logotipo

img_google
El Blog de Letboy
Acerca de
Letboy, otrora conocido como Carlos Robledo, es el encargado y responsable de la página y de todas las opiniones vertidas en ella. Casi economista, escritor a tiempo parcial, lector compulsivo, aprendiz de cineasta, guitarrista sin oído,ajedrecista sin dama, aficionado al fútbol en mis ratos libres y en general interesado en todo aquello que me haga disfrutar.
Sindicación
 
Las disertaciones de Letboy

Hoy me van a permitir que haga un pequeño paréntesis y dejemos de lado a la literatura, el cine y otras cuestiones culturales. Hoy es obligado dejar aquí constancia de la vergüenza que se está viviendo desde el trágico accidente de avión que se estrelló en Barajas. He de reconocer que no soy un fanático de la televisión. Sólo suelo ver alguna serie, telediarios y los deportes que pongan. Pero lo que ha ocurrido es algo intolerable.
Supongo que todo esto tiene que ver con ese malentendido derecho de la libertad de expresión que algunos periodistas convierten en un “todo vale”.
Puedo entender el baile de datos en cuánto a fallecidos y heridos de las primeras horas por el caos informativo. Son estos primeros instantes dónde los datos confunden tanto al que lo está narrando cómo al que, compungido, atiende a través del televisor. Yo decido seguirlo por la primera cadena y es elogioso el tono mesurado, tanto en cifras cómo en tono, en que transmiten la noticia. Pero lo malo viene cuando decido cambiar de canal para ver como cubren la información. Y así conecto con telecinco, dónde está informando un señor calvo con tirantes que me da muy mala espina. Creo que le he visto algún día cubriendo las noticias del corazón y lo único que me produce es grima, cómo la mayoría de periodistas que se dedican a la prensa rosa. Pero me equivoco y decido darle una oportunidad. El calvo con tirantes sonríe nervioso, y conecta a la entrada de IFEMA, dónde han sido trasladados los cuerpos, con una reportera que espera a la puerta. Dice que no la han dejado entrar para informar y cumplir con sus funciones a lo que el calvo suelta una diatriba vomitiva que me hace cambiar automáticamente de canal. ¿Sabrán lo que es el derecho a la intimidad?. Ahora caigo en cuatro, dónde Raquel Sánchez Silva y un compañero, de un modo muy contenido nos siguen contando datos de lo acontecido. Y entonces dicen que tienen una llamada. Y entra en escena la voz de una señora mayor que no sabe quién la llama. Y Raquel dice que es la abuela de uno de los fallecidos. Y la señora empieza a llorar. Y Raquel, con su sonrisa de anuncio, sigue insistiendo mientras la mujer llora. Y entonces llega la gran pregunta: ¿Usted quería mucho a su nieto?. Hace falta ser muy hija de puta para hacer algo así. Obviamente vuelvo a cambiar, esta vez a la tres y veo a un voluntario de la cruz roja vanagloriándose de la ayuda que va a prestar. Y yo me pregunto si le quedará tiempo para ayudar, pues ya le he visto en tres televisiones diciendo lo mismo.
Y entonces empieza un espectáculo que ha seguido hoy durante todo el día. Programas y programas rellenando su programación con historias morbosas que superan el amarillismo de gente que se ha salvado, de gente que ha muerto, de familiares, de conjeturas sin prueba alguna…todo vale con tal de subir una décima de share. Y entonces llega el colmo de los colmos: Un hombre que se queja por que su avión ha salido con retraso por culpa del accidente. Increíble. Cuánto más conozco al ser humano más ganas me entran de ser árbol.
 
Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal





19 años han tenido que pasar para que vuelva a las pantallas Indiana Jones. Les confesaré un secreto: desde pequeño siempre quise ser cómo él. Vivir mil aventuras, enamorar a mil y una bellas damas y todo ellos sin perder el estilo y su sentido del humor. Cuando me enteré de que el proyecto iba para adelante me preocupó un dato: Habían contratado a David Koepp, que si bien hizo el guión de “Carlito´s way” también tenía otros engendros cómo “Men in black”, “Spiderman” o “Snake eyes” entre otras muchas lindezas. Pero bueno enseguida concebí esperanzas al ver que Ford, Spielberg, Lucas y Williams seguían con el proyecto y aunque faltara Sean Connery estaban Shia Leboeuf, Cate Blanchett y William Hurt.

