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El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
Corto Maltés



"En un mundo donde todo es electrónico, donde todo se encuentra calculado e industrializado no hay lugar para un tipo como Corto Maltés". Hugo Pratt.

Hoy vamos a acercarnos al mundo de los cómic, un mundo a caballo entre la literatura y el arte, un mundo en el que soy un completo extraño, tendré pues cuidado en no enfangarme hasta las rodillas…


“Soy el Océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y con todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta. Creo que barrí tres o cuatro islas y destrocé otras tantas cáscaras de nuez, de esas que los hombres llaman barcos...”
Así es como empieza “La balada del mar salado”, la primera aventura en que aparece Corto Maltés, el personaje creado por Hugo Pratt. Corría el año 1967 cuando el número uno de la revista italiana Sgt. Kirk albergó en sus páginas la primera parte de esta maravillosa historia que luego sería completada y recogida en un solo tomo. La intención inicial del autor era recrear la inmensidad de un océano que por aquellas fechas aún no conocía de primera mano, sólo por las obras de Stevenson, Conrad y las películas de piratas de la época.
La historia está ambientada en 1913, un año antes de que se produjese “La gran guerra”, en un lugar cercano al pacífico Sur, cerca de las Islas Fidji. A este primer tomo le seguirán otros:
-“Bajo el signo de Capricornio”, “Siempre un poco más lejos”,”Las célticas”, “Las etiópicas”, “Corto Maltés en Siberia”, “Fábula de Venecia”, “La casa dorada de Samarcanda”, “La juventud”, “Tango”,”Las helvéticas” y “Mu”.

A través de estos doce volúmenes iremos recorriendo la vida de Corto Maltés, un héroe romántico, hijo de “La niña de Gibraltar”, una gitana de Sevilla, y un marinero inglés. De la mano del personaje haremos un “travelling” a lo largo de buena parte del Siglo XX, desde su infancia en Córdoba, pasando por la rebelión de los Boers, la guerra Ruso- Japonesa, la Italia fascista o sus innumerables viajes a Egipto, Somalia, Argentina, Hong Kong, Irlanda, La India…hasta desembocar en la Guerra Civil Española, dónde perderemos los pasos de Corto Maltés, alistado en las filas de las brigadas internacionales…mil y un lugares en los que Corto Maltés se encontrará con innumerables e inolvidables personajes, muchos de ellos reales cómo su archienemigo Rasputín, los escritores Jack London y Herman Hesse o el dictador Stalin. Aunque también hay personajes imaginarios que nunca podré olvidar cómo Pandora, Tristan Bantám o Soledad Baaktart, todos excelentemente construidos y diferenciados con mil y un matices de la formas más minuciosa jamás imaginada.

He de reconocer que no soy ningún experto en comics y que la mayoría de ellos, cómo los superhéroes de la Marvel no me gustan. Tan sólo Asterix y algunos volúmenes de Tintín logran entretenerme. Pero hay algo en la creación de Hugo Pratt que me hace situarle por encima del resto. Tal vez sea su ideal de libertad o esa mitificación de un personaje único, dotado de un humor y una idiosincrasia cuánto menos singular. O tal vez sea el evocar esos viajes, esas aventuras para salvar a los inocentes, o ese contrapunto del personaje de Rasputín, o tal vez...
He de reconocer que me gustan más los volúmenes sin colorear que los coloreados, aunque reconozca la plasticidad de estos. Hay algo en la utilización del blanco y negro que me embelesa y que pese a no saber nada del género me haga reconocer su maestría. Me gustan especialmente la primera obra, “La fábula de Venecia” y “La casa dorada de Samarcanda”, aunque en líneas generales puedo volver a leer y releer todos sin que por ello decaiga mi admiración hacia el italiano, al contrario, siempre descubro algo nuevo en ellos… aquí les dejo más material gráfico de la cuenta para que lo disfruten y en caso de no conocerlo se animen a descubrirlo. Otros cómo Pérez Reverte, Umberto Eco o Javier Reverte ya lo han hecho y quedaron atrapados por él...


