Babel

Ya se comentó en su día la prometedora carrera de Alejandro Gónzalez Iñarritu...todo su talento ha cristalizado en "Babel", película que acabo de ver y que merece la reapertura del blog.
Babel
La noche comienza con la mejor de las compañías y con una muy buena cena. Pero las cosas comienzan a torcerse. Una simpática encargada nos comunica que la película empezará con un cuarto de hora de retraso a petición de la distribuidora. Al llegar a la puerta del cine me encuentro con una enorme cola que hace que la película, que en teoría tenía que empezar a las diez, empiece con más de media hora de retraso. Las butacas me recuerdan al sillón viejo del comedor de mi casa y a mi lado se me sienta un señor con un enorme cuenco de palomitas dispuesto a amargarme la película. Comienza la proyección y el sonido que anuncia la publicidad de los cines es ensordecedor. A mi lado comienzan a engullir palomitas. Títulos de crédito y comienza la acción. Al poco me doy cuenta de que el metraje es, en más de sus tres cuartas partes, subtitulado. Empiezo a sentir ansiedad. Pero por ensalmo el gran Iñárritu me lleva hasta un rinconcito de una choza magrebí y luego me siento detrás de Brad Pitt y su señora Blanchett en un autobús de turistas y comienza mi camino hacia Babel…los ojos de unos niños asustados me miran y me desarman y entonces Chavela Vargas, en mitad de una boda me desgarra el alma, al igual que el cuerpo desnudo de una joven muchacha. Cierro los ojos y me encuentro en mitad del desierto, hace calor, mucho calor y entonces comprendo que jamás podré escapar de aquel lugar.
Alejandro González Iñárritu alcanza el Olimpo de los más grandes con la que es para mí su mejor película hasta la fecha. Me encanta el pulso narrativo del Mexicano y el toque de contar historias desfragmentadas de ese gran guionista que es Guillermo Arriaga; me hace sentirme en un desierto con la misma facilidad que en una urbe como Tokio (nadie había filmado así la ciudad desde que Sofia Coppola nos regalara su “Lost in translation). Y en todos los lugares siento indefensión y dolor. Y sufro con el sufrimiento de unos actores que bordan sus papeles, con especial atención a la nana y a la joven Japonesa, por citar solo a dos. Y entonces reparo en que me da igual tener que leer durante más de dos horas y llego a la conclusión que no hubiera sido posible de otra forma, que es un regalo que los personajes hablen en inglés, francés, el español de la frontera, en marroquí o que se expresen con el lenguaje de signos. Y me da igual que a mi lado sigan devorando palomitas con su sonido tan atroz, es igual, la música de Santaolalla hace callar todos los ruidos y la fotografía de Rodrigo Prieto me hace sentir, sentir en el más amplio sentido de la palabra, sufro con la nana en el desierto, siento miedo por esos niños y su padre vagando por las montañas, siento rabia e impotencia ante la situación del matrimonio estadounidense y siento una compasión infinita por esa joven sordomuda que me ha robado el corazón. Me da igual que mi acompañante se ponga a hablar por teléfono en uno de los momentos álgidos de la narración (que grande eres Guillermo Arriaga) yo estoy asistiendo, atónito, a una historia sobre la incomunicación, sobre las fronteras y las barreras que se auto impone el ser humano mediante ese diabólico invento que llaman política… las luces se encienden y siento unas ganas enormes de aplaudir y , aunque aún ahora me arrepiento, no lo hago. Miro a mi alrededor y la gente calla, a mi lado el engullidor de palomitas me mira con cara de no haber entendido nada, ahora más que nunca comprendo a esa joven japonesa que se pasea desnuda e indefensa en su balcón, con la ciudad, con el mundo hostil de fondo.





