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El Blog de Letboy
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Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
El orfanato





Nunca una película se ajustó tan bien a la máxima de Syd Field, gurú del guión: - Puedo hacer una mala película con un buen guión, pero jamás lograré hacer una buena con un mal guión.

Me dispongo a hablar de “El orfanato”, nuestra representante para los Óscar de este año. Si aún no la han visto NO SIGAN LEYENDO, o mejor aún, lean lo que voy a contarles y no se gasten seis euros en semejante tomadura de pelo.

Podemos pasar por alto ciertos detalles de falta de originalidad debido a que Bayona es un director novel, podemos incluso aceptar que ha hecho un “homenaje” a títulos y directores clásicos y otros que no lo son tanto. ¿No les suena una historia de un niño que puede hablar con los muertos?, ¿no han visto ya en alguna de terror actuar a un grupo de parasicólogos? ¿un caserón abandonado y una mujer para desentrañar misterios?¿tal vez hayan visto en alguna abrirse puertas, columpios que se mueven solos o noches de tormentas? Me detengo aquí, pero la lista de tópicos típicos del género es amplia, desde la obvia “Los otros” a “Dark water” pasando por una infinidad de plagios, perdón de “homenajes” que nos regala el tal Bayona.

Aceptemos barco y pasemos por alto la nula originalidad. Y admitamos algunos hallazgos:

- Escenas como la de la médium, aunque ya vista, y sobre todo la del juego de la pared están más que bien resueltas y reconozco que nos pone la piel de gallina.
- Belen Rueda, en menor medida, y Geraldine Chaplin están perfectas en sus papeles.
- El director tiene un estilo nervioso que le va muy bien a la película. Escenas como las de la playa con los movimientos temblorosos de cámara, el uso del picado con la silla de rueda y los primeros planos son de un director que sabe a lo que juega y a lo que quiere hacernos jugar.

Ahora vamos con los fallos:

- Actuaciones como las del marido y la de algunos secundarios como los que integran el grupo de terapia son simplemente sonrojantes. No se quién fue el encargado del casting, pero espero que no trabaje nunca más.

- El principio es un poco torpe por apresurado, pese a que cuenta con bastantes minutos da la impresión de que se ha hecho con mucha prisa, tal vez sea un fallo que haya que imputar al montador, lo desconozco.


Y ahora vamos a detenernos, he de reconocer que con deleite, en el guión, dando la razón al maestro Syd Field. Ahí van algunos de los fallos de uno de los peores guiones de los últimos años:

- ¿En qué época se desarrolla la película?. Les prometo que no lo se. Aparentemente debe ser la actualidad pero entonces…¿ por qué no hay aparatos eléctricos en la casa?, ¿por qué los coches son de hace cuarenta años? ¿por qué la gente del lugar viste como hace cincuenta años y sin embargo urgencias y la guardia civil parece de los más actual?.

- ¿Por qué si los niños han matado a Tomás juegan todos juntos como si tal cosa? Les prometo que si a mí alguien me mata no se lo pienso perdonar nunca.

- En teoría el niño se queda encerrado en un cuarto secreto por culpa de la madre…luego entonces…¿por qué el papel de la pared, el que hace de puerta, está intacto si ha entrado el niño antes?

- ¿Desde cuando alguien puede suicidarse tomando pastillas usadas para combatir el VIH?

- ¿Qué hace la vieja encerrada en el cuarto? ¿de verdad no se podía hacer algo menos patético que esa escena en la que huye por el jardín con la pala?

- Estamos en un pequeño pueblo dónde todo el mundo sabe la muerte del pobre Tomás…pero…¿por qué nadie se preguntó por la desaparición de los niños del orfanato? Joder…es que hasta Belenchi Rueda, que ha pasado ahí su infancia con ellos, ni pregunta por ellos…pobrecitos.

- Vale que Belenchi se caiga en la playa…pero ¿Cómo demonios se rompe una pierna?

- Si el niño que empuja a Belenchi en el baño es en teoría su hijo con la máscara de Tomás…¿por qué bufa y jadea como él?

- Belenchi está preocupada por su hijo…y no se la ocurre otra cosa que llevarle a una gran cueva y darle una linterna y mandarle solito para adentro mientras ella…¡recoge caracolas fuera¡

- Belenchi está ya un poquito ida de la cabeza…y al marido no se le ocurre otra idea que pirarse de la mansión y dejarla allí solita…con un par.