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Las disertaciones de Letboy



Hoy voy a aprovechar las hojas virtuales de este blog, habitualmente dedicado al mundo de la cultura, para abrir un poco las persianas que llevan a mi alma, para que todo aquel que quiera llegue a vislumbrar lo que en él se encierra. Pese a que pudiera parecerlo no es uno de mis relatos y trataré de despojarme de cualquier tipo de retórica. Seguramente para muchos de ustedes lo que a continuación voy a relatarles no pase de ser un hecho trivial, pero para mí es algo que me ha marcado de un tiempo a esta parte. Cómo casi siempre, el azar ha jugado un papel fundamental, pero empecemos por el principio:

Al principio de mi estancia en Madrid, tiempo de miedos e inseguridades, hará ya cerca de cinco años, salía con una chica que vivía en Rivas, una zona del extrarradio de la capital. El caso es que un día que volvía de allí en el autobús me pasó algo extraordinario que habría de revelarme mi auténtica naturaleza, nada de lo que estar orgulloso. Debía de ser cerca de la medianoche cuando monté en aquel maldito autobús. Saludé al conductor, le mostré mi billete y me dirigí a la parte de atrás, dónde siempre monto. A esas horas no había mucha gente a bordo, sólo una pareja de ancianos en la parte delantera y en la mitad una chica con unos papeles en las que adiviné unos cuestionarios para hacer encuestas a los que montaban. Le dirigí una sonrisa y me senté cerca con la intención de ayudarla con sus cuestionarios. Más atrás se encontraba un chaval de apenas dieciocho años con el pelo engominado y unos cascos en los que sonaba una música atronadora. Me acomodé en mi asiento y saqué el libro que estaba leyendo, que no era otro que “El idiota” de Dostoievski. Enseguida me enfrasqué en tan apasionante lectura, abandonada ya toda esperanza de pasar la encuesta de la muchacha a la que de vez en cuando miraba de soslayo. En la siguiente parada montaron tres chicos de raza gitana, también jóvenes cómo yo. Siempre me ha gustado ver la gente que entra en el metro o en los autobuses que yo monto, no es por puro “voyerismo”, tan sólo es un ejercicio que de vez en cuando practico con el fin de potenciar mi imaginación, trato de adivinar sus vidas; cómo han llegado hasta el lugar y dónde irán. Creo que esto mismo ya lo practicaba algún que otro escritor antes que yo, pero no recuerdo su nombre. Sea como fuere vi avanzar por el angosto pasillo a los tres gitanos y traté de escrutar sus caras, pero uno de ellos se me quedó mirando, desafiante y altanero. Yo sólo pude agachar la cabeza y desviar mi mirada. Peor suerte corrió el chaval que estaba detrás de nosotros, a unos pocos asientos de distancia. Desconozco la provocación que pudiera hacerles pero el caso es que se sentaron con él y empezaron a pegarle. Primero de una forma discreta y luego de otra menos sutil.

La chica de las encuestas me dedicó una mirada que nunca olvidaré. Supongo que tenía miedo, al menos es lo que yo interpreté y parecía implorarme que hiciera algo por el chico. La pareja de ancianos de la parte delantera se bajó en la siguiente parada y el autobús se quedó aún más solitario. Miré hacia atrás y comprobé cómo tenían agarrado al chaval por el cuello mientras le pegaban bofetadas. ¿Cómo es posible que el conductor no hiciera nada? Al fin y al cabo era su trabajo.

Tragué saliva y deseé más que ninguna otra cosa estar fuera de allí, en cualquier otra parte del mundo. La chica de las encuestas seguía mirándome, cada vez más asustada. De atrás comenzaron a llegar amenazas. Los tres gitanos le amenazaban con pegarle una cuchillada. Y entonces descubrí la ofensa al oír a uno de ellos decirle que ya nunca más los iba a mirar mal. Confieso que traté de reunir el valor necesario para levantarme y ayudar al pobre chico. Apreté los puños e hice el ademán de levantarme, pero no pude. Confieso que estaba aterido por el miedo. ¿Y si me clavaban a mi el cuchillo?. Me sentí, aún me siento, cómo un auténtico cobarde.¿Cómo no pude reunir ni un gramo de valor y hacer lo que sin duda era lo correcto? Lo peor vino cuando los tres se levantaron e hicieron bajarse al chico con ellos en una parada en mitad de la carretera. Pasaron a mi lado, riéndose como la hiena que está presta a devorar a su presa. Yo no hice nada. Comprobé cómo se bajaban y se perdían en mitad de la oscuridad. El viaje de vuelta fue terrible. Una sensación de vergüenza se apoderó de mí. No pude levantar la cabeza para mirar a la chica de las encuestas, que sin duda también sentiría compasión hacia mi, claro que una suerte de compasión distinta de la del pobre chico.

