DEMASIADAS PASTILLAS ERAN POCAS
DEMASIADAS PASTILLAS ERAN POCAS
Demasiadas pastillas eran pocas, pero suficientes como para acabar conmigo de una sentada. Le faltaba algo al acto de quitarme la vida, no sabía el qué, pero me lo esperaba de otra manera. Era algo muy soso, sin apenas importancia, no se como definirlo, no se como me sentía, estaba sumido en una confusión que se añadía a la desconfianza que tenía en la muerte como esperanza. Algo me olía mal, no iba a salir como yo esperaba, no iba a conseguir mi propósito pero aun así me decidí a hacerlo. Cuando llegas a cierto punto es difícil echarse para atrás, sencillamente no vale la pena.
Decidí poner el toque que le faltaba, la guinda que suele llevar todo pastel que va a ser troceado y desprovisto de su forma. El lazo que suele llevar toda persona de bien. Es muy curioso lo del lazo ya que la gente se pone lacitos para todo, siendo un poco mas modernos, pulseras hechas de goma que perfectamente pudieran estar en todos centros psiquiátricos para poder distinguir a los desviados de los otros. Aunque solo los distinguiría, no quiero decir por esto que los diferenciara.
Sí. Le puse el toque que le faltaba. Me puse a mi mismo como toque. Como engranaje de toda la maquinaria que empieza a dar sus primeros pasos. Me senté y tranquilamente me tomé 300mg Rohypnol, 500 de Bropupion, 100 de Amoxapina, unos toques de Citalopran y un buen vasito de orujo. Entró como la seda, fue uno de esos tragos que te hacen pensar en quién eres y realmente que no importa lo que estés haciendo o donde estés. Son esos momentos de intimidad, de autoentendimiento los que hacen que sigas bebiendo otro trago, y otro, y otro. Este no era mi caso por supuesto, aspiraba a un resto de vida mejor.
Muy pronto empecé a notar los primeros efectos que las convulsiones que se instauraban en mi cerebro.
Mire al frente y vi al asesino y al asesinado. Estaba muy cerca pero me parecía lejos. Por primera vez le veía de frente y parecía como que me perseguía. Más bien yo era el que daba pasos hacia atrás, él venía a por mi. Me veía desgarrado, y desprovisto de toda fuerza capaz de frenar sus intenciones, sólo existía eso en aquel momento. No sabía como dirigirme hacia él, pero mis ultimas opciones de vida eran las de plantarle cara y derrotarle.
Las convulsiones cesaban de rato en rato. Me encontraba en un estado más extraño de lo que de normal estaba acostumbrado, me parecía raro porque mi vida hasta ese momento tampoco se había diferenciado mucho a estar de convulsión en convulsión, pero ese momento era diferente, algo estaba sucediendo. Trate de no darle mucha importancia y continué concentrado en mi labor, la de escapar de mi mismo y verme marchar.
-Maldito enfermo cínico, la estas cagando, me oyes. ¡La estas cagando! No creo que pueda aguantar mucho, pero no me veras moverme de aquí.
Oía alguna voz como desafiante, supongo que con tal cantidad de antidepresivos que me había tomado era normal escuchar voces desafiantes a la razón. La conciencia me empezaba a fallar, los parpados no atendían mis órdenes y no podía permitirme el lujo de no verme morir. Era lo fundamental de todo aquello, era el último fin.
-Te dije que no me iba a mover, da igual la cantidad de fármacos que administres, no me veras irme.
La muerte estaba sujetándome, dándome esas últimas palmadas en la espalda y esos falsos apoyos, de los que te dejan coger confianza para que luego así el golpe sea más duro. Estaba jugando conmigo y yo le había dado los juguetes en forma de química. Por fin hacia lo quería en mi vida, que era jugar con la muerte, mi anhelo, mi sueño hecho realidad.
Hall se dirigió al espejo:
- Cabrón vas a saber lo que es estar muerto y encerrado. Tus únicos pensamientos solo rondaran por tu cabeza para ayudarte a recordar que anhelas el fin, que no puedes más, que ves la salida pero se te antoja más frustrante andar hacia ella que quedarte en la puerta. Solo pensaras en irte pero será difícil cruzar el umbral. Solo espero que te jodas como tú me has jodido a mí.
Hall cayó al vide desplomado y abatido. Sus días se habían contado todos. La sangre salpicó el espejo dejando una imagen macabra en un simple cuarto de baño.
- No me he movido fracasado, no lo ves. Que puertas ni que ostias, de que hablas, solo se que he aguantado y que tu te has rendido
La imagen de Hall quedó en el espejo y no siguió los pasos de su dominante. Por fin se vio morir a si mismo. Mas que nada, la muerte de Hall vio como se iba la vida de Hall, pero se dio cuenta que necesitaba de ese puto enclenque puesto hasta el culo de todo tipo de fármacos que reposaba sobre el lugar donde todo el mundo se lava las manos, no se si por higiene o por puro formalismo de escaqueo. La reciprocidad quedó rota y la complicidad se quebró. La imagen dijo desde su posición poco ortodoxa:
-Hijo de puta, me has encerrado como a un muerto. Tu puta cobardía te ha matado y a mi me ha encerrado. Algún día te vendrán a sacar para llevarte al matadero y en ese momento me reiré de todos.
