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El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
Un partido de fútbol



Los niños juegan distraídos con el balón en mitad de la calle. Un par de cantos sirven de portería y un balón roído y medio desinflado es golpeado por las escuálidas piernas de los jóvenes aspirantes a futbolistas. Uno de ellos comete falta sobre un rival, que cae al suelo y se araña las rodillas con el cemento. Aunque la sangre asoma por el roto del pantalón, el niño evita llorar y se levanta del suelo dispuesto a chutar la falta. Un escuadrón de aviones surca el cielo creando un ruido ensordecedor.
A regañadientes, dos niños se colocan en la barrera tapándose con una mano la cara y con otra sus partes nobles. Miran temerosos a Slovan, así se llama el niño que ha recibido la falta, que les muestra una cara de rabia que los hace temer el pelotazo. Mientras tanto, un miliciano que porta un viejo fusil interrumpe el partido al cruzar la calle corriendo. Cuando desaparece por la esquina, Slovan avisa a sus amigos que va a lanzar la falta. Se ata los cordones, acaricia el balón cómo ha visto hacer a los futbolistas de la selección y toma carrerilla. –Se van a enterar estos de lo que es bueno- parece pensar el niño. Justo en el momento en que su pie entra en contacto con el balón un silbido recorre toda la ciudad. La pelota pasa justo por encima de una de las piedras, pero ninguno de los chavales discute si ha sido gol. Todos están parados, mirándose unos a otros sin saber muy bien qué hacer.

La primera bomba cae sobre el mercado situado en el centro de la ciudad, dejándolo hecho añicos y causando decenas de víctimas. La sirena vuelve a sonar un mes después de la última vez que lo hiciese. Slovan y sus amigos salen corriendo hacia sus casas, al encuentro de sus familias, para ir todos juntos al refugio que está al final de la calle. Pese a que le duele la rodilla, el joven Slovan corre tanto como puede hasta llegar a la entrada de su casa. Sube las escaleras de dos en dos hasta el tercer piso, dónde vive. Está asustado y apenas acierta a abrir la puerta. Una vez dentro grita, pero nadie responde. Llega a la cocina a través del salón dónde encuentra una nota de su madre.

“Slovan, cariño, estoy con tu padre y tu hermana en el mercado a comprar algo de fruta, volveremos pronto”

La ciudad se convierte en un collage de imágenes no por comunes menos estremecedoras. Los aviones se multiplican en el aire y las baterías antiaéreas abren fuego. Cinco minutos después de la primera bomba, cae la segunda, y a esta le siguen la tercera y la cuarta. Los edificios comienzan a desquebrajarse y derrumbarse con macabra lentitud. La gente corre de un lado a otro. El ejercito toma las calles tratando de organizar el caos. Los gritos y los rezos llenan cada rincón de la ciudad y las ambulancias tratan de evacuar a los heridos a los hospitales más cercanos.

Slovan corre tanto como sus delgadas piernas le permiten. No puede evitar tropezarse con una mujer que porta en sus brazos a su hija malherida. La niña cae al suelo y Slovan comprueba horrorizado como tiene el cráneo abierto y como la herida supura una sustancia ennegrecida. Un militar les ayuda a levantarse y les indica como ir al refugio más cercano. El pequeño no puede evitar vomitar sobre la acera. El militar le agarra por el brazo pero él logra soltarse. – Todo es por vuestra culpa- le grita. El militar intenta detenerle pero el pequeño logra zafarse y sigue adelante con su camino. La quinta bomba cae sobre el edificio de correos, apenas a unos cientos de metros de Slovan. Una espesa humareda empieza a extenderse por toda la calle hasta que envuelve al pequeño. Aunque apenas ve nada él sigue avanzando entre los escombros pues sabe que se encuentra cerca del mercado. Una oscuridad blanca rodea a Slovan. Escucha gritos de dolor, escucha a gente pedir ayuda y a duras penas logra abrirse paso. Ve a gente atrapada entre enormes piedras, ve cuerpos mutilados, ve, en definitiva, el horror en su más terrible esencia.