Aquella noche no pude dormir. Los siguientes días compré todos los periódicos y busqué de un modo demencial en las secciones de sucesos alguna noticia relacionada con lo que me había pasado. Mis peores temores buscaban la noticia de un chico apuñalado en mitad de la carretera o aún cosas peores que no quiero ni recordar. Con el paso de los años muchas veces he recordado la cara de aquel chico de los pelos de punta, preguntándome qué fue de él y hasta hace unos días no supe nada más. La semana pasada, de casualidad, pasé cerca de la zona dónde había ocurrido todo. Me dirigía a una conferencia de un escritor bastante conocido que se daba en un local de la zona de Conde de Casal. Monté en el metro y cómo de costumbre me paré a mirar a la gente que entraba. Una viejecita, un hombre de traje y él. Ahí estaba, casi cinco años después de lo que había ocurrido. No iba sólo, iba con una chica, que por sus actitudes cariñosas parecía ser su novia. Ya no llevaba el pelo de punta y estaba algo cambiado, pero sin duda era él. Una inmensa sensación de alegría se apoderó de mí. Le observé durante todo el trayecto y traté de adivinar cómo habían sido estos cinco años. No pude recordar nada más que la escena en que él bajaba del autobús con los tres gitanos y enseguida me recordé a mí mismo, hundido en mi asiento, tratando de mirar hacia otro lado. Cuando se bajó del metro pasó a tan sólo unos centímetros de mí, yo incliné la cabeza ante él, cómo pidiéndole perdón. Supongo que él no se dio cuenta, que no se acordaba de mí, al fin y al cabo sólo soy un cobarde.




 
Poemas de amor y sombra


Para esa muchacha que de vez en cuando se cuela por el blog...

I

Mañana todo será igual.
El sol me dejará ver
Las palabras que siempre
Quise decirte
Y que sin embargo
Me callé.
Escribiré en un papel
Todos los “Te quiero”
Que me guardé
Y que con el tiempo,
Sé que no olvidaré.
Los sueños que soñé
Junto a ti
Serán sólo viento
Que traiga recuerdos
Del ayer.
Todos los abrazos
Que no te di,
Todos los besos
Que no te robé,
Todas las caricias
Que te quise hacer,
Todo serán lamentos
Por no haberte sabido querer.
Mañana todo será igual.

II

Mira a las nubes,
Permanece en silencio
Y dime que cuanto tuve
Sólo fue miedo.
Dime que ese gesto
Que vi en tu cara
No era nuestro,
Que el amor no se acaba.
Dime que cuando
La luz se apague
Podré sentir tus manos
Para así calmarme.
Que me digan tus ojos
Todo cuánto saben,
Que me hable tu corazón
Para que todo acabe.
Dime tú amor,
Que tu corazón aún por mi late.

 
Los Santos Inocentes


“Bien mirado, el Azarias era un engorro, como otra criatura, a la par que la Niña Chica, ya lo decía la Regula, inocentes, dos inocentes, eso es lo que son, pero siquiera la Charito paraba quieta, que el Azarias ni a sol ni a sombra”

Acabo de volver a ver esa maravilla que filmó Mario Camus llamada “Los santos inocentes” y no puedo evitar mirar los estrenos patrios en lo que llevamos de año. ¿Cómo coños se nos ha olvidado hacer este tipo de cine? Una sensación amarga se apodera de mis adentros y no puedo dejar de acordarme de Bardem, Berlanga, Erice y demás que dieron los mejores años a nuestra filmografía. Hablemos primero del libro que escribió Delibes.

