejemplo "¿filosofía eslava? "o "¿dónde se habla el eslavo?", pero lo más normal es lo de la vocación. Si es raro hasta el absurdo, entonces tiene que ser vocacional. Resulta que no. Soy un caso mucho menos original, no tengo una bonita historia que contar y que explica todo, una infancia rodeada de matrioshkas, no fui bailarina ni viajé allí de pequeña y no puedo olvidar el tamaño de su cielo. Supongo que a los dieciocho años y tras la quema de la selectividad no se puede pedir más a alguien. Una idea difusa de la historia (una delirante mezcla de los desaparecidos de argentina, el "ojalá" de Silvio Rodriguez y la Señora Revolución), mezclada con un nuevo alfabeto (y eso aún... aún) y ese toque de originalidad y riesgo de las filologías minoritarias. Vocación ninguna. Sí, quizás, una tendencia recurrente al lenguaje. A la magia de entendernos, la sintaxis, lo de antes- el suelo, una vez más, desde el que nacen las palabras-. Las rimas. Los nombres. Lo que se elige y sobre todo lo que se descarta.
En ese planeta en el que habita el abecedario también hay modas. La filóloga esta que ahora pone cafés puede contaros que se lleva el futuro, además de los cinturones grandes y el consabido vaso de agua a destiempo. Hoy he recogido cuatro perlas en cuatro mesas.
1. ¿Me cobrarás?
2. ¿Me darás sacarina?
3. ¿Me pondrás un vino?
4. Me traerás un vaso de agua.
Esta última me ha sobrecogido por lo dramático y lo perentorio. Parecía que después iba a añadir "y tendrás una hija que morirá al cumplir dieciocho años... no, no morirá, pero se pinchará con el huso de una rueca...". Con los otros tres me ha dado por responder mentalmente "sí, hijo mío, te cobraré, te daré sacarina y te pondré un vino. Podéis ir en paz".
Supongo que una persona con vocación, una de esas aves raras que conocí en la facultad, aún estarían rascándose el sarpullido, pero yo en cambio os animo a extender el futuro a todas las regiones devastadas por los pretéritos. La conquista de lo que será, la formulación de ruegos, órdenes y recuerdos en futuro perfecto, claro que sí. Estudiaré filología eslava ya hace tres años, pero me va a parecer que fue ayer...
veintinueve tiempos
Cortar el tiempo, pasarlo, cumplirlo. En una sala de espera, no te puede pasar nada mejor que tener delante un reloj de esos en los que el segundero se desliza suavemente, sin pararse. Parece que el tiempo se escurre, se precipita. En cambio, nada es más exasperante que un reloj que suena en la mesilla de noche. Hablan también de un tic tac que se siente en la herencia (no se me ha ocurrido otro eufemismo con el que marcar la biología o la cultura), y que nos recuerda que ya va siendo tiempo de considerar con un poco de seriedad el hecho ineludible de ser fértiles. Hay más cosas que tienen que ver con el tiempo. Puede darnos una información fiable sobre la importancia, según seamos concretos (te conocí un cuatro de mayo a eso de las diez), o imprecisos -añadiendo además un qué-sé-yo de literario- (eran tiempos de cerveza y apagones). Por ejemplo. El tiempo tiene todo el aspecto de un deíctico cualquiera (yo-aquí-ahora-tiempo), pero todos coincidimos en que el tiempo pasa, a veces como una apisonadora, a veces como una bailarina que ha perdido su zapatilla en medio de un mortal. Pasan los años en la puerta del sol y, tres meses y medio antes, pasan mis propios años. Cumplo veintinueve, pero en realidad inauguro mis treinta años de vida. Hoy en la tele una madre preguntaba a su hija -que cumplía dieciseis años-, que qué le parecía la vida hasta entonces. Con la osadia que me asalta mirando la tele, tirada en el sillón y con el ordenador lejos, he pensado que ese sería el motivo de mi post cumpleañero. Pero me he dado de cara con una obviedad... soy demasiado mayor para pensar qué me parece la vida hasta ahora. Y aún creo que soy demasiado joven para considerar aunque sólo sea qué me ha parecido la veintena. Sólo sé que estoy entera, que me sirve el tamaño de mis veintinueve, y que cada día tiene sus propios cumpleaños. He tenido que cumplir veintinueve para descubrir que hoy, dieciocho de septiembre, no sólo nació Rocío Jurado -algo que me ha marcado de una manera que aún no comprendo, llevo como mínimo una década asomándome a la agenda de El País para ver el "mañana cumplen años", reconociendo sólo a la Jurado como parte de este club silencioso de los marcados por los mismos astros... -, como digo, sólo en el 2005 he sabido que la Garbo también llegó al mundo hoy.
