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El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
El Post número 100
Empecé a escribir este post ayer bajo el amparo de la madrugada. El frío había empezado a hacer acto de presencia en la capital y yo me notaba algo cansado. Pese a todo, en mitad del silencio, comencé a teclear y el sonido de las teclas empezó a dar forma a uno de mis relatos:

“ Ella me miraba cómo solo ella sabía mirar. Sus ojos, tesoros infinitos, marcaban la distancia entre el cielo y la tierra. Allí, tumbada en mitad de aquel parque, la suave brisa de la tarde parecía cincelar cada una de las formas y aristas de aquel cuerpo perfecto en el que cabían todos mis deseos ocultos. No recuerdo nada de lo que hablamos, si es que hablamos algo, sólo guardo en mi memoria el momento en que sus labios tocaron los míos. Mi corazón se aceleró hasta parecer salirse de mis entrañas. Sólo fue un instante, apenas un par de segundos; los que corresponden a un primer beso entre dos personas que se aman. Nunca podré olvidar aquel dulce sabor a melocotón ni su cara, ligeramente ruborizada…”

Y justo en este instante no supe qué más escribir. Un montón de ideas se habían arremolinado en mi cabeza antes de empezar, pero al llegar a este punto fui incapaz de hacer una sola línea más. La musa, tan díscola y pendenciera, parecía haberme abandonado. El post número cien debía aguardar. O no. Me levanté a la cocina y cogí una botella de vodka negro. A la segunda copa la musa, ahora engatusadora y zalamera, pareció regresar, sólo que esta vez disfrazada de poema:

“Una vez quise ser y no ser,
Amar sin ser amado.
Vivir sin la rima de tus caderas,
Sin el verso de tus labios;
Sin tu sonrisa efímera
Donde nace el pecado;
Donde escondes la verdad
Del amor conquistado.

Una vez quise ser y no ser,
Tenerte sin estar a tu lado.
Sin poder tocar tus formas
De alegrías y…”

Y ahí las palabras se difuminaron en la soledad de mi cuarto. La rima parecía bastante fácil pero por alguna razón se negaba a ser creada. Mis dedos temblaban, tal vez de frío, tal vez de cansancio. Miré la botella, ya casi vacía, y apuré lo que quedaba. Caí rendido encima del teclado.

Soñé con serpientes formadas de palabras que se enroscaban en árboles de troncos imposibles. Soñé que estaba desnudo en mitad de un campo de trigo y que las afiladas espigas rozaban mi piel hasta que una tos grave me despertó. A través de la ventana se colaban con timidez los primeros rayos de sol. A mi espalda, tumbado en mi cama, se encontraba un niño de aspecto famélico, un niño al que conocía muy bien: “El flacucho”.

- Lo siento- dije con todo mi pesar.

Él no contestó, permaneció inmóvil cómo una estatua de cera.

- Siento haberte hecho esto- le dije. Y mi voz se ahogó entre mis lágrimas. Apoyé la cabeza en la mesa y mis brazos quedaron suspendidos en el aire con todo el peso de la culpa. Entonces “El flacucho” pronunció su nombre: Víctor. El silencio volvió a llenar de miedos la habitación. Y volvió a repetirlo: Víctor. Apreté mis manos contra mis oídos para no escucharlo de nuevo, pero su nombre sonaba cada vez con más fuerza: Víctor. Me sorprendí gritando en mitad de la noche, temiendo perder la razón. Cerré los ojos y traté de convencerme de que todo aquello no era más que una pesadilla. Quise salir corriendo de allí, pero no pude moverme de la silla, mis músculos estaban atenazados por una fuerza insondable más allá de toda lógica.. Sólo se oía una y otra vez la misma palabra: Víctor. No recuerdo cómo pero el caso es que perdí el conocimiento. Cuando volví a recobrarlo él no estaba allí, se había marchado, pero un nombre había quedado grabado en mí.

