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la vida exagerada
la vida ES exagerada. Mucho más que yo.
Acerca de
Acerca de mi, pues todo mi blog, que para eso es mío.
Sindicación
 
mmmmm!!!!!!!
Está un sol y una manga corta... y unas mariposas en el estómago.... y unas ganas de tener más pecas, y quemarme la espalda (quemarme, en realidad, me suelo quemar el escote...Una vez me dijeron "ten cuidado porque esa piel es muy sensible y te van a salir muchas arrugas"). Já, pensé yo. Arrugas, pensé yo.
Ayer salí a comprar en manga corta, sólo con las llaves y un billete de cinco euros en la mano. Feliz. Los arcoiris que me estoy perdiendo deben estar ya en otra estación que no es esta. La chavela que se quedó contigo debe estar tomándose un café con la chavela que adoraba los inviernos. Poco me falta para irme a la biblioteca con el bañador debajo del vestido. Anoche me desperté con el edredón en los pies y he decidido que ya ha llegado el verano. Miro las carpetas de mi investigación cada vez más gordas y el sol cada vez más grande y me vuelvo cada vez más loquita.
Y colorín colorado, aquí se acaba este post, me voy a un banco a leer rodeada de jubilados con mi escote prematuramente arrugado ;)
 
horizonte

Llueve y hace sol. En algún lugar debe haber salido un arcoiris impresionante. Estoy segurísima. Pero desde donde estoy no lo veo. La calle es demasiado estrecha. El horizonte son los tejados y alguna antena de televisión, la ropa tendida en el quinto piso. Ya no sé cuánto tiempo llevo así. Sabiendo que hay un arcoiris impresionante, pero siendo incapaz de verlo. Y quejándome en voz alta porque el arcoiris nunca está donde debe. En mi calle. Como si no fuera mi culpa.
 
disfraces.

"El General, que hablaba con lo que a uno se le antojaba autoridad, siempre insistía en que, si consigues preservar adecuadamente el mito de tu persona, no hay mucho más en la vida que importe. Lo significativo no es lo que les ocurre a las personas, sino lo que creen que les ocurre".
Anthony Powell.


A veces salgo a la calle exclusivamente a cultivar el mito de mi persona. Lisboa es perfecta para eso, mi propio anonimato es perfecto para eso. A veces creo que ya me he olvidado de ella (es siempre mentira, no me olvido, aún sueño contigo, aún puedo asustarme y gritar tu nombre, aún puedo suspirar dormida y llamarte, aún me visitas, aún hay tantas páginas en blanco). A veces creo que nunca me voy a olvidar de ella (y no me olvido, pero ya no estás cada día, ya puedo mirar mi cuerpo sin sentir que es tu patrimonio, ya no lloro más, hay tantas tachaduras en tantas páginas). A veces acabo de llegar aquí y descubro que caben innumerables ciudades en esta ciudad (el otro día, sin ir más lejos, encontré París y una esquina de San Sebastian cerca de casa, y un bar de Berlín a diez minutos andando). A veces llevo toda mi vida viviendo aquí, y estoy harta del metro, de mi trabajo, de hacer la compra y de limpiar la casa. A veces tengo los teinta y un años que tengo, y todo por hacer (yupi!!!). A veces tengo los treinta y un años que tengo, y todo por hacer (uf). A veces hago para deshacer después. Y me encantaría tirar por la ventana toda mi ropa y empezar desde cero. Y a veces salgo a la calle y pienso ¿pero cómo es posible que sea tan bonito este vestido que levo puesto?
En Lisboa, a veces llueve y a veces hace sol. De ahí esta ciclotimia. Y de ahí que cada día me ocurran cosas asombrosas. Cultivando el mito de mi persona. Para seguir siendo irresistible. Inasequible al desaliento. Desastrosamente esperanzada. Desesperadamente dramática. Definitivamente exagerada.
 
esperanza

El otro día entré en una estúpida página de internet que supuestamente te decía qué había ocurrido el día exacto de tu nacimiento. Supuse que tendría gracia. La verdad es que era una engañifa que te remitía a la wikipedia, y que te hacía una especie de retrato según tu horóscopo y demás. Para completar, detallaba los meses, semanas y días que llevabas viva. Genial. Eran mogollón de días, una cantidad escandalosa de horas, la verdad. Vale. Es inevitable pensar, pues, que con tal cantidad de días, hay enormes posibilidades de que alguno sea como el día de hoy, o como la noche de ayer. Un día triste. Y no será tampoco por días tristes. Desde que he llegado a Lisboa he llorado por varias cosas, ninguna con especial relevancia: una excursión de niños vestidos de carnaval (me resistí hasta que vi a un niño chino disfrazado de chino, y la duodécima niña vestida con el mismo disfraz de princesa. Y lloré). Lloré cuando creí que había perdido la carpeta con todo el inicio de mi investigación. En fin, os ahorro esta retahíla porque bien podría haber llorado por el vuelo torcido de una paloma, o por la soledad de una mandarina abandonada en la acera. Pero hoy, en mi escapada a Cascais (desde que me he levantado he notado que el techo de mi casa tenía todo el aspecto de caérseme encima, y he huido), he llorado un poco cuando me han puesto delante el plato de lulas a la brasa… Está bien, ya sabemos que hay una innumerable sucesión de días, y hay días en los que hay que tenerse un poco de lástima, sin darle mayor importancia. Llega, por ejemplo, ese plato de calamares con patatas cocidas y te da muchísima pena haber pedido eso, te da pena comer sola, te da pena poner cara de interesante un día más, poner cara de no me importa un día más, poner cara, tener cara, te da pena. Y esperas. Te tragas la patata y nada, la patata sigue ahí. Y te das cuenta de que se te atraganta otra cosa. El nudo es un caso agudo de esperanza. Yo tengo una bonita relación con la esperanza. Es uno de esos conceptos con los que nunca tengo que hacer tratos, es una idea limpia y embellecedora, una palabra que entiendo, perfectamente dibujada con mi verde preferido. Pues aquí va un hallazgo, que supongo que es como descubrir los números impares: la esperanza, a veces, espero que sólo en días como hoy (porque cada día cuenta aunque haya muchos-muchos-muchos), la esperanza, digo, a veces duele. Duele en el mismo sitio que duele el primer día de colegio, la segunda vez que te rompen el corazón, el tercer abandono, el cuarto “nunca más” que decides creerte. Con la esperanza, se me ocurre hoy, ocurre como con todos los sentimientos grandes. Hay que cogerlo con alfileres, porque a veces explota delante de un plato de lulas con patatas cocidas. Y te mancha el vestido. Y te quedas ahí como una mandarina abandonada en la acera. Como un niño con el disfraz equivocado.