- Para terminar, aunque hay más, la escena más desternillante del cine español en años…el atropello de la vieja…dios mío aún estoy riéndome…vale que el atropello sea al estilo “Mortadelo y Filemón” porque no haya más medios..pero con lo que no puedo tragar de ningún modo es que el médico le haga el boca a boca a una persona sin mandíbula ni boca jaja.

Pues señores y señoras…esta “Joya” es lo que hemos mandado a los Óscar. No me extrañaría que ganase con la brutal campaña de marketing que tiene a sus espaldas. Pero si esto es lo mejor que somos capaces de hacer apaga y vamonos.

NOTA: Iba a poner de música áquella que decía: "Había una vez...un circo que alegraba el corazón...pero no la he encontrado...
 
Tres sombreros de copa



Mihura escribió “Tres sombreros de copa” en 1932 pero no sería hasta veinte años después cuando se representase por primera vez. No es este un dato baladí. La sociedad en la que vivió el autor había cambiado en esos veinte años en los que incluso se había vivido una guerra civil. Tampoco la Literatura era ya la misma; en Europa el absurdo de Ionesco o Beckett estaba plenamente consolidado y aquí, en este nuestro país, el teatro de Valle y las vanguardias, ayudados por el teatro social de Benavente, parecen imponerse a los sainetes, el astracán o el género chico. Pese a todo, en esa época, la gente que llena los patios de butacas sigue huyendo de algún modo de cualquier obra que les presente cualquier tipo de conflicto moral o intelectual, la gente acude cómo un mero divertimento.

Mihura fue un hombre que pasó su vida entre bambalinas. Criado por su padre, otro hombre de teatro, pronto se emancipó para dar rienda suelta a sus capacidades artísticas. Trabajó como actor y escribió en revistas como la ametralladora, tras su exilio por la guerra logra fundar “La codorniz”, una revista mítica. En un Madrid atrapado por la bohemia Mihura fue cultivando amistades que le permitirían subsistir en el difícil mundo literario.

“Tres sombreros de copa” culmina el camino iniciado unos años antes por Jardiel y supone un punto de inflexión en el teatro cómico español. La historia de Dionisio, un hombre que está a punto de casarse, y la noche que pasa en un hotel es por méritos propios una de las mejores obras del siglo pasado, quizá la más importante junto a “Luces de bohemia”.

Dividida en tres actos cumple a la perfección con las normas del teatro clásico. Tanto temporal como espacialmente respeta los “canones formales”; todo se desarrolla en una habitación en una sola noche. En el primer acto se nos presenta a los personajes y sus circunstancias. En el segundo, un autentico prodigio de planificación, los personajes entran en conflicto, es lo que se tiende a llamar “nudo”; se trata de la contraposición entre dos mundos. El tercero nos sirve para devolvernos a la realidad con un final triste que llena de silencio cada astilla del escenario. Porque la historia que nos cuenta Mihura es la historia de un hombre que lucha contra un mundo que le es ajeno, que le ha sido impuesto de algún modo por una sociedad monocromática. Paula y toda la tropa del circo invaden ese mundo, mostrándole otro tipo de realidad del que Dionisio enseguida se enamora. El protagonista luchará por librarse de las ataduras burguesas que le aprietan pero esa es una lucha que no puede y que en el fondo no quiere ganar.

Paula: ¿Es usted también artista?
Dionisio: Mucho.
Paula: Cómo nosotros. Yo soy bailarina…¿Cómo se llama usted?
Dionisio: Dionisio Somoza Buscarini.
Paula: No. Digo su nombre en el teatro.
Dionisio: ¡Ah¡ Mi nombre en el teatro¡ ¡Pues como todo el mundo¡
Paula: ¿Cómo?
Dionisio: Antonini.
Paula: ¿Antonini?
Dionisio: Sí, Antonini. Es muy fácil. Con dos enes…


Aparentemente se trata de una historia sencilla. Unos personajes que se enfrentan a sus problemas. Pero no debemos llevarnos al engaño. Cada línea de texto, cada hoja del libreto esconde tras de sí más de un secreto. El simbolismo lo inunda todo ya desde el mismo título. Los tres sombreros de copa guardan el sentido de la obra: uno es el que le entrega su suegro, otro es el que le entrega su prometida y el último, el único que no queda arrugado, es el que le entrega Paula.

