Las disertaciones de Letboy: 28 de Agosto

“Sillas de paja infantil, graves mecedoras, caballos de crin celeste me preguntan por ti, se preguntan por ti. Con esta corporeidad mortal y rosa, donde el amor inventa su infinito.” Mortal y rosa. F.Umbral
Esta mañana, cómo casi cada día, me levanté y fui a comprar el periódico. También cómo cada día me fui a la última página y, aún a sabiendas de no encontrarte, te busqué sin hallarte. Ya no podré leer más veces esa obra de arte diaria que se titulaba “Los placeres y los días”. Esa columna en la que los famosos suspiraban por llegar a leerse en negrita. De Juan Ramón Jiménez a Bisbal, de la Pantoja a Cela, de Baudelaire a Rajoy, todos tenían cabida bajo el amparo de tu prosa. Porque Umbral solía partir de la anécdota para alcanzar lo universal.
Hablar de Umbral es hablar de la invención de un estilo en sí mismo (esto no es mío claro). El escritor siempre buscó “el preciosismo”, tan acorde con ese “dandismo” que practicaba, no sólo en las letras. Fue un inventor del lenguaje, creador de palabras que marcaban tendencias, de cultismos, siempre al rescate de viejos vocablos por todos olvidados. Textos plagados de referencias culturales, interconectados entre sí y edificados con mil y una filigranas rebuscadas en el léxico, sus libros y sus columnas son un enorme monumento a la literatura.
Nos dicen que murió redactando su última columna, a la que iba a titular “las uvas doradas”, que entre sus últimas palabras, entre balbuceos, se podían adivinar las palabras romanticismo y clasicismo. Nos dicen que en sus últimos días había empezado a ver impostores en su jardín, que veía a jovencitas desnudarse ante él, pero que lamentablemente no existían…nos dicen tantas cosas…
Seguramente estemos hablando, junto con Larra y su admirado González Ruano, del mejor columnista que ha tenido este país. Y eso es mucho decir. Más allá de intereses políticos siempre se consideró un periodista independiente. Su trayectoria abarca periódicos tan importantes como “El país”, “ABC” o “El mundo”, este último con una estancia de más de dieciocho años y miles de columnas. Pero sólo con decir esto no haríamos justicia a la memoria del maestro.
Más allá de sus artículos se atisba un escritor descomunal que destacó en multitud de facetas: como poeta, como ensayista siempre interesado en la literatura de su país y cómo novelista. Una vez más no tiene sentido hablar de los premios que obtuvo, cómo el Cervantes o el Nadal, ni una vez más hacer referencia a la infamia en que se ha convertido la academia al no albergarlo en sus filas al igual que hizo con Juan Ramón Jiménez o Lorca. Una vez más, la obra sobrevivirá a su tiempo y a los gilipollas que lo habitaron: “Mortal y rosa”, “Travesía de Madrid” o “Las ninfas” son sólo algunas de sus grandes obras.
Fue el maestro un gran renovador de las letras hispánicas, dónde siempre trató de fundir el costumbrismo con el modernismo, siempre atento al entorno y a la sociedad que le rodeaba, él mismo como parte importante de ella pues siempre el escritor acaba hablando de sí mismo (esto tampoco es mío). Pese a nacer en Valladolid, y añorarla, fue el último gran cronista de Madrid. Desde el Café Gijón (da pena ver en lo que ahora se ha convertido) fue un asiduo de las tertulias literarias de la capital, cronista de la movida madrileña y, en definitiva, uno de los personajes claves del siglo que se nos fue:
“Nos metimos en una churrería a desayunar. Madrid se desperezaba con el primer viaje del metro, que corría subterráneo bajo los sueños vírgenes de Soledad y los sueños carnívoros de “Kim”. La gente de Vallecas viajaba hacia Prosperidad y la gente de los Carabancheles tomaba metros, tranvías y autobuses en dirección a Cuatro Caminos y Tetuán de las Victorias. Madrid quedaba así, anudado por sus cuatro puntas.”
“Travesía de Madrid”. Francisco Umbral.
28 de Agosto. Sesenta años desde que un toro llamado Isleño se llevara la vida de Manolete en una calurosa tarde de Linares.
28 de Agosto. Sevilla se tiñe de luto, ropajes y lágrimas negras, para llevar en procesión a un chaval de veintidós años. Béticos y sevillistas, los mismos que gritan “Lopera o Del Nido muérete”, cantan al unísono por un chaval de Nervión al que se le paró el corazón de nombre Antonio Puerta. El fútbol cómo la religión del Siglo XXI, el fútbol convertido en pasión.
28 de Agosto. Muere Francisco Umbral, maestro de columnistas y uno de los mejores escritores del siglo que se nos fue. Se nos irá la imagen con su bufanda y con sus gafas de pasta. Nos quedará su prosa.
Descansen en paz. O sea.
Meridiano de sangre

Cada día me doy cuenta de lo vasta que es mi ignorancia. Pero no crea, querido lector, que esto me aflige en lo más mínimo. Al contrario, ojalá pudiera volver a gozar de esa sensación única que supone descubrir grandes obras como “El Quijote”, “Los hermanos Karamazov” o ya en cine “Casablanca” o “Ciudadano Kane”, por poner algunos ejemplos. Todo esto viene al hilo del comentario que hoy realizaré. He de admitir que nada conocía, hasta hace aproximadamente un mes, de un autor llamado Cormac Mccarthy. Fue una entrevista en el diario “El mundo” la que me puso sobre la pista del autor, concretamente de esta maravillosa obra que es “Meridiano de sangre”, que muy gustosamente paso ahora a desmenuzar, en la medida de mis posibilidades.
