Tango

Tango
Hoy lloro por la muchachita
Que se llevó mi querer.
Hoy canto a esa niña
Que pareciera cantada
En un tango de Gardel.
Hoy la noche marchita
Se rompe en el sonido
De esta triste distancia
Que te aleja de mi ser.
No es igual estar alegre
Que llorar por el ayer,
Vivir entre cambalaches
Que morir por no volverte a ver.
Pasear por este Buenos Aires,
Eternamente querido,
Que un día te vio nacer.
Ay ese Buenos Aires
De este tango de mujer.
Arrabalera y bisoñera
En mis sueños me atormentas
Con la triste dulzura
Con la que siempre te recordaré.
Atrapado por esa mirada
Que un día me hizo enloquecer,
Bien sabes que nunca te olvidé.
Bien sabes que un día,
Bajo la luz de la estrellas,
Siempre te esperaré volver y volver
A Gardel y sus Tangos. Carlos Robledo García.
El marino y el mar
El marino y la mar
Es en estos momentos del día cuando más me gusta ser marino. La noche está calmada. En el cielo, la luna y las estrellas dibujan en perfecta armonía un mosaico infinito que nunca me canso de mirar. Se sorprenderían si supieran las horas y horas que he pasado mirando al cielo. Sin hacer nada más. Tumbado en este pequeño velero y mecido por el vaivén de las olas. No creo que haya nada mejor en el mundo que quedarse dormido sobre cubierta, con esa deliciosa melodía del agua chocando contra la madera del barco, sólo interrumpida por el ruido de los peces que de cuando en cuando deciden asomarse al otro lado de su realidad.
Llevo años y años haciendo lo mismo; tantos que mis huesos ya tiemblan al caminar. Ya no recuerdo el día en que me eché por primera vez a la mar. Ni tan si quiera los motivos. Quizá algún despecho de alguna mujer que dejé en puerto o tal vez el desencanto de una vida llena de desasosiegos; de ir corriendo a los sitios, de escuchar las voces de la gente, de asistir impotente a una civilización que va, sin remedio, a la deriva. Aquí no hay más patria que mi velero y no hay más bandera que la que cuelga del mástil. Claro que la vida aquí tampoco es fácil. La mar no siempre está en calma. Creo que he vivido mil tormentas y mil y una vez me ha tocado arreglar los desperfectos. Es terrible comprobar cómo se levantan las olas enfurecidas, poseídas por un espíritu embravecido, cómo retorciéndose de dolor. Lo mejor en una noche de tormenta es encerrarse en el camarote, encender una pequeña vela y, tumbado en una litera, leer libros de aventuras de Robert Louis Stevenson o Mark Twain hasta que uno cae en los brazos de Morfeo. El despertar a la mañana siguiente es algo indescriptible. Esos rayos de sol colándose por el ojo de buey, ese salir a cubierta y ver como la brisa acaricia tu cara, cómo la madre naturaleza parece pedirte perdón.
La vida aquí está llena de momentos mágicos. La sorpresa ante la pesca de un buen ejemplar, la puesta del sol fundiéndose en el horizonte infinito del mar, las primeras gotas de lluvia tras días y días de calor, esa gaviota que sobrevuela por encima de tu cabeza anunciándote los primeros vestigios de civilización tras meses de navegar y sobre todo la tranquilidad. La paz que te regala la quietud de una vida errante sin más preocupación que ver cómo el día sucede a la noche.
Uno acaba acostumbrándose al silencio, a vivir con el único sonido de tus pensamientos, quizá alguna canción que se escurre cómo sin querer, o alguna confesión, en voz alta, que le hago a mi fiel compañera la mar. Ella nunca me contesta, ella nunca me oirá y se a ciencia cierta que nunca me traicionará.
He visitado multitud de lugares. He cruzado el cabo de hornos, me he perdido en las islas caimán, atraqué en las mismas orillas del Nilo y me creí Dios al pisar por primera vez Ciudad del Cabo. He visto catedrales enormes, he comprado cosas en los mercados más exóticos, de Alejandría a Isla Tortuga, he visto montañas que se elevan hasta casi llegar al mismo cielo, de la misma madre Rusia hasta las faldas de la muralla China, mis pies han pisado por las más bonitas playas, pero en ningún sitio me he logrado sentir cómo en la compañía del azul eterno del mar. Y así seguiré, navegando y navegando, hasta el fin de los días, hasta que el mar se funda conmigo o hasta que yo sea parte del mar.
Fin. Carlos Robledo García. Madrid a 11 de enero de 2007.
El mar:
El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
En sueños la marejada
me tira del corazón;
se lo quisiera llevar.
Padre, ¿por qué me trajiste
acá? Gimiendo por ver el mar,
un marinerito en tierra
iza al aire este lamento:
¡Ay mi blusa marinera;
siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera!
(Rafael Alberti)
Una carta
Tengo la sensación de haberte escrito esta carta cientos de veces en mi cabeza. Las palabras están ahí, pululando dentro de mí. Se agitan, dan vueltas y vueltas y se vuelven borrosas. Son como un difuso rayo de luz que trata de abrirse camino entre las sombras. Lo cierto, es que por mucho empeño que ponga, sólo acierto a discernir una de ellas: Perdón.
