Una valiente y un papagallo
Es verdad, ya lo sé, ya lo sé. Tienes razón, tienes razón, sí, tienes razón (homenaje soterrado a la escena de "Cuando Harry encontró a Sally, en la que la mejor amiga de Meg Ryan reconoce que su amante nunca dejará a su esposa)...

Hoy, después de una conversación de una profundidad inusitada (contexto, Pepe Botella, yo trabajando, domingo noche) con una compañera sobre un asunto que me sobrepasaba en todos los sentidos, he vuelto a soltar mi sarta de consejos que casi me salen ya en verso. Lo asombroso de este caso ha sido exactamente el tema que los motivaba. Era tan gordo el problema, tan serio, tan espantoso y ella está ya tan en el buen camino, tan valiente, tan sinceramente desnuda y con el contador a cero, que no salía de mi asombro cuando me oía pronunciar las consabidas frasecillas de pacotilla. Después de mi corto viaje con un taxista enfarlopado hasta las trancas, he pensado con cierto cinismo si no será que mis secretitos de autoayuda son más verdad de lo que me parecía. Si no son la piedra angular sobre la que edificar cualquier cambio, si no serán el acido acetilsalicílico de cada día, las ocho horas de sueño, el "buenos días mi amor" que sigue a cada naufragio. Digo, y no me lo creo, porque lo primero que he pensado cuando mi yo más entregado se erguía en faro de la sabiduría, era, dicho todo con voz de fantasma de los pitufos, "farsanteeeee, farsanteeeee" así con la eeee perdiéndose en la noche. ¿Farsante, yo? Puede que sí.
Puede que algunos días se amontonen tanto en el futuro, de una manera tan absurdamente desordenada, que no me sirva lo de "un día de cada vez"... Puede que algunas noches la cabecera de mi cama se cargue tanto de preguntas flotando a mi alrededor, machaconas y tan ruidosas que parecen calzar todas zapatos de claqué, que no consiga hacer caso a la dulce monjita que parece decir en mi interior "no te hagas treinta preguntas y pretendas responderlas todas. Hazte diez, y sonríe satisfecha si respondes a dos". Puede que sí, que a veces la distancia sí es jodidamente distante, triste y víctima y llorosamente distante. (Pocas pocas pocas veces me entrego a este festín de autoconmiseración. Mi amor me saca virtualmente de los pelos de esos pozos de pena negra y me alegra el día con su mera existencia) Tienes razón, tienes razón, sí, tienes razón...

Hoy, después de una conversación de una profundidad inusitada (contexto, Pepe Botella, yo trabajando, domingo noche) con una compañera sobre un asunto que me sobrepasaba en todos los sentidos, he vuelto a soltar mi sarta de consejos que casi me salen ya en verso. Lo asombroso de este caso ha sido exactamente el tema que los motivaba. Era tan gordo el problema, tan serio, tan espantoso y ella está ya tan en el buen camino, tan valiente, tan sinceramente desnuda y con el contador a cero, que no salía de mi asombro cuando me oía pronunciar las consabidas frasecillas de pacotilla. Después de mi corto viaje con un taxista enfarlopado hasta las trancas, he pensado con cierto cinismo si no será que mis secretitos de autoayuda son más verdad de lo que me parecía. Si no son la piedra angular sobre la que edificar cualquier cambio, si no serán el acido acetilsalicílico de cada día, las ocho horas de sueño, el "buenos días mi amor" que sigue a cada naufragio. Digo, y no me lo creo, porque lo primero que he pensado cuando mi yo más entregado se erguía en faro de la sabiduría, era, dicho todo con voz de fantasma de los pitufos, "farsanteeeee, farsanteeeee" así con la eeee perdiéndose en la noche. ¿Farsante, yo? Puede que sí.
Puede que algunos días se amontonen tanto en el futuro, de una manera tan absurdamente desordenada, que no me sirva lo de "un día de cada vez"... Puede que algunas noches la cabecera de mi cama se cargue tanto de preguntas flotando a mi alrededor, machaconas y tan ruidosas que parecen calzar todas zapatos de claqué, que no consiga hacer caso a la dulce monjita que parece decir en mi interior "no te hagas treinta preguntas y pretendas responderlas todas. Hazte diez, y sonríe satisfecha si respondes a dos". Puede que sí, que a veces la distancia sí es jodidamente distante, triste y víctima y llorosamente distante. (Pocas pocas pocas veces me entrego a este festín de autoconmiseración. Mi amor me saca virtualmente de los pelos de esos pozos de pena negra y me alegra el día con su mera existencia) Tienes razón, tienes razón, sí, tienes razón...