Demasiadas pastillas eran pocas, pero suficientes como para acabar conmigo de una sentada. Le faltaba algo al acto de quitarme la vida, no sabía el qué, pero me lo esperaba de otra manera. Era algo muy soso, sin apenas importancia, no se como definirlo, no se como me sentía, estaba sumido en una confusión que se añadía a la desconfianza que tenía en la muerte como esperanza. Algo me olía mal, no iba a salir como yo esperaba, no iba a conseguir mi propósito pero aun así me decidí a hacerlo. Cuando llegas a cierto punto es difícil echarse para atrás, sencillamente no vale la pena.
Decidí poner el toque que le faltaba, la guinda que suele llevar todo pastel que va a ser troceado y desprovisto de su forma. El lazo que suele llevar toda persona de bien. Es muy curioso lo del lazo ya que la gente se pone lacitos para todo, siendo un poco mas modernos, pulseras hechas de goma que perfectamente pudieran estar en todos centros psiquiátricos para poder distinguir a los desviados de los otros. Aunque solo los distinguiría, no quiero decir por esto que los diferenciara.
Sí. Le puse el toque que le faltaba. Me puse a mi mismo como toque. Como engranaje de toda la maquinaria que empieza a dar sus primeros pasos. Me senté y tranquilamente me tomé 300mg Rohypnol, 500 de Bropupion, 100 de Amoxapina, unos toques de Citalopran y un buen vasito de orujo. Entró como la seda, fue uno de esos tragos que te hacen pensar en quién eres y realmente que no importa lo que estés haciendo o donde estés. Son esos momentos de intimidad, de autoentendimiento los que hacen que sigas bebiendo otro trago, y otro, y otro. Este no era mi caso por supuesto, aspiraba a un resto de vida mejor.
Muy pronto empecé a notar los primeros efectos que las convulsiones que se instauraban en mi cerebro.
Mire al frente y vi al asesino y al asesinado. Estaba muy cerca pero me parecía lejos. Por primera vez le veía de frente y parecía como que me perseguía. Más bien yo era el que daba pasos hacia atrás, él venía a por mi. Me veía desgarrado, y desprovisto de toda fuerza capaz de frenar sus intenciones, sólo existía eso en aquel momento. No sabía como dirigirme hacia él, pero mis ultimas opciones de vida eran las de plantarle cara y derrotarle.
Las convulsiones cesaban de rato en rato. Me encontraba en un estado más extraño de lo que de normal estaba acostumbrado, me parecía raro porque mi vida hasta ese momento tampoco se había diferenciado mucho a estar de convulsión en convulsión, pero ese momento era diferente, algo estaba sucediendo. Trate de no darle mucha importancia y continué concentrado en mi labor, la de escapar de mi mismo y verme marchar.
-Maldito enfermo cínico, la estas cagando, me oyes. ¡La estas cagando! No creo que pueda aguantar mucho, pero no me veras moverme de aquí.
Oía alguna voz como desafiante, supongo que con tal cantidad de antidepresivos que me había tomado era normal escuchar voces desafiantes a la razón. La conciencia me empezaba a fallar, los parpados no atendían mis órdenes y no podía permitirme el lujo de no verme morir. Era lo fundamental de todo aquello, era el último fin.
-Te dije que no me iba a mover, da igual la cantidad de fármacos que administres, no me veras irme.
La muerte estaba sujetándome, dándome esas últimas palmadas en la espalda y esos falsos apoyos, de los que te dejan coger confianza para que luego así el golpe sea más duro. Estaba jugando conmigo y yo le había dado los juguetes en forma de química. Por fin hacia lo quería en mi vida, que era jugar con la muerte, mi anhelo, mi sueño hecho realidad.
Hall se dirigió al espejo:
- Cabrón vas a saber lo que es estar muerto y encerrado. Tus únicos pensamientos solo rondaran por tu cabeza para ayudarte a recordar que anhelas el fin, que no puedes más, que ves la salida pero se te antoja más frustrante andar hacia ella que quedarte en la puerta. Solo pensaras en irte pero será difícil cruzar el umbral. Solo espero que te jodas como tú me has jodido a mí.
Hall cayó al vide desplomado y abatido. Sus días se habían contado todos. La sangre salpicó el espejo dejando una imagen macabra en un simple cuarto de baño.
- No me he movido fracasado, no lo ves. Que puertas ni que ostias, de que hablas, solo se que he aguantado y que tu te has rendido
La imagen de Hall quedó en el espejo y no siguió los pasos de su dominante. Por fin se vio morir a si mismo. Mas que nada, la muerte de Hall vio como se iba la vida de Hall, pero se dio cuenta que necesitaba de ese puto enclenque puesto hasta el culo de todo tipo de fármacos que reposaba sobre el lugar donde todo el mundo se lava las manos, no se si por higiene o por puro formalismo de escaqueo. La reciprocidad quedó rota y la complicidad se quebró. La imagen dijo desde su posición poco ortodoxa:
-Hijo de puta, me has encerrado como a un muerto. Tu puta cobardía te ha matado y a mi me ha encerrado. Algún día te vendrán a sacar para llevarte al matadero y en ese momento me reiré de todos.





