desayuno

madre mía, no? Te levantas, y hace sol en Lisboa, y la vida es maravillosa. Claro que sí. Y desayuno, y me hago la remolona, y también me leo el periódico....vaya, que qué más puedo decir....que se me pone una cara de tonta cuando miro esta foto....
(por cierto, ellas son Lee Miller y su amiga Tanja Ramm)
(y a mi se me está quedando un rictus...)
(y se me está alisando el pelo)
(socorro)
homenaje
A veces ocurren milagros. Así, en tu propia casa, en tu propia familia. No le pasan al vecino, no señores, le pasan a una, año tras año y verano tras verano. Cuando una tiene tanta suerte, se vuelve distraída y acaba por pensar que los milagros son lo normal, que ocurren maravillosamente todos los días y que son eternos. Como yo y como tú, que también somos eternos, ¿no? Eternas todas. A los milagros, como a la luz o el agua, se les suele dar tanto por hecho que tenemos la tendencia de darnos collejas cuando nos faltan. Yo estoy en paz. Cuando suena el teléfono pienso "magia". Cuando se enciende la luz pienso "toma ya!". Cuando sale agua del grifo digo "atención, agua!". Así que no voy a darme ahora cachetes por no haber previsto que ese milagro que era el señor Fernando Balbás, mi tío, podía acabarse en cualqier momento. Supongo que esta es una de las ventajas de convivir con tantos milagros, que a una se le pega ese talante como de darle gracias a la vida todo el rato, y de beberse otra cerveza y de repetir siempre de paella. Más allá o por encima de la pena innegable de su falta, es inevitable seguir celebrándole. Celebrar esa vida que es esta que nos queda a todos los que nos quedamos, y que es la nuestra. En ese orgullo de tantos veranos pescando truchas, o en esos madrugones buscando un bar de taxistas para comprar churros, o en las escapadas para ir a por pan (que era igual que escaparse para tomar una cerveza y una sardina), me quedo. Me instalo en el milagro, señoras y señores, de mi familia.