DON ROSARIO.- (Dentro) ¡Son las siete, don Dionisio! ¡Ya es hora de que se arregle! ¡El coche no tardará! ¡Son las siete, don Dionisio!
(Él queda desconcertado. Hay un silencio y ella bosteza y dice.)
PAULA.- Son ya las siete, Dionisio. Ya te tienes que vestir.
DIONISIO.- No.
PAULA.- (Levantándose y tirando la manta al suelo.) ¡Vamos! ¿Es que eres tonto? ¡Ya es hora de que te marches...!
DIONISIO.- No quiero. Estoy muy ocupado ahora...
PAULA.- (Haciendo lo que dice.) Yo te prepararé todo... Verás... El agua... Toallas... Anda. ¡A lavarte, Dionisio...!
DIONISIO.- Me voy a constipar. Tengo muchísimo frío...
(Se echa en el diván acurrucándose.)
PAULA.- No importa... Así entrarás en reacción... (Lo levanta a la fuerza.) ¡Y esto te despejará! ¡Ven pronto! ¡Un chapuzón ahora mismo! (Le mete la cabeza en el agua.) ¡Así! No puedes llevar cara de sueño... Si no, te reñiría el cura... Y los monaguillos... Te reñirán todos...
DIONISIO.- ¡Yo tengo mucho frío! ¡Yo me estoy ahogando...!
PAULA.- Eso es bueno... Ahora, a secarte... Y te tienes que peinar... Mejor, te peinaré yo... Verás... Así... Vas a ir muy guapo. Dionisio... A lo mejor ahora te sale otra novia... Pero... ¡oye! ¿Y los sombreros de copa? (Los coge.) ¡Están estropeados todos...! No te va a servir ninguno... Pero ¡ya está! ¡No te apures! Mientras te pones el traje yo te buscaré uno mío. Está nuevo. ¡Es el que saco cuando bailo el charlestón...!

"Los nombres de los personajes secundarios son más que elocuentes y no hace falta ni explicarlos: El odioso señor, Don Sacramento, el anciano militar o el cazador astuto no son otra cosa que una crítica furibunda a una sociedad enferma. Las tres luces o las puertas son conexiones entre los dos mundos y así hasta el infinito…

“Tres sombreros de copa” es una obra capital dentro del teatro español y uno de los gérmenes de lo que luego sería el teatro del absurdo:

Dionisio: ¿Y hace mucho que es usted negro?
Buby: No sé. Yo siempre me he visto así en la luna de los espejitos…
Dionisio: ¡Vaya por Dios¡ Cuando viene una desgracia nunca viene sola. ¿Y de qué se quedó usted así?, ¿De alguna caída?
Buby: Debió ser de eso señor…
Dionisio: ¿De una bicicleta?
Buby: De eso señor…

Reconozco que para mi sería un orgullo poder llegar a representar esta obra que he leído siete veces y en la que cada lectura nueva me reporta una inmensa satisfacción. La compañía “Nueva barraca”, formada por unos amigos y por mí mismo, lleva meses intentando comenzar los ensayos y yo espero que algún día seamos capaces de juntarnos y, con ilusión, llevar adelante la obra que fue capaz de dejar una época atrás para reinventar el “nuevo teatro cómico español”.


 
Hienas




La mañana amanece nublada.No tarda mucho en romper el cielo el primer relámpago que rasga el horizonte con su trazo de luz; el rayo hace de despertador y amanezco entre mis sabanas. Sin apenas tiempo para nada, me encamino hacia la oficina. El suelo ya está mojado y en los charcos parece reflejarse la cara de la gente que acude con pasos monótonos como las agujas del reloj, que marca las ocho y diez, hacia el cobijo del metro. En sus rostros puede adivinarse la desgana y el hastío que nos hace iguales antes de acudir al trabajo o a la universidad. Cuando el metro hace su entrada en la estación, metáfora ambigua de un coito pausado, la gente se agolpa en los andenes. Las puertas se abren y todos entramos como borregos hacinados en un espacio diminuto impregnado por el sudor propiciado por un calor agobiante. Los periódicos gratuitos despliegan sus alas en el vagón y una mujer lee en su asiento un libro de forradas tapas que no deja adivinar ni su título ni su autor. También un joven escucha su mp3 mientras un señor entrado en carnes seca una gota de sudor que corre por su frente con las mangas de su traje de segunda clase. Tras varias estaciones llego a mi destino. Salgo de la estación y fuera sigue lloviendo, aún con más fuerza. Pese a mi paraguas, llego con los zapatos empapados a la oficina; mi traje ha corrido mejor suerte.