Reconozco que cuando se apagaron las luces me puse hasta un poco nervioso, al igual que el cartel que recordaba a las anteriores entregas de la saga. Indy volvía a estar entre nosotros. Y la película empieza bien. Con el protagonista en apuros en mitad de una base militar americana invadida por los rusos en busca de un objeto misterioso. La escena de presentación de Indy con su silueta reflejada en la tienda de campaña a la vez que suenan los celebérrimos compases de la música de Williams me pone la carne de gallina. Sí, Indy ha vuelto. Y entonces escapa de la base dando esquinazos a los rusos y aunque veo algún efecto especial que se podía haber hecho a la vieja usanza no le doy mayor importancia. Y así llegamos a la escena del frigorífico de la que habrán oído hablar. Es cierto, hay una explosión nuclear que el profesor Jones evita metiéndose en una nevera. Pienso que es una broma que nos quieren gastar los buenos de Spielberg y Lucas. Y enseguida se lo perdono porque aparece la foto de Connery y me gusta el guiño. Y sigo viendo que el humor de Indy sigue intacto. Y entonces llega Shia Lebeouf a lomos de una moto imitando la escena de Brandon y esto ya me mosquea un poco y hace que enseguida coja manía al personaje. Hay cosas que no se deben homenajear. Pero llega lo mejor de la película; una persecución en moto a la antigua usanza, sin ordenadores de por medio que les ha quedado francamente bien.

El guión se empieza a embarullar por momentos y la historia Maya y del conquistador carece de la fuerza de anteriores entregas. Simplemente un cráneo enorme me despierta mucho menos interés que el arca de la alianza o el cáliz sagrado. Pero bueno, pienso que serán cosas mías. Ya a estas alturas ni Hurt ni Allen ni Lebeouf me convencen y la fuerza cómo antagonista de Cate Blanchett está a años luz de los anteriores villanos.

Y entonces llega la selva. ¿Cómo narrar la escena? Un despropósito tras otro. Indy pierde protagonismo y las escenas de acción son para los demás, tal vez los años no pasen en balde después de todo. El ordenador se hace cargo del puesto que hasta esta entrega había ocupado el ingenio de Steven Spielber. Y veo cosas raras, rarísimas. Veo un duelo de espadachines que desafía las leyes de la física y la lógica. Veo a un coche saltar por un precipicio que amortigua la caída con un árbol. Veo caer por tres cataratas a ese coche que se convierte en barco sin que pase nada. Veo unas hormigas gigantes que imitan a los escarabajos de “La Momia” o a las de “El rey escorpión”. Pero lo peor de todo es ver a Shia trepando por los árboles dirigiendo a un ejército de monos emulando a Tarzan Weismuller. Y entro en estado de shock.

Y ya hasta el final de la película todo es un despropósito que desemboca en un episodio de “Expediente x”. Al final uno contempla la figura de Indiana Jones viendo cómo despega un Ovni en una orgía de efectos especiales. Lo siento pero no se me ocurre otra palabra: ridículo. Y siento vergüenza ajena cuando Indy, nuestro Indy, se casa con una antigua novia y hasta le dan un hijo que pueda seguir la saga, cosa que pido con todas mis ganas que no hagan.

Así es cómo el señor Spielberg, mal ayudado por Lucas se carga una saga. Y me acuerdo de Terminator, Star Wars y otras tantas que recientemente se han empeñado con dar al traste con mis recuerdos de juventud. Y aún queda la adaptación de “Bola de dragón” que me temo que acabará con todos mis buenos recuerdos de la serie.