El escritor Vallisoletano escribió la obra en los albores de los ochenta para dejar retratada la sociedad de la época. La historia nos traslada a los años sesenta, a un cortijo de una Extremadura dominada por los Latifundios. La España rural es lo que más interesa al autor, el atraso que sufríamos en esa época; basten unos pequeños datos que nos ayuden a comprender la situación: en la II República( actual refugio ideológico de ignorantes) el sesenta por ciento de la población sufría analfabetismo y el atraso de las clases más bajas era más que evidente. Delibes nos cuenta el relato de una familia que vive bajo el vasallaje de los señoritos, representados por las siniestras figuras de los marqueses y su hijo Iván. Paco el bajo y la Regula serán los cabezas de una familia cuanto menos singular, formada por dos hijos que luchan por salir de la opresión que sufren sus padres, una niña que sufre una suerte de tetraplegia y Azarias, el hermano de la Regula, un retrasado mental que tiene la mentalidad de un niño.
Estamos ante el cúlmen de la obra de un escritor que tenía en su haber obras de la talla de “El camino”, “La sombra del ciprés es alargada” o “Cinco horas con Mario”. Pero es en esta dónde la madurez de Delibes alcanza su plenitud con un estilo en apariencia sencillo que logra trasladarnos mediante su oralidad en los diálogos la auténtica voz del pueblo, el escritor siempre es un observador sin parangón capaz de observar cada detalle y plasmar cada matiz que hará que la trama discurra por la senda del naturalismo más feroz. Delibes siempre se definió cómo “Un cazador que escribía”, amante de una naturaleza que se manifiesta en la obra con unos paisajes que sirven de perfecto acompañante para la soledad y la angustia de los personajes. En cada una de las páginas del libro puede adivinarse el olor de las jaras y los pinos e incluso de las boñigas que abonan la tierra.

Ocupémonos ahora de la película de Camus, sin duda una de las diez más importantes de la historia de este país. Curiosamente fue la cinta la que diera a conocer el libro y lo pusiera de actualidad, apoyada en unas actuaciones inconmensurables por parte de todo el reparto.

Camus hace gala de una dirección sobria, dónde cada travelling y cada primer plano parecen encajar a la perfección. Estamos ante una cinta hecha sin medios, pequeña si se quiere llamar, que demuestra que una vez más el talento no está al servicio del capital. Por poner un ejemplo decir que otras cómo “Isi y Disi”, “Crimen ferpecto” o “El maravilloso mundo de Pocholo y Borja Mari” contaron con un millon de euros de subvención venidos de las arcas del estado…así nos va.

Es encomiable cómo el director es capaz de plasmar los grandes temas de la obra con absoluta fidelidad: el caciquismo y el vasallaje, el analfabetismo y la relación entre clases. No obstante sabe imprimirle su toque personal ya que Camus también deja su firma aportando a la historia un final para los personajes que no contenía el original que se nos va contando mediante “Flashback” y que da un cierto aire más positivo al resultado final. El clasismo imperante en la época,( ¿acaso ahora no lo estamos ante ese otro gran señor llamado capitalismo?),será retratado de un modo cruél. No me resisto a comentar los pasajes dónde Paco el bajo es humillado, oliendo íncluso la mierda de las presas de la cacería, íncluso a costa de su pierna o ese otro, dejándo claro la carga ideológica de la obra, dónde la iglesia es retratada por un orondo obispo que no duda en ponerse del lado de la clase opulenta.
Quiero tratar ahora el aspecto más importante de “Los santos inocentes”, que para mí no es otro que el gran hallazgo de personajes. La relación entre Paco el Bajo y el señorito Iván es de lo más terrible que se haya escrito y filmado nunca. Paco el Bajo es humillado y ultrajado hasta límites insondables, no deja de ser un perro más para el señorito que no duda en dejarle cojo y hacerle caer en desgracia a él y a toda su familia, ante lo cual sólo se impone una respuesta “A mandar que para eso estamos”. Interpretados por Juan Diego y Alfredo Landa en dos de los mejores papeles de su carrera, al igual que Terele Pávez que hace que nos creamos cada gesto suyo, cada silencio y cada bajada de cabeza en señal de sometimiento. Landa sería premiado en Cannes junto a Paco Rabal que elevaría el personaje de “Azarias”, un hombre retrasado que se alivia dónde puede y que se orina en las manos para que no se le agrieten, a ese universo cinematográfico dónde habitan lo más grandes. Azarias, junto a la niña chica, son “Los santos inocentes”, portadores de una bondad innata, preocupados por el prójimo y por el entorno, personificado en esa “Milana bonita” que tanto cuida y ama…

Déjense llevar por una obra dura que retrata la España profunda de la que tanto hemos oído hablar en los telediarios y en las crónicas de sucesos, ¿Una España ya extinta?, una España dónde una vida no vale más que una cacería y dónde sólo “Los santos inocentes” son capaces de hacer llegar la justicia desde lo harto de un árbol y con una cuerda de dónde colgaran todas las miserias del ser humano…

Les dejo un pequeño fragmento dónde queda plasmada la filosofía de la película y el buen hacer de Camus. Se ven dos fiestas: la de los empleados, llena de júbilo, música folklorica y diversión y la de los señoritos, simplemente patética...