Las cenizas de la ciudad

Las cenizas de la ciudad:
Ahora que hasta el último edificio de la ciudad es pasto de las llamas, ahora que la noche está iluminada, no por la luz de la luna o las estrellas, sino por el terrible brillo de las llamas, es hora de que cuente la verdad: yo provoqué el primer incendio. Pero empecemos por el principio:
Todo comenzó hace un par de días, en la sede principal de Neocorps, la principal empresa de nanotecnología de La Republica, la misma a la que había entregado mi vida y mi matrimonio. Cómo cada día, mi jornada empezó a las ocho de la mañana. Debían ser más de las doce de la madrugada y yo aún seguía en mi laboratorio, dando los últimos retoques al “Proyecto Alpha”. El mismo para el que todo el departamento había estado trabajando sin descanso, pero era yo el que, al fin, había encontrado la solución a lo que la sociedad llamaba “El gran mal”, una mutación de un virus surgido a finales del 2010 que en poco más de un siglo se había convertido en la principal causa de mortandad. Exactamente a la una y veinte minutos encontré la solución, la llave que cerraba “El Proyecto Alpha”, un hallazgo que, sin duda, me habría de poner en las cabeceras de los noticiarios de “La Republica”. Cerré la última de las páginas del informe, de más de mil hojas, y me quedé dormido sobre la silla; tal era mi cansancio acumulado de noches y noches en vela.
No recuerdo que soñé, si acaso soñé algo. Cuando las primeras luces de la mañana entraron por la ventana, yo desperté. Miré mi reloj y comprobé que eran más de las ocho; Neocorps volvía a estar a pleno rendimiento. Metí el informe en un maletín y subí al piso 24, el más alto; el despacho de John Lacey, dueño de de la empresa.
Tras pasar los pertinentes controles de seguridad, una secretaria de cara angelical (mucho más “estética” que un robot, aunque dudo que igual de eficiente) anunció mi llegada. El despacho de Lacey era austero; apenas un par de sofás de cuero, una mesa y un par de sillas y montones de estanterías abarrotadas de carpetas archivadoras. Lacey estaba tras la mesa, era la segunda vez que estaba frente a él, y a decir verdad he de reconocer que me sentí impresionado. No todos los días uno tenía la oportunidad de estrechar la mano de uno de los hombres de confianza del Canciller y uno de los principales valedores para sustentar el enorme aparato militar de La Republica.
Lacey era una enorme mole de dos metros de más de cien kilos de peso, tenía la sien afeitada y unos enormes ojos negros que parecieron escrutarme de punta a punta.
- ¿Qué le trae por aquí?- preguntó con su voz acartonada.
- “El Proyecto Alpha”- afirmé- he dado con la solución.
Lacey no pudo ocultarme su cara de sorpresa, luego sonrió.
- Siempre confiamos en usted, es un orgullo para nuestra empresa contar con investigadores de su valía.
Una sensación de orgullo se apoderó de cada poro de mi piel, de cada recoveco de mi cuerpo. Cada arista oculta de mi orgullo se vio completada.
-Hablemos del futuro- dijo mirándome a los ojos, con una mirada aduladora que debió hacerme desconfiar, pero no lo hizo.
Hablamos de mi ascenso en Neocorps, de mi nuevo puesto de consejero delegado del departamento de investigación y desarrollo. Hablamos del “Proyecto Alpha” y su presentación ante la prensa. Luego me despedí y volví a mi despacho, sin el informe que naturalmente, se había quedado Lacey.
Mientras colocaba mi despacho empecé a elaborar mentalmente mi discurso ante la prensa y mi exposición, para la pertinente aprobación, ante el consejo de salud ciudadana de “La República”. Una fuerte llamada sonó en la puerta. Abrí y tras ella encontré a dos guardias de seguridad.
