Un octubre portugués
Estoy escribiendo en mi cuarto, y tengo una mosca volando al ritmo de la sexta sinfonía de Beethoven. Ahí está, agonizante, con ese movimiento pesado de los que ya no pueden más, sostenida por alfileres y moviéndose para mí mientras intento encontrar –en esa búsqueda infructuosa casi siempre- las palabras que puedan contaros qué está pasando con este otoño, que ha nacido escogiendo lo más desesperanzador de la estación. No hace frío y sin embargo. Sin embargo, alguien tuvo tanto frío que decidió que desaparecer era la única manera de dejar de tiritar. En el camino, se quedó varado en una cama de hospital, como una esponja seca o un coche con las cuatro ruedas pinchadas. Quizás en otoño no sabemos nunca si nos quieren, si queremos que nos quieran, pero sobre todo en otoño no sabemos nunca si nos queremos a nosotros mismos, lo que nos deja ligeramente desprotegidos ante los cambios de temperatura, nos deja sin hojas, nos deja con la mirada perdida en un invierno en el que hará aún más frío, nos deja definitivamente lejos del verano, quién se acuerda del verano…Hay un anuncio de agua mineral que nos recuerda con una voz femenina susurrante y acariciadora que somos un 70% o 90% agua. Lo que aún nadie ha medido es qué porcentaje de esa agua es miedo. El agua estancada apesta, deberíamos fluir, debería llover más, deberíamos beber menos, deberíamos hablar más, besarnos más, recordarnos más, celebrarnos más. Este otoño está tan lleno de inquietud que no da tiempo a limpiar las cañerías del propio cuerpo. Con un poco de suerte, si eres ambidiestra, puedes desatascar la porquería que sin querer se está instalando entre tus nortes. Ellos, que con su funcionamiento impecable e implacable son tu Beethoven, no tienen tiempo para mirarse su propio ombligo. Tú me desatascas a mí, yo te desatasco a ti. Yo hago el café, tú me das la taza. Funcionamos como cualquier compañía, dividimos el trabajo, hay todo un organigrama del estado de ánimo. Pero nunca hay manos suficientes cuando alguien cree firmemente que esa agua podrida y caliente, turbia, entra en el orden natural de las cosas. Y pese a nuestros flotadores, tablas de salvación y cuerdas, gritos de socorro, palabras de aliento, pese a nuestro amor o quizás por él, se hunden. En el mejor de los casos se quedan así, empapados, mirándote como desde el otro lado de un espejo, en la cama de cualquier hospital. Supongo que todo esto ocurre porque es otoño, porque no llueve, porque somos un 70%? 90%? miedo, quiero decir agua… O quizás no. Quizás estas cosas ocurren porque, como en aquella película, la vida mancha, enturbia, contamina, ahoga. O quizás sí pero también… quizás estas cosas ocurren porque no nos hablamos, besamos, recordamos, celebramos lo suficiente. Bailémonos el agua. La propia y la ajena. Incluso en otoño podemos encontrar pajitas con las que hacer dibujos en nuestra agua, escribir nuestros nombres, nuestros miedos, nuestros logros. Incluso en otoño podemos encontrar esas piedras con las que remover la propia superficie, un, dos, tres saltos, quince círculos concéntricos en el centro de nuestro mapa de vida. Incluso en otoño, estación caprichosa con los cambios de temperatura, podemos reconocer las corrientes más cálidas de nuestro interior, quedarnos al amparo de los remansos, donde hacemos pie. Ya llegará el verano, ya nos descalzaremos y buscaremos, como en los libros de Enid Blyton, tesoros y botines y barcos hundidos con unas gafas de bucear.
Creo recordar que en los octubres de nuestra niñez llovía. Creo recordar que el suelo –ese gran inestable emocional-, se llenaba de charcos. Bueno, esa niña que soy aún, que somos todos, se muerde los labios de impaciencia de puritas ganas de encontrar un charco y un escalón para salpicar aún más, aún con más irresponsabilidad. Que se mueva el agua. Que fluya. Que llueva de una puñetera vez. Que llueva a cántaros.
Comentario:
Comentario:
ha sido una sorpresa agradabilísima descubir tu blog. La internet tiene ese rango de magia agradecible. Y leer este texto fraseado impecablemente desde los enérgicos acordes de la Sexta sinfonía hace que den ganas de salir a enchubascares. Saludos...
Angel
Angel
Comentario:
Que se mueva, que fluya de una vez… que dé vueltas y vueltas a los ritmos de Beethoven, como tu mosca… que en los octubres de ahora, como en los de la niñez, también llueve, lo que pasa es que nos cuesta recordar…y sí queremos que nos quieran aunque nos veamos “ligeramente desprotegidos ante los cambios de temperatura”, que poco importa si yo hago ese café y tú pones la taza, si hay gente cerca que esté para desatascarnos… VIVAN LOS OCTUBRES!