DES-TIEMPOS
Supongo que nos ha pasado a todos al menos una vez en la vida. Supongo que todo esto del tiempo que no pasa, del tiempo que vuela, del tiempo que se estanca, viene de la infancia. Y quien más quien menos todos hemos tenido una infancia, ingrata o gratificante, casi siempre injusta, un híbrido entre lo que realmente sucedió y lo que decidimos llevar con nosotros porque nos embellecía. Porque nos daba, precozmente, una identidad. Aunque fuera pequeñita. El tiempo no pasaba los domingos en los que siempre eran las cuatro de la tarde, y en la televisión se celebraba por ene vez la trepidante vuelta a España. El tiempo se estancaba en los viajes en coche, un partido de fútbol en la radio y un eterno gooooool que multiplicaba el tedio y el calor hasta lo insoportable. En cambio el tiempo volaba en la playa, en el recreo, en las tardes de sábado o en los viajes en autobús con toda la clase. La infancia debería ser, por todo esto y alguna cosa más, un buen entrenamiento para lidiar con el tiempo del futuro. Pues aquí estoy, en el futuro, haciendo unas cuentas que nunca me salen derechas. Pero antes, permitidme una vuelta atrás a ese mejunje que es mi infancia. Durante años, en casa de mi Tía Tere (las dos en mayúscula porque hablamos de toda una institución de señora), mis primos y yo nos arrodillábamos delante de una estatua de la Virgen los domingos por la tarde, y pedíamos al unísono “virgencitaaaa, virgencitaaaaa, me das un caramelooooo?”, y todos los domingos, sin faltar uno, recibimos una lluvia de caramelos seguida de una pelea por el suelo para conseguir el puñado más grande. Increíble, muy increíble, ya lo sé, he compartido esta anécdota con mucha gente, y ya he asumido que es del género de cosas que siempre provocan un “no-me-lo-puedo-creer!…” Pues créetelo, porque la Virgencita era mejor que los Reyes Magos. Mi prima Chiri, con un codazo, me guió hacia el final del milagro cuando me obligó a girarme para descubrir a mi Tia Tere sosteniendo una enorme bolsa de caramelos. Fin de la infancia, pensaba yo. Pero hay una niña que nunca se giró y supongo que sigue creyendo que basta gritar con fuerza y alargar las vocales para que una vez más lluevan caramelos. Es la misma que, con rizos y un ojo eternamente tapado, aún detesta la elasticidad de los domingos en los que siempre una radio escacharrada grita gooooool, y también la que abre la boca de asombro al mirar un reloj que debe estar estropeado porque no pueden ser las nueve de la mañana después de diez minutos con mi amor. Bueno, el tiempo con mi amor es otra cosa, se rige por cálculos impares, meses escritos en cirílico, relojes con arritmia, mensajes que no caben en la memoria. De mi móvil. Y volviendo al futuro, el tiempo -esa pluriempleada palabra que vale tanto para un roto como para un descosido-, va pasando mientras espero una subvención que no llega, mi regreso a Madrid, la vuelta de mis nortes a su norte, dormir bien esta noche, que haga sol mañana, que mi particular milagro, como quien hace malabares, duerma y coma y no se canse nunca de iluminar el mundo con esa santa sonrisa, que no se caigan los puentes, que se callen los necios, que el frío se quede por aquí y no se crezca, y que no mengüen aún más los días, una promoción de camper a diez euros, libertad condicional para todos los presos con los que trabajo, que lluevan caramelos.
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A ver si escribimos un poquito más!! que me sé este último post de memoriaaaa!! ¿Cómo va el amor?
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Destiempos. Desengaño.
Deshazte de la pereza, del abandono que tanto te envejece, Vincent, ya no eres el adolescente tardío que soñaba con un Vincent catapultado, Vincent completamente, porque de tanto esperar a que llegara por fin tu propia identidad, has dejado de ser Vincent Cohen.
Creo que, de todas formas, aquello no era solamente abandono. Recuerdo confusamente esos años, desde esta posguerra atónita y desordenada, como un superviviente sedado. Más que abandono, aquellas renuncias parecen hoy batallas agotadoras con armas equivocadas, contra enemigos íntimos e implacables, en medio de un caos estratégico constante. Quién sabe si alguna que otra claudicación, plegarse de vez en cuando a lo convencional, hubiera sido, a la larga, un paliativo en la derrota, incluso una pequeña victoria. Pero, al final, toda vida no es más que desengaño.
