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El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
Soñé



Ayer soñé que soñaba
Que la alegría era una flor
Que cada mañana deshojabas
Tarareando alguna canción.

Ayer soñé que soñaba
Que existía vida sin tormento,
Que no existían las cosas malas,
Ni odio, ni pecado sin perdón

Ayer soñé que soñaba
Con un mundo sin rencor
Donde la gente no olvidaba
Que lo que importa es el corazón.

Ayer soñé que soñaba
Con un futuro sin temor
Con la sola esperanza
De querer oír siempre tu voz.

Ayer soñé que soñaba
Que éramos sueño los dos,
¡Que tú en mi te mirabas,
Que los sueños sueños son¡

Ayer soñé que soñaba
Que no hay equivocación
Para el que al fin haya
Una vida con amor.

Ayer soñé que soñaba
Que todo era mejor,
Ayer soñé que soñaba
Pero tu llanto me despertó.



Para dos personas muy cercanas que andan pasando por malos momentos. ¡Ánimo¡

 
Las disertaciones de Letboy



No hay nada más terrorífico que una sala de espera de un hospital bien entrada la madrugada. La tarde se va apagando y las voces de los familiares que han venido de visita aún retumban en tu cabeza. El ajetreo de los pasillos da paso al vacío sonoro sólo interrumpido por alguna televisión de alguna habitación a la que probablemente nadie presta atención. A eso de las diez de la noche ya no queda nadie de visita en el hospital, tan sólo quedan los pacientes, los familiares que les cuidan y el personal sanitario. Tras acostar al enfermo y dejarle dormido uno sale a tomarse un café aguado de la máquina. Enseguida me llama la atención las risas que provienen del cuarto de enfermeras que comentan alguna graciosa anécdota que ha pasado a una de ellas la noche anterior. No es que me crea especialmente cotilla, pero debido al aburrimiento me entero que el amante de una de ellas ha tenido un gatillazo. Cosas que pasan. Luego llego a la sala de espera y abro la ventana para que me de un poco el aire. El calor es sofocante y lo único que entra a través de la ventana es el rumor de los coches que cruzan la autopista. Fijo mi vista en una urbanización que hay al otro lado de la carretera, fijo allí mi mirada dejando mi mente en blanco. Es curioso comprobar como al acercarse la medianoche las luces de las casas de la urbanización se van apagando. Al día siguiente espera una dura jornada laboral. Una persona de avanzada edad se sienta cerca de mí para tomarse un sándwich que acaba de sacar de la maquina. Tiene aspecto cansado, a juzgar por sus ojeras no es la primera noche que pasa en el hospital y si hacemos caso de la tristeza que portan sus ojos no será tampoco la última. Una vez que se acaba el bocadillo me sonríe y me da las buenas noches. Todo el mundo es amable en el hospital.

El servicio huele a tabaco y a estas horas no queda papel higiénico, que será repuesto a la mañana siguiente. De camino a la habitación reparo en que la habitación de enfermeras está en calma y sospecho que deben de estar ya acostadas. Mi padre sigue dormido y me siento tentado de tumbarme en la cama de al lado que ha sido desocupada hace sólo unas horas por un simpático viejecito.

Vuelvo a la sala de espera y me siento en una de las incómodas butacas, pongo otra en frente y estiro las piernas, que están como entumidas. Aunque no me apetece leer, abro “La colmena” de Don Camilo y comienzo a leer en el punto en que lo había dejado esta tarde antes de que las visitas viniesen. No me entero de nada de lo que leo. Empiezo una y otra vez el mismo párrafo, la misma hoja pero no consigo enterarme de nada. Demasiadas cosas en la cabeza. Cierro el libro y echo mi cabeza para atrás hasta que me quedo dormido. No sueño nada. El ruido producido por las oxidadas ruedas del carrito que porta la enfermera me despierta. Acuden a sofocar los gritos de dolor del fondo del pasillo con algún tipo de calmante.
Necesito aire y vuelvo a abrir la ventana, parece que se ha levantado un poco de fresco y logro secar las gotas de sudor que se han asomado a mi frente. Saco otro café aguado de la máquina y paseo por el ala opuesta del hospital. Mis pies apenas se posan sobre el suelo para no hacer ruido. El llanto de un recién nacido logra sacarme una sonrisa. La lentitud de las agujas del reloj es desesperante. Son las cuatro de la mañana. Vuelvo a la habitación y nada más entrar los ronquidos de mi padre me reciben. Junto la puerta y vuelvo a la sala de espera dónde me encuentro a una pareja llorando. Discretamente me siento al otro lado de la columna que divide la instancia. Vuelvo a sacar “La colmena” y trato de releer el mismo párrafo con el mismo resultado. El reloj sigue sin avanzar. El calmante parece haber hecho efecto y todo está en silencio. Sólo se escuchan los gemidos apagados de la pareja que parece alejarse por las escaleras que llevan a la calle. Me quedo dormido. Esta vez tampoco sueño. Cuando despierto el reloj marca las siete y media de la mañana. Otro día ha comenzado.
 
