AMBIENTE VIOLENTO
Transportes públicos, ¿o debería decir intimidades públicas? El autobús como medio de transporte es un buen aliciente a la hora de explorar en el campo de la psicología. Para ser más preciso el autobús urbano se puede llegar a convertir, y sin nosotros percatarnos de ello, en el sofá más grande, y por lo tanto en el que caben más personas, que un psicólogo puede llegar a admirar en su cuarto intelectual psicoanalista. Se trata pues de ver el tumulto de personas del que un autobús se alimenta cuando se interfiere en la rutina de las personas. ¿Hay algo más rutinario que la vida de un autobús urbano? Pues si, pero no viene a cuento el nombrarlas ya que no nos interesa el tema.
El caso es que en un autobús urbano te puedes topar con las más variopintas situaciones, con los personajes más extravagantes, con las esperas más denigrantes, con la angustia, con un amigo, con dos amigos, con la amargura, con la tristeza, con la alegría, con sonidos guturales y en definitiva con la vida de los ciudadanos en su estado más primario y básico. Y se preguntará amable lector ¿Cuál es el estado de un ciudadano en su “querida” ciudad? Y yo ante tal desacato, ante tal interrogante, me atrevo a contestar: el asco. Sin lugar a dudas en el autobús urbano, el sentimiento que más se huele es el asco. No es una opinión, es un hecho constatado, en base a la experiencia de todos los días, y a vista de cualquier ojo que tenga dos dedos de frente.
El asco en un autobús se puede disfrazar bajo las más impensables e insignificantes muestras emotivas que las personas nos brindan, éstas pasan muchas veces inadvertidas y sólo el cúmulo puede llevar a hacernos pensar en la acción en sí.
Sin embargo el asco puede ser recubierto con una pasta fosforita y tan llamativa que no nos haga ni gracia indagar sobre algo tan elocuente y obvio.
Pero hay un caso en el cual me voy a quedar amable lector, y voy a hacer hincapié en resaltar un asco intrapersonal, un asco perceptible pero a la vez muy contradicho, un asco demócrata, un asco que se puede camuflar y que un político lo podría convertir en todo menos en lo que es, verdadero asco a mi parecer.
Pongamos en escena: un autobús a las 5:45 a.m. de un martes cualquiera, es decir a las seis menos cuarto de un jodido día laboral cualquiera en la vida de un ciudadano de a pie, un ciudadano que nunca podrá permitirse el lujo de. Sus ocupantes son, el conductor, una señora en primerísima fila, un señor con su bigote bien afeitado y su acompañante de todos los días, el almuerzo, y otro cualquier señor vulgar. Estos dos últimos sentados en la aglomeración de asientos que hay al final de un autobús. Continúa la acción con una parada, en particular, una parada en la que la espera se hace tensa, en la que los nervios aún tranquilos por el madrugón van a sentir el primer varapalo del día, la ocasión se tercia cuando el ciudadano a la espera ve al autobús, y entonces zas, se produce el primer altercado del día. Tenerte que cruzar con un individuo al que no conoces, a las seis menos cuarto, al que por lo general no saludas, al que le pagas, y que tiene una cara de asco por lo general maquillada. No sólo te lo tienes que cruzar sino que también tendrá el control absoluto de tu estancia en aquel medio de locomoción que por supuesto no es tuyo y por el cual tienes que pagar. Toda una delicia a horas tan intempestivas como confusas. El ciudadano se sube al autobús y procura agilizar los trámites para coger un buen sitio, en caso de que más personas se subieran a la vez, que es un caso que merece especial trato, o simplemente para pasar aquel mal trago. La pregunta, amable lector es: ¿Dónde cree usted que se sentará el reciente involucrado? La respuesta es: en el lugar más alejado de cualquier punto de vida que haya en su corto recorrido por el pasillo del autobús. Si, ya se que hay otros factores que podrían darnos la explicación ante tal comportamiento, pero también hay otros factores, a parte de los oficiales, destacables para tratar el tema del sida en el continente africano y sin embargo no vienen a cuento por intereses. Y en este caso, y debido a mi gran interés por que entienda amable lector el asco que estoy tratando de sacar a la luz, lo dejaremos así. En cierta medida, a mi entender más puramente matemático el asco en un autobús urbano se puede medir en centímetros. La media aritmética de todos los centímetros que separan las vidas que hay o tratan de haber en un autobús nos da la resolución en la medición del asco presente. Así de sencillo. Aunque a la vez complicado si nos paramos a observar este subjetivo comportamiento, ya que ¿porqué nos comeremos la cabeza tanto las personas cuando subimos a un autobús a la hora de escoger sitio cuando está medio vacío? Pueden ser dos cosas, que nos eclipsemos ante tal variedad de asientos vacíos, que nos intimide tal situación y tratemos de buscar la más difícil porque así pensamos que es una buena elección, ya que no sabemos muy bien ni lo que queremos realmente; o, y a bajo mi punto de vista la opción acertada, el asco que nos producen las personas con las cuales no queremos tomar partida en un viaje por muy corto que sea, y que nos lleva a elegir el punto más alejado a todos ellos y ellas en el cual nos sentimos más y mejor, sin ataduras de por medio, evitando posibles conversaciones estúpidas en días monotonos, y evitando lo más importante, que la falta de asco en la rutina del autobús les deje sin ir al trabajo.