- Tenemos órdenes expresas de hacerle abandonar el edificio inmediatamente. Está usted despedido. Si es usted tan amable de acompañarnos…
Así es como abandoné el edificio de “Neocorps”, ¿qué otra cosa podía hacer?. Me encontré solo en mitad de la Avenida de la Revolución. Los coches iban y venían como cada día. La gente pasaba con sus rutinas diarias a cuestas. La mañana era fría, como la mayor parte del año, pero algo era distinto: me habían traicionado y me sentía indefenso.
Cuando abrí la puerta de mi piso este me pareció aún más pequeño y solitario que lo que sus cuarenta y cinco metros cuadrados indicaban; espacio estándar para un ciudadano de clase A y soltero, como establecía la ley de reasignación del territorio urbano. Me recosté sobre el sofá y pulsé el botón del teléfono para accionar el contestado. Tras un par de mensajes de publicidad sonó la voz de Mary, mi ex mujer. No traía buenas noticias; me comunicaba, y noté en el timbre de su voz una exasperante alegría, que a la reciente nulidad de nuestro matrimonio había que sumar la pérdida de la custodia de Natalie, mi única hija.
Pasé todo el día en casa, bebiendo Mahou siete estrellas, mi cerveza favorita. Apenas comí. Al caer la noche, a eso de las diez, las paredes parecieron atraparme entre ellas y sentí la necesidad de salir a respirar aire fresco.
Cercano como estaba el toque de queda de las once de la noche, las calles estaban medio desiertas; sólo algún despistado paseaba por las aceras y los bares y pubs de la zona comenzaban a cerrar sus puertas. Sin saber cómo, mis pasos me llevaron hacia la zona antigua de la ciudad; la parte de los suburbios donde se agolpaban la clase marginal (grupos C y D) y otra gente de malvivir, aún por clasificar.
En un callejón pude hacerme con un cigarro de contrabando, no me importaron el desorbitado precio que me cobraron por él y mucho menos la prohibición a fumar en toda la República, que lo consideraba una droga dura más. Mientras apuraba mi “Ducados select” empecé a notar algo raro. Un “algo” oculto tras las esquinas de la ciudad, quizás solo fuera el monstruo de la casualidad aguardando a actuar. Sea como fuere les relataré la verdad sobre como se iniciaron los incendios:
Estaba yo apurando mis últimas caladas cuando a mi espalda un estruendo metálico me sorprendió; me di la vuelta y pude ver el reflejo de unas sirenas a punto de doblar la esquina. Casi por instinto, arrojé la colilla a un contenedor cercano para que no me descubriesen.
Las sirenas correspondían al servicio mecánico de recogida de basuras y otros elementos orgánicos, totalmente robotizado. Se acercó hasta donde yo estaba y cogió el contenedor donde había arrojado la colilla, para mi fatalidad, aún encendida. Cuando la basura entró en la parte trasera del camión yo comprobé, horrorizado, que una pequeña fogata se había originado en su interior.
Supongo que el resto de la historia ya la habrán visto en alguno de los noticiarios o en el periódico oficial: El camión siguió su trayectoria, explotando frente a la comisaría de los suburbios originando así el primer incendio. Este es el germen del alzamiento de “La resistencia” que tiene como resultado la quema, casi en su totalidad, de la ciudad.
Es extraño comprobar, aquí desde lo alto del monte Kingstone, cómo las llamas iluminan la noche, confiriéndola un aire tan siniestro. ¿Quieren que les cuente una cosa? No siento el más mínimo remordimiento, por mi pueden irse todos al infierno.
Al fin he conseguido salir en las noticias, gracias a Lacey. Soy el sospechoso número uno. Al parecer me he convertido en el líder de “La resistencia”, lo que nadie sospecha es que aún conservo en mi poder un borrador del “Proyecto Alpha”. Es hora de poner en marcha mi viejo Cadillac y dejé atrás esta maldita ciudad, es hora de abandonar las cenizas de la ciudad.
Carlos Robledo García. Cebreros. 19 De Septiembre de 2008