Las luces de las ambulancias le guían hasta el mercado, aunque la polvareda ha comenzado a disiparse, los ojos del niño no acierta a discernir correctamente las formas. Avanza casi por instinto. A su alrededor sólo hay sufrimiento. La imagen de una camilla con un cuerpo sin piernas no le hace detenerse. Comienza a llamar a Nunik, su hermana pequeña. Nadie le responde, todo parece estar en una calma insana. Cuanto más avanza con más cuerpos sin vida se encuentra.
Cuando haya a Nunik sobre el cuerpo inerte de su madre, que yace junto a su esposo, la sangre parece congelársele. Slovan se acerca a su hermana y logra arrancarla, no sin dificultad, de los brazos de su madre para llevarla fuera de aquél maldito lugar.
El bombardeo acaba y el ruido de los aviones se hace cada vez menos audible hasta desaparecer. En mitad de la niebla dos niños permanecerán abrazados durante una hora hasta que vayan a rescatarlos. En los ojos de él se adivina el odio, en los de ella sólo incomprensión.


 
Adapataciones en un "lunes negro"




Casi ochenta años después se vuelve a producir un lunes negro, aunque esta vez fuera de Estados Unidos. Cerramos el día con la mayor caída de la historia del Ibex 35 y el desplome generalizado de los grandes índices Europeos a la espera de que mañana El Nikkei y el Down Jones sigan la misma tónica con la consiguiente tendencia a la baja que sufrirán todas la bolsas por un lógico efecto dominó. “Confianza” es la palabra clave que suenan en todos los periódicos especializados en economía. Para que la gente de a pie lo entienda: cuando Bush anuncia un plan para revitalizar la maltrecha economía de su país no hace otra cosa que reconocer una crisis, fundamentalmente financiera e inmobiliaria por el impago y la falta de liquidez, que tiene como consecuencia el pánico bursátil mundial. Dicho de otro modo: si ponemos un tratamiento al enfermo reconocemos que el paciente está mal. ¿Consecuencia de todo esto? Los grandes inversores venden sus acciones por debajo de lo que valen con lo que sus índices de referencia comienzan a bajar y a bajar (más de un siete por ciento el Ibex 35). A todo esto los expertos le llaman una corrección del mercado que no hace otra cosa que situar el precio de las acciones en un precio que se antoja más lógico (la burbuja inmobiliaria, por ejemplo, que se desinfla). ¿Será esta “la mano invisible” de Adam Smith? Más bien “La mano codiciosa” del capitalismo. Parece que la situación no va a cambiar en los próximos meses y es ahora el momento en la que los expertos harán su Agosto: Se trata de vender las acciones que más vayan a bajar y comprar en el momento justo en que vayan a volver a subir porque no duden que volverán a subir, tal vez a partir del segundo cuatrimestre del año; quién controle esto controlará el mercado. Fíjense en el volumen de negocio de las bolsas en los próximos días. Si no les interesa esto es que no les interesa la economía en absoluto, se trata del mercado en estado puro. Hagan juego.

Pero no quería hablar hoy aquí de economía sino de cine, concretamente de adaptaciones literarias. Siempre he considerado el hecho de escribir cómo un acto íntimo en el que el escritor se bate en una dura lucha con sus sentimientos y sus ambiciones. Considero, por tanto, el hecho de hacer guiones adaptados una tarea harto difícil. Analicemos dos películas que están ahora mismo en cartelera:




“Soy leyenda”


La película bien protagonizada por Will Smith supondría el ejemplo claro de cómo no se debería adaptar una novela y eso que tenían un material inmejorable, pues estamos ante uno de los mejores escritores de ficción del pasado siglo, autor entre otras de “El increíble hombre menguante”. El metraje empieza de un modo más que correcto con un Will Smith que deambula por una Nueva York desierta y presenta una primera hora más que decente. No me importa aquí que la historia no se desarrolle en Los Ángeles como en la novela o que transcurra varios años después, no me importan ciertas licencias cinematográficas como el protagonismo del perro o la escena del golf en el portaviones. Es más, a mí esa primera parte me parece buena o muy buena con momentos de gran lucidez como el que acontece en el edificio a oscuras u otros momentos visualmente atractivos con Times Square o Manhattan como telón de fondo. Ahora bien, a partir de la primera hora todo se descompone. A los guionistas, bien por exigencias del director o productor o bien por ineptitud, se les va la historia de las manos.
No entiendo por qué tienen que aparecer la mujer y el niño que no aportan nada a la historia y que no estaban en el original. A medida que nos alejamos de la novela de Matheson y nos acercamos a Hollywood el guión va cayendo en picado. Por poner dos ejemplos: ¿no es mucha casualidad que la mujer aparezca justo la noche que Robert va a morir? ¿Cómo entran en la casa si está llena de bombas?. No es esto lo que más me preocupa, ni tan siquiera la vergonzante presencia de los vampiros sino que hayan cambiado el mensaje original que nos transmitía Matheson. Ciertos metrajes Hollywoodienses post 11-S nos mandan cada vez mensajes más inquietantes. No crean que es esto nuevo, tras la Segunda Guerra Mundial el cine se convirtió en un arma más de propaganda nacionalista (desde Eissestein a Melvin Leroy). El mensaje que aquí se nos lanza está claro: dónde no llega la ciencia llega Dios. Ese final inventado con la llegada a la colonia, con las campanas repicando mientras sale el sol, esa bandera de las barras y estrellas ondeando…vomitivo. Lo peor de todo es que el bueno de Matheson nos quiso decir lo contrario. Así pues: lean la novela, es mil veces mejor. La película pudo ser leyenda pero lamentablemente ya es historia.