Hace ya varios meses que me ingresaron en esta residencia y sólo hoy he podido coger papel y bolígrafo para escribirte esta carta. Los demás pacientes (sé que es un término muy duro pero es el más correcto) y yo estamos en este rinconcito perdido de alguna montaña para buscar la paz espiritual, cómo así lo llama el doctor. Además del pabellón principal contamos con un huerto y un corral con gallinas y cerdos que nos sirve para autoabastecernos. Somos nosotros mismos los encargados de mantener el funcionamiento de la residencia. Aquí no hay jefes ni empleados, pues todos estamos en igualdad de condiciones. Por la mañana, temprano, nos encargamos de cuidar a los animales y de cultivar las hortalizas según la temporada. Ahora mismo estamos en esa época en que empiezan a brotar las patatas y los tomates. Ojalá estuvieras aquí para probarlas. Después de comer acudimos a terapia de grupo. Nos han juntado en grupos reducidos, no más de cinco personas. Ahora mismo estoy con Raúl, un chico de apenas veinte años que sufre de ansiedad debido a sus adicciones y con un matrimonio que debe rozar la cuarentena que han decidido buscar una salida a una relación que cada vez estaba más emponzoñada. Hasta la semana pasada también estaba con nosotros Marta, una adolescente que tenía problemas de autoestima. A la pobre la encontraron con las venas abiertas en su dormitorio. No pudieron hacer nada por ella.
Pero no quería hablarte de ella. No quiero que te pongas triste. Aquí estoy rodeado de gente maravillosa. Después de la terapia tenemos toda la tarde para nosotros mismos. Todos hacemos a la vez de alumnos y maestros y cada uno se apunta a la actividad que más le gusta. El señor Ramiro imparte clases de historia, la señorita Nuria danza moderna y la abuelita Claudia nos enseña a hacer ganchillo. Aquí cada uno se apunta a la actividad que quiere. Yo dedico la mayor parte de mis tardes a los talleres de literatura, ya sabes que siempre me gustó escribir. Por mi parte, enseño a unos cuantos alumnos con el inglés, de algo habrían de servir mis veranos en Londres.
Cómo puedes ver somos como una gran familia que se afana en ayudarse los unos a los otros. Nunca falta un hombro en el que llorar o una broma con la que reír. Lo peor de todo son las noches. Aquí nos acostamos pronto. A eso de las diez y media ya están todas las luces apagadas y es entonces cuando el frío de este invierno sé me pega más a los huesos. Sé que puede parecerte aburrido, pero se trata de vivir en armonía con la naturaleza y con uno mismo. Sólo comprendiendo lo que significa esa paz espiritual de la que tanto habla el doctor podremos llegar a curarnos del todo. Hace más de treinta días que no sufro esas crisis nerviosas y según el doctor mi enfermedad está en vías de desaparecer y dice que lo hará totalmente cuando comprenda que la madurez implica pérdidas. Por muy dolorosas que estas sean.
Te preguntarás por qué me he decidido a escribirte esta carta precisamente hoy. Te contaré un secreto. Todas las noches antes de dormirme dedico los últimos minutos del día a recordarte. Para recordar cómo eras y como me hacías ser a mí. Cierro los ojos y enseguida acuden a mi mente un torrente de imágenes. La mayoría de las veces pienso en el último día que pasamos juntos. Sé que puede ser cruel pero mi mente es capaz de recrear cada momento como si estuviese pasando en realidad. Puedo verte llegar a la orilla de aquel riachuelo, tan hermosa como siempre, y nos veo a los dos paseando por aquel valle, nuestro valle. Recuerdo que aquel día apenas hablamos, tan sólo un par de frases sobre algún tema sin importancia. Recuerdo nuestros cuerpos entrelazados entre la verde hierba de primavera; tus labios posándose con la delicadeza de una mariposa sobre los míos; tus manos acariciando mi cuerpo y tus ojos arañando mi corazón.
Te confieso que te he llorado muchas noches. He llorado tu ausencia y he llorado de impotencia ante la rabia de no comprender por qué decidiste quitarte la vida sin más, sin tan si quiera una breve nota de despedida. Pero aun así, en esos últimos instantes del día, aún te siento cerca de mí, cómo si esperase que en cualquier momento pudieras aparecer entre mis sabanas.
Pero el motivo de esta carta es la de pedirte perdón. Ayer por la noche, ya metido en la cama, volví a cerrar los ojos y empecé a imaginarte cómo he hecho todos estos meses. Yo seguía esperándote a la orilla de aquel riachuelo. El agua continuaba igual de cristalina que entonces, la misma brisa mecía la hierba e incluso el gorjeo de los pájaros parecía el mismo. Entonces llegabas tú, tan hermosa cómo siempre. Y entonces fue cuando ocurrió. Por más que me esforcé no fui capaz de recordar tu cara, de dibujar tus, sin duda, perfectas formas. Me levanté de la cama sobresaltado, cómo
un loco( ¿acaso no lo soy?) que cree que sus pesadillas son realidad. Traté, en vano, de calmarme y fui a beber un vaso de agua a la cocina. Me senté en el sofá y volví a cerrar los ojos. Pero no lo conseguí. No pude volver a crear tus formas. Lo intenté y lo intenté pero al final caí presa del sueño. Soñé que me había convertido en un enorme cristal que se rompía en mil pedazos y que cada uno de eso trozos se volvía a romper en otros tantos y así hasta el infinito, o hasta que desperté hace ya dos horas.
¿Cómo es posible que haya olvidado esa cara que tantas veces he besado? ¿Cómo es posible que haya olvidado esos ojos en los que tantas veces me he mirado?
Tengo miedo de que el olvido sea parte de mi terapia. Por eso quería pedirte ahora perdón. Mil y una veces perdón. Porque un día olvidaré el riachuelo, porque un día olvidaré sus aguas cristalinas y la suave brisa y el gorjeo de los pájaros. Porque ya te he empezado a olvidar aunque esto signifique que también me estoy olvidando a mi mismo. Perdón.