No me malinterpretes: creo que el desengaño es el estado ideal del hombre, ya no lo dudo. El hombre desnudo que ya no se frota la piel dolorosamente, cada mañana, para pasar por otro, con el gesto de otro, la voz segura y limpia de otro. En esto que queda de Vincent Cohen reside su grandeza y su miseria, pero no la de alguien mejor armado, sólo la de este hombre concreto hacia la parte final de su vida.
El desengaño duele y es descanso a la vez, despoja y aclara, es el detergente brutal y definitivo. Vincent jamás llegó a Titán, la nave se perdió dando vueltas de tuerca y, vacía, se estrelló contra el sol. En realidad, Vincent nunca llegó a embarcar. Existe un final alternativo, mucho más verosímil, en el que vemos a un Vincent mayor y menos combativo, caminando por París, recuperando memorias antes del atardecer.
(Nota: Chave, no dejes de zarandearnos de vez en cuando. Te echaremos de menos en Madrid.)
Deshazte de la pereza, del abandono que tanto te envejece, Vincent, ya no eres el adolescente tardío que soñaba con un Vincent catapultado, Vincent completamente, porque de tanto esperar a que llegara por fin tu propia identidad, has dejado de ser Vincent Cohen.
Creo que, de todas formas, aquello no era solamente abandono. Recuerdo confusamente esos años, desde esta posguerra atónita y desordenada, como un superviviente sedado. Más que abandono, aquellas renuncias parecen hoy batallas agotadoras con armas equivocadas, contra enemigos íntimos e implacables, en medio de un caos estratégico constante. Quién sabe si alguna que otra claudicación, plegarse de vez en cuando a lo convencional, hubiera sido, a la larga, un paliativo en la derrota, incluso una pequeña victoria. Pero, al final, toda vida no es más que desengaño.
No me malinterpretes: creo que el desengaño es el estado ideal del hombre, ya no lo dudo. El hombre desnudo que ya no se frota la piel dolorosamente, cada mañana, para pasar por otro, con el gesto de otro, la voz segura y limpia de otro. En esto que queda de Vincent Cohen reside su grandeza y su miseria, pero no la de alguien mejor armado, sólo la de este hombre concreto hacia la parte final de su vida.
El desengaño duele y es descanso a la vez, despoja y aclara, es el detergente brutal y definitivo. Vincent jamás llegó a Titán, la nave se perdió dando vueltas de tuerca y, vacía, se estrelló contra el sol. En realidad, Vincent nunca llegó a embarcar. Existe un final alternativo, mucho más verosímil, en el que vemos a un Vincent mayor y menos combativo, caminando por París, recuperando memorias antes del atardecer.
(Nota: Chave, no dejes de zarandearnos de vez en cuando. Te echaremos de menos en Madrid.)
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Chavelita mia, feliz entrada, llena de amor, en el 2006!!! Te quiero muuuucho
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yo también espero una subvención pero no esperes una promoción de camper a 10 euros (bueno, por pedir que no quede... :-)
un beso, feliz navidad y encantada de leerte por primera vez
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A ti no te da verguenza este abandono?? EH??
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Quiero estar en Msdrid contigo. Que demonios haces en Madrid sin mi? Ay, Chave, Chave... Chavelaaaaaaa!!!!
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PERRA!, LLAMA!
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Tengo tantas ganas de verte!!...Pero ya nos vemos y compartimos cafés y tantas conversaciones que vamos a tener que compactar el tiempo.....TE QUIERO AMIGA
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bueno, escríbete algo no?o ven o haz algo, no?
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Jo, lo siento. Es cierto, ese día tuvo un antes y un después (por lo menos en lo que a domingos se refiere). Pero recuerda los chicles sobre el mueble de la tele en casa de la abuela, o su caja de chuches en el armario, y vuelve por un rato a la infacia. Besitos.
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cuando vienes................??
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Chaveeeeeeeeeee!!!
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ay dios... sí!!! que haga sol mañana, que se callen los necios pero, sobre todo, sobre todo, sobre todo... la promoción de camper!!!
Abrígate, guapa. Un beso gordo
Abrígate, guapa. Un beso gordo
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que yo me enganche a ti cuando llego a casa es algo que no habría imaginado en la vida. No por tí -hombrepordios!- sino por lo que significa entrar en casa y dejar que los zapatos reposen en su rincón i que el aire caliente empiece a hacer la llegada más agradable. Madrid está muy frío chave, yo curro como un animal y sin embargo, leerte los des-tiempos, me calma....radiKal! un beso guapa. que lluevan caramelos