“Expiación”


La segunda película de las que voy a hablarles es una de las favoritas a los Óscars. Dirigida por el británico Joe Wright (director de “Orgullo y prejuicio”) supone una adaptación de otro gran autor cómo es Ian Mcewan que cuenta con un ramillete de novelas tan buenas como difíciles de adaptar. No puedo imaginarme, por ejemplo, una adaptación de “Sábado”, su última novela. “Expiación”, tal vez sea su obra más accesible, es lo que podríamos denominar una novela experimental en la que el escritor juega con el lector mediante saltos temporales, escenas contadas desde distintos puntos de vista, distintos narradores y un lenguaje tan romo como envolvente.
La primera hora de la película vuelve a ser aquí también sublime. Escenificada en unos ambientes Victorianos tan elegantes como la propia Keira Knightley, la narración fluye sola, muy bien llevada por el director y los actores (muy bien la pequeña y McAvoy). La segunda parte es algo más confusa, la mas floja sin duda. Los actores van y vienen de un modo poco claro y no llega a implicarnos emocionalmente tanto como debiera, pese a la excelente fotografía que nos regala paisajes expresionistas. No obstante, el plano secuencia de la playa de casi cinco minutos es un prodigio de planificación: soldados muertos en la playa, soldados mirando el horizonte, soldados corriendo entre risas a bañarse y una gran noria que no gira al fondo: surrealismo y realismo fundidos de un modo ejemplar. La tercera es simplemente Vanesa Redgrave: es difícil hacerlo mejor. La actriz llena la pantalla y la cinta se cierra con un final más que digno que no revelaré.
He aquí una buena adaptación. Se ha tratado de respetar la historia al máximo, se ha tratado, con mejor o peor fortuna, llevar los experimentos narrativos a la pantalla y sobre todo nos han contado lo que McEwan trataba de contarnos: pequeños actos que desembocan en grandes tragedias que sólo admite un final: la expiación.
Así pues: lean el libro y también vean la película.

 
Rompí



Rompí las cadenas que ataban
Mis sueños,
Escupí el sabor amargo
De mis recuerdos.
Gracias a ti supe que el tiempo
Era sólo vino que se derrama.
Desde ese momento
Besé con rabia,
Reí en el silencio,
Abandoné camas al llegar el alba,
No suspiré por nadie
Ni por nada.
Hice juegos malabares
Al borde del precipicio.
Y hasta puede que sea verdad
Que recorrí mil caminos
Antes de que mis huellas
Sólo fueran el eco infinito
De tus palabras.
Sí, un día pregunté tu nombre
Y me respondiste libertad.


 
Cebreros (Un día de vendimia)



Cebreros.../...el pueblo que tiene tantos años ya que el latido de su tiempo se mide por siglos.../...es un pueblo cuyo nombre debe escribirse en la historia con gruesas letras de oro para que el mundo se entere".

Camilo José Cela, pregón de fiestas de 1950




Cuando los últimos días de Septiembre se asoman al calendario, Cebreros huele a Mosto en cada uno de los rincones de sus calles centenarias. Las dos bodegas se encuentran a pleno rendimiento y el trasiego de coches, carromatos y mulas es un paisaje habitual de la vida Cebrereña. Es sábado por la mañana, aún temprano, y los viñedos reciben a los vendimiadores, que con sus tranchetes y navajas irán llenando las espuertas y sacos de uva garnacha.

Una hora antes de que amanezca, “el moreno” ya se encuentra en la calle aparejando a su borrico “Romero” mientras piensa, tal vez nervioso, en la dura jornada que le espera. Ni tan siquiera repara en la ventana rota que da al comedor que ayer por la noche rompieron con una pelota dos “pequeños diablos”, cómo así los llama, que viven en frente suyo. Echa las alforjas encima de “Romero” y se sube, no sin esfuerzo, en los lomos del animal. Tras un golpe de talón sobre los cuartos traseros y una arenga impronunciable, el camino comienza.