Lucy, la chica de recepción, me dedica una de sus sonrisas mientras juega con sus rizos. Aunque masca chicle, puedo oírla como me llama “Don Carlos”. Es mi segundo día y no logro acostumbrarme al tratamiento de “Don”. Trato de explicarle que tengo 26 años y le pido que a la próxima vez me tutee. Ella responde que cómo quiera, Don Carlos. Lo dejo por imposible y cojo el ascensor para subir a la segunda planta. El ascensor está vacío y aprovecho para coquetear con el espejo. De camino a mi escritorio, situado al fondo, todos mis compañeros me saludan. Me siento frente al ordenador y coloco metódicamente las hojas que tengo que leer y archivar. Transferencias, domiciliaciones e hipotecas componen la aburrida sinfonía de mi jornada laboral. Cuando a media mañana el coordinador se sitúa frente a la pizarra yo ya formo un engranaje perfecto del sistema capitalista; ensamblado como un insignificante tornillo de una máquina cualquiera. Me sorprendo al comprobar que en mi primer día de trabajo he sido el trabajador más productivo de la sección. Todos mis compañeros me miran y sonríen, pero yo sé lo que esas sonrisas significan: reflejan la hipocresía de unos compañeros que venderían su alma al diablo por estar por encima de mí. Sólo Mary, la chica que se sienta frente a mí, parece merecer la pena. Cuando llega la hora de la comida me siento junto a ella y puedo comprobar como su cabeza está llena de banalidades. Creo que hablamos del tiempo, de un famoso que parece haberse divorciado e incluso del mismísimo rey. Lo cierto es que no la presto mucha atención y mientras hablo con ella dejo mi mente suspendida en la nada, basta con asentir de vez en cuando y proclamar mis simpatías hacia la familia real.

A las siete de la tarde suena una campana de un modo apenas audible, pero todos la oímos y salimos del edificio con la puntualidad de un reloj suizo. De vuelta a casa el metro está más vacío pero sigue haciendo calor y oliendo a sudor.
Hay un placer oculto en el ritual de quitarse la ropa de todo el día. Cada prenda que cae al suelo, no vale soltarla sobre la cama, es un pequeño cable que se desconecta y que te devuelve, poco a poco, a una vida mucho más plena. El día termina con una cena y una película. El epílogo lo conforman las páginas de algún libro sin las tapas forradas que leo en la cama. Cuando apago las luces es cuando me doy cuenta de que ya apenas pienso en las cosas importantes en las que pensaba antes. No puedo evitar sentir algo de tristeza cuando acude a mi cabeza una noticia que leí en uno de los periódicos que desplegaban sus alas en el metro de la mañana y en la que creí no haber reparado: la muerte de Norman Mailer. Una extraña asociación de ideas me hace relacionarlo con el premio Nóbel de este año: Doris Lessing, una señora feminista a la que le han regalado tal distinción. Y me siento aún más triste cuando recuerdo que esa “americanofobia” que lo invade todo impide el galardón para una de las generaciones de escritores más importantes que se recuerdan: Roth, Updike, Pynchon o Don de Lyllo. Y es al nombrar este último nombre cuando me viene a la cabeza Lucy, la chica de recepción, y es en su sonrisa y en sus rizos dónde el cansancio, juez implacable, dicta su sentencia. Mis ojos se cierran y otro día se consume. No es fácil ser una hiena en un mundo de hienas, sobre todo cuando uno se siente cordero.

