NUNCA DIGAS NUNCA
Visto que los textos gustan y que el numero que en teoria salia esta semana se retrasa hemos decidido poner articulos de otros fancines anteriores. Los iremos añadiendo de uno en uno hasta hasta que salga el proximo.
Ya podeis visitar la pagina web. En la seccion de fanzines podeis pinchar en el numero uno para entrar en el primer fanizne. El resto aun no estan colgados.
Este texto salio en el numero cuatro.
NUNCA DIGAS NUNCA
Cada uno vive a su manera, cada uno elige su manera de vivir. Algunos eligen vivir la vida, otros eligen esperar a la muerte, o siempre hay quién que desconoce el significado de elegir algo en la vida, pero al fin y al cabo todos vivimos. Hoy en dia es muy difícil usar la palabra “vida” dándole el significado verdadero que posee, ya que a parte de la subjetividad que tienen todas las palabras, y más las abstractas, estamos hablando de algo que perdió su significado hace ya mucho tiempo y que se volvió menos abstracto y más controlado a los deseos más abstractos de hombres, que aun siendo de la misma calaña que los demás seres vivos, se creen con derecho a dirigir el rumbo hacia la muerte de los demás. El poder es lo que tiene.
Hay quien vive haciendo la calle, otros barriéndola, a otros, sin embargo, les da por hacer calles. A menudo, muchos hombres hacen de la calle su trabajo, explotándola con bombas de creatividad que no dejan de sorprender a los viandantes, que se quedan atónitos preguntándose el porqué de esas acciones y no se dan cuenta de que ellos mismos, al preguntárselo, están redundando en el porqué de esas explosiones, que acaban en cierta manera con la rutina.
Hay personas de todo tipo, puedes encontrarte a gente buscando en los contenedores, comprando caviar en unos grandes almacenes, tocando la flauta, haciendo churros, limpiando botas, gobernando países, haciendo guerras y un largo e inigualable etc. Es todo un revuelo.
Yo decidí mi manera de vida, y acepté ésta como la mejor, o por lo menos la que más se saciaba mis necesidades. Y mi primera elección fue, vivir en el subsuelo. En el subsuelo se vive mejor. No en cualquier subsuelo, todo hay que decirlo. Hay que elegir bien, no te puedes agarrar a lo primero que veas. Tienes que verlo claro. Es una sensación en la que las dudas no tienen cabida, y es esa sensación, la cual no sabría definir, la que comprende tus exigencias y decide tu elección.
Un día que iba a buscar trabajo vi a una chica que me sorprendió. Agarraba los ojos de los hombres como si de perros se tratasen. La correa que utilizaba estaba bien curvada, bien presentada, olía muy bien y gustaba estar atado a ella. Por desgracia o por fortuna, mi carácter asexual me privó de ser agarrado. Lo que me sorprendió fue, que tirara un chicle que mascaba con gran solera, por la rendija del ascensor. Esto me dio que pensar. ¿Habría alguien allí abajo aprovechándose de ese chicle? Era factible pues si hay hueco para estar y no tienes nada más, lo más seguro es que lo acabaras mascando. Nadie te iba a decir nada, no te iban a mirar mal, no te iban a detener, estarías solo y todos sabemos lo que es eso. Sería vivir en libertad entre cuatro paredes que sostienen un par de metros cuadrados a lo largo y ancho del espacio.
Decidí bajar hasta donde no llegaba el ascensor. Se estaba muy bien, esa sensación de la que antes he hablado estaba aflorando. Era un lugar fresco e iluminado. Tenía las vistas que yo quería tener, vivía con quien yo quería vivir y tenía lo que nadie quería tener. Me di cuenta por fin cual era mi lugar en la vida. Era igual de valida que cualquier otra forma de vida. No se pueden imaginar lo que tira la gente que lo tiene todo, es algo sorprendente. Desde ese día me instale allí. Era difícil vivir sin emociones. Nunca sabes lo que te van a tirar, nunca sabes si vas a acabar formando parte íntegra de los metros cuadrados, ya que el movimiento del ascensor te hacía pensar en eso. Era ilusionante, creativo, divertido, esperanzador, era la libertad que siempre había querido tener y que la encontré gracias a un chicle y a un hueco de ascensor.