Mientras tanto, en la plaza del altozano, los comerciantes se afanan en poner sus comercios a punto para recibir en unas horas a los clientes del mercadillo. “Flautico”, un trabajador del Ayuntamiento, tiene cara de sueño y no puede evitar bostezar de un modo automático, con una cadencia milimétrica, mientras pasea por delante de los puestos pidiendo los papeles a los viajantes, que no pueden evitar poner un gesto de impaciencia ante la tardanza de este en repasar los permisos.

El sonido de las herraduras de “Romero” se cuela por todo el paseo Angolotti, dónde “La tía Silve” escarba las ascuas del brasero que le han de dar calor durante todo el día. “El moreno”, enhiesto como el astil de una bandera, piensa en como ha crecido el pueblo al ver los chalets de “la urbanización viña del Burgo”. Las calles están desiertas y no tarda en llegar a la carretera. Él no hace caso de los avisos y se niega a ponerse un chaleco fluorescente. Comenta entre vinos en “El tropezón” que él no es un payaso y que no teme a los coches. No obstante, cuando le adelanta un autobús lleno de turistas que se va a alojar en el “Hotel Dracos”, dónde un escritor de segunda sueña con ser Galdós, no puede evitar sentir cierto resquemor por no haberse sacado el carné de conducir.
Cierto sentimiento, mezcla de nostalgia y sinrazón, se apodera de él cuando se cruza con “El relojero” que ha madrugado para salir a correr. El sol empieza a despuntar en el horizonte y se pregunta si es esto lo que llaman modernidad. Él no acierta a comprenderlo pero se sabe hombre de otro tiempo. La televisión, los ordenadores, esa atronadora música que le hace añorar aún más a Molina y Farina, los grandes edificios...todo le es ajeno. Él, que hizo la mili en África, no está hecho para los tiempos modernos.

Las primeras mujeres empiezan a llegar al mercado. Se detienen en los puestos de fruta y llenan sus bolsas de tomates y naranjas, que esta semana están más caras por la mala cosecha. Los gitanos, dueños de los puestos de ropa, ofrecen su género entre voces y chascarrillos para llamar la atención de las señoras que arrastran carritos de la compra y que charlan distraídas con vecinas y amigas en la evolución natural del foro romano.

Cuando la familia del “Moreno” llega a la viña ya sólo quedan cenizas de la gavilla de sarmientos que ha quemado para calentarse. El campo comienza a llenarse de sonidos en contraste con la soledad y el silencio diario de los agricultores, cada vez menos, que labran la tierra. Pese a sus nietos, más ocupados en subirse a las olivas que en cortar uvas, las gavetas y sacos comienzan a llenarse. A eso de las doce de la mañana “El moreno” se dirige al menor de sus nietos: “Carli, quién a las doce ni come ni bebe mal amo tiene”. Carli corretea entonces a la caseta de piedra pues sabe que ha llegado la hora del almuerzo. Toda la familia se sienta en los incómodos bancos para descansar los riñones y dar buena cuenta de la fiambre y la tortilla de patata cómo si fueran los más suculentos manjares, es en ese breve instante de tiempo dónde descansan los cimientos morales de la familia

En el pueblo, los turistas que llegaron en el autobús emplean la mañana en visitar “La picota” y las dos iglesias que vertebran el pueblo a través de la calle principal dónde están situados los bares, hoy más vacíos de lo habitual. Tras el aperitivo de las doce, una cañita con su respectivo pincho, se dirigen al mercadillo por la Calle Martín, desde dónde se puede ver cómo la torre de la Iglesia de Santiago Apóstol se eleva altiva por encima de los tejados de las casas que la circundan. A los turistas, habituados al anonimato de las grandes ciudades, les llama poderosamente la atención la complicidad entre vecinos que hay en el mercadillo. Es el olor a mosto el que les lleva, a través de la calles de las escuelas, hasta la bodega cooperativa de “El Galayo”, dónde un niño pequeño, del que ellos ignoran que su abuelo le llama “Carli”, corretea entre los coches que pesan y descargan el fruto de una jornada de trabajo en las tolvas.

“El moreno” llegará una hora más tarde a casa, no antes de las cuatro y desaparejará al borrico. Lo meterá en la cuadra, dónde le dará cebada y le agradecerá con un palo en las costillas el ser tan perezoso. Luego cogerá la botella de vino aguado y se tumbará en el sofá del comedor dónde maldecirá su dolor de huesos, será entonces cuando repare, a través del frío que entra por la ventana, en la travesura que han hecho esos pequeños diablos la noche anterior.