En resumen creo que el señor Spielberg ha traicionado a todos los incondicionales de la saga. Primero con un guión infame que sobrepasa el absurdo, tanto por argumento cómo por el abuso del ordenador. Con unos personajes en su mayoría vacíos que no consiguen trasmitir nada y carentes de “feeling” entre ellos. También Williams parece falto de inspiración, aunque la musiquilla que todos tenemos en mente por lo menos nos retrotrae a tiempos mejores. Pero lo peor de todo es lo que se ha hecho con el personaje de Ford, al cuál hacen que trabaje para el gobierno y hasta nos le casan y dan un hijo. ¿Tanta falta le hacía el dinero señor Spielberg?, ¿No se le ha podido ocurrir otra cosa en 19 años?. Terrible la sensación cuando las luces vuelven a encenderse…
 
La Villa


DEDICADO A ALEX, POR SUS APUNTES Y CORRECCIONES


Lo primero que uno ve cuando está a punto de llegar a La Villa, justo desde lo alto del cerro de las olivas, es una espesa nube de polvo que cubre las poco más de cien casas que componen el pueblo. Sólo la torre del campanario de la Iglesia y las partes superiores de las viviendas más altas, cómo la de Agustín el Ermitaño o Pedro el Francés, se asoman para dar la bienvenida al viajero. Es justo ahí cuando empieza a olerse ese olor tan insano que te acompaña incluso días después de haber abandonado el lugar. Muchas cosas se han escrito acerca de La Villa y muchas cosas habrán oído ustedes, unas ciertas y otras falsas, sobre los extraños sucesos que allí acontecen. Yo decidí emprender el viaje al leer la nota que se encontraba encima de la mesita de noche que está al lado de la cama de la habitación de mi hija:

- Papá, me voy a La Villa. Por favor no vayas a buscarme.

Jamás había oído hablar de aquel lugar hasta ese día. Fue un recorte de periódico el que me puso tras la pista de las desapariciones y las otras historias que se contaban, a cada cuál más misteriosa e increíble. Una afirmaba que algunas noches las almas del cementerio se levantaban de sus tumbas y recorrían las calles arrastrando algo metálico que al rozar con el empedrado de las antiquísimas calles producía un sonido cómo de otro mundo. Sin embargo, la historia que más me llamó la atención fue la que contaba el párroco de La Villa, que afirmaba que no en pocas ocasiones había oído sonar el gran órgano de la Iglesia sin que nadie pulsara sus teclas. ¿Qué demonios hacía mi hija en un sitio cómo este?.

El polvo del camino y el calor del verano hace que la fuente que está en la entrada norte del pueblo se aparezca ante ti cómo un pequeño milagro. El tacto del agua al entrar en contacto con tus labios produce una sensación más que gratificante, reveladora. Es entonces cuando reparas en el vacío de las estrechas calles compuestas por casas que a duras penas logran sostenerse en pie.

Debía de ser primeros de Agosto cuando pisé por primera vez La Villa. Tras beber de la fuente recorrí el camino que lleva hasta la plaza del pueblo sin encontrarme con ninguna persona. Ningún ruido, ningún movimiento; sólo la quietud infinita que alberga cada una de las esquinas de aquel rinconcito de la meseta Castellana. Recuerdo que grité una vez, cómo esperando que alguien saliese a darme la bienvenida. No obtuve respuesta. Lo intenté una segunda vez, también sin resultado positivo. Fue entonces cuando mi vista empezó a nublarse. El cielo daba vueltas sobre mi cabeza cada vez con una cadencia más poderosa. Caí al suelo. Todo parecía volverse más oscuro, los colores de las cosas empezaban a apagarse. Empecé a oír pasos hasta que un par de siluetas se detuvieron ante mí. “Otro más”- dijo uno a otro. Y entonces perdí el conocimiento.

Cuando recobré el sentido me encontraba tendido en una cama frente al televisor. La primera de las terribles apariciones que me esperaban estaba a punto de suceder: la presentadora del telediario anunciaba que el Euribor acababa de subir a máximos históricos.

Pensando en la hipoteca que me martirizaba día y noche me levanté de la cama. Estaba en un sitio extraño, grandes bloques de piedra formaban el único habitáculo de aquella casa. Salí al exterior y comprobé que era totalmente de noche y me encontraba en medio del cementerio del pueblo. ¿Cuánto tiempo había pasado en la que parecía ser la casa del campo santero?. Reconozco que siempre me han impuesto mucho respeto estos lugares así que salí por piernas de allí, no sin antes reparar que algunas tumbas parecían haber sido profanadas, incluso junto a la puerta de salida encontré un féretro abierto. Ayudado por la luz del móvil recorrí la escasa distancia que me separaba del pueblo. Cuando llegué las calles seguían vacías y en silencio, tal y cómo las había dejado antes de sufrir mi desmayo. Fue entonces cuando sonaron las cadenas. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando al final de la estrecha calle en la que me encontraba aparecieron tres siniestras figuras encapuchadas, de negro riguroso, arrastrando lo que parecían ser unos grilletes. Maldiciendo la hora en que llegué a La Villa corrí de un modo enfermizo huyendo de Dios sabe qué. Así fue cómo llegué de nuevo a la plaza, dónde varias de aquellas figuras quisieron recibirme. Pude darlas esquinazo entrando en la Iglesia, pensando que allí estaría a salvo, tal y cómo había visto en las películas.