Ahora hago viajes, y me traslado de ascensor en ascensor por todo el mundo. No necesito mucho para ello. Nunca se donde voy a ir a parar, pero siempre sé donde estoy. No olvidéis saludarme, si la rendija os hace recordar mis palabras, y no olvidéis que lo que tiréis por esa rendija me dará ilusión y la vida
Ya podeis visitar la pagina web. En la seccion de fanzines podeis pinchar en el numero uno para entrar en el primer fanizne. El resto aun no estan colgados.
Este texto salio en el numero cuatro.
NUNCA DIGAS NUNCA
Cada uno vive a su manera, cada uno elige su manera de vivir. Algunos eligen vivir la vida, otros eligen esperar a la muerte, o siempre hay quién que desconoce el significado de elegir algo en la vida, pero al fin y al cabo todos vivimos. Hoy en dia es muy difícil usar la palabra “vida” dándole el significado verdadero que posee, ya que a parte de la subjetividad que tienen todas las palabras, y más las abstractas, estamos hablando de algo que perdió su significado hace ya mucho tiempo y que se volvió menos abstracto y más controlado a los deseos más abstractos de hombres, que aun siendo de la misma calaña que los demás seres vivos, se creen con derecho a dirigir el rumbo hacia la muerte de los demás. El poder es lo que tiene.
Hay quien vive haciendo la calle, otros barriéndola, a otros, sin embargo, les da por hacer calles. A menudo, muchos hombres hacen de la calle su trabajo, explotándola con bombas de creatividad que no dejan de sorprender a los viandantes, que se quedan atónitos preguntándose el porqué de esas acciones y no se dan cuenta de que ellos mismos, al preguntárselo, están redundando en el porqué de esas explosiones, que acaban en cierta manera con la rutina.
Hay personas de todo tipo, puedes encontrarte a gente buscando en los contenedores, comprando caviar en unos grandes almacenes, tocando la flauta, haciendo churros, limpiando botas, gobernando países, haciendo guerras y un largo e inigualable etc. Es todo un revuelo.
Yo decidí mi manera de vida, y acepté ésta como la mejor, o por lo menos la que más se saciaba mis necesidades. Y mi primera elección fue, vivir en el subsuelo. En el subsuelo se vive mejor. No en cualquier subsuelo, todo hay que decirlo. Hay que elegir bien, no te puedes agarrar a lo primero que veas. Tienes que verlo claro. Es una sensación en la que las dudas no tienen cabida, y es esa sensación, la cual no sabría definir, la que comprende tus exigencias y decide tu elección.
Un día que iba a buscar trabajo vi a una chica que me sorprendió. Agarraba los ojos de los hombres como si de perros se tratasen. La correa que utilizaba estaba bien curvada, bien presentada, olía muy bien y gustaba estar atado a ella. Por desgracia o por fortuna, mi carácter asexual me privó de ser agarrado. Lo que me sorprendió fue, que tirara un chicle que mascaba con gran solera, por la rendija del ascensor. Esto me dio que pensar. ¿Habría alguien allí abajo aprovechándose de ese chicle? Era factible pues si hay hueco para estar y no tienes nada más, lo más seguro es que lo acabaras mascando. Nadie te iba a decir nada, no te iban a mirar mal, no te iban a detener, estarías solo y todos sabemos lo que es eso. Sería vivir en libertad entre cuatro paredes que sostienen un par de metros cuadrados a lo largo y ancho del espacio.