FIN

A mi abuelo, “El moreno”, por haberme enseñado que la vida se afronta con carácter.
 
Here today and gone tomorrow




Apareciste de la nada para llenar todos los vacíos que desangelaban la noche. La luz de la pista de baile apenas dejaba entrever el color de tu traje rojo que ceñido a tu cuerpo se ajustaba lo más cerca posible a la definición de poesía en movimiento. Yo estaba cerca de la barra, degustando, como siempre, mi vodka negro. Estabas sola, como yo y acaso como todos los que buscan el reverso de la luna en la alcoba de la madrugada. No reparé en ti hasta que las primeras notas de “Here today and gone tomorrow” empezaron a sonar.

Wanting you, and watching every move
Turns me all over
Like a first time lovers woo.

La voz de Aretha se fundía a la perfección con la sensualidad de tus curvas, que parecían descifrar un mensaje oculto que sólo tú podías entender. Te sabías observada y creo que entendí en la expresión de tu cara que te gustaba. Cada movimiento de tu cuerpo iba cargado de pecado, te mecías cómo las olas del mar en una mañana calmada; cómo las olas que llegan susurrando a la playa para besar con dulzura la arena.

Here today, and gone tomorrow
This is too good to be real, and I never
want to say good-bye.


Saqué la pitillera de mi chaqueta y encendí un cigarro sin apartar la mirada ni un solo segundo de ti. Confieso que tuve miedo de que desaparecieras como el humo del cigarro que confería a la escena un halo de misterio. El sabor acartonado de mi boca era el perfecto contraste a tu imagen de seda. Nada más existía allí que no fueras tú.


Cherish you, and when the night
is through
Starting all over,
Spending it with you.


Tu pelo caía descuidado por tu espalda descubierta y apenas dejaba entrever la armonía de tus facciones. Tus manos, delicadas cómo el rocío de los campos de invierno, se movían con una lentitud asombrosa dibujando figuras imposibles en el aire; creando espacios de tiempo infinitos que vivían y morían a tu alrededor. Fue entonces cuando me miraste y dejaste escapar una sonrisa.


And when I look into your eyes
I thank God that Im alive.

Tus ojos se cruzaron con los míos en mitad de un camino desierto para dar sentido a todo lo que sucedía. Deseé que fueras mía con todas mis fuerzas. Deseé tenerte entre mis brazos, que nuestras pieles se rozaran para al fin entender cuál es el tacto del deseo. De pronto sentí unas ganas irrefrenables de besarte, de saberte mía en esa noche y en todas las noches. Juro que traté de reunir todo el valor para acercarme a ti, pero algo me lo impedía: Una barrera invisible que te separaba del resto de los mortales. Tus pies seguían bailando sobre unos enormes tacones de aguja que apenas se posaban sobre el suelo. Luego todo sucedió muy rápido: una voz a mi espalda y una copa vertida sobre mí. Me di la vuelta y acepte las disculpas en el mismo momento en que Aretha dejaba de cantar. Fue sólo un segundo pero ella desapareció con la canción. Cómo un hechizo malvado que me hacía pagar por mis pecados. La pista se había quedado huérfana de ella y, en cierto modo, yo también. Aún hoy cuando cierro los ojos y escucho “Here today and gone tomorrow” puedo verla bailando con su vestido rojo, sonriéndome e invitándome con sus ojos a que rompa su invisible barrera.

I can never say Ive missed
All of the reasons were
Here today and gone tomorrow

 
Recuerdos



Recibí premios por nada,
Halagos de nadie,
palmadas en la espalda.
(Todo basura)
Viví sueños a la altura
De cinturas deshilachadas.
Bebí de copas adustas;
De vasos sin fondo
De barro y ceniza
Como la vida misma.
Un rayo de sol me robó
Más de una madrugada.
Dormí en la nota muda
De una guitarra
Mientras soñaba
Que no soñaba nada.
Creé infinitos mundos
En los surcos de mis manos.
Me olvidé del tiempo
y recordé el pasado.
Grité tu nombre
y este se convirtió
En pétalos de marmol.
(Ahora estoy cansado)
Reconocer solo queda
Que fuí rafaga de aire
En mitad de la tormenta.
La suavidad de la seda,
La fuerza de la coraza;
Fuí algo en mitad de la nada.