 
Ajedrez





Cuenta la leyenda que hace muchos siglos, en un país de Oriente, vivía un rey que perdió a su hijo en una batalla. Tal fue su pesar que se encerró en su habitación durante días. Preocupado por su enclaustramiento, el mayor de sus ministros convocó a todos los filósofos y científicos del reino para dar con alguna solución al problema. Uno de ellos, cuyo nombre ha olvidado la historia, inventó un juego de estrategia que tuvo a bien llamar Ajedrez. El rey, no sólo consiguió superar su depresión, sino que acabó convirtiéndose en un gran experto. Cómo recompensa el rey concedió un deseo al inventor…este, muy hábil, dijo que quería un gran de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta y así sucesivamente…¿sólo eso?-respondió el rey asombrado…

Más allá de este problema matemático, más leyenda que realidad, los estudiosos afirman que el juego se inventó en la India sobre el siglo VI A.C. ¿Pero que tiene de especial?. Más allá del cine, de la guitarra y la literatura, mi gran pasión siempre ha sido el ajedrez. No se puede explicar con exactitud lo que se siente al colocarte detrás de un tablero, es algo que sólo puede comprobarse cuando tus dedos rozan cada una de las fichas, convirtiéndote en una especie de Dios supremo.

Bien es cierto que aprendí a jugar cuando ya contaba con una edad avanzada, cuando estaba en el instituto, pero el tablero siempre me ha acompañado en mis andanzas. En mis primeros pasos aprendí de la mano de mi hermano que, con paciencia, me enseñaba a manejar cada una de las piezas. Pronto me sentí fascinado por la cantidad de combinaciones y jugadas que podían hacerse, pero lo que más me llamó la atención fue esa sensación de superación que aún hoy me acompaña. Jugaba en todas partes, hasta en mitad de la clase con mi compañero de mesa Víctor. Muchas veces nos quitaron el tablero…ignorantes, desconocían por completo las virtudes de un juego que es asignatura obligatoria en Rusia desde tiempos inmemoriales.

Al poco de llegar a Madrid, en uno de mis primeros paseos por el retiro, descubrí el que sería mi club de ajedrez: “Club de amigos de la casa del Retiro”. Cerca del estanque, a unos minutos de la estatua del ángel caído, se encuentra una casita de madera circundada por mesas de ajedrez. A cualquier hora del día que vayas siempre encontrarás a alguien dispuesto a retarte. Abogados, barrenderos, secretarias, limpiadoras, ejecutivos…el tablero iguala a todos. Sólo cuenta tu capacidad mental y de concentración. Tu forma de abstraerte de cuánto te rodea para concentrarte en un universos de 64 casillas blancas y negras. Allí, en la casita, he hecho buenos amigos…y amigas. He pasado muy buenos momentos y también alguno embarazoso debido al mal perder de algunos. No sabría decir cuántos días he ido allí por la tarde, después de comer, y he comenzado una partida para acabarla con la luna en lo más alto, bajo la luz de las farolas y la mirada de algún que otro curioso.

El ajedrez es también un lenguaje universal. Recuerdo un día en Plaza de España, cerca de la mirada perturbadora de Cervantes, cómo una chica, de la cuál prefiero no decir su nombre, me dejó después de una tortuosa relación. La mañana era fría. La gente pasaba posando sus ojos en los míos, apunto de romper a llorar. El agua de la fuente estaba calmada, justo lo contrario que mi alma, pues aunque aún me cueste reconocerlo, quería a aquella chica. Me senté en uno de los enormes bancos de piedra que rodean la plaza y me ensimismé en mis pensamientos; sin duda sombríos. Jaque maté- escuché a mi lado. Tres chicos polacos y uno español jugaban al ajedrez. Pregunté si podía mirar y ellos me invitaron a jugar. He de reconocer que gané diez partidas seguidas, jugadas a un ritmo demasiado rápido, pero eso no me importaba. Durante unas horas logré evadirme de todo eso que me acababa de pasar. Sólo contaba el adversario del otro lado del tablero y yo. Cómo he dicho gané diez partidas seguidas, pero perdí la número once. Fue una partida emocionante. Yo jugaba con las blancas y arriesgué en exceso, cosa que me hizo pagar mi rival. No obstante, no me importó perder. No es que sea de esos tontos que dicen que lo importante es participar. Siempre que juego a un juego quiero ganar. Pero aquel día comprendí que el ajedrez no era un simple juego. Aquella partida, tal vez la mejor que he jugado, fue preciosa. Un toma y daca sin concesiones. Fueron ellos quienes me hablaron, por primera vez, de “La inmortal”.