Decidí bajar hasta donde no llegaba el ascensor. Se estaba muy bien, esa sensación de la que antes he hablado estaba aflorando. Era un lugar fresco e iluminado. Tenía las vistas que yo quería tener, vivía con quien yo quería vivir y tenía lo que nadie quería tener. Me di cuenta por fin cual era mi lugar en la vida. Era igual de valida que cualquier otra forma de vida. No se pueden imaginar lo que tira la gente que lo tiene todo, es algo sorprendente. Desde ese día me instale allí. Era difícil vivir sin emociones. Nunca sabes lo que te van a tirar, nunca sabes si vas a acabar formando parte íntegra de los metros cuadrados, ya que el movimiento del ascensor te hacía pensar en eso. Era ilusionante, creativo, divertido, esperanzador, era la libertad que siempre había querido tener y que la encontré gracias a un chicle y a un hueco de ascensor.
Ahora hago viajes, y me traslado de ascensor en ascensor por todo el mundo. No necesito mucho para ello. Nunca se donde voy a ir a parar, pero siempre sé donde estoy. No olvidéis saludarme, si la rendija os hace recordar mis palabras, y no olvidéis que lo que tiréis por esa rendija me dará ilusión y la vida
hay pagina web
Al fin tenemos una pagina web mas o menos accesible. con el tiempo la iremos terminando y mejorando. La direccion es ww.leeydestruye.tk
Por cierto, a ver si comentais los textos, que nadie dice lo que opoina de ellos.
ahora dejo un texto que al poner este mensaje desaparecera de su lugar en el blog:
AMBIENTE VIOLENTO
Transportes públicos, ¿o debería decir intimidades públicas? El autobús como medio de transporte es un buen aliciente a la hora de explorar en el campo de la psicología. Para ser más preciso el autobús urbano se puede llegar a convertir, y sin nosotros percatarnos de ello, en el sofá más grande, y por lo tanto en el que caben más personas, que un psicólogo puede llegar a admirar en su cuarto intelectual psicoanalista. Se trata pues de ver el tumulto de personas del que un autobús se alimenta cuando se interfiere en la rutina de las personas. ¿Hay algo más rutinario que la vida de un autobús urbano? Pues si, pero no viene a cuento el nombrarlas ya que no nos interesa el tema.
El caso es que en un autobús urbano te puedes topar con las más variopintas situaciones, con los personajes más extravagantes, con las esperas más denigrantes, con la angustia, con un amigo, con dos amigos, con la amargura, con la tristeza, con la alegría, con sonidos guturales y en definitiva con la vida de los ciudadanos en su estado más primario y básico. Y se preguntará amable lector ¿Cuál es el estado de un ciudadano en su “querida” ciudad? Y yo ante tal desacato, ante tal interrogante, me atrevo a contestar: el asco. Sin lugar a dudas en el autobús urbano, el sentimiento que más se huele es el asco. No es una opinión, es un hecho constatado, en base a la experiencia de todos los días, y a vista de cualquier ojo que tenga dos dedos de frente.
El asco en un autobús se puede disfrazar bajo las más impensables e insignificantes muestras emotivas que las personas nos brindan, éstas pasan muchas veces inadvertidas y sólo el cúmulo puede llevar a hacernos pensar en la acción en sí.
Sin embargo el asco puede ser recubierto con una pasta fosforita y tan llamativa que no nos haga ni gracia indagar sobre algo tan elocuente y obvio.
Pero hay un caso en el cual me voy a quedar amable lector, y voy a hacer hincapié en resaltar un asco intrapersonal, un asco perceptible pero a la vez muy contradicho, un asco demócrata, un asco que se puede camuflar y que un político lo podría convertir en todo menos en lo que es, verdadero asco a mi parecer.