La Iglesia de estilo románico de la Villa era modesta, cómo todo el pueblo. Sólo algún cuadro colgaba de las paredes y el retablo mayor, que representaba el martirio de San Lorenzo, no debía medir más de diez metros. Crucé los bancos de madera envejecida y me oculté tras el altar. Las notas del piano que estaba situado en la parte izquierda del transepto rompieron la paz y el silencio del lugar. Me acurruqué y mi espalda sintió el frío del mármol. ¿Cómo podía estar pasándome a mí todo esto?. Mientras oía una especie de música sacra cerré los ojos y por primera vez en muchos años comencé a rezar. Fue entonces cuando ocurrió. No sé de dónde pero empezó a oírse la voz de David Bisbal cantando “Ave María”. Terror en estado puro. La puerta se abrió y oí la voz de un hombre:

- ¡Qué cojones ha pasado¡

A lo que otro le respondió:

- Debe de haber sido el hijo de Saturnino, el muy granuja, que debe haber grabado encima de la cinta.

- Usted- dijeron refiriéndose a mí- salga de ahí, no vamos a hacerle nada.


El alcalde era un hombre de una estatura más bien corta y un sobrepeso más que evidente. Con un pañuelo se secaba de una manera nerviosa el sudor que asomaba a su frente. Por su parte, el capellán, era más bien menudo aunque más alto. Fue este el que primero me habló:

- Perdone usted buen hombre, pero es que con los tiempos que corren no podemos hacer otra cosa.
- ¿ Otra cosa?- pregunté lleno de ignorancia.
- Si- terció el alcalde- ya sabe todo esto del cementerio y el órgano. ¿Se siente usted bien?
- ¡ Que si me siento bien¡- exclamé lleno de asombro. Vengo a un pueblo desconocido en mitad de la nada, me desmayo, me despierto en un cementerio, los muertos me persiguen y usted me pregunta si estoy bien…
- Me refiero a que si tiene dolor de cabeza o fiebre, el último que probó el agua se tiró una semana con fiebres y delirios- dijo el párroco con cara de preocupación.
- No entiendo nada.
- Verá- explicó el alcalde mientras se acercaba al órgano y recogía del suelo lo que parecía ser una grabadora- es algo que tenemos que hacer por el bien del pueblo. Primero damos un pequeño somnífero que nos proporciona el boticario y que mezclamos con el agua de la fuente y luego preparamos todo para que el visitante que llegue al pueblo salga corriendo.
- ¿Quiere decir que todo esto es un montaje?
El alcalde aclaró un poco su voz y siguió explicándome:
- Puede llamarlo así si quiere. Nosotros lo llamamos plan de desarrollo. Verá usted, desde hace unos años el pueblo no hace más que perder habitantes. Ahora no seremos más de cien personas en todo el pueblo. La mayoría de las casas están deshabitadas y los chavales que nacen se van a la ciudad.
- La maldita ciudad- interrumpió el capellán. Todos los males vienen de allí.
- El caso es que hace unos años, por casualidad, alguien que vino a visitar el pueblo dijo que había visto fantasmas o algo así y el capellán, ahí dónde lo ve usted, que es un lumbreras, se le ocurrió la fantástica idea de hacer todas estas cosas extrañas.
- Ya entiendo- dije sin entender nada.
- Sé que le parecerá a usted una chapuza esto que hemos hecho esta noche pero creame, todos salen huyendo nada más salir del cementerio. Sólo unos pocos valientes llegan a la iglesia. Y si alguno se le ocurre seguir investigando tenemos el número de la niña de la túnica blanca. ¿Quiere usted verlo?
- No, no muchas gracias. Creo que por esta noche ya es suficiente. Pero y entonces…¿Qué es de toda esa gente que desaparece?
- Cómo siempre son invenciones de la prensa- dijo en un tono muy formal el alcalde. Que yo sepa aquí sólo se han quedado a vivir el señor Olegario, que tras descubrirnos se enamoró de la Dolores, la hija del boticario y algún que otro joven que va a La Alameda.
- Yo vengo buscando a mi hija, no se si ustedes la habrán visto. Tiene veinte años. Alta, pelo moreno y una nariz que sale a la de su padre para su desgracia. No hará un par de días que ha tenido que venir.
- Le diremos dónde está si usted es capaz de guardar nuestro pequeño secreto- dijo el capellán. Si quiere podemos presentarle a la otra hija del boticario. La Toñi es muy buena muchacha. Ahora bien usted tendrá que entendérselas con ella, no vaya usted a creer lo que no es. Y sólo si usted no tiene esposa que una cosa es una cosa y otra cosa es libertinaje.
- ¡Dios me libre de pensar nada malo de un enviado suyo¡. La verdad que mi mujer murió hace años pero preferiría ver a mi hija y marcharme de aquí con la boca cerrada.

