Chavela a través del espejo.
"-Si no te portas bien- le recriminó Alicia- pienso llevarte a la casa que hay al otro lado del espejo!¿Te gustaría eso, eh?
(...)Fíjate, en primer lugar está ese cuarto que hay al otro lado del espejo, que se parece tanto a nuestro propio salón, sólo que las cosas están al revés de como están aquí (...)"
A fuerza de suspiros, el cristal se empaña y se hace blandito y ya estás al otro lado del espejo. Pero no ha sido tan fácil como suspirar, antes has tenido que llorar mucho, patalear mucho, asustarte mucho, entregarte mucho. Y aunque no te has portado mal, y no te gustaba nada la idea de transitar por los reveses de los espejos, aquí estás, al otro lado de las cosas, donde todo está al revés de como estaba antes. Al otro lado del espejo, yo sigo siendo quien era, pero en cambio todo lo demás está escrito en un lenguaje que no entiendo, y todo, hasta su cuerpo, me parece tan lejano y desconocido que me dan ganas de vomitar. Cuando ves las cosas al revés, cuando ves las cosas como nunca han sido, desde fuera del amor, sin gafas, sin escudo, sin esperanza, cuando te arrojan medio en broma medio en serio al otro lado del espejo, no sirve de nada, al parecer, aporrear la superficie de piedra de la voluntad de la otra. Te cansas de dar puñetazos al aire. De gritar que te saquen de ese laberinto absurdo en el que nunca quisiste perderte. Lloras, te desesperas, te agotas, te enfadas como nunca te habías enfadado. Y las cosas, al otro lado del espejo, siguen intactas. Si te miras con atención, tú también estás intacta, si te mueves tu reflejo se mueve, si alguien entra en la habitación y te habla al otro lado alguien entra en la habitación y te habla. Pero no estás donde deberías estar. Estás, por mucho que te joda, en el lado equivocado del espejo. Y sólo puedes pedir humildemente (después de los gritos-lloros-pataleos-puñetazos, sólo te queda ser humilde)
1. que pase el tiempo (a gritos)
2. que se rompa el hechizo (llorando)
3. que pase el tiempo (pataleo-puñetazo)

(...)Fíjate, en primer lugar está ese cuarto que hay al otro lado del espejo, que se parece tanto a nuestro propio salón, sólo que las cosas están al revés de como están aquí (...)"
A fuerza de suspiros, el cristal se empaña y se hace blandito y ya estás al otro lado del espejo. Pero no ha sido tan fácil como suspirar, antes has tenido que llorar mucho, patalear mucho, asustarte mucho, entregarte mucho. Y aunque no te has portado mal, y no te gustaba nada la idea de transitar por los reveses de los espejos, aquí estás, al otro lado de las cosas, donde todo está al revés de como estaba antes. Al otro lado del espejo, yo sigo siendo quien era, pero en cambio todo lo demás está escrito en un lenguaje que no entiendo, y todo, hasta su cuerpo, me parece tan lejano y desconocido que me dan ganas de vomitar. Cuando ves las cosas al revés, cuando ves las cosas como nunca han sido, desde fuera del amor, sin gafas, sin escudo, sin esperanza, cuando te arrojan medio en broma medio en serio al otro lado del espejo, no sirve de nada, al parecer, aporrear la superficie de piedra de la voluntad de la otra. Te cansas de dar puñetazos al aire. De gritar que te saquen de ese laberinto absurdo en el que nunca quisiste perderte. Lloras, te desesperas, te agotas, te enfadas como nunca te habías enfadado. Y las cosas, al otro lado del espejo, siguen intactas. Si te miras con atención, tú también estás intacta, si te mueves tu reflejo se mueve, si alguien entra en la habitación y te habla al otro lado alguien entra en la habitación y te habla. Pero no estás donde deberías estar. Estás, por mucho que te joda, en el lado equivocado del espejo. Y sólo puedes pedir humildemente (después de los gritos-lloros-pataleos-puñetazos, sólo te queda ser humilde)
1. que pase el tiempo (a gritos)
2. que se rompa el hechizo (llorando)
3. que pase el tiempo (pataleo-puñetazo)

últimamente.
Hoy tenía que llover, porque el verano hubiera sido un insulto a mi inmovilidad, los talones clavados en el suelo cada vez más caliente de Madrid, la cabeza siempre medio girada para ver si aparece, y todo acaba de empezar una vez más. El verano era un límite difuso y ya está aquí, aunque me de pereza depilarme o aún pueda ponerme sandalias con medias. Pero lo peor es que no hay mucha literatura para mi situación de ahora mismo. Si yo fuera un cuento, ya no digo una novela, ya me habría abandonado. Esta inaguantable situación de agonía enfadada a la que ya no le queda paciencia para derivar en cualquier acción irreflexiva. Ni paciencia para una resignación de terremoto. Ni paciencia para ser una viudita lánguida que necesita consuelo. Ninguna paciencia para nada que no sea esta dejadez absurda. Sólo de noche, últimamente, me despierto unas quinientas veces, y el teléfono nunca parpadea, y yo sí, hasta que empiezo a ver los contornos de los muebles de mi cuarto, la luz que entra por el balcón, y una voz muy bajita que dice "duérmete, no te vayas a desvelar ahora!". Porque de noche todo es posible, hasta la paciencia. De noche suelo explicarme hasta lo inexplicable, me vuelvo listísima o mejor profundamente subnormal, y me da por entenderlo todo, aguantarlo todo, como si todo mereciera la pena por nada. Prefiero, ultimamente, el día. De día, sobre todo si es verano, sabes que no tardarás mucho en bañarte en el mar aunque te de pereza, y en depilarte (uf), y que nunca, eso desde luego, nunca, tendrás ni un gramo más de paciencia con ese espacio abandonado que antes era la ciudad en la que querías vivir. Nubes y claros. En verano, andando rápìdo y con determinación, sin girar nunca nunca nunca la cabeza hacia ciudades que ya no existen. 

electricitis
Se va la luz. Pero no como en verano, cuando una tormenta perfecta te recuerda que no eres nada más que un zorro o una hormiga o un petirrojo, y las montañas son amenazantes como un volcán, y entiendes el nacimiento de la religión, y te pones un jersey con chanclas (esa vieja fantasía adolescente de la que ya he hablado). No. Se va la luz en Madrid y antes, un papelito con una sonriente bombilla te ha advertido, en tu portal, de que se iba a hacer la oscuridad. A eso de las doce, y hasta eso de las seis de la mañana. A veces no ocurre, aunque anoche ocurrió, y nunca nunca nunca un insomnio fue tan aleccionador. Se apagó la tele. No puedes leer. Todo lo que se te ocurre es inviable. Se me ocurrió recoger recuerdos, hacer inventario, llorar con nocturnidad y alevosía. Se me ocurrió escribir la carta más larga y terapéutica del mundo. Limpiar mi armario, despedir con una sonrisa algunos vestidos, comprobar que aún quepo en mi "falda medidora" ( siempre hay una, no? una especie de falda enemiga que siempre fue demasiado pequeña, una falda que duele, pero que te reconcilia con el mundo con sólo abrocharte un botón). Nada. No podía hacer nada más que pensar. Agotador. Agotador hasta la nausea, hasta la desesperación, hasta el edredón enrrollado en las piernas, tu cara y la mía, alguna ciudad, el cansancio. La bombilla sonreía avergonzada en mi portal, y nunca agradeceremos lo suficiente la luz, que nos salva de ser un petirrojo enamorado con insomnio. 