Pongamos en escena: un autobús a las 5:45 a.m. de un martes cualquiera, es decir a las seis menos cuarto de un jodido día laboral cualquiera en la vida de un ciudadano de a pie, un ciudadano que nunca podrá permitirse el lujo de. Sus ocupantes son, el conductor, una señora en primerísima fila, un señor con su bigote bien afeitado y su acompañante de todos los días, el almuerzo, y otro cualquier señor vulgar. Estos dos últimos sentados en la aglomeración de asientos que hay al final de un autobús. Continúa la acción con una parada, en particular, una parada en la que la espera se hace tensa, en la que los nervios aún tranquilos por el madrugón van a sentir el primer varapalo del día, la ocasión se tercia cuando el ciudadano a la espera ve al autobús, y entonces zas, se produce el primer altercado del día. Tenerte que cruzar con un individuo al que no conoces, a las seis menos cuarto, al que por lo general no saludas, al que le pagas, y que tiene una cara de asco por lo general maquillada. No sólo te lo tienes que cruzar sino que también tendrá el control absoluto de tu estancia en aquel medio de locomoción que por supuesto no es tuyo y por el cual tienes que pagar. Toda una delicia a horas tan intempestivas como confusas. El ciudadano se sube al autobús y procura agilizar los trámites para coger un buen sitio, en caso de que más personas se subieran a la vez, que es un caso que merece especial trato, o simplemente para pasar aquel mal trago. La pregunta, amable lector es: ¿Dónde cree usted que se sentará el reciente involucrado? La respuesta es: en el lugar más alejado de cualquier punto de vida que haya en su corto recorrido por el pasillo del autobús. Si, ya se que hay otros factores que podrían darnos la explicación ante tal comportamiento, pero también hay otros factores, a parte de los oficiales, destacables para tratar el tema del sida en el continente africano y sin embargo no vienen a cuento por intereses. Y en este caso, y debido a mi gran interés por que entienda amable lector el asco que estoy tratando de sacar a la luz, lo dejaremos así. En cierta medida, a mi entender más puramente matemático el asco en un autobús urbano se puede medir en centímetros. La media aritmética de todos los centímetros que separan las vidas que hay o tratan de haber en un autobús nos da la resolución en la medición del asco presente. Así de sencillo. Aunque a la vez complicado si nos paramos a observar este subjetivo comportamiento, ya que ¿porqué nos comeremos la cabeza tanto las personas cuando subimos a un autobús a la hora de escoger sitio cuando está medio vacío? Pueden ser dos cosas, que nos eclipsemos ante tal variedad de asientos vacíos, que nos intimide tal situación y tratemos de buscar la más difícil porque así pensamos que es una buena elección, ya que no sabemos muy bien ni lo que queremos realmente; o, y a bajo mi punto de vista la opción acertada, el asco que nos producen las personas con las cuales no queremos tomar partida en un viaje por muy corto que sea, y que nos lleva a elegir el punto más alejado a todos ellos y ellas en el cual nos sentimos más y mejor, sin ataduras de por medio, evitando posibles conversaciones estúpidas en días monotonos, y evitando lo más importante, que la falta de asco en la rutina del autobús les deje sin ir al trabajo.
ABAJO EL TRABAJO (/-\)
Por cierto, a ver si comentais los textos, que nadie dice lo que opoina de ellos.
ahora dejo un texto que al poner este mensaje desaparecera de su lugar en el blog:
AMBIENTE VIOLENTO
Transportes públicos, ¿o debería decir intimidades públicas? El autobús como medio de transporte es un buen aliciente a la hora de explorar en el campo de la psicología. Para ser más preciso el autobús urbano se puede llegar a convertir, y sin nosotros percatarnos de ello, en el sofá más grande, y por lo tanto en el que caben más personas, que un psicólogo puede llegar a admirar en su cuarto intelectual psicoanalista. Se trata pues de ver el tumulto de personas del que un autobús se alimenta cuando se interfiere en la rutina de las personas. ¿Hay algo más rutinario que la vida de un autobús urbano? Pues si, pero no viene a cuento el nombrarlas ya que no nos interesa el tema.
El caso es que en un autobús urbano te puedes topar con las más variopintas situaciones, con los personajes más extravagantes, con las esperas más denigrantes, con la angustia, con un amigo, con dos amigos, con la amargura, con la tristeza, con la alegría, con sonidos guturales y en definitiva con la vida de los ciudadanos en su estado más primario y básico. Y se preguntará amable lector ¿Cuál es el estado de un ciudadano en su “querida” ciudad? Y yo ante tal desacato, ante tal interrogante, me atrevo a contestar: el asco. Sin lugar a dudas en el autobús urbano, el sentimiento que más se huele es el asco. No es una opinión, es un hecho constatado, en base a la experiencia de todos los días, y a vista de cualquier ojo que tenga dos dedos de frente.