Billy Wilder



Ha llegado la hora (mucho tiempo he tardado) de que hablemos del más grande de los directores. Ha llegado la hora de hablar del maestro de maestros: Billy Wilder. Para tratar siquiera de acercarnos un poco a este genial director vamos a emplear el presente artículo, que versará sobre su biografía y algunos aspectos curiosos y dos artículos posteriores en los que trataremos de explicar su filmografía. Así pues, arrancamos:

Samuel Wilder pasó su juventud en Austria. Hijo de un jefe de una cadena de restaurantes pronto en su casa le apodaron “Billy” por su obsesión por el western y el personaje de Bufallo Bill. Aunque ingresó en la Universidad para cursar derecho no tardaría en abandonar los estudios para dedicarse a publicar artículos periodísticos en prensa austriaca y, posteriormente, en Berlín, dónde se trasladaría. Fue en esa época cuando empezó a escribir guiones para otros directores. Su encuentro con Charles Brackett fue fundamental para la carrera del joven Billy. Juntos conocieron a Lubitsch, su gran maestro, y para él escribieron “La primera mujer de Barba azul” (1938).
“Ninotchka” fue el siguiente trabajo que les encargaría Ernst y esto les supuso la nominación al Óscar como mejor guionista, cosa que también consiguieron en los dos años siguientes con “Si no amaneciera” y “Bola de fuego”.

Después de ganarse el respeto de Hollywood cómo guionista en 1942 llegó su debut en la dirección con la película “El mayor y la menor”. Tras esto el estrellato. En esa misma década llegaron “Perdición” (1944) acaso la mejor película de cine negro que se haya hecho nunca y “Días sin huella” (1945), un retrato desolador sobre el alcoholismo.

En los años 50, con la época dorada de Hollywood de fondo, llega la década prodigiosa de Wilder con obras maestras como “Con faldas y a lo loco”, “Testigo de cargo”, “El crepúsculo de los Dioses” o “Sabrina”. Será en 1957 cuando comience su colaboración con el guionista I.A.L Diamond en “Ariane”. Será con este guionista con quien escriba en colaboración el guión más perfecto que se haya escrito jamás: “El apartamento” (1960) con la que ganaría los Óscar a mejor película, mejor director y mejor guión.

A partir de ahí sólo quedaba bajar, aunque en este caso bajar signifique estar rozando la perfección como lo hace en “Uno, dos, tres”(1961) una particular visión del Berlín dividido, “Irma la dulce” de nuevo con Shirley Mclaine (1963) o “En bandeja de plata” (1966). Los setenta supone el agotamiento del mito, aunque títulos cómo “Primera plana”(1964) o “Fédora”(1966) siguen estando a años luz de lo que hoy entendemos por comedia.

En 1981 dirigiría su última película “Aquí un amigo” con Lemmon y Mathaus y de ahí a 2002, año en el que moría, sólo hay oscuridad. En los próximos artículos trataremos de diseccionar la química de la pareja Lemmon- Mathaus, la sensualidad de Marilyn mientras se la levantan las faldas cuando pasa el tren o cuando toca el ukelele. Trataremos de acercarnos a la maestría de “Double indemnity” a través de la pulsera en el tobillo de Barbara Stanwick o nos veremos envueltos en una historia de un hombre que flota muerto sobre una piscina…en próximos artículos nos seguiremos acercando al mejor director y guionista de la historia del cine, el hombre que “tenía el cerebro lleno de cuchillas de afeitar”.



- Aquí les dejo a quién mejor puede habla de la biografía de Billy Wilder: él mismo





 
Texto para una aspirante a actriz



Nunca creí en nada que mis manos no pudiera tocar. Quiero decir con esto que nunca creí en milagros ni horóscopos, aunque estos últimos sí los leo por curiosidad, se sorprenderían ustedes de la imaginación de algunos periodistas, aunque para esto basta con ver algunas portadas que lindan con el genero fantástico, en esto Anson era un maestro. Pero a lo que íbamos. Lo que quería contarles es algo que me pasó el mes pasado.

Es cierto aquello que dicen que las cosas más extraordinarias ocurren en medio de lo cotidiano y esto es justo lo que me pasó a mí. Cómo cada día me levanté más bien tarde, soy poco dada a madrugar. Tras arreglarme y desayunar fui hasta el bar dónde trabajo de camarera desde hace más de dos años. El encargado me regañó, cómo cada día, por llegar tarde. La mañana transcurrió entre cafés, cañas y tapas hasta la hora de comer, momento en el que me tomo mi merecido descanso. Salí a la calle y reparé en un pintor ambulante de esos que hacen retratos que estaba en la misma puerta del bar dónde trabajo. No se muy bien porqué, porque me considero tímida, pero el caso es que me acerqué a hablar con él. Apenas cruzamos unas palabras, pero me pareció un tipo simpático. Luego volví al bar y estuve toda la tarde sirviendo a unos japoneses que estaban de visita turística. Una hora antes de irme, debían ser sobre las doce de la noche, miré por la ventana y vi como alguien venía al encuentro del pintor. Debía ser su novia o su mujer a juzgar por los besos que se daban. Pero he aquí lo extraño del asunto. La chica sacó de su bolso unas gafas de sol y un bastón y se las entregó a aquél hombre, acto seguido ella recogió el caballete y las pinturas y desaparecieron en mitad de la noche. Yo me acerqué a la puerta, incrédula ante lo que acababa de ver y entonces reparé en una enorme cartulina que estaba en la puerta exterior del bar. Era yo. Jamás he visto un retrato que se asemeje más a una persona. Era la misma sensación que siente una mirándose a un espejo. Había recreado hasta el último detalle de mi cara con absoluta perfección, mis ojos saltones, mi boca perfilando una sonrisa, hasta el pelo cayendo por mis hombros parecía real. Descolgué el retrato de la puerta y descubrí la nota que me había dejado por detrás: “Las cosas más bellas se miran desde el corazón”.

Desde el último mes siempre he acudido al trabajo con la esperanza de volver a verlo, pero él no ha vuelto. Ya sé que les he dicho que no creo en los milagros, pero ¿que otra cosa pudo ser aquello?


Texto para Tamara Rosado...¡que tengas suerte¡