La primera “Inmortal” se jugó en 1851 en un café de Londres. La jugaron el alemán Anderssen y el polaco kisieriztki. Anderssen, mediante una combinación imposible que incluía el sacrificio de dama, logró vencer al polaco, el cuál escribió inmediatamente a su redacción para publicar la partida, que más tarde, por su belleza y sacrificio daría en llamarse “La inmortal”. Este nombre ha sido dado a innumerables partidas que cumplen esas condiciones a lo largo de la historia. El maestro cubano Capablanca, Fischer, Kasparov y muchos otros cuentan en su haber con este tipo de partidas pero sin duda mi favorita es la que enfrentó en 1912 en Breslau a Leviztiv y Marshall. El ruso jugó a un nivel excepcional, pero en la jugada número 22 Marshall pasó a la historia por un movimiento sublime que le haría pasar a la historia. La partida se desarrolló en un lujoso hotel, y tal fue la belleza de ese movimiento que todos los nobles que atiborraban la sala inundaron de monedas de oro el tablero…les dejo aquí la partitura, para los que quieran disfrutarla:

Blancas: Lewitky Negras: Frank J Marshall.
1.d4 e6 2.e4 d5 3.Cc3 c5 4.Cf3 Cc6 5.ed5 ed5 6.Ae2 Cf6 7.0-0 Ae7 8.Ag5 0-0 9.dc5 Ae6
10.Cd4 Ac5 11.Ce6 fe6 12.Ag4 Dd6 13.Ah3 Tae8 14.Dd2 Ab4! 15.Af6 Tf6 16.Tad1 Dc5
17.De2 Ac3 18.bc3 Dc3 19.Td5 Cd4 20.Dh5 Tef8! 21.Te5 Th6 22.Dg5 Th3!! 23.Tc5 Dg3!!! Rinde
Si 24.fg3 Ce2+ y Tf1#; si 24.hg3 mate en una y si 24.Dg3 Ce2+ 25.Rh1 Cg3+ 26.Rg1 Cf1 ganando.

Tal vez ahora entendamos la tan repetida frase de “El ajedrez es la vida” de Fischer. Porque tal vez se trate de eso, más allá de ganar o perder, buscar la excelencia, la belleza del camino más allá del fin…


Para terminar dejar como curiosidad una escena de “Blade runner” en que se representa la primera inmortal. Disfruten de este maravilloso juego o como quieran llamarlo. Traten de superarse a sí mismos, y no sólo en este ámbito… por que tal vez…llevando la contraria al replicante…tal vez todos estos momentos no se perderán como lágrimas en la lluvia...


 
Películas para alegrar el día


Tras unos últimos días de penumbras, al fin salgo de la oscuridad para ir abrázando, siempre con cuidado, la luz. El cine acaba por ser un estado de ánimo. Detrás de las camaras o detrás de un guión, aunque a veces parezca mentira, siempre se encuentra una persona y su circustancia. Una película acaba por ser, si la quitamos todo el envoltorio, una historia. Ocurre algo similar en determinado tipo de literatura; aquella que huye de las formas para adentrarse en los contenidos. Por que al final lo que queda es ese regusto, amargo o feliz, o en el mejor de los casos ambas sensaciones.

Quiero dejar aquí unas cuantas películas, que bien por un motivo u otro, consiguen alegrarme el día. No debe haber nada más gratificante para un "autor" que causar sensaciones en el receptor del mensaje; ser capaz de cambiar, no siempre a voluntad, los estados de ánimo.

Por una parte estarían esos títulos que por su profundo mensaje nos vuelven a hacer creer en la humanidad. Creer que toda la miseria que nos rodea también se encuentra circundada por buenos sentimientos. Por otro lado tendríamos títulos que de puro absurdo nos hacen reír a carcajada limpia y al menos durante un rato nos hacen olvidarnos de todo. He aquí algunos ejemplos:

"Luces de la ciudad" sería la cima del romanticismo. La historia del vagabundo y la florista ciega alcanza cotas inimaginables. Ese final en que ella reconoce a su amado. Esa música de violines. Ese escaparate. Esa flor.Esas manos que palpan y encuentran...súblime.



"Ladrón de bicicletas". Aquí nos encontramos con una historia dura pero que rebosa de ternura. La relación entre el padre y el hijo es, para mí, la historia más bonita que se ha filmado nunca. Una epopeya por las calles de la posguerra italiana que desemboca en el centro del corazón humano.