Fue así cómo comprendí lo que tenía que escribir en el post número cien. Quiero que este escrito sea, sobre todo, una petición de perdón. Sí Víctor, desde aquí, quiero pedirte perdón por todo lo que pasó hace ya demasiado tiempo en las páginas de este blog. Lo primero de todo reconocer que la persona que estaba detrás de los comentarios, como bien supusiste, fui yo. Mis disculpas, por tanto, para Cristina si se sintió ofendida. Detrás de todo se encuentra mi estupido orgullo ya que mi verdadera intención no era otra que crear polémica para revitalizar de alguna manera el blog y alimentar el debate, aunque la forma se encuentra a varios kilómetros de ser la más acertada. Lo que pasó después siempre he querido olvidarlo, aunque no he podido. Me siento muy avergonzado de aquel cruce de comentarios y de las barbaridades que llegué a decir sobre ti. Pero de lo que más me arrepiento, lo que más me duele, pese a haberte negado como tal, es haber perdido dos amigos, ya que Cristina también lo era. No se muy bien el motivo de todo esto ahora, tal vez te parezca desafortunado, pero sentí la necesidad de hacerlo. Debe de haber pasado más de un año desde todo esto y no son pocas las veces que nuestros caminos se han cruzado. Bien en “la taberna”, en “El terzyo” o en aquel partido de baloncesto que seguro recuerdas, siempre estuve a punto de pedirte perdón y explicarte todo esto que ahora escribo. Lo cierto es que nunca me he atrevido a hacerlo, pero te prometo que la próxima vez que te vea y la situación sea la adecuada te pediré perdón en persona, que es como deben hacerse estas cosas. No espero que me perdones ni mucho menos que lo olvides pero es algo que tengo que hacer porque si alguien que ahora lea este texto y no te conozca me pregunta quién eres sólo podré responder que un buen tipo.
 
Terrorista



John Updike es uno de los escritores más influyentes de la actualidad. Su última novela, "Terrorista", es un acercamiento valiente y necesario a la sociedad Estadounidense "Post 11-S".

Ahmad es un joven nacido en New Prospect, una ciudad industrial aledaña a la gran manzana. Hijo de una madre Irlandesa y un padre Egipcio, que le abandonó a los tres años, Ahmad decide convertirse al Islam cuando cuenta con once años. Influenciado por el Sheij Rachid, que le enseña los secretos del Corán, irá asumiendo sus enseñanzas y haciendo suyo un posicionamiento fundamentalista frente a una sociedad con unos valores corrompidos por el capitalismo y el consumismo, cada vez más exhacerbados. Una brizna de esperanza se abre ante él cuando conoce a Jack Levy, un cansado profesor de instituto. Sólo él podrá detener(o no) a Ahmad cuando este se ve enfrascado en un camión lleno de explosivos con el fin de volar uno de los principales accesos a la gran manzana...

El creador de la serie literaria de "El conejo" o "El centauro" vuelve aquí a disparar contra todo y contra todos, cuestionando el "American Way of life" y haciendo tambalearse las creencias en las que se basa la civilización actúal. Aquí os dejo algunas perlas:

" El saber es la libertad, ponía en la fachada del Central High, pero el saber también podía ser una cárcel en la que no hay salida una vez que has entrado."

"Esos árabes locos tienen razón: hedonismo y nihilismo es lo único que sabemos ofrecer...esto es EE.UU, todos esperamos algo, íncluso los inadaptados sociales guardan una buena opinión de sí mismo. ¿Y saben lo que terminan siendo los más inadaptados? acaban siendo policías y maestros de escuela."

" Los comunistas sólo querían lavarte el cerebro. Los nuevos poderes fácticos, las corporaciones internacionales, directamente quieren quitártelo. Quieren volvernos maquinas consumistas. La sociedad del gallinero."


Updike se acerca magistralmente a ese choque de civilizaciones. Aborda sin tapujos los prejuicios de una sociedad acomodada y hostíl ante lo distinto, discriminando por sistema lo que no se ciñe a unos patrones comunes, bien sea por motivos religiosos, físicos o simplemente morales.

Lo que hace Updike es algo muy difícil de afrontar para la mayoría de lectores, todos aquellos adscritos por sistema a lo "Políticamente correcto". Lo que hace el escritor es formularnos unas preguntas terribles y que sin duda acaban arañando en lo más profundo de tus convicciones: ¿Y si entre los terroristas hubiera gente buena? ¿seríamos capaces de sentir lástima por alguno de los pilotos que hicieron estallar los aviones contra las torres gemelas?. La lectura de este libro hace que las respuestas sean estremecedoras y he de confesar que cuando Ahmad conduce camino de su trágico final(o no) uno siente más lástima por él que por los despreocupados conductores que se dirijen a la séptima avenida.

Por si todo esto no fuera suficiente hay que elogiar la escritura, fresca y abrumadora, de la que hace gala el escritor:

"El mundo, con sus pormenores iluminados por el sol, con el diminuto centelleo de sus engranajes, se cierne sobre él; conforma un reluciente cuenco de vacuicidad ajetreada, mientras que el interior de Ahmad obra el peso de una certeza empapada de negrura."

Uno asiste, atónito, al "In crescendo" que acaba utilizando el autor para acabar transformando el libro en un thriller del que es imposible despegarse hasta llegar a un final en el que dos de los protagonistas acaban batiéndose con el arma más poderosa de la que dispone el hombre: La palabra. Y cuando uno acaba el libro no puede dejar de pensar que no hay mayor distinción para el ser humano, más allá de etnias, religones o el color de la piel, que la que separa a los hombres buenos de los que no lo son.