ABAJO EL TRABAJO (/-\)
El caso es que en un autobús urbano te puedes topar con las más variopintas situaciones, con los personajes más extravagantes, con las esperas más denigrantes, con la angustia, con un amigo, con dos amigos, con la amargura, con la tristeza, con la alegría, con sonidos guturales y en definitiva con la vida de los ciudadanos en su estado más primario y básico. Y se preguntará amable lector ¿Cuál es el estado de un ciudadano en su “querida” ciudad? Y yo ante tal desacato, ante tal interrogante, me atrevo a contestar: el asco. Sin lugar a dudas en el autobús urbano, el sentimiento que más se huele es el asco. No es una opinión, es un hecho constatado, en base a la experiencia de todos los días, y a vista de cualquier ojo que tenga dos dedos de frente.
El asco en un autobús se puede disfrazar bajo las más impensables e insignificantes muestras emotivas que las personas nos brindan, éstas pasan muchas veces inadvertidas y sólo el cúmulo puede llevar a hacernos pensar en la acción en sí.
Sin embargo el asco puede ser recubierto con una pasta fosforita y tan llamativa que no nos haga ni gracia indagar sobre algo tan elocuente y obvio.
Pero hay un caso en el cual me voy a quedar amable lector, y voy a hacer hincapié en resaltar un asco intrapersonal, un asco perceptible pero a la vez muy contradicho, un asco demócrata, un asco que se puede camuflar y que un político lo podría convertir en todo menos en lo que es, verdadero asco a mi parecer.
Pongamos en escena: un autobús a las 5:45 a.m. de un martes cualquiera, es decir a las seis menos cuarto de un jodido día laboral cualquiera en la vida de un ciudadano de a pie, un ciudadano que nunca podrá permitirse el lujo de. Sus ocupantes son, el conductor, una señora en primerísima fila, un señor con su bigote bien afeitado y su acompañante de todos los días, el almuerzo, y otro cualquier señor vulgar. Estos dos últimos sentados en la aglomeración de asientos que hay al final de un autobús. Continúa la acción con una parada, en particular, una parada en la que la espera se hace tensa, en la que los nervios aún tranquilos por el madrugón van a sentir el primer varapalo del día, la ocasión se tercia cuando el ciudadano a la espera ve al autobús, y entonces zas, se produce el primer altercado del día. Tenerte que cruzar con un individuo al que no conoces, a las seis menos cuarto, al que por lo general no saludas, al que le pagas, y que tiene una cara de asco por lo general maquillada. No sólo te lo tienes que cruzar sino que también tendrá el control absoluto de tu estancia en aquel medio de locomoción que por supuesto no es tuyo y por el cual tienes que pagar. Toda una delicia a horas tan intempestivas como confusas. El ciudadano se sube al autobús y procura agilizar los trámites para coger un buen sitio, en caso de que más personas se subieran a la vez, que es un caso que merece especial trato, o simplemente para pasar aquel mal trago. La pregunta, amable lector es: ¿Dónde cree usted que se sentará el reciente involucrado? La respuesta es: en el lugar más alejado de cualquier punto de vida que haya en su corto recorrido por el pasillo del autobús. Si, ya se que hay otros factores que podrían darnos la explicación ante tal comportamiento, pero también hay otros factores, a parte de los oficiales, destacables para tratar el tema del sida en el continente africano y sin embargo no vienen a cuento por intereses. Y en este caso, y debido a mi gran interés por que entienda amable lector el asco que estoy tratando de sacar a la luz, lo dejaremos así. En cierta medida, a mi entender más puramente matemático el asco en un autobús urbano se puede medir en centímetros. La media aritmética de todos los centímetros que separan las vidas que hay o tratan de haber en un autobús nos da la resolución en la medición del asco presente. Así de sencillo. Aunque a la vez complicado si nos paramos a observar este subjetivo comportamiento, ya que ¿porqué nos comeremos la cabeza tanto las personas cuando subimos a un autobús a la hora de escoger sitio cuando está medio vacío? Pueden ser dos cosas, que nos eclipsemos ante tal variedad de asientos vacíos, que nos intimide tal situación y tratemos de buscar la más difícil porque así pensamos que es una buena elección, ya que no sabemos muy bien ni lo que queremos realmente; o, y a bajo mi punto de vista la opción acertada, el asco que nos producen las personas con las cuales no queremos tomar partida en un viaje por muy corto que sea, y que nos lleva a elegir el punto más alejado a todos ellos y ellas en el cual nos sentimos más y mejor, sin ataduras de por medio, evitando posibles conversaciones estúpidas en días monotonos, y evitando lo más importante, que la falta de asco en la rutina del autobús les deje sin ir al trabajo.
ABAJO EL TRABAJO (/-\)