¡Qué bello es vivir¡ supone un canto a la vida y a la bondad de las personas. Una vitamina que debería recetar el médico contra la depresión. No conozco a nadie que no llore con esta canción...



"La vida de Brian". Los Phyton en estado de gracia. Una crítica ácida sobre las religiones y otras taras del ser humano. Cómo dice la canción: "Always look on the bright side of life".



"Ninothcka". Lubistch en estado de gracia. El maestro de Wilder nos cuenta que el amor puede con todo, íncluso con el telón de acero. La película fue anunciada con una frase que la define muy bien "Garbo laughts"



"El guateque". Edwars nos invita a una fiesta en la que no falta de nada. Una lujosa mansión. Una piscina. Música de Mancini y personajes de lo más variopinto y hasta ¡un elefante¡



"El gran lewobski". Para terminar la cinta que más me ha hecho reír los últimos días. Casi sin proponerselo los Coen logran una obra maestra contandonos las andanzas de "The note". Actores en estado de gracia, perfectos en sus papeles y un guión repleto de gags que os harán partiros de risas. La presentación de Jesús, del inconmensurable Turturro, simplemente gloriosa...



Y hasta aquí llega el repaso de mis cintas para alegrar el día. Seguro que me faltan algunos títulos, cómo algundo de Wilder, pero en este caso está fuera de categoría. Sea como fuere...que pasen un buen día. Rían cuánto puedan, es gratis y alegra a la gente que tienes a tu alrededor.

 
Otro cuatro de Noviembre

Otro cuatro de noviembre
Que se nos escapa.
Otro cumpleaños
Sin velas que soplar.
Lugares deshabitados.
Regalos sin abrir.
Besos que no nos damos.
Sólo recuerdos
Y corazones de metal.

Otro cuatro de noviembre
Que se nos escapa.
Fotos desgastadas.
La misma canción
Que no puedo escuchar.
La misma habitación
En la que no estar.
Sonrisas que no oigo.
Lágrimas sin cesar.

Otro cuatro de noviembre
Que se nos escapa.
Abrazos sin manos.
Verdades sin verdad.
Ojos sin tu mirada.
Versos sin rimar;
Poemas sin ti.
Vida sin vida
Porque ya no estás.



Para tí Maldita...estés dónde estés...cómo ves, la vida sigue sin rimar.
 
La patera


Los ojos de Kareem resplandecen en la oscuridad de la noche. Completamente abiertos permanecen alerta a todo cuánto acontece a su alrededor. El silencio sólo se ve interrumpido por el llanto de un niño al que no puede ver, pero que intuye a su espalda. Al principio del viaje eran dos bebés los que lloraban, pero el que estaba delante suyo hace tiempo que ha parado. Es difícil medir el tiempo en mitad del mar pero debe estar apunto de amanecer por segundo día. Salieron de la costa africana la noche anterior y han pasado todo el día a la deriva, a merced del mediterráneo. La sed y el hambre empiezan a hacerse insoportables y ya han tenido que arrojar dos cuerpos por la borda por temor a algún contagio de alguna enfermedad desconocida. Pese a esto, todos siguen hacinados como animales adormilados, unos contra otros, sin apenas espacio para estirar las piernas. La eslora de la patera apenas debe tener diez metros y en ella se apiñan más de cincuenta personas.
Huele a sudor y a vómito provocado por el incansable vaivén de las olas de un mar que parece enfurecido. A Kareem comienza a faltarle el aire y sin darse cuenta apoya su cabeza en un compañero de viaje al que no conoce, cierra los ojos y se ve transportado a su pequeña granja antes de que sucediera la tragedia. Se ve al lado de sus padres, cuidando de la cosecha, que ese año les iba a permitir tener un invierno tranquilo si con un poco de suerte las lluvias o los animales no acababan con ella. Se ve cenando con ellos a la vera de la luz de una vela y vuelve a sobresaltarse cuando un fuerte estruendo derriba la puerta. No quiere ver pero ve cómo la guerrilla mata a su familia y quema la cosecha. Justo en el momento en que él se haya derrumbado en el suelo implorando a Alá que le quite la vida, despierta.