El asco en un autobús se puede disfrazar bajo las más impensables e insignificantes muestras emotivas que las personas nos brindan, éstas pasan muchas veces inadvertidas y sólo el cúmulo puede llevar a hacernos pensar en la acción en sí.
Sin embargo el asco puede ser recubierto con una pasta fosforita y tan llamativa que no nos haga ni gracia indagar sobre algo tan elocuente y obvio.
Pero hay un caso en el cual me voy a quedar amable lector, y voy a hacer hincapié en resaltar un asco intrapersonal, un asco perceptible pero a la vez muy contradicho, un asco demócrata, un asco que se puede camuflar y que un político lo podría convertir en todo menos en lo que es, verdadero asco a mi parecer.
Pongamos en escena: un autobús a las 5:45 a.m. de un martes cualquiera, es decir a las seis menos cuarto de un jodido día laboral cualquiera en la vida de un ciudadano de a pie, un ciudadano que nunca podrá permitirse el lujo de. Sus ocupantes son, el conductor, una señora en primerísima fila, un señor con su bigote bien afeitado y su acompañante de todos los días, el almuerzo, y otro cualquier señor vulgar. Estos dos últimos sentados en la aglomeración de asientos que hay al final de un autobús. Continúa la acción con una parada, en particular, una parada en la que la espera se hace tensa, en la que los nervios aún tranquilos por el madrugón van a sentir el primer varapalo del día, la ocasión se tercia cuando el ciudadano a la espera ve al autobús, y entonces zas, se produce el primer altercado del día. Tenerte que cruzar con un individuo al que no conoces, a las seis menos cuarto, al que por lo general no saludas, al que le pagas, y que tiene una cara de asco por lo general maquillada. No sólo te lo tienes que cruzar sino que también tendrá el control absoluto de tu estancia en aquel medio de locomoción que por supuesto no es tuyo y por el cual tienes que pagar. Toda una delicia a horas tan intempestivas como confusas. El ciudadano se sube al autobús y procura agilizar los trámites para coger un buen sitio, en caso de que más personas se subieran a la vez, que es un caso que merece especial trato, o simplemente para pasar aquel mal trago. La pregunta, amable lector es: ¿Dónde cree usted que se sentará el reciente involucrado? La respuesta es: en el lugar más alejado de cualquier punto de vida que haya en su corto recorrido por el pasillo del autobús. Si, ya se que hay otros factores que podrían darnos la explicación ante tal comportamiento, pero también hay otros factores, a parte de los oficiales, destacables para tratar el tema del sida en el continente africano y sin embargo no vienen a cuento por intereses. Y en este caso, y debido a mi gran interés por que entienda amable lector el asco que estoy tratando de sacar a la luz, lo dejaremos así. En cierta medida, a mi entender más puramente matemático el asco en un autobús urbano se puede medir en centímetros. La media aritmética de todos los centímetros que separan las vidas que hay o tratan de haber en un autobús nos da la resolución en la medición del asco presente. Así de sencillo. Aunque a la vez complicado si nos paramos a observar este subjetivo comportamiento, ya que ¿porqué nos comeremos la cabeza tanto las personas cuando subimos a un autobús a la hora de escoger sitio cuando está medio vacío? Pueden ser dos cosas, que nos eclipsemos ante tal variedad de asientos vacíos, que nos intimide tal situación y tratemos de buscar la más difícil porque así pensamos que es una buena elección, ya que no sabemos muy bien ni lo que queremos realmente; o, y a bajo mi punto de vista la opción acertada, el asco que nos producen las personas con las cuales no queremos tomar partida en un viaje por muy corto que sea, y que nos lleva a elegir el punto más alejado a todos ellos y ellas en el cual nos sentimos más y mejor, sin ataduras de por medio, evitando posibles conversaciones estúpidas en días monotonos, y evitando lo más importante, que la falta de asco en la rutina del autobús les deje sin ir al trabajo.
ABAJO EL TRABAJO (/-\)