El alcalde, que a cada instante se secaba el sudor de la frente, habló:

- Entonces tendrá que ir usted a La Alameda, seguro que está allí. Últimamente muchos jóvenes vienen allí. Entre eso y nuestro plan de desarrollo sacaremos el pueblo adelante.
- Y usted saldrá reelegido cómo alcalde cien años más- dijo zalamero el capellán.
- Que cosas tiene usted Don Basilio, si bien sabe que hace más de veinte años que aquí no hay elecciones.

Interrumpí la conversación y me indicaron como llegar a La Alameda, hacia la última y aterradora visión que me quedaba por ver, acaso la peor de todas. La suave brisa mecía las copas de los álamos que se agolpaban a ambos lados del camino, reconozco que sentí algo de miedo. Tras unos breves pasos me encontré con un cártel que decía: FINCA AMOR Y VIDA y debajo, entre paréntesis: pase sin llamar. Unos corazones se adornaban a ambos lados del cartel y una flecha indicaba hacia el final del camino. Una puerta metálica, si así puede llamarse a un par de somieres atados por una cuerda, era mi último escollo hacia lo que me esperaba. Abrí con cuidado y volví a cerrar. Continué caminando y reparé en una luz en el horizonte, justo a un cogollo de álamos que en su conjunto formaban un círculo. Presentí que allí estaba mi hija y seguí andando hasta acercarme tanto como pude sin ser visto. ¿Cómo describir lo que vi?. A la luz de una gran hoguera bailaban sin cesar un grupo de jóvenes con unas pintas muy extrañas, guiadas por un maestro de ceremonias que parecía dominar la escena. ¿Había caído mi hija en manos de una secta satánica?. El maestro de ceremonias alzó sus manos y abrió un libro. Entonces dijo en voz alta:

- ¡Ilumínanos maestro y danos toda tu sabiduría¡

A lo que un coro de voces respondió:

- ¡Sí,ilumínanos¡

Todos parecían fuera de sí, cómo poseídos por un ente extraño. Entonces todo ocurrió muy rápido, o al menos así es cómo lo recuerda mi mente. Me armé de valor y salí corriendo dirección al maestro, al que de un puñetazo logré tumbar sin contemplaciones. Mi hija me miraba, pero sin conocerme. Tal vez ya no era ella, sino una extraña con trenzas, rastas y un vestido vaporoso que dejaba poco margen a la imaginación. Sentí vergüenza. Entonces habló:

- ¡Esto es total, tío¡

Sin duda hablaba un dialecto extraño para mi que no lograba entender. Cogí el libro y entonces entendí todo. Se titulaba “Las enseñanzas de Don Juan”. Mi hija era hippie y probablemente ahora mismo estaba en un viaje propiciado por algún tipo de hongo que todos habían tomado. El maestro se levantó y entonces me habló:

- ¿Eres tú tío?
- ¿Cómo que si soy yo?
- ¿Qué si eres el gran chamán que ha venido a visitarnos y enseñarnos sus doctrinas?
- Sí, enséñanos cuanto sabes- gritó otra de las chicas, la que parecía más drogada pues apenas podía hablar.