“Meridiano de sangre” es ante todo un retrato del mal, en todas sus poliédricas formas. Ambientado en el salvaje Oeste nos cuenta el viaje a la frontera Mexicana que realiza un grupo de hombres al cargo del capitán Glanton y con el juez Holden cómo lider espiritual. Formado por tipos de la más baja estofa, su único cometido es la exterminación de los indios para recibir la recompensa de los mexicanos...
La historia se nos cuenta a través de los ojos de un joven de quince años al que el autor se refiere cómo “el chaval”, un personaje enigmático y ambiguo, con más sombras que claros en su espíritu. Este personaje, cercano al autismo, nos sirve cómo cámara objetiva para hacer una radiografía del mal en estado puro: árboles de cuyas ramas cuelgan bebes muertos, indios con pieles humanas como abrigo, violaciones y torturas de toda índole:
“El muerto cayó de espaldas hacia la cantina echando sangre por la cabeza. Cuando Grimley se dio la vuelta vieron que el mango del cuchillo sobresalía de su camisa ensangrentada”
Más allá de la violencia explícita, Mcarthy se eleva cómo un maestro del lenguaje, llenando con su rico vocabulario cada una de las páginas, cada uno de los párrafos, dotándolos de una fuerza poética y visual sin parangón que nos da una descripción paisajística que roza la perfección y que alcanza uno de sus puntos culminantes con las frases cortas, secas y directas que de cuando en cuando llevan a un ritmo trepidante la narración. Pero no estamos hablando de un narrador clásico, al menos en este libro, estamos ante un auténtico provocador que no respeta las normas de creación de capítulos, dinamitando todas las estructuras e impostando los diálogos en la narración con toda naturalidad:
“ Se puso otra vez en marcha, apresurando el paso por la roca pizarrosa. Caminó toda la noche. Las estrellas se desplazaban en sentido contrario a las manecillas del reloj y la Osa Mayor giraba y las Pléyades guiñaban en el mismo techo de la bóveda”
“El chaval se había levantado y se disponía a arrojarle una piedra pero el murciélago dio un brinco y se perdió en la oscuridad. Sproule se tocaba el cuello y gimoteaba histérico y cuando vio al chaval mirándole allí de pie extendió hacia él acusadoramente sus manos ensangrentadas y luego se las llevó a las orejas y gritó lo que parecía que él mismo no iba a poder oír, un aullido lo bastante atroz para hacer una cesura en el pulso del mundo. Pero el chaval se contentó con escupir al espacio oscuro que había entre los dos. Conozco el paño, dijo. En cuanto os duele algo ya os duele todo. "
Una pequeña mención al que para mí es el recurso literario por excelencia: la metáfora, la cuál el autor parece manejar con maestría:
“ Los carroñeros ocupaban los ángulos superiores de las casas con sus alas extendidas en postura de exhortación como pequeños obispos oscuros”
Dejo para el final el gran hallazgo de la novela. Más allá del protagonista principal, el personaje que llena la novela y alumbra buena parte de la literatura del fin de siglo tiene nombre propio: el juez Holden. De gran talla, calvo, albino y sin cejas ni pestañas guarda más de una semejanza con la ballena de Mellville. No es esta una referencia gratuita, ya que en alguna de las pocas entrevistas que concede el autor ha reconocido el paralelismo con una de las novelas que más le ha influido.
La primera aparición del juez Holden se finiquita con el linchamiento público de un sacerdote que cede ante el poder de oratoria del albino. Un poder de oratorio que defiende su dudosa moral, sustentada en una apología del mal y la violencia revestida de una metafísica desesperanzadora. Un ser terrible que se erige en el bastión moral del grupo cuando todos pierden el juicio y comienzan a aniquilar a todo ser vivo que se cruza en su camino, sean “salvajes”, animales o finalmente los mismos mexicanos que les han pagado. El juez Holden es un ser excepcional. Tiene conocimientos de alquimia, de derecho, sabe tocar el violín y baila bajo la luz de la luna creyéndose inmortal. Mata indiscriminadamente y hace gala de una violencia y falta de escrúpulos que le hace ser temido por todos. Sospechosamente en las aldeas dónde está suelen desaparecer niños de ambos sexos, a los que el lector intuye que mata y viola…
Su duelo final con “el chaval” es antológico…no diré ningún detalle. Cerramos el comentario, como no podía ser de otra manera, con las palabras del Juez Holden, para que se hagan, muy someramente, una idea de la catadura moral del que para mí es el hallazgo, en forma de personaje, de fin de siglo, un personaje que tiene apuntada en la culata de su rifle una inscripción que es toda una declaración de intenciones: “Et in Arcadia ego” (confío en sus conocimientos, sino pregunten a cualquiera que sepa un poquito de arte…)
“ Te diré una cosa. A medida que la guerra se vuelva ignominiosa y su nobleza sea puesta en tela de juicio los hombres honorables que reconozcan la santidad de la sangre empezarán a ser excluidos de la danza, que es el derecho del guerrero, y en consecuencia la danza se convertirá en algo falso y los danzantes en falsos danzantes. Y sin embargo siempre habrá allí un verdadero bailarín y a ver si adivinas quién puede ser.”