Y una parte de mi, la más ñoña e inconsolable, se siente consolada. Gracias madre, por elegir un día tan señalado para mi aparición en escena. Y siguiendo la tradición rusa, felicidades a ti también.
Y una parte de mi, la más ñoña e inconsolable, se siente consolada. Gracias madre, por elegir un día tan señalado para mi aparición en escena. Y siguiendo la tradición rusa, felicidades a ti también.Desequilibrios
Ya sé, ya sé, el desequilibrio es un clavito que raras veces arde, siempre está a mano, da para sostenerse, seguir viviendo, sonreír. El desequilibrio es la ansiedad a veces, la alegría a veces, la impaciencia casi siempre o una idea especialmente confusa del futuro. Hay que tener mucha paciencia y mucho tiempo libre para ponerse a arreglar el desorden en el que, sin querer, se han convertido nuestros desvanes. Por eso supongo que hay un asistente por horas que de vez en cuando se encarga de pasar el aspirador, tirar la basura y desembalar las nuevas adquisiciones. Y seguimos viviendo, hasta que un día te preguntas... vamos a ver, de verdad es esta cuerda floja, esta puerta sin quicio, este vestido sin dobladillo, mi trayectoria? Y decides que ese asistente por horas no es suficiente. Decides que quién mejor que tu yo consciente puede saber dónde van las cacerolas y el dichoso pelapatatas. Y te pones recojona, y decides tirar las notitas de clase de octavo de EGB, los calcetines carcomidos, las frases hechas que ya no sirven para casi nada. Y en cambio le das un lugar preferente a las sentencias que aún no has estrenado, la autoconfianza, esos zapatos con demasiado tacón. Te alejas un poco. Te observas. Te gustas! Y funciona, un paso, otro, un paso, otro, sienta bien recoger, no? sienta bien desechar cosas, ir un poco más ligera atravesando los lunes y los martes... Es el equilibrio, de pronto. Son los dos segundos de tetris antes de que aparezca esa ele de la nada bajando al revès a toda velocidad. Y entonces un momento, cruz y raya... El desequilibrio no es eso. No es que la tarta no suba porque hay demasiada harina, o poco bicarbonato. No son las proporciones, chavela, no es demasiado-simpática-poco-asertiva-menos-miedosa. Es que sin huevos no hay tarta. Un día leí, y no me acuerdo de la autora, algo parecido a "me dieron un cepillo y un sobre de sopa y me dijeron -ahí tienes, apañatelas sola- y ahí me quedé, cepillando la sopa con el cepillo". Sigo tirando basura, lo prometo, cada día hago una limpia. No es el síndrome de diógenes lo que me preocupa, ya no. Sigo aplicando una bulímica mirada a mi alrededor, y aún así consigo discernir entre la plata y el papel albal, casi siempre. Pero a veces, cuando vuelvo a enfrentarme a un dilema, cuando estoy dispuesta en plena crisis económica a cambiar el presupuesto para la UNED por otras siglas, las de H&M colección otoño, o no puedo dormir porque se me olvida cada minuto un poco más el ruso, o te quiero no te quiero, entonces el asistente no recoge, la consciencia se hace la vaga, y soy esa loquita que sonríe a medias mientras cepilla un sobre de sopa.