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la vida exagerada
la vida ES exagerada. Mucho más que yo.
Acerca de
Acerca de mi, pues todo mi blog, que para eso es mío.
Sindicación
 
verano navideño


Hay cuatro puntos cardinales en el paso del tiempo: navidad, mi cumpleaños, verano, y cualquier minuto entre el atardecer y la noche de casi todos los días. El verano son muchas cervezas y risas y alegría, pero a veces oigo como un villancico, un reiterativo olor a nostalgia, una especie de ola enorme de veranos pasados que me deja tiritando como
-cuando una vuelve del primer campamento de su vida y siente que la vida podría acabarse ya porque no te imaginas cómo puedes seguir adelante sin todas esas personas que no has vuelto a ver en tu vida.
-cuando caía la primera tormenta de verano en Rascafría y tenían sentido los pantalones cortos y el jersey. No sólo tenía sentido, sino que jurarías que nunca nunca has vuelto a estar tan guapa como entonces.
-cuando pasaba las horas haciendo que estudiaba y nunca llegaba septiembre, y nunca acababa la carrera, y nunca nunca imaginaba cómo de grande era el salto al vacío después de dejar de estudiar. Por eso en octubre vuelvo a estudiar. Yupi.
-cuando la pena de un amor perdido de otra era la tuya, la separación de dos era propia, las cosas se vivían con la gravedad del otoño que llegaría, orgulloso, para ponernos a todos el abrigo y llevarnos suavemente del brazo hacia el invierno, como si nos repitiera bajito "confía en mi, el tiempo, o sea yo, lo curo todo".
El verano me deja tiritando porque, con o sin polvorón, se repite con sus ajetreos y trampas y lujurias y azoteas desde que tengo memoria, y siempre sabe a poco, como la primera cerveza, como bañarse en el río, como la sal en tu piel.
 
madrid. O no.
Será el calor o será el futuro o será que mi amor ha conducido dejando atrás Madrid sonriendo por el retrovisor. Serán las transcripciones que estoy haciendo sobre jóvenes y vivienda (tantas vidas tantas idas y venidas tantos euros y trabajo inútil). Será que ahora trabajo en otro bar y no sé preparar una caipirinha sin cachaça, o que la otra camarera hace que los adjetivos escaqueada e inútil cobren una nueva dimensión ( y digo yo, que puestos a marcar el territorio, no me iba a dar a mi por defender una pobre parcela de cocina o la limpieza y recogida de la mesa de la esquina). Tengo que decir a mi favor, o mejor a favor del momento zen que quiero -estoy realmente empeñada- vivir, que lo único que pienso cuando me corrige por decimosegunda vez o desaparece durante media hora, es que debe ser un infierno ser así, tan seca, tan estupidamente a la defensiva, tan marisabidilla de pacotilla. El caso es que toda esa mezcla, mas treinta pitidos de coche, tres peleas en la cola del Dia y otro exhibicionista cascándosela en una calle mientras me recomendaba quedarme a ver el final del espectáculo, han conseguido que por fin, y con mi amor como auditorio de excepción, pronuncie la tan temida frase...yo-no-quiero-quedarme-en-Madrid. Hester siempre dice que yo soy el colmo de lo madrileño, y yo adoro Madrid. Siempre vuelvo, porque adoro Madrid, y he vuelto porque soporto, aún, vivir en Madrid. Pero algo chirría en estas calles, perdonad pero algo huele a podrido en mi reino, lo siento pero la hierba siempre es más verde en otro lugar. Cualquier lugar es bueno para desplegar un mapa y buscar un camino. Y hoy me parece que cualquier lugar es mejor que Madrid.



(Hay un lugar dentro de cualquier lugar, tú sabes cuál es, y yo ya sé de lo que hablo. En ese lugar me duermo y en ese quiero despertarme. Y que brille el sol, y que nos llueva el mar encima, y que Madrid esté siempre donde lo dejé cuando por fin sepa a dónde quiero irme. Mientras, estaré desplegando mapas en cualquier rincón de tu cuerpo).