Levanté las manos y entonces el gran chamán habló:

- Sí soy yo, el gran chamán de las setas cósmicas. He venido para hablaros y serán mis palabras las que hayan de guiar vuestros caminos.
- Claro que lo harán- dijo mi hija fuera de sí.

Sentí ganas de pegarla una bofetada y llevarla a rastras a casa pero comprendí que no eran las formas adecuadas.

- Quiero que de ahora en adelante cambiéis. Quiero que volváis a vuestras casas con vuestras familias y dejéis de tomar drogas.

Sus caras mostraban asombro, pero seguían escuchándome cómo si fuera un iluminado.

- Sí, alumnos míos- proseguí- quiero que de ahora en adelante seáis personas de bien, que encontréis un trabajo y…

Y hasta ahí pudo llegar mi sermón pues el maestro me interrumpió:

- ¡Es un espíritu maligno¡ ha pronunciado la palabra maldita: trabajo. ¡A por él¡.

Una lluvia de piedras cayó sobre mí. Una de ellas me alcanzó en un ojo y me dejó casi sin visión. La suficiente para salir corriendo de allí. Crucé la puerta de los dos somieres y bajé por el camino de La Alameda cómo alma que lleva el diablo, había perdido a mi hija, pero había salvado la vida. Corrí y corrí hasta que caí ante la puerta de una casa. De ella salió la chica más guapa que jamás haya visto. Era alta, con unos ojos en los que cabían todas las noches y un pelo rubio cómo bordado en oro.

- Hola, ¿Qué te ha pasado?
- Es muy largo de explicar.
- ¿Quieres pasar? Me llamo Toñi, soy la hija del boticario.

Una sonrisa se dibujó en mi cara y una idea macabra recorrió mi mente con la fuerza de un seísmo. Sí, aquel pueblo estaba maldito. Yo decidí quedarme a vivir allí, junto a la Toñi, cuidaría de algún huertecito todos los días y disfrutaría del aire limpio del campo. Algunos días iría a visitar a mi hija y conocería más a fondo a los habitantes de La Villa, que parecían buena gente. Incluso les ayudaría con su Plan de Desarrollo. Sí, pasaría el resto de mis días en aquel entrañable lugar al fin y al cabo una de las historias que allí se contaban era cierta: nadie que entraba en La Villa podía salir.


FIN.

 
Alexander Solzhenitsin



"Así, pues, son muchos los fusilados: miles al principio, cientos de miles después. Dividimos, multiplicamos, nos lamentamos, maldecimos. Y, sin embargo, se trata de números, de cifras que estremecen, que aterrorizan, que se olvidan más tarde. Pero si alguna vez los familiares de los fusilados llevaran a una editorial las fotografías de todos los ajusticiados y la editorial hiciera con ellas un álbum fotográfico, varios volúmenes de ellos, entonces, podríamos, al pasar una hoja detrás de otra, obtener de la última mirada de los ojos cerrados para siempre algo muy útil para los que hemos continuado con vida. Esta lectura, casi sin letras, grabaría huellas eternas en nuestros corazones."

"La violencia sólo puede ser disimulada por una mentira y la mentira sólo puede ser mantenida por la violencia. Cualquiera que haya proclamado la violencia como su método está inevitablemente forzado a tomar la mentira como su principio”.

"Corriendo felices o arrastrándonos desdichados por la larga y tortuosa calle de nuestra vida, pasamos junto a vallas, vallas y más vallas de madera podrida, tapias de arcilla, cerca de ladrillo, de hormigón, de hierro. No nos paramos a pensar qué podía haber detrás de ellas. No intentamos elevar la mirada ni el pensamiento por encima de las mismas, pese a que, precisamente allí empezaba el país del GULAG, tan cerquita, a dos metros de nosotros. Y tampoco nos percatamos del sinfín de puertas y portezuelas, bien ajustadas y disimuladas, que había en aquellas vallas. Todas aquellas puertas estaban preparadas para nosotros, y he aquí que, de pronto, se abrió rapidamente una, la fatal, y cuatro manos masculinas, que no sabían de trabajo físico, pero llenas de energía, nos agarraron por las piernas, por las manos, por el cuello, por la gorra, por las orejas…, nos arrastraron como un fardo y se cerró para siempre, detrás de nosotros, la puerta, la puerta de nuestra vida anterior.
Y nada más. Queda usted detenido"

Descanse en Paz.