El sol comienza a dibujar el horizonte con tenues tonos anaranjados y el terror de la oscuridad del mar desaparece. Pese a esto, el silencio sigue inundándolo todo. Kareem comprueba que hay menos estrechez en la patera que antes de caer dormido. Ahora que puede estirar las piernas con más holgura, no puede evitar cierto sentimiento de culpa por la gente que va quedando atrás en un viaje que parece no tener fin. Abre su cantimplora y deja caer por la reseca comisura de sus labios las últimas gotas de agua. Maldice en voz baja, pero no puede evitar ser oído por el compañero que le ha servido de almohada, que le dedica una mirada de reprobación.
Los rostros ajenos que le rodean comienzan a ser presas del mismo cansancio que a él le empieza a entumecer sus huesos. Es entonces cuando repara en el niño de la parte delantera, que en brazos de su madre, lleva bastantes horas muerto. Mohamed, el mismo que ha embarcado a todo el pasaje por un nada módico precio, se acerca a ella y arranca al bebé de los brazos de su madre, que grita fuera de sí. Cuando el bebé entra en contacto con el agua, la madre no puede evitar un brote de locura que la lleva a arrojarse por la borda. Algunos pasajeros han tratado de detenerla, pero Mohamed discute con ellos en un idioma que Rasheed no entiende. Al final todos vuelven a sentarse en sus correspondientes lugares. Todos agachan la cabeza y sólo Rasheed vuelve la mirada atrás. Trata de levantarse, pero no le queda ningún gramo de fuerza.

Rasheed, y no por primera vez en su vida, empieza a sentir una sensación desagradable en su interior. ¿Cómo es posible que la condición humana sea tan miserable?, ¿Cómo puede hablar el imán del infierno, si el infierno se haya en lo más profundo del alma humana?. Siente un enorme asco por toda esa gente que le rodea, todos esos harapientos negritos que ni tan siquiera han sido capaces de ayudar a una madre desesperada. No es el sudor lo que le hace sentirse sucio, sino el egoísmo.¿ Pero no es acaso él como ellos?. Rasheed trata de convencerse a sí mismo de que no. Él no ha dejado nada en su tierra, se lo arrebataron todo. Él ha mirado atrás. Mientras se tortura con estos pensamientos alguien grita detrás suyo algo que no entiende. Todos empiezan a señalar una gaviota que surca los cielos. Las respiraciones comienzan a acelerarse, los ojos se abren buscando en el horizonte su tierra prometida. La costa comienza a aparecerse poco a poco y es ahí dónde empiezan a florecer los sueños; la esperanza de una vida mejor.

Cuando la patera choca contra las rocas de la costa no deben de estar separados de tierra por más de doscientos metros. El chasquido de las maderas suena a muerte y en unos segundos el agua comienza a inundarlos. Poco a poco comienzan a saltar todos. El agua está helada y cuando el cuerpo de Rasheed entra en contacto con él no puede evitar sentir un enorme escalofrío. Se hunde. Sus huesos y sus músculos no responden y se ve arrastrado hacia el fondo del mar. Es ahí, con la muerte tan cerca, cuando el instinto de supervivencia de Rasheed le hace reaccionar. Consigue subir a la superficie y sin saber muy bien como, empieza a nadar hacia la orilla. Las fuerzas que le han impedido ayudar a la madre del niño muerto ahora sí parecen ayudarle. A cada brazada que da le sigue una punzada en el pecho. Respira como un pez que agoniza y escupe el agua salada que entra en su boca. Después de una eternidad las corrientes le llevan a la playa. Está tumbado. La sensación de la arena mojada en su torso desnudo le causa una sensación de alivio. Por un momento desfallece y pierde el conocimiento, pero minutos después consigue abrir los ojos. Es entonces cuando se ve rodeado de cuerpos muertos que ha devuelto la corriente convirtiendo la playa en un improvisado cementerio. Rasheed se pregunta si es el único superviviente, pues ninguno de los cuerpos se mueve. A su lado, apenas a diez metros, yace la madre con su hijo abrazado. Rasheed se acerca a ellos y es entonces cuando el niño mueve su pequeña cabecita. Es extraño, pero ahora no llora. La madre está muerta. Rasheed coge al niño y comienza a andar con él en brazos. Sus pasos son lentos y esforzados, la arena se hunde bajo sus pies. Cuando su figura desaparece en la lejanía el sol está en lo más alto.