Despedidas
Un minuto más tarde, los dos saldrían de sus camerinos por última vez. Y lo que les esperaba al otro lado, nada más girar el pomo de la puerta, era una vida nueva. Una vida distinta. Una vida feliz.

Tiene gracia.
Hace poco tiempo recordé una cosa. Un montón de años atrás estaba yo en mi pueblo, sentado en aquel sillón que me gustaba y me desviaba la columna a partes iguales. Mi hermano y yo estábamos viendo una serie de televisión que, a decir verdad, no seguíamos muy a menudo. Se trataba de un capítulo especial, el último de la serie, y terminaba con un montaje musical en la que la gente del equipo se homenajeaba a gusto. Recuerdo concretamente un momento en que varios auxiliares, pertiguistas, o qué se yo, corrían por los decorados mientras otros les seguían con la mirada desde unos asientos. Me fijé en sus caras, y en las del resto de personas que iban apareciendo, y me invadió una sensación extraña, un sentimiento ajeno que me transmitían con asombrosa facilidad. Cariño, sonrisas, amistad, apoyo, carcajadas, lágrimas, vocación. Entonces deseé trabajar en una serie y compartir todos esos sentimientos.
Ahora todo aquello que vi en aquel capítulo, lo estoy viviendo a cada segundo. Y más con días como el de hoy, que ha sido el último día en la serie de varias personas que, por distintas razones, dejan de acompañarnos en este viaje. Personas que se han dejado la piel, el tiempo, el sueño, la salud y hasta el dinero del futbolín en sacar adelante un proyecto que hace feliz a la gente. Compañeros que han soportado una cantidad inhumana de horas estudiando en sus casas o descargando furgonetas bajo la lluvia en pleno invierno. Amigos que te regalan sonrisas después de gritarte “graba de una puta vez” o te hacen feliz dejando que te pasees con un disfraz de Darth Vader en medio del rodaje. Corazones que te aplauden cuando has terminado tu última secuencia, y a los que pides seguir luchando mientras intentas que tu camiseta de “Yo soy libre” rivalice por momentos con la alucinante camiseta negra de “Spiderman” que se veía en la redacción de la revista. Es verdad. Les vamos a echar mucho de menos a todos.
Despedidas. Siempre tan duras e implacables, tan exigentes y tan profundas. Y yo ahí en medio, cruzando nuestras miradas mientras se despiden bajo los focos, contendiendo las lágrimas y sin poder sacar las palabras de mi boca. “Si hablas, lloras”, pienso. “No me importa”, añado. “Pero es que si lo haces no van a entender lo que dices”, respondo. “Escríbelo más tarde”, se me ocurre. “Ahora, solo abraza con fuerza”, decido. Y es lo que hago. Abrazo. Abrazo mientras mi boca quiere decir que no quiero que esto se acabe aquí, que ahora viene la parte buena, que tenemos conversaciones pendientes, que la verdadera aventura nos está esperando fuera de ese decorado, y que si queréis mover la isla solo tenemos que empujarla todos juntos.
Pero, ¿sabéis una cosa? Que aún no he dicho lo mejor.
Y es que aquella serie de la que os hablaba antes era “Compañeros”. Y el tiempo ha querido que, muchos años más tarde, la vida me haya sorprendido cumpliendo aquel deseo y abrazando a una de las actrices de aquella serie mientras me regala palabras al oído que me guardo para siempre.
Sí, la verdad es que tiene mucha gracia.

Tiene gracia.
Hace poco tiempo recordé una cosa. Un montón de años atrás estaba yo en mi pueblo, sentado en aquel sillón que me gustaba y me desviaba la columna a partes iguales. Mi hermano y yo estábamos viendo una serie de televisión que, a decir verdad, no seguíamos muy a menudo. Se trataba de un capítulo especial, el último de la serie, y terminaba con un montaje musical en la que la gente del equipo se homenajeaba a gusto. Recuerdo concretamente un momento en que varios auxiliares, pertiguistas, o qué se yo, corrían por los decorados mientras otros les seguían con la mirada desde unos asientos. Me fijé en sus caras, y en las del resto de personas que iban apareciendo, y me invadió una sensación extraña, un sentimiento ajeno que me transmitían con asombrosa facilidad. Cariño, sonrisas, amistad, apoyo, carcajadas, lágrimas, vocación. Entonces deseé trabajar en una serie y compartir todos esos sentimientos.
Ahora todo aquello que vi en aquel capítulo, lo estoy viviendo a cada segundo. Y más con días como el de hoy, que ha sido el último día en la serie de varias personas que, por distintas razones, dejan de acompañarnos en este viaje. Personas que se han dejado la piel, el tiempo, el sueño, la salud y hasta el dinero del futbolín en sacar adelante un proyecto que hace feliz a la gente. Compañeros que han soportado una cantidad inhumana de horas estudiando en sus casas o descargando furgonetas bajo la lluvia en pleno invierno. Amigos que te regalan sonrisas después de gritarte “graba de una puta vez” o te hacen feliz dejando que te pasees con un disfraz de Darth Vader en medio del rodaje. Corazones que te aplauden cuando has terminado tu última secuencia, y a los que pides seguir luchando mientras intentas que tu camiseta de “Yo soy libre” rivalice por momentos con la alucinante camiseta negra de “Spiderman” que se veía en la redacción de la revista. Es verdad. Les vamos a echar mucho de menos a todos.
Despedidas. Siempre tan duras e implacables, tan exigentes y tan profundas. Y yo ahí en medio, cruzando nuestras miradas mientras se despiden bajo los focos, contendiendo las lágrimas y sin poder sacar las palabras de mi boca. “Si hablas, lloras”, pienso. “No me importa”, añado. “Pero es que si lo haces no van a entender lo que dices”, respondo. “Escríbelo más tarde”, se me ocurre. “Ahora, solo abraza con fuerza”, decido. Y es lo que hago. Abrazo. Abrazo mientras mi boca quiere decir que no quiero que esto se acabe aquí, que ahora viene la parte buena, que tenemos conversaciones pendientes, que la verdadera aventura nos está esperando fuera de ese decorado, y que si queréis mover la isla solo tenemos que empujarla todos juntos.
Pero, ¿sabéis una cosa? Que aún no he dicho lo mejor.
Y es que aquella serie de la que os hablaba antes era “Compañeros”. Y el tiempo ha querido que, muchos años más tarde, la vida me haya sorprendido cumpliendo aquel deseo y abrazando a una de las actrices de aquella serie mientras me regala palabras al oído que me guardo para siempre.
Sí, la verdad es que tiene mucha gracia.
Una buena semana
¿Qué podemos decir de una semana en la que si enciendes la televisión, si sintonizas cualquier emisora de radio o si abres cualquier página web, no paras de escuchar la música de "Indiana Jones"?
Pues eso... que es una buena semana.
¡Larga vida a Indy!
Pues eso... que es una buena semana.
¡Larga vida a Indy!
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